Año VIII
La Habana
19 al 25
de DICIEMBRE
de 2009

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Una hormiga se peina y otros gestos mínimos

Gabriel Schutz (Uruguay, 1973)

1

En el edificio donde vivo hay hormigas por todas partes. Antes de subir la escalera de caracol que lleva a mi departamento, se las puede ver corriendo paralelas al pasillo de entrada, una hilera movediza adherida al zócalo, que persiste de manera ininterrumpida a medida que uno asciende la helicoide: se las ve atravesar cables y cuerdas de ropa como un ejército marchando sobre puentes colgantes y asolando todo cuanto le sale al paso.

En el cuarto de azotea que rento continúan hasta la cocina, trepan por la pileta y, en caso de que haya algún resto de comida que acometer, se arremolinan describiendo lo que, a pesar de su aspecto caótico de huella digital, ha de ser, con toda seguridad, la trayectoria más corta hasta el botín. Son hormigas pequeñas, marrones, multitudinarias y, sobre todo, incansables. Cualquier intento de domeñarlas es estéril; siempre hay más, siempre regresan. Los cadáveres de sus predecesoras no las amedrentan. He intentado extremar mi pulcritud, sustraer hasta la menor migaja de pan, eliminar todo cochambre; las he anegado con el chorro de agua, las he aplastado sin compasión. Pero siempre vuelven y esto es como decir que siempre ganan. De modo que convivo con ellas en una especie de resignación, a la que opongo cada tanto alguna hecatombe para poder mantener los niveles de población hormigácea más o menos bajo control. Es todo lo que puedo hacer y en nada me siento culpable al aplastar a un puñado de hormigas: son ellas o soy yo.

Con todo, hay un terreno que parecen respetar, dudo que por deferencia, sino más bien porque allí no hay nada que pueda interesarles: mi cuarto (y por extensión, mi baño, que es contiguo). Puedo verlas pasar de largo como si se tratase de una caravana, un éxodo o una peregrinación rumbo a la cocina, pero no se entrometen en el sector privado de mi hogar ―si lo hicieran, no sabría yo qué medidas tomar para impedirlo.

Pero un día me estoy duchando y veo a una hormiga caminar sobre el alféizar de la ventana del baño; en realidad, sobre la parte interna del alféizar. Es solo una y no se parece en nada a las otras; no se parece ni en el aspecto ni en el hecho de pasearse sola. Me acerco a observarla: es mucho más bonita que las hormigas-ejército. Su tamaño es unas cinco veces más grande y esto permite verla con mayor detalle. Su cuerpo, dividido en tres partes, es bicolor: la cabeza y la cola son oscuras y la parte del medio, así como las patas, son claras, se diría que son albinas. Es una hormiga rubia, aunque no totalmente rubia.

En estas observaciones ando cuando la hormiga rubia me dedica un gesto totalmente insospechado para una hormiga: se ha detenido sobre cuatro de sus seis patas, y con las dos restantes se alisa una de sus antenas, delicada, parsimoniosamente, como una mujer peinándose el cabello frente al espejo, así, sin prisa, pensando en alguna otra cosa mientras el peine se desliza como un susurro. Veo, incluso, que se pasa la antena por la boca, como si la saliva (¿pero es que las hormigas tienen saliva?) la ayudara, como quien se humedece la yema del dedo y se acaricia la ceja de esta suerte, sólo que el gesto de la hormiga tiene el sesgo etéreo, delgado, coqueto de lo femenino, y el hecho de haber detenido su marcha tan solo para acicalarse la antena refuerza su importancia ornamental. Enseguida simpatizo con esta hormiga, a la que atribuyo, desde ya, un ser-hembra.

A partir de entonces, sin embargo, no la he vuelto a ver acariciarse la antena. Cuando di con el gesto pensé que sería algún tipo de comportamiento-de-especie, como el relamerse de los gatos, pero me he pasado varios minutos, en diferentes días, muñido de una lupa, y no he conseguido atestiguar de nuevo semejante coquetería.

La singularidad de ese gesto me ha dado que pensar. He pensado cosas como: “Uno está en su casa, trabajando, sin saber que a sus espaldas una hormiga está peinándose la antena.” Y enseguida: “¿Qué otras cosas sucederán a mis espaldas, aun en mi propia casa?”

