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I.
Las convenciones temporales me inducen a
mirar, como en cada diciembre, todo el
año que se deja atrás, pero esta vez
extenderé el repaso a un bienio de
teatro cubano, el 2008, puesto que no lo
había compartido con los lectores de
esta columna, y el 2009, por supuesto;
como parte ambos de un período de
procesos muy interrelacionados que vale
la pena repasar en conjunto. No puedo
contarlos palmo a palmo, suceso a suceso
porque resultaría un ejercicio imposible
y tampoco es mi intención. Quiero
compartir ideas, a las que doy vueltas
observando los campos del país desde la
soledad de las ventanillas o en
conversaciones dispersas aquí y allá.
Entre la gente de teatro —artistas,
críticos, estudiantes, directivos—
repasamos de manera invariable los
rumbos del teatro cubano. De esas
conversaciones parece emerger un
consenso que, sin embargo, no
transformamos en una fuerza generadora
de cambios.
II.
Cuando era joven, más frontalmente
crítico y estaba menos preso por las
ataduras de las responsabilidades, me
atrevía con frecuencia a revelar esos
consensos o las ideas propias. Si, como
es mi deseo, se asume cualquier
dirección institucional como una
posibilidad de incentivar procesos
culturales, la perspectiva crítica y su
ejercitación interna crecen, pero se va
paralizando volcarlas hacia fuera. Por
supuesto que no puedo hablar si no por
mí, pero quiero entregar mi franco
testimonio. Al tiempo que aumenta la
inserción efectiva de cualquier criterio
en la práctica cultural cotidiana, la
telaraña de información y de
“comprensiones” sobre la multiplicidad
de factores que inciden o hasta deciden
en determinado fenómeno, las
contradicciones éticas entre el “área”
que cubre un cargo y el libre
pensamiento sobre la actividad artística
bajo su manto, el conflicto entre la
pertenencia institucional y la
evaluación del propio papel de la
institución, así como el escaso tiempo
mental que queda libre para pensar y
escribir entre el diarismo de urgencias
y dificultades, se constituyen, entre
otros, en obstáculos a la hora de
emborronar cuartillas. Crece, como la
mala hierba, la comodidad del silencio.
III.
Paradójicamente, domino mejor del telón
de fondo del conjunto de cruces entre la
producción teatral y las políticas
institucionales, uno de los temas que he
perseguido en mi quehacer intelectual. Y
que me sigue pareciendo insoslayable,
toda vez que en Cuba la totalidad del
teatro depende del subsidio, el apoyo y
la interrelación con las instituciones,
principales o secundarias. A su vez, el
éxito institucional se valora, en buena
medida, gracias a los alcances
propiamente estéticos y las resonancias
públicas de aquella producción
artística.
IV.
Aunque no creo en la linealidad y
progresiva estabilidad de una
manifestación artística per se,
lo cierto es que el 2008 parece
decirnos, de nuevo, que nos encontramos
en el mismo lugar. A pesar del sucesivo
incremento de las funciones y del
público, sobre todo en La Habana, el
sistema teatral acusa los mismos
problemas de los últimos años. De ellos,
el principal, para mí, está situado en
la poca correspondencia entre un amplio
registro de entidades artísticas y la
devolución de calidad e interés que
generan. Si tampoco puede exigirse a
cada cual, y mucho menos cada vez, la
garantía de un éxito, algo ajeno a la
naturaleza del arte; también pareciera
igual de comprensible esperar a lo largo
de años un resultado relevante en la
apuesta escénica de las agrupaciones. No
me refiero ni siquiera al “absoluto” de
un valor apreciable por todos, sino, al
menos, de la demostrable presencia de un
camino o una indagación particulares. De
lo contrario, se anquilosa el vicio
entre las partes. Como la institución es
desgastada por el continuo reclamo de
recursos y atenciones de una totalidad
de entidades que la rebasa, da menos de
lo que debiera otorgar si operara sobre
un segmento más sintético. Como esa
totalidad de entidades recibe menos de
lo que aspira, fueren razonables o no
esas aspiraciones, siente que es
suficiente lo que aporta. Es hora de
romper progresivamente tal vicio y
apostar por un sistema más pequeño, de
más calidad y de mayor visibilidad.
Aumentar retribuciones, mejorar las
producciones y redistribuir espacios
serían tres ganancias netas de este
propósito.
