|
Dicen que una de las pocas cosas
de las que la entrañable
escritora se enorgullecía era la
de ser guajira. Nacida en las
verdes campiñas de un pequeño
poblado de la provincia de
Matanzas, su infancia y su
adolescencia transcurrieron en
íntima relación con la
naturaleza.
No por gusto afirmó en una
entrevista: “Yo soy, hablando en
términos guajiros, un curujey en
el centro de La Habana”.
Tal vez por ello Doralina de la
Caridad Alonso y Pérez-Corcho,
conocida como Dora Alonso,
(Matanzas, 1910- La Habana,
2001) hija de un español criador
de ganado y una cubana,
campesina, por más señas,
“aunque ha sido la prosa la que
ha caracterizado su obra, todo
lo ve con ojos de poeta”, como
dijo Luis Suardíaz.
Desde sus primeros pasos aquella
niña tuvo una imaginación muy
aguda. Las letras le fijaron muy
temprano el camino: “Era muy
precoz y sumamente receptiva,
inventaba mil imaginerías,
soñaba por horas y horas,
escondida bajo la sombra de un
árbol, envuelta en una
naturaleza casi virginal, cuyos
ruidos conforman mi gusto y mi
pensamiento. Por eso, fui
escritora antes de saber
escribir”, confesó en 1987 al
periodista Fernando Rodríguez
Sosa.
A los 8 años ganó un premio en
un concurso literario que
organizó su provincia; pero
según ella misma ha dicho “casi
todo lo que escribí por entonces
era mediocre y valiera o no, lo
rompí. Pero desde esa época no
paré de escribir”.
En 1936 uno de sus cuentos fue
galardonado por la revista
Bohemia y en 1947 se alzó
con el premio del muy
prestigioso certamen Alfonso
Hernández Catá. Sin obviar, por
supuesto, que Juan Ramón Jiménez
incluyó en su colección titulada
La poesía cubana en 1936
dos poemas de esta singular
mujer, campesina hasta la
médula, que si bien se traslada
para La Habana en 1940, no
olvida el canto de los gallos
que para ella es una alegría,
una nostalgia deliciosa, un
reposo.
Ya para entonces junto a poemas
y cuentos, cultiva también el
periodismo de barricada, y
participa en organizaciones
políticas de vanguardia, como La
Joven Cuba, de Antonio Guiteras.
Su quehacer en periódicos y
revistas y, principalmente, en
la radio, con sus criollísimas
novelas de indiscutible éxito,
como Sol de batey y
Medialuna
—adaptadas
décadas después a la televisión—,
la llevan a establecerse como
una autora, de formación
autodidacta, que llega a las
mayorías, sin hacer concesiones
en el lenguaje ni traicione el
sentido de la justicia que
siempre la acompañó y la
condujo, por decisión propia,
con más de 50 años, a ser
corresponsal de guerra en las
arenas de Playa Girón.
“Cuando empecé a escribir para
la radio
—dice—
era un horror lo que se
transmitía, el guajiro siempre
era un ser casi irracional, de
burla. Parece que mis novelas
gustaron, pues el raiting subía
cada vez más y obras como Sol
de batey, con una gran
denuncia social, fueron radiadas
dos y tres veces sin quitarles
una coma. Incluso, como mi
propósito era presentar la
verdad del campo cubano, después
del triunfo de la Revolución,
todas mis novelas fueron
transmitidas de nuevo sin ningún
arreglo.”
Cuando en 1961 recibe el Premio
Casa de las Américas por su
novela Tierra inerme,
Dora Alonso es ya una autora
reconocida en nuestro horizonte
literario, y sin embargo, cosas
de la época, su obra se
encuentra dispersa en diferentes
publicaciones o en el recuerdo
de sus más fervientes oyentes.
Nunca había publicado un libro
de versos o de cuentos. Sin
embargo, a nadie asombra hoy que
sus libros, editados en Cuba,
suman más de dos millones de
ejemplares, sin contar las
traducciones a más de 14
idiomas, en los que lo mismo
enaltece el cuento, la novela,
el testimonio, el teatro o el
verso.
Sin intención de catalogarla,
Dora Alonso es, sin duda alguna,
una de nuestras más lúcidas
creadoras para niños y jóvenes.
De ello constituyen provechosos
ejemplos “Aventuras de Guille”,
“El cochero azul”, “La flauta de
chocolate” y “El valle de la
pájara pinta”, este último
Premio Casa de las Américas
1980.
“En 1956, había escrito mi
primera obra de teatro para
títeres, dedicada a los niños:
“Pelusín del monte”. Pero, en
realidad, lo que me decidió
totalmente por la literatura
infantil fue cuando escribí,
junto con Renée Potts y Adelaida
Clemente, los primeros libros de
lectura realizados por la
Revolución. En un recorrido por
las bibliotecas, me di cuenta de
que el niño cubano no tenía
literatura propia, raigal, y fue
cuando arranqué a escribir para
los pequeños.”
Muchos fueron los
reconocimientos recibidos por
esta imprescindible creadora
como el Premio Zapaticos de
Rosa; el Nacional de Literatura
en 1989, por la obra de toda una
vida; la medalla Alejo
Carpentier y la Orden Félix
Varela de Primer Grado.
Ya anciana dijo: “Todas las
mañanas se empieza a vivir de
nuevo”. |