|
He de confesar que no
recuerdo cuándo ni en
qué circunstancias
conocí a Roberto Méndez.
Ese olvido quizá entrañe
una voluntad de hacer
inmemorial el día de
nuestro encuentro, como
si ese hecho hubiese
ocurrido en la
intemporalidad, como
sucede con los mitos.
Tampoco tengo en mi
memoria nuestros temas
de conversación de
entonces, pero puedo
imaginarlos por los que
vinieron después. Me
comentaba hace un tiempo
que la primera vez que
nos vimos él estaba
estudiando su carrera
universitaria. Después
de aquellos primeros
encuentros, hace algunos
años, ni muchos ni
pocos, con relativa
frecuencia sonaba mi
teléfono de mi casa en
El Vedado y cuando me
ponía al habla oía una
voz amistosa que me
decía: —Enrique, te
habla Roberto Méndez,
estoy en La Habana, en
el Hotel Nacional o en
cualquiera otro de El
Vedado, de lo que ahora
decimos con nostalgia:
Oh tempora, oh mores—.
Venía de inmediato un
saludo muy cordial y
acto seguido frases en
las que me decía algo
así como esto: —Ven
mañana a desayunar o a
almorzar. Fieles a esa
costumbre grecorromana
que nos dice que ya
aquellas culturas eran
la nuestra, practicamos
en varias ocasiones esos
encuentros en los que
disfrutábamos gustosos y
ávidos el placer de
comer acompañado de una
conversación sobre
diversos temas:
lecturas, proyectos
personales, amigos
comunes, viajes. Sus
viajes a la capital no
eran tan frecuentes,
pero tampoco tan
alejados como para que
nuestros diálogos se
fuesen marchitando, y
así nos veíamos y
conversábamos
largamente, nos
conocíamos cada vez con
mayor precisión.
Siempre pude apreciar en
aquellos diálogos el
refinamiento de la
cultura de Roberto,
evidente en sus temas
preferidos y en la
manera de tratarlos, ese
modo tan suyo de ir
apuntando rasgos
fundamentales de la
problemática en cuestión
y de observar detalles
no frecuentes en los
comentarios de otros
lectores. Me fui dando
cuenta de que mi
interlocutor había leído
muy bien sus textos,
aquellos que se habían
constituido en
esenciales para su
visión del mundo, en
buena parte hacha
precisamente desde esos
autores y libros que
volvían una y otra vez
en nuestros coloquios.
Sin dejar de ser un
cubano radical,
conocedor de nuestras
mayores figuras
históricas y literarias,
siempre me ha parecido
este amigo una excepción
por sus preocupaciones y
búsquedas en otras
literaturas y en
artistas plásticos,
músicos y pensadores de
Europa y de América. No
basta con leer buenos y
muchos libros, es
necesario además, para
aportar al
enriquecimiento de los
demás, saber comunicar
lo que hemos leído y
visto, lo que hemos
aprendido en los grandes
maestros. Roberto tiene
ese don de saber decir,
de saber entregarnos las
esencias y ciertos
matices imprescindibles
de un poeta o de un
artista. De ahí las
calidades de su obra
ensayística, con
precisiones que siempre
he admirado y que su
diversidad temática no
ha podido opacar. No
muchos entre nosotros
pueden escribir con
acierto acerca de
literatura, artes
plásticas, ballet,
música, temas en los que
Roberto ha incursionado
durante años con
erudición y buen gusto,
con prosa nítida y con
fuerza comunicante,
virtudes que todo
ensayista ha de tener si
quiere revelarnos sus
hallazgos en el
ejercicio de su
criterio.
En nuestros coloquios yo
prefería escucharlo
antes que emitir mis
criterios, pues sus
opiniones me aportaban
lecciones que me abrían
nuevas posibilidades de
acercamiento a una
figura o movimiento
literario, como sucedía
cuando hablábamos, por
ejemplo, acerca de los
poetas de Orígenes, a
los que conocía muy bien
desde muy temprano en su
vida literaria. Nunca
busqué, en sus
acercamientos a los
poetas que preferíamos,
los puntos polémicos que
se derivaran de nuestras
diferencias en la
apreciación de sus
valores y aportes. Desde
luego, no coincidíamos
en todo, pero las
diferencias eran para mí
motivo suficiente para
replantearme mi lectura
de ese autor, no para
entablar una polémica
infructífera. Jamás
pretendimos convencernos
mutuamente de nada. Creo
que coincidimos en algo
importante: cada uno ha
de elaborar su
cosmovisión y ha de
sustentarla desde su
estilo. Muchos dirán:
esas conversaciones eran
seguramente muy
aburridas, pues no había
un intercambio de ideas
discrepantes entre sí y
por ende el diálogo ha
de haber fluido como un
discurso sin más; pero
en verdad se trataba de
intercambios de análisis
y de opiniones que eran
asimiladas como
lecciones, al menos por
mí, siempre
cuestionándome mis
criterios y
sometiéndolos a la
prueba de otras
apreciaciones que yo
estimara.
Aunque yo tuviese muy
arraigada otra
percepción de una
figura, al escuchar a
Roberto aprendía que
había otros modos de
llegar a ese pasaje que
estábamos comentando. Su
cubanía lo ha hecho
acercarse a nuestros
hechos históricos,
literarios y artísticos
con viva pasión erudita;
pero no lo ha
circunscrito a nuestro
ámbito, sino que lo ha
abierto al mundo en
busca de valores
universales,
enriquecidos con
diversos viajes de
naturaleza disímil.
