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1
En el edificio donde vivo hay hormigas
por todas partes. Antes de subir la
escalera de caracol que lleva a mi
departamento, se las puede ver corriendo
paralelas al pasillo de entrada, una
hilera movediza adherida al zócalo, que
persiste de manera ininterrumpida a
medida que uno asciende la helicoide: se
las ve atravesar cables y cuerdas de
ropa como un ejército marchando sobre
puentes colgantes y asolando todo cuanto
le sale al paso.
En el cuarto de azotea que rento
continúan hasta la cocina, trepan por la
pileta y, en caso de que haya algún
resto de comida que acometer, se
arremolinan describiendo lo que, a pesar
de su aspecto caótico de huella digital,
ha de ser, con toda seguridad, la
trayectoria más corta hasta el botín.
Son hormigas pequeñas, marrones,
multitudinarias y, sobre todo,
incansables. Cualquier intento de
domeñarlas es estéril; siempre hay más,
siempre regresan. Los cadáveres de sus
predecesoras no las amedrentan. He
intentado extremar mi pulcritud,
sustraer hasta la menor migaja de pan,
eliminar todo cochambre; las he anegado
con el chorro de agua, las he aplastado
sin compasión. Pero siempre vuelven y
esto es como decir que siempre ganan. De
modo que convivo con ellas en una
especie de resignación, a la que opongo
cada tanto alguna hecatombe para poder
mantener los niveles de población
hormigácea más o menos bajo control. Es
todo lo que puedo hacer y en nada me
siento culpable al aplastar a un puñado
de hormigas: son ellas o soy yo.
Con todo, hay un terreno que parecen
respetar, dudo que por deferencia, sino
más bien porque allí no hay nada que
pueda interesarles: mi cuarto (y por
extensión, mi baño, que es contiguo).
Puedo verlas pasar de largo como si se
tratase de una caravana, un éxodo o una
peregrinación rumbo a la cocina, pero no
se entrometen en el sector privado de mi
hogar ―si lo hicieran, no sabría yo qué
medidas tomar para impedirlo.
Pero un día me estoy duchando y veo a
una hormiga caminar sobre el alféizar de
la ventana del baño; en realidad, sobre
la parte interna del alféizar. Es solo
una y no se parece en nada a las otras;
no se parece ni en el aspecto ni en el
hecho de pasearse sola. Me acerco a
observarla: es mucho más bonita que las
hormigas-ejército. Su tamaño es unas
cinco veces más grande y esto permite
verla con mayor detalle. Su cuerpo,
dividido en tres partes, es bicolor: la
cabeza y la cola son oscuras y la parte
del medio, así como las patas, son
claras, se diría que son albinas. Es una
hormiga rubia, aunque no totalmente
rubia.
En estas observaciones ando cuando la
hormiga rubia me dedica un gesto
totalmente insospechado para una
hormiga: se ha detenido sobre cuatro de
sus seis patas, y con las dos restantes
se alisa una de sus antenas, delicada,
parsimoniosamente, como una mujer
peinándose el cabello frente al espejo,
así, sin prisa, pensando en alguna otra
cosa mientras el peine se desliza como
un susurro. Veo, incluso, que se pasa la
antena por la boca, como si la saliva
(¿pero es que las hormigas tienen
saliva?) la ayudara, como quien se
humedece la yema del dedo y se acaricia
la ceja de esta suerte, sólo que el
gesto de la hormiga tiene el sesgo
etéreo, delgado, coqueto de lo femenino,
y el hecho de haber detenido su marcha
tan solo para acicalarse la antena
refuerza su importancia ornamental.
Enseguida simpatizo con esta hormiga, a
la que atribuyo, desde ya, un
ser-hembra.
A partir de entonces, sin embargo, no la
he vuelto a ver acariciarse la antena.
Cuando di con el gesto pensé que sería
algún tipo de comportamiento-de-especie,
como el relamerse de los gatos, pero me
he pasado varios minutos, en diferentes
días, muñido de una lupa, y no he
conseguido atestiguar de nuevo semejante
coquetería.
La singularidad de ese gesto me ha dado
que pensar. He pensado cosas como: “Uno
está en su casa, trabajando, sin saber
que a sus espaldas una hormiga está
peinándose la antena.” Y enseguida:
“¿Qué otras cosas sucederán a mis
espaldas, aun en mi propia casa?”
