Año VIII
La Habana
19 al 25
de DICIEMBRE
de 2009

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

entrevista con Gabriel Schutz

“Impactado con el poder de la convivencia”

Mabel Machado • La Habana

 Fotos: La Jiribilla



“Es horrible —me dice el uruguayo Gabriel Shutz— tener que confesar aquí en Cuba que conozco muy poco de su literatura”. Más o menos así me vi yo cuando me le acerqué para pedirle que conversáramos, estando escasamente al tanto de su mención en el Premio Casa de las Américas en el 2001 y de sus dos Premios Nacionales de Literatura en Uruguay.

Shutz, autor de Una noche de luz clara y otros cuentos, Y verás mis espaldas, El fuelle infinito y Rapsodia nocturna, visita la Isla por primera vez, tomando la Casa, junto con otros jóvenes creadores del continente. De este suelo apenas conoce la obra de Reinaldo Arenas  y Virgilio Piñera, pero percibe que tras este encuentro, tendrá más motivos para acercarse a la literatura cubana.

El paso de Shutz por Casa, con la lectura de algunos de sus relatos y su intervención en varios paneles y debates, invita a pensar en los modos de “habitar la lengua” y  de “hacer de ella nuestra tierra”. El también filósofo, quien reside actualmente en México, disertó en este evento sobre el tema de la extranjería, mostrando optimismo sobre la posibilidad de habitar el mundo con los otros. Para él, la tierra “es la promesa callada de un lugar para todos, para siempre”.

¿Por qué has decidido venir a Casa Tomada, al encuentro de  jóvenes artistas con tendencias tan diversas?

Me invitaron y fue muy generoso por parte de Casa de las Américas. Yo no tenía idea del evento, no estaba al tanto de lo que había pasado en 1983. No tomé la decisión, decidieron por mí en el mejor sentido, y no podía resistir una convocatoria de este tipo, porque representaba la posibilidad de encontrarme con mis pares de otros países; no solo literatos, sino también artistas plásticos, gente de teatro, lo que lo convierte en una ocasión única. No estoy muy acostumbrado a esto, realmente estoy muy aislado, muy solo, mis grandes amigos no son escritores, mis amistades no son muy literarias, estoy siempre entre gente muy diversa: fotógrafos, músicos, etc. No tengo contactos directos con creadores de la palabra más o menos contemporáneos, y siento que esta es una ocasión muy privilegiada para ello.

Nunca había estado en Cuba. Conocerla era una tentación absoluta: estar acá en un marco de esta naturaleza, en Casa de las Américas, con la trayectoria y la historia que tiene. Obtuve una mención en el premio que otorga esta institución y me parecía interesante saber quiénes eran, dónde estaba ubicado ese lugar donde en algún momento a un grupo de personas les gustó lo que yo hacía, eso era también un enigma.

¿Consideras que este encuentro, en el cual se ha convocado a jóvenes a hablar sobre la diversidad, las migraciones, la responsabilidad intelectual, etc., tiene alguna connotación especial al celebrarse en un país como Cuba?

Me estoy dando cuenta ahora de qué es Cuba, yo no tenía mucha idea. Es terrible tener que hablar de semejante ignorancia. Tenía un montón de prejuicios, no necesariamente malos, porque también puede venir uno idealizando las cosas. No era mi caso. Pensé ver una Cuba derruida, espiritualmente fatigada, y encuentro una Cuba sumamente viva, con sueños vivos, con una vida cultural importante.

La dimensión de que este encuentro sea en Cuba, la empiezo a comprender por estos días y supongo que seguirá este proceso de comprensión. No tenía una idea de la eventual singularidad de lo cubano, ni de la conexión de este encuentro con Cuba. Estoy muy impresionado, me está dando mucho como materia para el pensamiento, político —seguramente—, pero moral sobre todo. En muchos sentidos es una experiencia interesantísima.

Es curioso… tengo una formación un poco dura, académica, filosófica y eso a veces hace que uno espere de estos encuentros un alto nivel académico. Pero aquí la cosa va en una línea diferente, donde lo que importa es el relato de experiencias personales, el compartirlas y discutirlas, y el convivir con otros, lo cual considero es central. Entonces, en los espacios que están por fuera de los paneles, en esa convivencia informal cotidiana, se está dando algo bellísimo, se está labrando una tierra, se están tejiendo afectos fuertes, que me parece, van a perdurar. Eso es muy emocionante, porque de golpe uno viene de su vida ordinaria, y se va de acá con amigos de diferentes partes de Latinoamérica, y con afinidades y con poetas desconocidos a los que leer y recomendar, sugerir, visitar o recibir. Estoy muy impactado con el poder de la convivencia.

