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“Es horrible —me dice el uruguayo
Gabriel Shutz— tener que
confesar aquí en Cuba que
conozco muy poco de su
literatura”. Más o menos así me
vi yo cuando me le acerqué para
pedirle que conversáramos,
estando escasamente al tanto de
su mención en el Premio Casa de
las Américas en el 2001 y de sus
dos Premios Nacionales de
Literatura en Uruguay.
Shutz, autor de Una noche de luz
clara y otros cuentos, Y verás
mis espaldas, El fuelle infinito
y Rapsodia nocturna,
visita la Isla por primera vez,
tomando la Casa, junto con otros
jóvenes creadores del
continente. De este suelo apenas
conoce la obra de Reinaldo
Arenas y Virgilio Piñera, pero
percibe que tras este encuentro,
tendrá más motivos para
acercarse a la literatura
cubana.
El paso de Shutz por Casa, con la
lectura de algunos de sus
relatos y su intervención en
varios paneles y debates, invita
a pensar en los modos de
“habitar la lengua” y de “hacer
de ella nuestra tierra”. El
también filósofo, quien reside
actualmente en México, disertó
en este evento sobre el tema de
la extranjería, mostrando
optimismo sobre la posibilidad
de habitar el mundo con los
otros. Para él, la tierra “es la
promesa callada de un lugar para
todos, para siempre”.
¿Por qué has decidido venir a
Casa Tomada, al encuentro de
jóvenes artistas con tendencias
tan diversas?
Me invitaron y fue muy generoso por
parte de Casa de las Américas.
Yo no tenía idea del evento, no
estaba al tanto de lo que había
pasado en 1983. No tomé la
decisión, decidieron por mí en
el mejor sentido, y no podía
resistir una convocatoria de
este tipo, porque representaba
la posibilidad de encontrarme
con mis pares de otros países;
no solo literatos, sino también
artistas plásticos, gente de
teatro, lo que lo convierte en
una ocasión única. No estoy muy
acostumbrado a esto, realmente
estoy muy aislado, muy solo, mis
grandes amigos no son
escritores, mis amistades no son
muy literarias, estoy siempre
entre gente muy diversa:
fotógrafos, músicos, etc. No
tengo contactos directos con
creadores de la palabra más o
menos contemporáneos, y siento
que esta es una ocasión muy
privilegiada para ello.
Nunca había estado en Cuba.
Conocerla era una tentación
absoluta: estar acá en un marco
de esta naturaleza, en Casa de
las Américas, con la trayectoria
y la historia que tiene. Obtuve
una mención en el premio que
otorga esta institución y me
parecía interesante saber
quiénes eran, dónde estaba
ubicado ese lugar donde en algún
momento a un grupo de personas
les gustó lo que yo hacía, eso
era también un enigma.
¿Consideras que este encuentro,
en el cual se ha convocado a
jóvenes a hablar sobre la
diversidad, las migraciones, la
responsabilidad intelectual,
etc., tiene alguna connotación
especial al celebrarse en un
país como Cuba?
Me estoy dando cuenta ahora de qué
es Cuba, yo no tenía mucha idea.
Es terrible tener que hablar de
semejante ignorancia. Tenía un
montón de prejuicios, no
necesariamente malos, porque
también puede venir uno
idealizando las cosas. No era mi
caso. Pensé ver una Cuba
derruida, espiritualmente
fatigada, y encuentro una Cuba
sumamente viva, con sueños
vivos, con una vida cultural
importante.
La dimensión de que este encuentro
sea en Cuba, la empiezo a
comprender por estos días y
supongo que seguirá este proceso
de comprensión. No tenía una
idea de la eventual singularidad
de lo cubano, ni de la conexión
de este encuentro con Cuba.
Estoy muy impresionado, me está
dando mucho como materia para el
pensamiento, político
—seguramente—, pero moral sobre
todo. En muchos sentidos es una
experiencia interesantísima.
Es curioso… tengo una formación un
poco dura, académica, filosófica
y eso a veces hace que uno
espere de estos encuentros un
alto nivel académico. Pero aquí
la cosa va en una línea
diferente, donde lo que importa
es el relato de experiencias
personales, el compartirlas y
discutirlas, y el convivir con
otros, lo cual considero es
central. Entonces, en los
espacios que están por fuera de
los paneles, en esa convivencia
informal cotidiana, se está
dando algo bellísimo, se está
labrando una tierra, se están
tejiendo afectos fuertes, que me
parece, van a perdurar. Eso es
muy emocionante, porque de golpe
uno viene de su vida ordinaria,
y se va de acá con amigos de
diferentes partes de
Latinoamérica, y con afinidades
y con poetas desconocidos a los
que leer y recomendar, sugerir,
visitar o recibir. Estoy muy
impactado con el poder de la
convivencia.