2
He descubierto que las hormigas del
alféizar son tres y constituyen algo así
como una familia: la familia de las
hormigas rubias. Muchos días están
ausentes. En algún momento advertí que
se aparecían solo en los días de lluvia.
Entonces pensé que, en adelante, un día
de lluvia significaría algo más que
antes: significaría la posibilidad de
ver a la familia de las hormigas rubias
pasearse por el alféizar, y con ello, la
posibilidad de ver de nuevo aquel gesto.
La lluvia tiene para mí, ahora, un
significado más amplio que antes.
¿Pero qué tuvo de extraordinario aquel
gesto? Fue un gesto mínimo, y no solo
por el tamaño de la hormiga, sino por el
acto mismo: apenas acariciarse la
antena. El encanto de lo mínimo es todo
lo que es capaz de encerrar en su
pequeñez, incluso todo lo que es capaz
de ocultar a la mirada distraída, dado
su carácter mínimo, y todo lo que es
capaz, al contrario, de revelar a la
mirada curiosa. Lo que es
“universalmente” impresionante ―caso de
haber algo así― no hace sentir singular
a nadie: todo aquel que lo vea
sentirá su impacto, pero no como algo
singularmente dirigido a él, sino como
parte casi necesaria de una comunidad de
impactados; así sucede con los portentos
de la naturaleza, con las grandes obras
que se ofrecen al goce estético y, de
manera más obvia, con las atracciones
turísticas. Uno es y se sabe tácitamente
un turista entre miles de millones, un
contemplador entre miles de millones.
Uno es ese otro hombre o esa otra mujer
asombrados ante la furia del cielo
cuando estalla en un trueno ensordecedor
y no puede evitar saberse, de manera
implícita, vinculado con lo atávico, con
lo más ancestral: también otro hombre u
otra mujer, en tiempos remotos, se
vieron estremecidos de manera semejante
ante el estallido.
En cambio, el descubridor del gesto
mínimo se sabe tal: descubridor. Sabe
que su hallazgo no solo hubiera pasado
probablemente inadvertido para la mayor
parte de las personas, sino que la
posibilidad de compartirlo con otros y
de encontrar en ellos algún eco es
también mínima. Porque el carácter
mínimo de lo hallado es a la vez la
posibilidad de que otro minimice
malamente el hallazgo, sin comprender
que en su naturaleza mínima estriba
precisamente todo el interés. Ver, no
que la hormiga desliza las dos patas
delanteras sobre la antena derecha, sino
presentir allí un gesto, concederle
expresividad a algo a lo que
habitualmente no concedemos siquiera
atención, singulariza el gesto, lo
vuelve único y, en este sentido,
singulariza a su testigo como el testigo
de un instante de expresividad
(de la naturaleza, del mundo, ¿de
Dios?). Esta es la fuerza de lo mínimo.
La cotidianidad es el escenario de la
posibilidad minimalista por excelencia.
Hay, incluso, pensamientos cotidianos
mínimos, el tipo de cosas que apenas
se insinúan cuando uno viaja en el
transporte urbano o camina, esa vida de
conciencia susurrante, que parece flotar
y discurrir como el paisaje de la
ventanilla, una sucesión de atisbos que
tan pronto emergen se sumergen y mudan
sin dejar huella; las glorias ínfimas
que uno se figura mientras escucha
música, la incandescencia del corazón
con un acorde o un verso, flama que
descolla y vuelve a recogerse, y todo
esto haciendo, propiamente, nada, sino
más bien estando como en una transición
entre haber hecho tal cosa y disponerse
a hacer tal otra, o simplemente
entregados al ocio, a la contemplación,
a la sensibilidad: al viaje. El buen
viajero es en realidad aquel que
paladea, sin querer domeñar, las
sensaciones y los pensamientos que se
dejan ver en el libre discurrir de los
paisajes; así también, quizá, el buen
pensador, el buen escritor, el buen
músico, el buen artista.
3
Descubro días más tarde que un
agujerito, en el marco de la ventana del
baño, apenas encima del alféizar, es la
guarida de las hormigas. De allí parten
y allí regresan. Nunca más he visto que
una de ellas se detuviera a alisarse una
antena y raramente he visto a las tres
salir juntas del pequeño orificio. Son
hormigas solitarias. El carácter
esporádico de sus salidas resiste la
posibilidad de que se conviertan, a mis
ojos, en cosas consabidas a las que ya
ni siquiera preste atención. Al
contrario, cada vez que una de ellas
está caminando sobre el alféizar es una
ocasión que tiene un sesgo festivo (una
celebración mínima). Les hablo: las
saludo, les expreso mi alegría de verlas
de nuevo. Claro, no me contestan, pero
quizá, de alguna misteriosa manera
imposible de imaginar, tengan la vaga
conciencia de que no les soy hostil.