Que sea en Cuba le da un cariz peculiar, incluso, fuera del ámbito de lo formal, la suerte de tener un espacio tan hermoso como el Malecón, estar en el mar, tomando ron, junto a una guitarra, no me parece que sea muy posible en otros lugares. En muchos sentidos es muy alucinante que este evento tenga lugar en este país: paisajística, espacial, política, moral y espiritualmente. Estoy muy feliz y creo que lo estamos todos. Se está formando acá una mística grupal que va a perdurar en el tiempo.

Ese ha sido siempre uno de los empeños de Casa de las Américas…

Convocar, aglutinar, eso es muy importante. Uno no tiene conciencia de lo fundamental que es el vínculo personal. Una cosa es que me digan: “léete el texto de este autor, que trabaja en Nicaragua, etc.”, lo leo y me puede gustar o no, me puede fascinar o lo puedo aborrecer, pero conocer a la persona es mucho mejor.

Eventualmente ese es uno de los temas que están acá: la relación, la posibilidad de una unidad mayor entre autores —si cabe todavía hablar de autor, porque está muy problematizada esa noción entre el productor o creador y la obra—. Pero conocer a las personas, trabar vínculos como raíces en ellas, tiene un poder enorme en muchos sentidos: creativo, político, moral, ético.

Estoy tomando ahora conciencia de la importancia de este asunto, porque en mi vida cotidiana, mis amistades, curiosamente, están más cercanas a la música, no tengo cofradías para pensar a Latinoamérica, o la creación per se. Estoy solo en ese sentido, y la Filosofía no me provee un marco, porque por ahí ando en otras cosas. Entonces este encuentro me pone muy contento, muy feliz.

A partir de la experiencia que has tenido acá, de tus encuentros con colegas de América Latina en otros espacios, ¿por dónde crees que vayan los caminos del pensar la cultura desde el continente?

Es una pregunta tan difícil… Pienso que este en parte es el camino. Es decir, el juntarse y compartir. El pensamiento es posterior a este tipo de experiencia, siempre llega más tarde, siempre tiene algo de póstumo. Cuando esto termine como evento y cada quien regrese a su país, ahí el pensamiento va a empezar realmente a hacer su obra, y estaremos comunicados por e-mail o por los medios que sean y podremos pensar lo que pasó.

De cierta forma es más una construcción viva de lo latinoamericano a partir de la conjunción de diferentes experiencias; después viene el pensamiento. Hay cosas interesantes para pensar acá. Yo decía en uno de estos paneles, en el que estaban hablando de nuevas estéticas, que leía poca literatura contemporánea. Leo mucha más literatura anterior al siglo XIX o del XX. Alguien notó que era curioso lo que afirmaba, porque otros amigos coincidían conmigo en lo mismo, y concluimos que eso también nos hace contemporáneos. Ese tipo de afinidad para mí era insospechada, hasta que otra persona se da cuenta de que a muchos nos pasa esto, que estamos intentando explorar. Eso fue interesante para mí, me sentí menos solo en ese aspecto. Nosotros no nos leemos con tanta fruición como lo hacían los autores del boom latinoamericano entre ellos —aunque tal vez deberíamos—; pero tenemos la necesidad de estar escarbando en el pasado.

Los caminos en realidad son como este exactamente: el reunirse, cambiar experiencias, convivir, beber y comer juntos como una experiencia muy original de la cohabitación, como un placer supremo. Kant decía que el supremo placer físico y moral era comer y beber con los amigos y creo que siendo él un prusiano tenía, sin embargo, toda la razón. Y hermanarse y trabar amistad, y a partir de ahí lo latinoamericano como tal, comulga, confluye, se entreteje, se fusiona, se mezcla, discute, se piensa.

Defiendes mucho la idea de la cohabitación, te preocupa que la sociedad aún se estructure en clanes. Tu novela Rapsodia nocturna es, de alguna manera, un canto a la amistad, un llamado a aprender a convivir, a habitar en comunidad.

