Año VIII
La Habana
2009

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Recordando a Dora Alonso
Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora


Dicen que una de las pocas cosas de las que la entrañable escritora se enorgullecía era la de ser guajira. Nacida en las verdes campiñas de un pequeño poblado de la provincia de Matanzas, su infancia y su adolescencia transcurrieron en íntima relación con la naturaleza.

No por gusto afirmó en una entrevista: “Yo soy, hablando en términos guajiros, un curujey en el centro de La Habana”.

Tal vez por ello Doralina de la Caridad Alonso y Pérez-Corcho, conocida como Dora Alonso, (Matanzas, 1910- La Habana, 2001) hija de un español criador de ganado y una cubana, campesina, por más señas, “aunque ha sido la prosa la que ha caracterizado su obra, todo lo ve con ojos de poeta”, como dijo Luis Suardíaz.

Desde sus primeros pasos aquella niña tuvo una imaginación muy aguda. Las letras le fijaron muy temprano el camino: “Era muy precoz y sumamente receptiva, inventaba mil imaginerías, soñaba por horas y horas, escondida bajo la sombra de un árbol, envuelta en una naturaleza casi virginal, cuyos ruidos conforman mi gusto y mi pensamiento. Por eso, fui escritora antes de saber escribir”, confesó en 1987 al periodista Fernando Rodríguez Sosa.

A los 8 años ganó un premio en un concurso literario que organizó su provincia; pero según ella misma ha dicho “casi todo lo que escribí por entonces era mediocre y valiera o no, lo rompí. Pero desde esa época no paré de escribir”.

En 1936 uno de sus cuentos fue galardonado por la revista Bohemia y en 1947 se alzó con el premio del muy prestigioso certamen Alfonso Hernández Catá. Sin obviar, por supuesto, que Juan Ramón Jiménez incluyó en su colección titulada La poesía cubana en 1936 dos poemas de esta singular mujer, campesina hasta la médula, que si bien se traslada para La Habana en 1940, no olvida el canto de los gallos que para ella es una alegría, una nostalgia deliciosa, un reposo.

Ya para entonces junto a poemas y cuentos, cultiva también el periodismo de barricada, y participa en organizaciones políticas de vanguardia, como La Joven Cuba, de Antonio Guiteras.

Su quehacer en periódicos y revistas y, principalmente, en la radio, con sus criollísimas novelas de indiscutible éxito, como Sol de batey y Medialuna adaptadas décadas después a la televisión, la llevan a establecerse como una autora, de formación autodidacta, que llega a las mayorías, sin hacer concesiones en el lenguaje ni traicione el sentido de la justicia que siempre la acompañó y la condujo, por decisión propia, con más de 50 años, a ser corresponsal de guerra en las arenas de Playa Girón.

“Cuando empecé a escribir para la radio dice era un horror lo que se transmitía, el guajiro siempre era un ser casi irracional, de burla. Parece que mis novelas gustaron, pues el raiting subía cada vez más y obras como Sol de batey, con una gran denuncia social, fueron radiadas dos y tres veces sin quitarles una coma. Incluso, como mi propósito era presentar la verdad del campo cubano, después del triunfo de la Revolución, todas mis novelas fueron transmitidas de nuevo sin ningún arreglo.”

Cuando en 1961 recibe el Premio Casa de las Américas por su novela Tierra inerme, Dora Alonso es ya una autora reconocida en nuestro horizonte literario, y sin embargo, cosas de la época, su obra se encuentra dispersa en diferentes publicaciones o en el recuerdo de sus más fervientes oyentes. Nunca había publicado un libro de versos o de cuentos. Sin embargo, a nadie asombra hoy que sus libros, editados en Cuba, suman más de dos millones de ejemplares, sin contar las traducciones a más de 14 idiomas, en los que lo mismo enaltece el cuento, la novela, el testimonio, el teatro o el verso.

Sin intención de catalogarla, Dora Alonso es, sin duda alguna, una de nuestras más lúcidas creadoras para niños y jóvenes. De ello constituyen provechosos ejemplos “Aventuras de Guille”, “El cochero azul”, “La flauta de chocolate” y “El valle de la pájara pinta”, este último Premio Casa de las Américas 1980.

“En 1956, había escrito mi primera obra de teatro para títeres, dedicada a los niños: “Pelusín del monte”. Pero, en realidad, lo que me decidió totalmente por la literatura infantil fue cuando escribí, junto con Renée Potts y Adelaida Clemente, los primeros libros de lectura realizados por la Revolución. En un recorrido por las bibliotecas, me di cuenta de que el niño cubano no tenía literatura propia, raigal, y fue cuando arranqué a escribir para los pequeños.”

Muchos fueron los reconocimientos recibidos por esta imprescindible creadora como el Premio Zapaticos de Rosa; el Nacional de Literatura en 1989, por la obra de toda una vida; la medalla Alejo Carpentier y la Orden Félix Varela de Primer Grado.

Ya anciana dijo: “Todas las mañanas se empieza a vivir de nuevo”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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