2

He descubierto que las hormigas del alféizar son tres y constituyen algo así como una familia: la familia de las hormigas rubias. Muchos días están ausentes. En algún momento advertí que se aparecían solo en los días de lluvia. Entonces pensé que, en adelante, un día de lluvia significaría algo más que antes: significaría la posibilidad de ver a la familia de las hormigas rubias pasearse por el alféizar, y con ello, la posibilidad de ver de nuevo aquel gesto. La lluvia tiene para mí, ahora, un significado más amplio que antes.

¿Pero qué tuvo de extraordinario aquel gesto? Fue un gesto mínimo, y no solo por el tamaño de la hormiga, sino por el acto mismo: apenas acariciarse la antena. El encanto de lo mínimo es todo lo que es capaz de encerrar en su pequeñez, incluso todo lo que es capaz de ocultar a la mirada distraída, dado su carácter mínimo, y todo lo que es capaz, al contrario, de revelar a la mirada curiosa. Lo que es “universalmente” impresionante ―caso de haber algo así― no hace sentir singular a nadie: todo aquel que lo vea sentirá su impacto, pero no como algo singularmente dirigido a él, sino como parte casi necesaria de una comunidad de impactados; así sucede con los portentos de la naturaleza, con las grandes obras que se ofrecen al goce estético y, de manera más obvia, con las atracciones turísticas. Uno es y se sabe tácitamente un turista entre miles de millones, un contemplador entre miles de millones. Uno es ese otro hombre o esa otra mujer asombrados ante la furia del cielo cuando estalla en un trueno ensordecedor y no puede evitar saberse, de manera implícita, vinculado con lo atávico, con lo más ancestral: también otro hombre u otra mujer, en tiempos remotos, se vieron estremecidos de manera semejante ante el estallido.

En cambio, el descubridor del gesto mínimo se sabe tal: descubridor. Sabe que su hallazgo no solo hubiera pasado probablemente inadvertido para la mayor parte de las personas, sino que la posibilidad de compartirlo con otros y de encontrar en ellos algún eco es también mínima. Porque el carácter mínimo de lo hallado es a la vez la posibilidad de que otro minimice malamente el hallazgo, sin comprender que en su naturaleza mínima estriba precisamente todo el interés. Ver, no que la hormiga desliza las dos patas delanteras sobre la antena derecha, sino presentir allí un gesto, concederle expresividad a algo a lo que habitualmente no concedemos siquiera atención, singulariza el gesto, lo vuelve único y, en este sentido, singulariza a su testigo como el testigo de un instante de expresividad (de la naturaleza, del mundo, ¿de Dios?). Esta es la fuerza de lo mínimo.

La cotidianidad es el escenario de la posibilidad minimalista por excelencia. Hay, incluso, pensamientos cotidianos mínimos, el tipo de cosas que apenas se insinúan cuando uno viaja en el transporte urbano o camina, esa vida de conciencia susurrante, que parece flotar y discurrir como el paisaje de la ventanilla, una sucesión de atisbos que tan pronto emergen se sumergen y mudan sin dejar huella; las glorias ínfimas que uno se figura mientras escucha música, la incandescencia del corazón con un acorde o un verso, flama que descolla y vuelve a recogerse, y todo esto haciendo, propiamente, nada, sino más bien estando como en una transición entre haber hecho tal cosa y disponerse a hacer tal otra, o simplemente entregados al ocio, a la contemplación, a la sensibilidad: al viaje. El buen viajero es en realidad aquel que paladea, sin querer domeñar, las sensaciones y los pensamientos que se dejan ver en el libre discurrir de los paisajes; así también, quizá, el buen pensador, el buen escritor, el buen músico, el buen artista.

3

Descubro días más tarde que un agujerito, en el marco de la ventana del baño, apenas encima del alféizar, es la guarida de las hormigas. De allí parten y allí regresan. Nunca más he visto que una de ellas se detuviera a alisarse una antena y raramente he visto a las tres salir juntas del pequeño orificio. Son hormigas solitarias. El carácter esporádico de sus salidas resiste la posibilidad de que se conviertan, a mis ojos, en cosas consabidas a las que ya ni siquiera preste atención. Al contrario, cada vez que una de ellas está caminando sobre el alféizar es una ocasión que tiene un sesgo festivo (una celebración mínima). Les hablo: las saludo, les expreso mi alegría de verlas de nuevo. Claro, no me contestan, pero quizá, de alguna misteriosa manera imposible de imaginar, tengan la vaga conciencia de que no les soy hostil.