Hoy hablé un poco del habitar la lengua como una tierra interna. En Rapsodia nocturna hay una idea, aborda la amistad como la relación fundamental, como el vínculo originario más importante. Hablo de la amistad personal, de la cohabitación con los amigos en un sentido tal vez amplísimo, que involucra a otras figuras y otros roles. Uno puede tener una amistad con su pareja, con sus hijos, con sus padres; pero lo que ponía en juego ese cuento largo que es Rapsodia… es el cohabitar con la amistad, que adquiere una dimensión política importante, como una resistencia. Tampoco uno puede enorgullecerse de estar resistiendo, por ser un buen amigo; es simplemente que en la amistad está la posibilidad de un ejercicio y de un perfeccionamiento ético.

En esa novela aparece de trasfondo la idea aristotélica de la amistad con el amigo como “el otro yo”. Esto tiene una parte muy hermosa, al pensar que el otro es como un espejo en el que yo me puedo ver y mejorar, mientas aquel quiere mi bien y viceversa. La excelencia está en el decir: “yo voy a ser mi mejor persona posible, tú también lo serás y nos vamos a ayudar en esa búsqueda, y nos vamos a despejar, a triplicar, con franqueza y sinceridad”. En ese sentido considero que la amistad es un espacio muy fundamental de construcción de la sociedad.

¿Tiene esta obra, o el resto de tu creación, la intención de dar aliento a los seres humanos en un mundo que es cada vez más hostil al contacto con el otro, que es cada vez más individual?

No ha sido un propósito muy deliberado. Esa novela partió de tres o cuatro puntos que en principio no son evidentemente contiguos; aparece también una cierta afinación con las simetrías. Más bien lo de la amistad es una inquietud vital, porque yo tenía en ese momento en México un amigo que era como mi tierra, mi hogar. Después esa amistad se destruyó y sentí que ya no quería vivir en México, me sentí huérfano… fíjate el valor que tenía para mí. Entonces, entiendo que la amistad es el modo más originario de hacer tierra, es una forma de amor, de alguna manera.

La otra, es más solitaria; ser poeta es el modo de estar solo; pero es una manera de relación con la lengua, una forma de habitar y cohabitar con los otros que hablan esa lengua.

Ayer, cerca de la una de la mañana, cuando me estaba yendo del Malecón donde pasábamos la noche los que participamos acá, uno de los colegas me dio un regalo: me leyó uno de sus bellos poemas. Ahí el papel de la lengua fue como desearte buen camino a partir de una ofrenda del idioma, de algo que los dos amamos. Hubo amistad y lenguaje. No se puede pedir más. Yo, que soy medio descreído del amor romántico, que soy solitario en ese aspecto, siento que acá están las utopías posibles.

En uno de los paneles de Casa Tomada decías que no persigues actualmente una búsqueda estética, sino una búsqueda existencial. ¿Cómo concibes ese encuentro?

Pienso en Foucualt y su idea de la estética de la existencia que aparece en sus obras tardías, hacer del sujeto objeto de sí mismo y trabajar con uno mismo, y hacer con uno mismo una obra de arte. Ese es un ideal grecolatino antiguo.

En realidad, lo que digo es que ahora no estoy especialmente preocupado por modelos y referentes como hace algunos años. Me sentía muy cercano al cuento clásico, y al deseo de escribir a partir de ideas; me considero un escritor muy conceptual, lo cual tiene que ver con mi formación filosófica. Ahora, por el contrario, quisiera sacarme todo eso de arriba, como si me pesara, me molestara para escribir.

Ya, por supuesto, hay algo labrado y un conjunto de características de las que no me puedo desembarazar. Aunque es una estupidez decirlo, siento que tengo un cierto gusto clásico, prefiero la precisión absoluta en el lenguaje, trabajo con una cierta economía de recursos; pero también con fraseos a veces largos y construcciones sintácticas complejas. Eso ya es parte de una forma de escribir en la que se mete en ensayo, el pensamiento.

Hoy estoy más interesado en que la escritura apoye una estética de la existencia, que una estética del lenguaje. Me siento completamente ínfimo para desempeñar una tarea de esa naturaleza: hacer estallar el lenguaje, revertir o subvertir todos sus límites. Sé lo que hizo el boom latinoamericano, pero también lo que aportaron Joyce, Virginia Wolf, y me parece alucinante. Por supuesto, siempre voy a abrevar en eso, pero no me siento ahora muy capaz de hacer algo así.