Que sea en Cuba le da un cariz
peculiar, incluso, fuera del
ámbito de lo formal, la suerte
de tener un espacio tan hermoso
como el Malecón, estar en el
mar, tomando ron, junto a una
guitarra, no me parece que sea
muy posible en otros lugares. En
muchos sentidos es muy
alucinante que este evento tenga
lugar en este país:
paisajística, espacial,
política, moral y
espiritualmente. Estoy muy feliz
y creo que lo estamos todos. Se
está formando acá una mística
grupal que va a perdurar en el
tiempo.
Ese ha sido siempre uno de los
empeños de Casa de las Américas…
Convocar, aglutinar, eso es muy
importante. Uno no tiene
conciencia de lo fundamental que
es el vínculo personal. Una cosa
es que me digan: “léete el texto
de este autor, que trabaja en
Nicaragua, etc.”, lo leo y me
puede gustar o no, me puede
fascinar o lo puedo aborrecer,
pero conocer a la persona es
mucho mejor.
Eventualmente ese es uno de los
temas que están acá: la
relación, la posibilidad de una
unidad mayor entre autores —si
cabe todavía hablar de autor,
porque está muy problematizada
esa noción entre el productor o
creador y la obra—. Pero conocer
a las personas, trabar vínculos
como raíces en ellas, tiene un
poder enorme en muchos sentidos:
creativo, político, moral,
ético.
Estoy tomando ahora conciencia de la
importancia de este asunto,
porque en mi vida cotidiana, mis
amistades, curiosamente, están
más cercanas a la música, no
tengo cofradías para pensar a
Latinoamérica, o la creación
per se. Estoy solo en ese
sentido, y la Filosofía no me
provee un marco, porque por ahí
ando en otras cosas. Entonces
este encuentro me pone muy
contento, muy feliz.
A partir de la experiencia que
has tenido acá, de tus
encuentros con colegas de
América Latina en otros
espacios, ¿por dónde crees que
vayan los caminos del pensar la
cultura desde el continente?
Es una pregunta tan difícil… Pienso
que este en parte es el camino.
Es decir, el juntarse y
compartir. El pensamiento es
posterior a este tipo de
experiencia, siempre llega más
tarde, siempre tiene algo de
póstumo. Cuando esto termine
como evento y cada quien regrese
a su país, ahí el pensamiento va
a empezar realmente a hacer su
obra, y estaremos comunicados
por e-mail o por los medios que
sean y podremos pensar lo que
pasó.
De cierta forma es más una
construcción viva de lo
latinoamericano a partir de la
conjunción de diferentes
experiencias; después viene el
pensamiento. Hay cosas
interesantes para pensar acá. Yo
decía en uno de estos paneles,
en el que estaban hablando de
nuevas estéticas, que leía poca
literatura contemporánea. Leo
mucha más literatura anterior al
siglo XIX o del XX. Alguien notó
que era curioso lo que afirmaba,
porque otros amigos coincidían
conmigo en lo mismo, y
concluimos que eso también nos
hace contemporáneos. Ese tipo de
afinidad para mí era
insospechada, hasta que otra
persona se da cuenta de que a
muchos nos pasa esto, que
estamos intentando explorar. Eso
fue interesante para mí, me
sentí menos solo en ese aspecto.
Nosotros no nos leemos con tanta
fruición como lo hacían los
autores del boom latinoamericano
entre ellos —aunque tal vez
deberíamos—; pero tenemos la
necesidad de estar escarbando en
el pasado.
Los caminos en realidad son como
este exactamente: el reunirse,
cambiar experiencias, convivir,
beber y comer juntos como una
experiencia muy original de la
cohabitación, como un placer
supremo. Kant decía que el
supremo placer físico y moral
era comer y beber con los amigos
y creo que siendo él un prusiano
tenía, sin embargo, toda la
razón. Y hermanarse y trabar
amistad, y a partir de ahí lo
latinoamericano como tal,
comulga, confluye, se entreteje,
se fusiona, se mezcla, discute,
se piensa.
Defiendes mucho la idea de la
cohabitación, te preocupa que la
sociedad aún se estructure en
clanes. Tu novela Rapsodia
nocturna es, de alguna
manera, un canto a la amistad,
un llamado a aprender a
convivir, a habitar en
comunidad.
Hoy hablé un poco del habitar la
lengua como una tierra interna.