V.
Ofrecería también más tiempo a las
instituciones —el Consejo Nacional de
las Artes Escénicas, sus subordinadas
centrales y sus representaciones a nivel
provincial— para pensar políticas de
desarrollo y ejecutar acciones en
consecuencia. Las mismas no serán nunca
una inversión a corto plazo ni volcarán
por arte de magia el panorama, puesto
que la creación dependerá siempre del
talento real y a “pie de obra” de los
artistas, pero aquellas pueden abrir
caminos e incentivar a individuos y
grupos. En los últimos años he reclamado
a las instituciones, desde dentro, no
abandonar la perspectiva de crear
sentido mediante el hábil tejido de
iniciativas con base en la producción
real. En mi opinión, no basta con llenar
las carteleras, si bien es muy meritorio
y pareciera suficiente; queda mucho por
andar en la focalización de experiencias
y segmentos de nuestra escena. Sería
otra consecuente forma de operar a nivel
cualitativo en función de abrir espacio
al teatro en el imaginario nacional, con
seguridad la más abarcadora y penetrante
tarea de todo el sistema teatral
cubano.
VI.
Aunque las especificidades organizativas
de ese sistema, hacen relativamente
incomparables el mismo con sus
congéneres de otros países, es bueno
tomar nota de acontecimientos de otras
partes. En 2008 tuve la oportunidad de
participar en distintos eventos
internacionales. A Dinamarca acudimos un
grupito de cubanos a su festival
nacional anual, caracterizado por ser
una feria de los respectivos repertorios
de los grupos, a la caza de
contrataciones con escuelas y circuitos
que les permitirán el sostenimiento
financiero para el próximo año. Se vive
de lo que se trabaja. El teatro danés
permanece ajeno en cierto sentido a las
grandes innovaciones que se producen
cerca de él, en Alemania por ejemplo. Es
un movimiento que intenta la mayor
eficacia de cara a su público.
Importante es destacar cómo
conceptualizan y cosifican lenguajes
particulares para las edades de sus
destinatarios infantiles y adolescentes,
algo inexistente entre nosotros.
En Polonia, entre otro grupo algo más
grande de teatristas de aquí, no pudimos
apreciar el mejor panorama de su vida
escénica. La parte alta de la temporada
no había comenzado y asistimos a una
programación dispersa que a mí no me
interesó en términos generales, excepto
en los casos de grupos que en una
tendencia legítima de experimentación
persiguen actualizar el legado
grotowskiano. Pero, en un plano más
general, es visible la recuperación de
un sistema teatral que conserva las
conquistas del apoyo estatal y brinda un
lugar destacado a la crítica, la teoría
y la memoria.
Brasil ofrece un evento perfecto en el
Festival Internacional de Teatro de
Palco y Rua, de Belo Horizonte. A
primera vista tal perfección parece
salida del dinero, pero después es
perceptible la organización que facilita
el óptimo empleo de las finanzas. Un
grupo mínimo labora a tiempo completo
durante los dos años preparatorios de
cada edición y demuestra con la
selección nacional y foránea, el
significado que la misma alcanza para el
público local e invitado y la precisa
logística para qué, a esta altura, se
hace una fiesta del teatro.
Buenos Aires es una escala obligada para
quien pretenda saber cómo se mueve el
teatro del mundo. Su desbordante
producción, interesante en cada una de
sus esquinas; la imparable aparición de
jóvenes que ganan un espacio peleado con
las uñas; la continua legitimación de
renovaciones irradiantes; el papel de la
teoría y los discursos críticos que
acompañan tales ríos creativos
convierten a la fascinante ciudad en la
“escala humana” del teatro.
Allí desarrollamos una nueva parada del
Círculo Internacional Itinerante de
Crítica Teatral, iniciativa surgida
desde Tablas-Alarcos teniendo como
arrastre las buenas herencias de la
crítica teatral cubana, al tiempo que,
como flexible núcleo internacional de
trabajo, se ha ido nutriendo de
experiencias de otras partes. Comprendí
mejor en Buenos Aires, in situ,
que la crítica, la teoría y la enseñanza
teatrales crecen en la medida que
padecen las saetas de una creación
artística como la arriba descrita.
