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Su comienzo de
la historia de El libro en
Cuba o haber estado en los
primeros tiempos de la Imprenta
Nacional junto con Alejo
Carpentier, bastaría para
colocar a Ambrosio Fornet entre
los nombres intrínsecamente
ligados a la historia de la
literatura cubana. Sin embargo,
no han sido esos sus únicos
aportes a la tradición escrita
de la Isla. Textos como las
compilaciones de crítica
literaria En tres y dos,
En blanco y negro, Las
máscaras del tiempo y
Signos así como algunos
conceptos esenciales para el
posterior devenir de la cultura
en nuestro país, han salido del
constante quehacer de este
hombre relacionado también con
instituciones insignes en Cuba
como la Casa de las Américas y
el Instituto Cubano del Libro.
Su más reciente nominación como
Premio Nacional de Literatura
vino a sumarse al Premio
Nacional de Edición que
recibiera en el 2009, así como a
las distinciones Por la Cultura
Nacional, Raúl Gómez García y
Alejo Carpentier que desde hace
muchos años le han sido
conferidas.
Aunque en 1958
publicó su libro de cuentos A
un paso del diluvio, la
mayoría de sus textos aparecidos
posteriormente han sido de
ensayos y crítica literaria.
“Hasta donde recuerdo, siempre
preferí el mundo de las ideas y
la reflexión al de los cuentos y
las novelas —la poesía la pongo
aparte porque es un caso
aparte—. Pero en el camino
descubrí que hay innumerables
narraciones que no se limitan a
“narrar” —una acción,
por ejemplo—, sino que
introducen en la narración un
“sentido” que va más allá… Así
que no conviene simplificar las
cosas —acción o diégesis de un
lado, reflexión del otro— porque
toda acción bien narrada es una
invitación a darle vueltas al
asunto: ¿qué “sentido”
tiene eso? Hasta una historia
sencillita o juguetona —un
cuentecito de Chéjov, de Arreola
o de Onelio…— invita a
preguntarte: ¿qué se esconde
“detrás”? A veces, claro, todo
parece ser pura superficie —yo
tuve esa impresión cuando
terminé de leer La cartuja de
Parma, por ejemplo—, pero
era una superficie tan trabada
—una trama tan bien entretejida—
que tuve que decirme: ¡Ah, esto
es distinto, aquí el sentido no
está oculto, sino a la vista!
¡Está ‘delante’, no detrás!”
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Luego de haber
publicado en 1994 El libro en
Cuba; siglos XVIII y XIX,
Ambrosio no ha abandonado la
idea de concluir la segunda
parte que abarcaría la primera
mitad del siglo veinte. “Espero
hallar el tiempo para acometer
esa empresa, aunque sospecho que
no podré darle el mismo
desarrollo que a la anterior.
Entretanto, he vuelto a los
siglos XVIII y XIX, pero esta
vez desde la perspectiva de la
circulación y la recepción de
los libros europeos en Cuba… los
impresos en España, sobre todo,
como es natural. El tema podría
resumirse en la pregunta: ¿Qué
libros europeos llegaban a Cuba,
ya fuera por conducto de las
librerías o gracias a gestiones
personales? Publiqué el primer
resultado de la investigación en
un número reciente de la
Revista Bimestre Cubana”.
En el 2007
mientras participaba en el foro
Caliban ante la globalización
organizado por La Jiribilla
y la Casa de las Américas,
Ambrosio afirmaba: “La
literatura cubana está haciendo
hoy lo que debe y puede hacer
toda literatura, y es dar una
imagen que ofrezca diversidad de
perspectivas, la convicción de
que el universo individual y
social que está expresando es
inapresable desde un solo punto
de vista”. Luego de conocer la
noticia de su más reciente
nominación y comentando esta
definición suya de hace dos años
expresó: “Mi flamante condición
de Premio Nacional —de la que,
por cierto, todavía no he tomado
posesión— no altera en lo más
mínimo mi visión de la
literatura. Y de ahí que, a mi
juicio, no haya nada que
“redefinir”. Tal como yo la
entiendo, la literatura solo
puede ser eso, la posibilidad de
ver el mundo desde múltiples y
diferentes perspectivas. Sería
interesante pasar de la teoría a
la práctica para comprobar —o
no— si esa conjetura se verifica
dentro del panorama actual de
nuestras letras”.
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Cuando
recibió el Premio Nacional de
Edición hace nueve años, se
reconocía a sí mismo en su
multiplicidad de oficios:
periodista, crítico literario,
investigador, editor. Hoy, ante
la pregunta de si pudiera
concebir el mundo sin pasar por
una relación intrínseca con las
letras, afirma sin titubear: “A
estas alturas del partido puedo
responder categóricamente que
no. Uno es —como suele decirse—
hijo de sus actos, y yo —primero
sin proponérmelo y después muy
conscientemente— no he hecho
otra cosa en mi vida que
relacionarme de un modo u otro
con las palabras, con los
textos. Espero haber logrado
articular con ellas/ellos alguna
idea o imagen que haya obligado
a otros a levantar la vista y
quedarse un minuto en suspenso
porque ha encontrado de pronto
una respuesta que darse, o
mejor, una pregunta que hacerse.
Quevedo decía que leer era
dialogar con los difuntos, pero
confieso que, en el caso de mis
lectores, yo preferiría que el
diálogo empezara un poco antes”. |