Año VIII
La Habana

19 al 25
de DICIEMBRE
de 2009

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Roberto Méndez

El don de saber decir

Enrique Saínz • La Habana

Fotos: La Jiribilla



He de confesar que no recuerdo cuándo ni en qué circunstancias conocí a Roberto Méndez. Ese olvido quizá entrañe una voluntad de hacer inmemorial el día de nuestro encuentro, como si ese hecho hubiese ocurrido en la intemporalidad, como sucede con los mitos. Tampoco tengo en mi memoria nuestros temas de conversación de entonces, pero puedo imaginarlos por los que vinieron después. Me comentaba hace un tiempo que la primera vez que nos vimos él estaba estudiando su carrera universitaria. Después de aquellos primeros encuentros, hace algunos años, ni muchos ni pocos, con relativa frecuencia sonaba mi teléfono de mi casa en El Vedado y cuando me ponía al habla oía una voz amistosa que me decía: —Enrique, te habla Roberto Méndez, estoy en La Habana, en el Hotel Nacional o en cualquiera otro de El Vedado, de lo que ahora decimos con nostalgia: Oh tempora, oh mores—. Venía de inmediato un saludo muy cordial y acto seguido frases en las que me decía algo así como esto: —Ven mañana a desayunar o a almorzar. Fieles a esa costumbre grecorromana que nos dice que ya aquellas culturas eran la nuestra, practicamos en varias ocasiones esos encuentros en los que disfrutábamos gustosos y ávidos el placer de comer acompañado de una conversación sobre diversos temas: lecturas, proyectos personales, amigos comunes, viajes. Sus viajes a la capital no eran tan frecuentes, pero tampoco tan alejados como para que nuestros diálogos se fuesen marchitando, y así nos veíamos y conversábamos largamente, nos conocíamos cada vez con mayor precisión.

Siempre pude apreciar en aquellos diálogos el refinamiento de la cultura de Roberto, evidente en sus temas preferidos y en la manera de tratarlos, ese modo tan suyo de ir apuntando rasgos fundamentales de la problemática en cuestión y de observar detalles no frecuentes en los comentarios de otros lectores. Me fui dando cuenta de que mi interlocutor había leído muy bien sus textos, aquellos que se habían constituido en esenciales para su visión del mundo, en buena parte hacha precisamente desde esos autores y libros que volvían una y otra vez en nuestros coloquios. Sin dejar de ser un cubano radical, conocedor de nuestras mayores figuras históricas y literarias, siempre me ha parecido este amigo una excepción por sus preocupaciones y búsquedas en otras literaturas y en artistas plásticos, músicos y pensadores de Europa y de América. No basta con leer buenos y muchos libros, es necesario además, para aportar al enriquecimiento de los demás, saber comunicar lo que hemos leído y visto, lo que hemos aprendido en los grandes maestros. Roberto tiene ese don de saber decir, de saber entregarnos las esencias y ciertos matices imprescindibles de un poeta o de un artista. De ahí las calidades de su obra ensayística, con precisiones que siempre he admirado y que su diversidad temática no ha podido opacar. No muchos entre nosotros pueden escribir con acierto acerca de literatura, artes plásticas, ballet, música, temas en los que Roberto ha incursionado durante años con erudición y buen gusto, con prosa nítida y con fuerza comunicante, virtudes que todo ensayista ha de tener si quiere revelarnos sus hallazgos en el ejercicio de su criterio.

En nuestros coloquios yo prefería escucharlo antes que emitir mis criterios, pues sus opiniones me aportaban lecciones que me abrían nuevas posibilidades de acercamiento a una figura o movimiento literario, como sucedía cuando hablábamos, por ejemplo, acerca de los poetas de Orígenes, a los que conocía muy bien desde muy temprano en su vida literaria. Nunca busqué, en sus acercamientos a los poetas que preferíamos, los puntos polémicos que se derivaran de nuestras diferencias en la apreciación de sus valores y aportes. Desde luego, no coincidíamos en todo, pero las diferencias eran para mí motivo suficiente para replantearme mi lectura de ese autor, no para entablar una polémica infructífera. Jamás pretendimos convencernos mutuamente de nada. Creo que coincidimos en algo importante: cada uno ha de elaborar su cosmovisión y ha de sustentarla desde su estilo. Muchos dirán: esas conversaciones eran seguramente muy aburridas, pues no había un intercambio de ideas discrepantes entre sí y por ende el diálogo ha de haber fluido como un discurso sin más; pero en verdad se trataba de intercambios de análisis y de opiniones que eran asimiladas como lecciones, al menos por mí, siempre cuestionándome mis criterios y sometiéndolos a la prueba de otras apreciaciones que yo estimara.