Maestro en el
conocimiento de nuestro
siglo XIX —ahí están,
como testimonios
irrecusables de esa
sabiduría, su libro
acerca de Gertrudis
Gómez de Avellaneda,
reciente Premio Alejo
Carpentier de Ensayo, y
todo lo que ha venido
investigando acerca de
Plácido. En el reciente
ciclo de conferencias
que ofreció la Academia
Cubana de la Lengua para
celebrar los 200 años
del nacimiento del autor
de "Jicotencal", se me
asignó la que titulé
"Lezama lector de
Plácido". Les confieso
que estuve intranquilo
varios días ante el
hecho relativamente
inminente de leer en
público mi trabajo, pero
recibí un gran alivio
cuando Roberto me dijo
por teléfono algunas
opiniones que coincidían
con las mías en torno al
tema de mi disertación.
Un gran conocedor de
Lezama y del poeta del
XIX había llegado por
otros caminos a
criterios similares a
los míos, y eso me
proporcionó un gran
alivio, de manera que a
partir de entonces pude
elaborar mi texto con un
mayor sosiego y fluidez,
con una seguridad que
alejaba dudas e
inquietud. Siempre
aprendo y me enriquezco
con Roberto por su
reconocido magisterio,
el sosiego de sus
juicios, virtud que no
le viene de una calma
que en sí misma no dice
nada, sino de una
cuidadosa asimilación de
los valores y aportes de
los temas a los que se
ha acercado durante
años. Nunca ha querido
asombrar ni trastornar a
otros con sus
percepciones en torno a
la cultura, no hay en él
una voluntad
vanguardista que se
proponga echar por
tierra valores
establecidos, sino una
creadora necesidad de
ahondar en los grandes
hallazgos de la mejor
herencia espiritual de
Occidente. De ahí sus
relecturas, por ejemplo,
de los grandes autores
del cristianismo, entre
ellos San Juan de la
Cruz, a cuya obra se ha
acercado desde la más
rica espiritualidad, ese
trascendentalismo que
reapareció con tanta
fuerza en Orígenes y que
mucha de nuestra
literatura ha venido
sustituyendo por una
inmediatez de frutos
diversos, no siempre
loables.
|
 |
Gran motivo de alegría
fue para mí que Jesús
David Curbelo, jefe de
la redacción de poesía
de Ediciones Unión, me
comunicara que el propio
Roberto le había pedido
que yo le hiciera el
prólogo a su antología
de poemas
Autorretrato con cardo.
De inmediato procedí a
releerme su obra poética
y encontré que sus
textos iban apareciendo
ante mis ojos con total
frescura y fuerza, como
el primer día, una
poesía que venía de muy
adentro y que me daba
testimonio de una
riquísima percepción y
de un extraordinario
regusto por el idioma.
Ello me movió a escribir
entonces lo siguiente:
"El cuidado formal de
estas páginas, el
acendramiento de sus
estructuras
lingüísticas, está en
absoluta consonancia con
la conceptualización que
sustenta esta poética,
su búsqueda de signos
trascendentes para
integrar un corpus en el
que se suceden las
imágenes
paradigmáticas". Más
adelante apunto,
buscando comunicar lo
que considero la
sustancia última de su
poesía:
“Cuando nos adentramos
en el mundo lírico de
Roberto Méndez —poesía
tocada asimismo por
cierta epicidad,
especialmente en esas
figuraciones de gran
fuerza plástica que el
poeta logra en muchos de
estos cuadernos, como
sucede por ejemplo en la
frecuente alusión a las
ruinas, de enorme carga
semántica en la
cosmovisión del autor,
tenemos la sensación de
que sus libros han sido
escritos tras dilatadas
y sustanciosas
meditaciones y siguiendo
una poderosa impulsión
de oscura raíz
romántica. [...] En
realidad esa afirmación
nos dice que este poeta
escribe desde una
profunda reflexión de
rango espiritual, no
desde la asimilación de
la cultura como
apropiación de la
inteligencia y solo como
eso exclusivamente. No
es esta una poesía de
ideas en un sentido
filosófico o académico,
sino una poesía que
antes de la escritura ha
llegado al conocimiento
por la vía del diálogo
detenido con una
sabiduría que en última
instancia nos viene de
la mística, tan cercana
a la formación de
Roberto Méndez.”
No hace mucho que este
amigo se mudó a la
Ciudad de La Habana, lo
cual le permitió
incorporarse a la
Academia Cubana de la
Lengua como miembro de
Número y a su vez nos
facilitó a mi esposa y a
mí visitarlo con
frecuencia para cultivar
una amistad que ya no es
solo con él, sino además
con su esposa, Yamilé, y
su hijo Roberto Enrique.
De ese modo tenemos el
doble privilegio de
hablar de innumerables
temas afines y de
ahondar en otro
conocimiento tanto o más
importante que el de los
libros y los artistas:
el de las personas
simples y llanas, con
sus sueños y angustias,
con sus alegrías y
tristezas, acaso la
mayor lección que nos
pueda traer la vida en
sociedad. Veremos crecer
al niño y continuaremos
nuestro diálogo sobre
todo: libros, figuras de
la cultura, experiencias
de viajes, amistades y
enemistades, premios y
silenciamientos, planes
personales, las
posibilidades del
porvenir, lo
trascendente y lo
cotidiano, los hechos
indescifrables del
pasado cubano, el
destino de familias y
conocidos que se han
perdido en el tiempo, en
fin, lo humano y lo
divino que siempre nos
acompañarán, pero ahora
compartido con estos
amigos tan cercanos en
la sensibilidad y desde
hace poco también en la
distancia, en ese
espacio que gustosos
atravesamos ellos y
nosotros para vernos y
charlar
interminablemente.
Gracias a ellos por la
amistad y por la
lucidez. |