Es curioso, por otro lado, que sus
recorridos sean de tan corto alcance, al
menos dentro de los confines del baño,
pues nunca se salen de la superficie del
alféizar. Presumo que deben salirse
hacia la parte externa del edificio y de
allí andar quién sabe por qué caminos
para procurarse el alimento. Es lógico
que en el baño no hallen nada apetecible
que las mueva a traspasar el alféizar,
con lo cual sus caminatas por esta
especie de avenida se parecen más a
paseos que a ir a trabajar. Creo, sin
embargo, que el agujero es engañoso; que
dentro de ese marco de ventana perforado
debe de haber caminos interiores
insospechados que han de llevarlas hasta
palacios y manjares aledaños que yo ni
siquiera imagino mientras me ducho,
mientras las miro de soslayo, ahí, tan
quietecitas, casi compadeciéndome de lo
estrechos que parecen ser sus
horizontes.
4
Una mañana me despierto y veo una escena
que también tiene el carácter de un
gesto expresivo, pero en este caso
dramático: el alféizar de la ventana
está atestado de las pequeñas
hormigas-ejército. Han tomado el
territorio de la familia rubia, incluso
el orificio, y van y vienen en montones
de hileras que se confunden entre sí. Me
acerco indignado y furioso: dos de mis
amigas están fuera, una en el extremo
del alféizar más lejano al orificio y la
otra, mucho más lejos, adherida a la
cañería que lleva agua caliente hacia la
ducha. Parecen exiliadas. Y lo son.
Aunque pueda sonar idiota, la escena me
produce tristeza. La expulsión, el modo
en que mis amigas han sido sojuzgadas a
manos de una muchedumbre vulgar es
obvio. Me pregunto qué habrá pasado con
la tercera hormiga.
No parece haber hostilidad directa de
las hormigas-ejército hacia las dos
exiliadas, como si a las primeras les
bastase con haber tomado el territorio.
Entonces desato una hecatombe con las
palmas de mis manos; voy dando manotazos
furiosos aquí y allá, y mis palmas se
van poblando de puntos marrones
ovillados y muertos, y hasta grito y
profiero y maldigo a las invasoras. No
dejo viva siquiera a una. Me complace mi
exterminio: nunca me cayeron bien estas
otras y mucho menos ahora. En fin, dejo
que el agua se lleve la muerte de mis
manos, me cepillo los dientes, comienzo
mi día confiando en que las hormigas
rubias habrán de regresar también a la
normalidad.
Pero un par de horas después regreso al
baño, presto a darme una ducha, y veo
que ahora hay todavía más
hormigas-ejército corriendo sobre el
alféizar. Las posiciones del exilio se
mantienen: el extremo del alféizar y el
caño del agua caliente. ¡Cómo no preví
que regresarían! Siempre regresan,
siempre vencen. Pero no puedo permitir
una invasión semejante, debo pensar en
algo, algo que sea irreversible.
Entonces miro el baño y veo el
desodorante en aerosol y una idea cruel
me hace sonreír diabólicamente (siempre
he querido tener una excusa para poner a
prueba esta idea).
Voy por mi encendedor y regreso al baño.
Y entonces disparo el aerosol sobre la
flama, a modo de lanzallamas, y voy
barriendo el alféizar y viendo cómo el
hormigueo cesa y crepita y despide olor
a hormiga quemada. La retirada es torpe
y deficiente: me aseguro de que no
escape una sola, de chamuscarlas a todas
y dejar los restos esparcidos a modo de
alerta para futuras invasiones. A esta
altura no sé ya si esto funcionará, pero
el efecto lanzallamas ha estado muy
bien. Abro la ventana para ventilar el
olor ―también de los pelos quemados de
mis manos―, miro a mis amigas, que
parecen pasearse confusas en su
diáspora. Les digo que ya pueden
regresar a casa.
Hacia la noche no hay señal de nuevas
insurrecciones. Limpio el alféizar,
soplando y pasando papel higiénico. No
veo a las hormigas rubias. Presumo que
han de haber vuelto al orificio.
