Año VIII
La Habana

19 al 25
de DICIEMBRE
de 2009

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Una escritura impregnada de lirismo reflexivo

Leyla Leyva • La Habana

 Foto: La Jiribilla

 

Hace apenas unos días, le confesé a Roberto Méndez cuánto había significado para mí la lectura de su libro Viendo acabado tanto reino fuerte, ganador de la primera convocatoria del Premio Guillén. Traté de explicarle por qué creía que resistía un lugar de privilegio, pasadas ya ocho ediciones. Como para apagar mi fuego y espantar el rubor, él mencionó alguna otra imprescindible alusión, y yo asentí. Inmediatamente intenté dictarle de memoria una estrofa de un poema suyo que luego localicé con exactitud en Resurrección del ave.

Todavía perturbado por mi incontinencia, me reveló que de lo escrito no recuerda nada, así, de memoria. Su obra poética y ensayística es extensa, una veintena de títulos, y Roberto no para de trabajar. Eso lo justifica, me había dicho en otro momento. Lo que culmina cierra un ciclo. El presente en su escritura se traduce en “prioridad”. Pocas veces se detiene. Ensayos, artículos, investigaciones…

 A raíz del Guillén, hace cerca de una década, escribí una reseña para el diario Granma, que él me agradeció por correo y por vía de amigos, con un entusiasmo que hoy me alegra recordar. Esa poesía, de un lirismo armónico, de legítimo diálogo con el conocimiento; conmovedora,  sombría,  esperanzadora, todo al mismo tiempo, me revelaba una inusual identidad ontológica con lo lírico.

En esa época, Roberto vivía en Camagüey. Todavía pasarían años antes de conocerlo personalmente, antes que se convirtiera en “el hombre bajo el Farallón”, en el Pasaje Abreu, a escasos metros de la calle San Miguel, en Lawton. En fin, que somos vecinos. Y él un buen amigo. Alguna vez me escribió que también éramos, Rolando y yo, ángeles tutelares, por aquello de la cercanía y el respeto de las intimidades, aun dentro de esas cercanías.

En aquellos casi 30 minutos de conversación frente a una farmacia, algo que todavía no he aclarado: mi confidencia fue echa en una esquina (yo en la cola de una farmacia, Roberto de apuro, camino a su casa), nos entusiasmamos hablando, entre otras cosas, de algunas que nos trae el mundo literario, hasta que él hizo una habilidosa salida del juego ¡Ah, el tiempo!, y me conminó a escuchar la música que, desde una ventana muy próxima, nos estaba haciendo “el fondo: un rap-reguetón de los más floridos (ciertos atisbos apuntaban a que la lengua empleada era la española). Reímos de lo surrealista de la situación y terminamos asociando lírica y práctica al uso en un guiño cómplice con nuestras percepciones individuales sobre el espinado tema de lo poético, la poesía y lo que se intenta que veamos como tal.

Ya estaba pactado que hablaría aquí. Y aquí estoy, con la certidumbre de que Enrique Saínz funge y fungirá como el “adelantado”, porque, sobre todo en materia de poesía, es uno de los pocos estudiosos de carrera que suma, a la preclara visión de lo que examina, el entusiasmo del creador vehemente, cuya agudeza, de caballero, guarda para desbrozar caminos, hacer terreno teórico y ubicar lo que merece distingo en la enmarañada dinámica de la poesía contemporánea cubana.

Debo decir, además, que el cuaderno de poesía de Roberto Méndez, editado por Letras cubanas, El rostro, ha sido una de mis últimas insatisfacciones. Por su destino público, aclaro. Por lo demás, una obra de altos quilates.

El poemario fue considerado por el Jurado de la Crítica de 2007 el único finalista de los libros de poesía editados en ese año, en el que ninguna obra del género resultó premiada.

El sentido común que suele aplicarse en estos casos me lleva a creer que el hecho de que su ensayo sobre la Avellaneda, Otra mirada a La Peregrina, ganador en el Carpentier sí alcanzara ese premio, cubría, ante los ojos de quienes seguimos más o menos atentos lo que se escribe en el país, cualquier desatino de los encargados de enjuiciar El rostro en aquellas jornadas.

Y como también resulta más cómodo juzgar desde afuera que desde adentro, aprovecho “oportunamente” para registrar algunas ideas sobre un poemario que considero marca una nueva perspectiva en la poesía de Roberto Méndez.

Lo que se ha definido como estilo en la obra poética de este autor: el lirismo reflexivo, lánguido hedonista y fruitivo, aportaría Saínz, entre otras tantas luces, en El rostro, libro del “poeta recién casado” (con s), con Yamilet, deviene, sobre todo, medio de expresión de otra circunstancia: el “júbilo, la paz, la esperanza”, a la que él mismo hiciera referencia en los días de promoción del cuaderno.

Esa espiritualidad superior, siempre anhelada, perseguida por él, creciente en su libros, desde Cartas de relación hasta El rostro, con ocho poemarios entre una y otra obra, precisamente en El rostro comienza a transformarse, sin aspavientos o concesiones, junto al paisaje existencial de su escritura.

Hasta los motivos culturales recurrentes, como la música, el arte o su deleite con lo místico o lo referencial, tienen un aliento más cercano o táctil en El rostro.

En una entrevista que le hiciera a Roberto Méndez, tal vez esté la clave de lo que para algunos deviene motivo de incomodidad con su lírica. Hace dos años declaró: “no creo en experimentalismos, ni en novedades absolutas ni en “dinamitar el lenguaje”, prefiero que el lenguaje mío tenga sabor añejo, como los viejos vinos”.

Aprovecho esta oportunidad que me da el homenajeado para “revolotear” sobre su poesía,  y hacerle una segunda confesión.

Lo que esta lectora supone como vital en ella, poco tiene que ver con la imagen de los viejos vinos. Más bien advierto que lo eminente está en la incorruptible habilidad que posee el poeta Roberto Méndez para construir la plática sabia, sonante, y proponernos lecturas, misterios variables, con una pacífica inteligencia, mejor que erudición, un saber que ocupa casi todo el espacio de lo emotivo, lo inquietante en el discurso. Algo que supera cualquier intención, explícita o no, de “sublimarse” con lo estético.

Ya en aquella entrevista el poeta anunciaba transformaciones sobre su obra futura: el propósito de prescindir de ciertos ornamentos y complacencias  artísticas en la búsqueda de una belleza que tenía que ver con el encuentro con lo trascendente. Lo saludo, sin  sobresaltos. Fiel a lo que antes leí, y a lo que ha de venir.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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