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Hace apenas unos días,
le confesé a Roberto
Méndez cuánto había
significado para mí la
lectura de su libro
Viendo
acabado tanto reino
fuerte,
ganador de la primera
convocatoria del Premio
Guillén. Traté de
explicarle por qué creía
que resistía un lugar de
privilegio, pasadas ya
ocho ediciones. Como
para apagar mi fuego y
espantar el rubor, él
mencionó alguna otra
imprescindible alusión,
y yo asentí.
Inmediatamente intenté
dictarle de memoria una
estrofa de un poema suyo
que luego localicé con
exactitud en
Resurrección del ave.
Todavía perturbado por
mi incontinencia, me
reveló que de lo escrito
no recuerda nada, así,
de memoria. Su obra
poética y ensayística es
extensa, una veintena de
títulos, y Roberto no
para de trabajar. Eso lo
justifica, me había
dicho en otro momento.
Lo que culmina cierra un
ciclo. El presente en su
escritura se traduce en
“prioridad”.
Pocas veces se detiene.
Ensayos, artículos,
investigaciones…
A raíz del Guillén,
hace cerca de una
década, escribí una
reseña para el diario
Granma,
que él me agradeció por
correo y por vía de
amigos, con un
entusiasmo que hoy me
alegra recordar. Esa
poesía, de un lirismo
armónico, de legítimo
diálogo con el
conocimiento;
conmovedora, sombría,
esperanzadora, todo al
mismo tiempo, me
revelaba una inusual
identidad ontológica con
lo lírico.
En esa época, Roberto
vivía en Camagüey.
Todavía pasarían años
antes de conocerlo
personalmente, antes que
se convirtiera en “el
hombre bajo el
Farallón”, en el Pasaje
Abreu, a escasos metros
de la calle San Miguel,
en Lawton. En fin, que
somos vecinos. Y él un
buen amigo. Alguna vez
me escribió que también
éramos, Rolando y yo,
ángeles tutelares, por
aquello de la cercanía y
el respeto de las
intimidades, aun dentro
de esas cercanías.
En aquellos casi 30
minutos de conversación
frente a una farmacia,
algo que todavía no he
aclarado: mi confidencia
fue echa en una esquina
(yo en la cola de una
farmacia, Roberto de
apuro, camino a su
casa), nos entusiasmamos
hablando, entre otras
cosas, de algunas que
nos trae el mundo
literario, hasta que él
hizo una habilidosa
salida del juego
—¡Ah,
el tiempo!
—,
y me conminó a escuchar
la música que, desde una
ventana muy próxima, nos
estaba haciendo “el
fondo”:
un rap-reguetón de los
más floridos (ciertos
atisbos apuntaban a que
la lengua empleada era
la española). Reímos de
lo surrealista de la
situación y terminamos
asociando lírica y
práctica al uso en un
guiño cómplice con
nuestras percepciones
individuales sobre el
espinado tema de lo
poético, la poesía y lo
que se intenta que
veamos como tal.
Ya estaba pactado que
hablaría aquí. Y aquí
estoy, con la
certidumbre de que
Enrique Saínz funge y
fungirá como el
“adelantado”, porque,
sobre todo en materia de
poesía, es uno de los
pocos estudiosos de
carrera que suma, a la
preclara visión de lo
que examina, el
entusiasmo del creador
vehemente, cuya agudeza,
de caballero, guarda
para desbrozar caminos,
hacer terreno teórico y
ubicar lo que merece
distingo en la
enmarañada dinámica de
la poesía contemporánea
cubana.
Debo decir, además, que
el cuaderno de poesía de
Roberto Méndez, editado
por Letras cubanas,
El rostro,
ha sido una de mis
últimas
insatisfacciones. Por su
destino público, aclaro.
Por lo demás, una obra
de altos quilates.
El poemario fue
considerado por el
Jurado de la Crítica de
2007 el único finalista
de los libros de poesía
editados en ese año, en
el que ninguna obra del
género resultó premiada.
El sentido común que
suele aplicarse en estos
casos me lleva a creer
que el hecho de que su
ensayo sobre la
Avellaneda,
Otra mirada a La
Peregrina,
ganador en el Carpentier
sí alcanzara ese premio,
cubría, ante los ojos de
quienes seguimos más o
menos atentos lo que se
escribe en el país,
cualquier desatino de
los encargados de
enjuiciar
El rostro
en aquellas jornadas.
Y como también resulta
más cómodo juzgar desde
afuera que desde
adentro, aprovecho
“oportunamente” para
registrar algunas ideas
sobre un poemario que
considero marca una
nueva perspectiva en la
poesía de Roberto
Méndez.
Lo que se ha definido
como estilo en la obra
poética de este autor:
el lirismo reflexivo,
lánguido
—hedonista
y fruitivo, aportaría
Saínz, entre otras
tantas luces—,
en
El rostro,
libro del “poeta recién
casado” (con s), con
Yamilet, deviene, sobre
todo, medio de expresión
de otra circunstancia:
el “júbilo, la paz, la
esperanza”, a la que él
mismo hiciera referencia
en los días de promoción
del cuaderno.
Esa espiritualidad
superior, siempre
anhelada, perseguida por
él, creciente en su
libros, desde
Cartas de relación
hasta
El rostro,
con ocho poemarios entre
una y otra obra,
precisamente en
El rostro
comienza a
transformarse, sin
aspavientos o
concesiones, junto al
paisaje existencial de
su escritura.
Hasta los motivos
culturales recurrentes,
como la música, el arte
o su deleite con lo
místico o lo
referencial, tienen un
aliento más cercano o
táctil en
El rostro.
En una entrevista que le
hiciera a Roberto
Méndez, tal vez esté la
clave de lo que para
algunos deviene motivo
de incomodidad con su
lírica. Hace dos años
declaró: “no creo en
experimentalismos, ni en
novedades absolutas ni
en “dinamitar el
lenguaje”, prefiero que
el lenguaje mío tenga
sabor añejo, como los
viejos vinos”.
Aprovecho esta
oportunidad que me da el
homenajeado para
“revolotear” sobre su
poesía, y hacerle una
segunda confesión.
Lo que esta lectora
supone como vital en
ella, poco tiene que ver
con la imagen de los
viejos vinos. Más bien
advierto que lo eminente
está en la incorruptible
habilidad que posee el
poeta Roberto Méndez
para construir la
plática sabia, sonante,
y proponernos lecturas,
misterios variables, con
una pacífica
inteligencia, mejor que
erudición, un saber que
ocupa casi todo el
espacio de lo emotivo,
lo inquietante en el
discurso. Algo que
supera cualquier
intención, explícita o
no, de “sublimarse” con
lo estético.
Ya en aquella entrevista
el poeta anunciaba
transformaciones sobre
su obra futura: el
propósito de prescindir
de ciertos ornamentos y
complacencias
artísticas en la
búsqueda de una belleza
que tenía que ver con el
encuentro con lo
trascendente. Lo saludo,
sin sobresaltos. Fiel a
lo que antes leí, y a lo
que ha de venir. |