Entonces entro a la ducha, abro el agua
caliente y caigo en la cuenta de que una
de las hormigas rubias está todavía en
el tubo, aunque un poco más abajo. Debo
cerrar rápidamente la llave si no quiero
quemarle las patas, pero el agua ya ha
caído sobre ella, le ha hecho resbalar y
ahora es arrastrada hacia el desagüe.
Cierro la llave, me agacho lo más
velozmente que puedo con tal de evitar
que la hormiga acabe ahogándose. Por un
instante consigue sostenerse en una de
las rendijas del desagüe. Pienso en algo
para ayudarla: mis manos no servirán,
son demasiado grandes y torpes, y
podrían aplastarla, y entre tanto sigue
corriendo la última oleada de agua y las
patitas rubias ya no resisten, sucumben:
la hormiga desaparece para siempre.
Permanezco agachado y perplejo. Yo
quería a esa hormiga. Ahora me doy
cuenta con mayor vivacidad. Yo la quería
y, sin querer, la he matado. Me siento
mal.
5
La vida sigue, con o sin hormigas.
Felizmente las otras dos han regresado a
casa. El alféizar está más limpio que
antes de la invasión. Presumo que
extrañarán a la tercera; no es una
familia numerosa, de esas con catorce
hijos y el invariable relato de uno que
murió en el parto y otro al que se lo
llevó una enfermedad fulminante durante
la infancia. Aquí se fue la tercera
parte de la familia de una sola vez. Les
digo a las dos restantes que lo siento y
luego me afeito, mientras una de ellas
camina solitaria. Tengo una sensación de
malestar con respecto a lo sucedido,
pero no estoy seguro de si será por la
desaparición de la hormiga o por darme
cuenta de lo solo que estoy. La soledad
te hace hablar más con las cosas;
también te hace escucharlas de otra
manera; si no, te volverías loco. Como
el náufrago de la película, que habla
con la pelota Wilson. Pero creo que éste
es justo el aspecto bueno de la soledad:
que te urge a no dejarte estar en ningún
sentido, a rehacer todo el tiempo tu
mundo prestándole la voz. (También podés
sucumbir y acabar borracho, es cierto.)
Hay que estar alerta, y estar alerta es,
entre otras cosas, atisbar el gesto
mínimo de lo que te rodea: ayer
polillas, hoy hormigas, hace un tiempo
la luna llena de agosto asomando tras el
edificio monstruoso: cualquier cosa
puede hablarte si la dejás. Por eso el
desdén hacia las paredes me resulta
injustificado; me refiero a cuando
alguien, para hacer ver que nadie le
escucha, pregunta retóricamente: ¡¿Es
que le estoy hablando a las paredes?!
Como si las paredes fueran mudas. Pero
no. Ellas expresan, por reflejo, nada
menos que el modo como la luz ingresa y
se distribuye en el espacio doméstico.
Sobre esta pared, la que está aquí, a mi
derecha, se dibujan, algunas mañanas,
unas delicadas rayas anaranjadas. Es la
primera visión que tengo en el día,
temprano, no bien abro los ojos. Me
gustan esas rayas; me indican que hay
buen sol afuera, como un buen augurio
que acabaré de desvelar al levantar las
persianas. Esa pared no es apenas una
superficie blanca, instrumental, un útil
que me separa y me aísla del mundo
exterior. Es también una pantalla que
tiene su ciclo de luz y de sombra, a
través del cual expresa el ciclo del
sol: el sol primerizo en esas líneas
delgadas y tempraneras, luego el sol de
media mañana en un rectángulo anaranjado
que va palideciendo y corriéndose en tal
y tal dirección y volviéndose
paralelogramo… Así se despereza la
pared. Así clarea. Así habla, en
su lenguaje de luces y sombras,
rectángulos y paralelogramos, en fin, de
gestos mínimos.
Gabriel Schutz,
(Uruguay, 1973): Ha publicado los libros
de relatos
Una noche de luz clara y otros cuentos
(2001, primera mención del Premio Casa
de las Américas),
Y verás mis espaldas (2006,
mención Premio Nacional de Literatura) y
El fuelle infinito (2006), y
la novela
Rapsodia nocturna (2008).
Obtuvo dos veces el Premio Nacional de
Literatura de su país. Cuentos suyos
figuran en las antologías
El descontento y la promesa. Nueva /
joven narrativa uruguaya
(2008) y
El futuro no es nuestro. Narradores de
América Latina nacidos entre 1970 y 1980
(www.piedepagina.com).
Imparte desde hace diez años cursos de
Teoría del relato y talleres de
Escritura creativa. |