Es curioso, por otro lado, que sus recorridos sean de tan corto alcance, al menos dentro de los confines del baño, pues nunca se salen de la superficie del alféizar. Presumo que deben salirse hacia la parte externa del edificio y de allí andar quién sabe por qué caminos para procurarse el alimento. Es lógico que en el baño no hallen nada apetecible que las mueva a traspasar el alféizar, con lo cual sus caminatas por esta especie de avenida se parecen más a paseos que a ir a trabajar. Creo, sin embargo, que el agujero es engañoso; que dentro de ese marco de ventana perforado debe de haber caminos interiores insospechados que han de llevarlas hasta palacios y manjares aledaños que yo ni siquiera imagino mientras me ducho, mientras las miro de soslayo, ahí, tan quietecitas, casi compadeciéndome de lo estrechos que parecen ser sus horizontes.

4

Una mañana me despierto y veo una escena que también tiene el carácter de un gesto expresivo, pero en este caso dramático: el alféizar de la ventana está atestado de las pequeñas hormigas-ejército. Han tomado el territorio de la familia rubia, incluso el orificio, y van y vienen en montones de hileras que se confunden entre sí. Me acerco indignado y furioso: dos de mis amigas están fuera, una en el extremo del alféizar más lejano al orificio y la otra, mucho más lejos, adherida a la cañería que lleva agua caliente hacia la ducha. Parecen exiliadas. Y lo son. Aunque pueda sonar idiota, la escena me produce tristeza. La expulsión, el modo en que mis amigas han sido sojuzgadas a manos de una muchedumbre vulgar es obvio. Me pregunto qué habrá pasado con la tercera hormiga.

No parece haber hostilidad directa de las hormigas-ejército hacia las dos exiliadas, como si a las primeras les bastase con haber tomado el territorio. Entonces desato una hecatombe con las palmas de mis manos; voy dando manotazos furiosos aquí y allá, y mis palmas se van poblando de puntos marrones ovillados y muertos, y hasta grito y profiero y maldigo a las invasoras. No dejo viva siquiera a una. Me complace mi exterminio: nunca me cayeron bien estas otras y mucho menos ahora. En fin, dejo que el agua se lleve la muerte de mis manos, me cepillo los dientes, comienzo mi día confiando en que las hormigas rubias habrán de regresar también a la normalidad.

Pero un par de horas después regreso al baño, presto a darme una ducha, y veo que ahora hay todavía más hormigas-ejército corriendo sobre el alféizar. Las posiciones del exilio se mantienen: el extremo del alféizar y el caño del agua caliente. ¡Cómo no preví que regresarían! Siempre regresan, siempre vencen. Pero no puedo permitir una invasión semejante, debo pensar en algo, algo que sea irreversible. Entonces miro el baño y veo el desodorante en aerosol y una idea cruel me hace sonreír diabólicamente (siempre he querido tener una excusa para poner a prueba esta idea).

Voy por mi encendedor y regreso al baño. Y entonces disparo el aerosol sobre la flama, a modo de lanzallamas, y voy barriendo el alféizar y viendo cómo el hormigueo cesa y crepita y despide olor a hormiga quemada. La retirada es torpe y deficiente: me aseguro de que no escape una sola, de chamuscarlas a todas y dejar los restos esparcidos a modo de alerta para futuras invasiones. A esta altura no sé ya si esto funcionará, pero el efecto lanzallamas ha estado muy bien. Abro la ventana para ventilar el olor ―también de los pelos quemados de mis manos―, miro a mis amigas, que parecen pasearse confusas en su diáspora. Les digo que ya pueden regresar a casa.