En Rapsodia nocturna hay
una idea, aborda la amistad como
la relación fundamental, como el
vínculo originario más
importante. Hablo de la amistad
personal, de la cohabitación con
los amigos en un sentido tal vez
amplísimo, que involucra a otras
figuras y otros roles. Uno puede
tener una amistad con su pareja,
con sus hijos, con sus padres;
pero lo que ponía en juego ese
cuento largo que es Rapsodia…
es el cohabitar con la amistad,
que adquiere una dimensión
política importante, como una
resistencia. Tampoco uno puede
enorgullecerse de estar
resistiendo, por ser un buen
amigo; es simplemente que en la
amistad está la posibilidad de
un ejercicio y de un
perfeccionamiento ético.
En esa novela aparece de trasfondo
la idea aristotélica de la
amistad con el amigo como “el
otro yo”. Esto tiene una parte
muy hermosa, al pensar que el
otro es como un espejo en el que
yo me puedo ver y mejorar,
mientas aquel quiere mi bien y
viceversa. La excelencia está en
el decir: “yo voy a ser mi mejor
persona posible, tú también lo
serás y nos vamos a ayudar en
esa búsqueda, y nos vamos a
despejar, a triplicar, con
franqueza y sinceridad”. En ese
sentido considero que la amistad
es un espacio muy fundamental de
construcción de la sociedad.
¿Tiene esta obra, o el resto de
tu creación, la intención de dar
aliento a los seres humanos en
un mundo que es cada vez más
hostil al contacto con el otro,
que es cada vez más individual?
No ha sido un propósito muy
deliberado. Esa novela partió de
tres o cuatro puntos que en
principio no son evidentemente
contiguos; aparece también una
cierta afinación con las
simetrías. Más bien lo de la
amistad es una inquietud vital,
porque yo tenía en ese momento
en México un amigo que era como
mi tierra, mi hogar. Después esa
amistad se destruyó y sentí que
ya no quería vivir en México, me
sentí huérfano… fíjate el valor
que tenía para mí. Entonces,
entiendo que la amistad es el
modo más originario de hacer
tierra, es una forma de amor, de
alguna manera.
La otra, es más solitaria; ser poeta
es el modo de estar solo; pero
es una manera de relación con la
lengua, una forma de habitar y
cohabitar con los otros que
hablan esa lengua.
Ayer, cerca de la una de la mañana,
cuando me estaba yendo del
Malecón donde pasábamos la noche
los que participamos acá, uno de
los colegas me dio un regalo: me
leyó uno de sus bellos poemas.
Ahí el papel de la lengua fue
como desearte buen camino a
partir de una ofrenda del
idioma, de algo que los dos
amamos. Hubo amistad y lenguaje.
No se puede pedir más. Yo, que
soy medio descreído del amor
romántico, que soy solitario en
ese aspecto, siento que acá
están las utopías posibles.
En uno de los paneles de Casa
Tomada decías que no persigues
actualmente una búsqueda
estética, sino una búsqueda
existencial. ¿Cómo concibes ese
encuentro?
Pienso en Foucualt y su idea de la
estética de la existencia que
aparece en sus obras tardías,
hacer del sujeto objeto de sí
mismo y trabajar con uno mismo,
y hacer con uno mismo una obra
de arte. Ese es un ideal
grecolatino antiguo.
En realidad, lo que digo es que
ahora no estoy especialmente
preocupado por modelos y
referentes como hace algunos
años. Me sentía muy cercano al
cuento clásico, y al deseo de
escribir a partir de ideas; me
considero un escritor muy
conceptual, lo cual tiene que
ver con mi formación filosófica.
Ahora, por el contrario,
quisiera sacarme todo eso de
arriba, como si me pesara, me
molestara para escribir.
Ya, por supuesto, hay algo labrado y
un conjunto de características
de las que no me puedo
desembarazar. Aunque es una
estupidez decirlo, siento que
tengo un cierto gusto clásico,
prefiero la precisión absoluta
en el lenguaje, trabajo con una
cierta economía de recursos;
pero también con fraseos a veces
largos y construcciones
sintácticas complejas. Eso ya es
parte de una forma de escribir
en la que se mete en ensayo, el
pensamiento.
Hoy estoy más interesado en que la
escritura apoye una estética de
la existencia, que una estética
del lenguaje. Me siento
completamente ínfimo para
desempeñar una tarea de esa
naturaleza: hacer estallar el
lenguaje, revertir o subvertir
todos sus límites. Sé lo que
hizo el boom latinoamericano,
pero también lo que aportaron
Joyce, Virginia Wolf, y me
parece alucinante. Por supuesto,
siempre voy a abrevar en eso,
pero no me siento ahora muy
capaz de hacer algo así.