Lanzado al ruedo, me atreví a compartir
con colegas de varios países mi
telegráfico texto “El crítico ante el
magma de lo nuevo”, ya publicado en esta
columna y en la revista Tablas.
VII.
Dos sucesos comenzaron a remover la
plácida y apenas atrayente temporada de
2008, que tendría su culminación lógica
en el Festival Nacional de Teatro de
Camagüey, suspendido en definitiva por
las afectaciones del huracán Ike a esa
ciudad y a buena parte del país. Ellos
fueron el estreno de El Frigidaire,
de Juan Carlos Cremata con Teatro El
Público, sobre el que ya me expresé en
este espacio la semana pasada, y la
presentación de Teatro cubano actual.
Novísimos dramaturgos cubanos.
VIII.
La polémica sobre el título de nuestras
Ediciones Alarcos, Teatro cubano
actual. Novísimos dramaturgos cubanos
aparece recogida en el arriba mencionado
número de tablas (3-4/08) y en
ese dossier se incluye también mi
opinión sobre el asunto. De todas
maneras, que pase algo, que se discuta
ya es significativo más allá de
reproches fuera de lugar o con las
tintas cargadas.
Este volumen de la colección “Aire frío”
es la punta de un iceberg: el arribo de
una nueva generación al teatro cubano.
Su iniciativa más visible es el proyecto
Tubo de Ensayo que ha ido conquistando
espacios con la articulación, en función
suya, de distintas instituciones. Hasta
ahora se han concentrado en la promoción
de la dramaturgia a través de jornadas
de lecturas y también de los correlatos
discursivos de sus compañeros
teatrólogos. Les queda “asaltar el
cielo” de los escenarios, donde el
teatro vive y muere, pues además los
pensamientos y poéticas en ciernes que
se dibujan en sus textos dramáticos no
encontrarán, como regla, traducciones
escénicas adecuadas en el marco del
teatro cubano actual.
Dichosa sea una generación que se
presenta como tal y que posee fuerza
propia. Su otro reto es crecer,
afincarse, luchar, no reducirse a los
intramuros del Instituto Superior de
Arte, aunque este sea su hogar natural.
IX.
Al final de 2008 los ecos de estos dos
acontecimientos y la Tercera Semana de
Teatro Alemán lograron mover una piedra
dentro del movimiento escénico.
Contradictoria, pero piedra al fin. Yo
diría que fue el eje de discusión en
torno a cómo asumir la influencia de un
teatro foráneo, tan poderoso y vivo como
el alemán, del cual nos han visitado
singulares cabezas de familia, y, no
obstante, lejano en muchas direcciones
de los caminos de acá. Sea cual fuere la
respuesta de los teatristas, el mismo
hecho de plantearse interrogantes y
respuestas en medio de un diálogo
tirante entre nosotros y con los
invitados, es signo de vida.
No debe escapársenos la desgracia (no
tengo otra manera de llamarla) de que
una gran mayoría ni acude a citas como
esta, siquiera para oponerse. Se sigue
padeciendo el extendido mal de la
suficiencia, del no-me-hace-falta, como
si nada pudiera remover ya la costra del
conocimiento acumulado, muy discutible
en ocasiones.
Ello explica en parte que muchos jóvenes
sientan más cercanía con las
sensibilidades de época puestas en juego
por estos extraños artefactos, sean
textos o puestas, que por una tradición
incapaz de renovarse en la pelea por lo
auténtico.
Así, la rápida y eficaz revisión con
Buendía a la que Flora Lauten sometió su
Woyzeck, la muy bien colocada
puesta en espacio de Abalon, de
Fritz Kater, por Argos Teatro bajo la
égida de Carlos Celdrán y, sobre todo,
la brillante puesta en escena de Las
amargas lágrimas de Petra von Kant,
de Fassbinder, por Carlos Díaz con
Teatro El Público resultaron probatorias
de una verdad de Perogrullo: sin “picos”
de calidad sobre una “meseta”
cuantitativa no se sostiene una buena
temporada teatral, lo imprescindible es
la suma de ambos factores. En medio,
además, de un sinfín de obras de
repertorio rescatadas, otros estrenos,
múltiples diálogos y confrontación de
paradigmas. Un taller de aprendizaje
colectivo, eso ha sido la saga de las
Semanas Alemanas.
Pobre del aldeano vanidoso, fanático de
las cercas de su aldea como límite del
mundo conocido. |