Hacia la noche no hay señal de nuevas insurrecciones. Limpio el alféizar, soplando y pasando papel higiénico. No veo a las hormigas rubias. Presumo que han de haber vuelto al orificio. Entonces entro a la ducha, abro el agua caliente y caigo en la cuenta de que una de las hormigas rubias está todavía en el tubo, aunque un poco más abajo. Debo cerrar rápidamente la llave si no quiero quemarle las patas, pero el agua ya ha caído sobre ella, le ha hecho resbalar y ahora es arrastrada hacia el desagüe. Cierro la llave, me agacho lo más velozmente que puedo con tal de evitar que la hormiga acabe ahogándose. Por un instante consigue sostenerse en una de las rendijas del desagüe. Pienso en algo para ayudarla: mis manos no servirán, son demasiado grandes y torpes, y podrían aplastarla, y entre tanto sigue corriendo la última oleada de agua y las patitas rubias ya no resisten, sucumben: la hormiga desaparece para siempre.

Permanezco agachado y perplejo. Yo quería a esa hormiga. Ahora me doy cuenta con mayor vivacidad. Yo la quería y, sin querer, la he matado. Me siento mal.

5

La vida sigue, con o sin hormigas. Felizmente las otras dos han regresado a casa. El alféizar está más limpio que antes de la invasión. Presumo que extrañarán a la tercera; no es una familia numerosa, de esas con catorce hijos y el invariable relato de uno que murió en el parto y otro al que se lo llevó una enfermedad fulminante durante la infancia. Aquí se fue la tercera parte de la familia de una sola vez. Les digo a las dos restantes que lo siento y luego me afeito, mientras una de ellas camina solitaria. Tengo una sensación de malestar con respecto a lo sucedido, pero no estoy seguro de si será por la desaparición de la hormiga o por darme cuenta de lo solo que estoy. La soledad te hace hablar más con las cosas; también te hace escucharlas de otra manera; si no, te volverías loco. Como el náufrago de la película, que habla con la pelota Wilson. Pero creo que éste es justo el aspecto bueno de la soledad: que te urge a no dejarte estar en ningún sentido, a rehacer todo el tiempo tu mundo prestándole la voz. (También podés sucumbir y acabar borracho, es cierto.) Hay que estar alerta, y estar alerta es, entre otras cosas, atisbar el gesto mínimo de lo que te rodea: ayer polillas, hoy hormigas, hace un tiempo la luna llena de agosto asomando tras el edificio monstruoso: cualquier cosa puede hablarte si la dejás. Por eso el desdén hacia las paredes me resulta injustificado; me refiero a cuando alguien, para hacer ver que nadie le escucha, pregunta retóricamente: ¡¿Es que le estoy hablando a las paredes?! Como si las paredes fueran mudas. Pero no. Ellas expresan, por reflejo, nada menos que el modo como la luz ingresa y se distribuye en el espacio doméstico. Sobre esta pared, la que está aquí, a mi derecha, se dibujan, algunas mañanas, unas delicadas rayas anaranjadas. Es la primera visión que tengo en el día, temprano, no bien abro los ojos. Me gustan esas rayas; me indican que hay buen sol afuera, como un buen augurio que acabaré de desvelar al levantar las persianas. Esa pared no es apenas una superficie blanca, instrumental, un útil que me separa y me aísla del mundo exterior. Es también una pantalla que tiene su ciclo de luz y de sombra, a través del cual expresa el ciclo del sol: el sol primerizo en esas líneas delgadas y tempraneras, luego el sol de media mañana en un rectángulo anaranjado que va palideciendo y corriéndose en tal y tal dirección y volviéndose paralelogramo… Así se despereza la pared. Así clarea. Así habla, en su lenguaje de luces y sombras, rectángulos y paralelogramos, en fin, de gestos mínimos.


Gabriel Schutz, (Uruguay, 1973): Ha publicado los libros de relatos Una noche de luz clara y otros cuentos (2001, primera mención del Premio Casa de las Américas), Y verás mis espaldas (2006, mención Premio Nacional de Literatura) y El fuelle infinito (2006), y la novela Rapsodia nocturna (2008). Obtuvo dos veces el Premio Nacional de Literatura de su país. Cuentos suyos figuran en las antologías El descontento y la promesa. Nueva / joven narrativa uruguaya (2008) y El futuro no es nuestro. Narradores de América Latina nacidos entre 1970 y 1980 (www.piedepagina.com). Imparte desde hace diez años cursos de Teoría del relato y talleres de Escritura creativa.

 

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