¿Consideras que la literatura
joven del continente está
creciendo a la sombra de los
escritores consagrados, como los
del boom, por ejemplo?
Por estos días escuché a una colega
decir que “somos las sobras”. Lo
dijo en un sentido
reivindicativo, pero no me
parece posible de ninguna
manera. En lo personal no me
siento bajo la sombra de nadie,
y no es por vanidad. No creo
estar tan minusválido. Estamos
más solos, nada más. También más
dispersos, en un mundo con una
fragmentación y una atomización
de las ideas mucho mayor, donde
hay menos comunidad.
Pero, incluso, los escritores que me
interesan a mí no son los del
boom. José Saer, que estuvo en
el margen de ese fenómeno, es
uno de los escritores que más
atraen. Pienso que hay que, con
respeto, perderle un poco de
respeto —en el mejor sentido de
la expresión— al boom
latinoamericano. Algunos
escritores jóvenes sienten que
la manera de decir “estoy aquí,
yo también” es hacer algo
completamente opuesto,
completamente pop y a veces
salen cosas que no son tan
buenas.
Por ejemplo, a mí me incluyeron en
una antología de jóvenes
escritores latinoamericanos
llamada El futuro no es
nuestro. No estoy de acuerdo
con el título, aunque es muy
bueno el trabajo que hizo el
compilador. Esta perspectiva de
que el mundo está destruido y
nosotros estamos acá para
denunciarlo, no me interesa en
lo más mínimo, no lo siento así.
Hay algo ahí de rabia contra los
grandes, un discurso de
resentimiento. Entonces se
reivindica profundamente a
Roberto Bolaños, como el
paradigma del pop, porque pone a
los actores porno y a los
futbolistas en sus obras, en las
cuales genera una narrativa más
apartada de todas aquellas
grandilocuencias.
No estoy de acuerdo con este afán de
confrontación. Para mí es más
hegeliano el asunto: ellos
están, son figuras, y nosotros
los incorporamos de alguna
manera, los tenemos en el
vientre. Tal vez pueda pensarse
que hay parricidios necesarios:
sí, pero también los tiene que
haber con respecto a otras
cosas, no solo al boom. En todo
caso, la relación interesante
con ellos es que había un
aliento hacia lo infinito, y
ahora hay un aliento hacia lo
infinitesimal, es mi lectura de
lo contemporáneo; la densidad de
lo pequeño, con toda la grandeza
que ello pueda albergar. Es como
si fuera un universo, que
después de expandirse están en
retraimiento, pero también es un
fenómeno estéticamente
interesante. La actitud de
acomplejarse no conviene nunca,
hay que tener un poco de
reverencia ante estos autores.
¿Qué papel ocupan los autores
cubanos en tus lecturas?
Virgilio Piñera es el que más
conozco, el que más me gusta,
del que más cercano me siento.
Creo que siento esa empatía con
él porque es otro de los que
está en las márgenes. También
porque curiosamente en Uruguay
tenemos un sentido del absurdo
hipertrófico, muchos escribimos
cosas en las que siempre hay un
soslayo de absurdo; y en Piñera
aparece frecuentemente una
estética del absurdo y una
fusión interesante de géneros.
Reinaldo Arenas me ha gustado mucho.
No tengo mucha influencia
cubana, aunque creo que a partir
de ahora voy a tener más. Tengo
una formación europea sin que yo
lo haya decidido. Uruguay es un
país entre latinoamericano y
europeo, con un modelo educativo
muy afrancesado. Incluso la
Filosofía te conmina a repasar
una historia que nace en Europa.
Es todo un desafío entonces
pensar desde Latinoamérica
filosóficamente hablando. He
recorrido más el siglo XIX
francés o alemán que lo que ha
pasado en nuestro continente.
He dedicado mucho tiempo a la teoría
de las pasiones, a Henderlin, y
lo latinoamericano siempre ha
estado para mí, más conectado
con la literatura argentina, más
que la uruguaya; porque tiene
una calidad extraordinaria y
además, yo soy rioplatense y ahí
me siento muy cerca. Viviendo en
México no he leído mucha
literatura de ese país —salvo la
poesía—, aunque debería.
A pesar de que no he tenido mucho
contacto con la literatura
cubana, percibo que hay una
relación muy hermosa con la
palabra, desde la oralidad,
sobre todo; los cubanos son
grandes oradores. Ahora es
indudable que voy a estar más
cerca de Cuba, eso también lo
genera este encuentro: los que
no conocemos mucho la Isla y
tenemos ideas falsas, a través
de este encuentro sentimos el
aliento para estar más cerca de
la producción cubana. |