¿Consideras que la literatura joven del continente está creciendo a la sombra de los escritores consagrados, como los del boom, por ejemplo?

Por estos días escuché a una colega decir que “somos las sobras”. Lo dijo en un sentido reivindicativo, pero no me parece posible de ninguna manera. En lo personal no me siento bajo la sombra de nadie, y no es por vanidad. No creo estar tan minusválido. Estamos más solos, nada más. También más dispersos, en un mundo con una fragmentación y una atomización de las ideas mucho mayor, donde hay menos comunidad.

Pero, incluso, los escritores que me interesan a mí no son los del boom. José Saer, que estuvo en el margen de ese fenómeno, es uno de los escritores que más atraen. Pienso que hay que, con respeto, perderle un poco de respeto —en el mejor sentido de la expresión— al boom latinoamericano. Algunos escritores jóvenes sienten que la manera de decir “estoy aquí, yo también” es hacer algo completamente opuesto, completamente pop y a veces salen cosas que no son tan buenas.

Por ejemplo, a mí me incluyeron en una antología de jóvenes escritores latinoamericanos llamada El futuro no es nuestro. No estoy de acuerdo con el título, aunque es muy bueno el trabajo que hizo el compilador. Esta perspectiva de que el mundo está destruido y nosotros estamos acá para denunciarlo, no me interesa en lo más mínimo, no lo siento así. Hay algo ahí de rabia contra los grandes, un discurso de resentimiento. Entonces se reivindica profundamente a Roberto Bolaños, como el paradigma del pop, porque pone a los actores porno y a los futbolistas en sus obras, en las cuales genera una narrativa más apartada de todas aquellas grandilocuencias.

No estoy de acuerdo con este afán de confrontación. Para mí es más hegeliano el asunto: ellos están, son figuras, y nosotros los incorporamos de alguna manera, los tenemos en el vientre. Tal vez pueda pensarse que hay parricidios necesarios: sí, pero también los tiene que haber con respecto a otras cosas, no solo al boom. En todo caso, la relación interesante con ellos es que había un aliento hacia lo infinito, y ahora hay un aliento hacia lo infinitesimal, es mi lectura de lo contemporáneo; la densidad de lo pequeño, con toda la grandeza que ello pueda albergar. Es como si fuera un universo, que después de expandirse están en retraimiento, pero también es un fenómeno estéticamente interesante. La actitud de acomplejarse no conviene nunca, hay que tener un poco de reverencia ante estos autores.

¿Qué papel ocupan los autores cubanos en tus lecturas?

Virgilio Piñera es el que más conozco, el que más me gusta, del que más cercano me siento. Creo que siento esa empatía con él porque es otro de los que está en las márgenes. También porque curiosamente en Uruguay tenemos un sentido del absurdo hipertrófico, muchos escribimos cosas en las que siempre hay un soslayo de absurdo; y en Piñera aparece frecuentemente una estética del absurdo y una fusión interesante de géneros.

Reinaldo Arenas me ha gustado mucho. No tengo mucha influencia cubana, aunque creo que a partir de ahora voy a tener más. Tengo una formación europea sin que yo lo haya decidido. Uruguay es un país entre latinoamericano y europeo, con un modelo educativo muy afrancesado. Incluso la Filosofía te conmina a repasar una historia que nace en Europa. Es todo un desafío entonces pensar desde Latinoamérica filosóficamente hablando. He recorrido más el siglo XIX francés o alemán que lo que ha pasado en nuestro continente.

He dedicado mucho tiempo a la teoría de las pasiones, a Henderlin, y lo latinoamericano siempre ha estado para mí, más conectado con la literatura argentina, más que la uruguaya; porque tiene una calidad extraordinaria y además, yo soy rioplatense y ahí me siento muy cerca. Viviendo en México no he leído mucha literatura de ese país —salvo la poesía—, aunque debería.

A pesar de que no he tenido mucho contacto con la literatura cubana, percibo que hay una relación muy hermosa con la palabra, desde la oralidad, sobre todo; los cubanos son grandes oradores. Ahora es indudable que voy a estar más cerca de Cuba, eso también lo genera este encuentro: los que no conocemos mucho la Isla y tenemos ideas falsas, a través de este encuentro sentimos el aliento para estar más cerca de la producción cubana.  

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
IE-Firefox, 800x600