Aunque yo tuviese muy arraigada otra percepción de una figura, al escuchar a Roberto aprendía que había otros modos de llegar a ese pasaje que estábamos comentando. Su cubanía lo ha hecho acercarse a nuestros hechos históricos, literarios y artísticos con viva pasión erudita; pero no lo ha circunscrito a nuestro ámbito, sino que lo ha abierto al mundo en busca de valores universales, enriquecidos con diversos viajes de naturaleza disímil. Maestro en el conocimiento de nuestro siglo XIX —ahí están, como testimonios irrecusables de esa sabiduría, su libro acerca de Gertrudis Gómez de Avellaneda, reciente Premio Alejo Carpentier de Ensayo, y todo lo que ha venido investigando acerca de Plácido. En el reciente ciclo de conferencias que ofreció la Academia Cubana de la Lengua para celebrar los 200 años del nacimiento del autor de "Jicotencal", se me asignó la que titulé "Lezama lector de Plácido". Les confieso que estuve intranquilo varios días ante el hecho relativamente inminente de leer en público mi trabajo, pero recibí un gran alivio cuando Roberto me dijo por teléfono algunas opiniones que coincidían con las mías en torno al tema de mi disertación.

Un gran conocedor de Lezama y del poeta del XIX había llegado por otros caminos a criterios similares a los míos, y eso me proporcionó un gran alivio, de manera que a partir de entonces pude elaborar mi texto con un mayor sosiego y fluidez, con una seguridad que alejaba dudas e inquietud. Siempre aprendo y me enriquezco con Roberto por su reconocido magisterio, el sosiego de sus juicios, virtud que no le viene de una calma que en sí misma no dice nada, sino de una cuidadosa asimilación de los valores y aportes de los temas a los que se ha acercado durante años. Nunca ha querido asombrar ni trastornar a otros con sus percepciones en torno a la cultura, no hay en él una voluntad vanguardista que se proponga echar por tierra valores establecidos, sino una creadora necesidad de ahondar en los grandes hallazgos de la mejor herencia espiritual de Occidente. De ahí sus relecturas, por ejemplo, de los grandes autores del cristianismo, entre ellos San Juan de la Cruz, a cuya obra se ha acercado desde la más rica espiritualidad, ese trascendentalismo que reapareció con tanta fuerza en Orígenes y que mucha de nuestra literatura ha venido sustituyendo por una inmediatez de frutos diversos, no siempre loables.

Gran motivo de alegría fue para mí que Jesús David Curbelo, jefe de la redacción de poesía de Ediciones Unión, me comunicara que el propio Roberto le había pedido que yo le hiciera el prólogo a su antología de poemas Autorretrato con cardo. De inmediato procedí a releerme su obra poética y encontré que sus textos iban apareciendo ante mis ojos con total frescura y fuerza, como el primer día, una poesía que venía de muy adentro y que me daba testimonio de una riquísima percepción y de un extraordinario regusto por el idioma. Ello me movió a escribir entonces lo siguiente: "El cuidado formal de estas páginas, el acendramiento de sus estructuras lingüísticas, está en absoluta consonancia con la conceptualización que sustenta esta poética, su búsqueda de signos trascendentes para integrar un corpus en el que se suceden las imágenes paradigmáticas". Más adelante apunto, buscando comunicar lo que considero la sustancia última de su poesía:

“Cuando nos adentramos en el mundo lírico de Roberto Méndez —poesía tocada asimismo por cierta epicidad, especialmente en esas figuraciones de gran fuerza plástica que el poeta logra en muchos de estos cuadernos, como sucede por ejemplo en la frecuente alusión a las ruinas, de enorme carga semántica en la cosmovisión del autor, tenemos la sensación de que sus libros han sido escritos tras dilatadas y sustanciosas meditaciones y siguiendo una poderosa impulsión de oscura raíz romántica. [...] En realidad esa afirmación nos dice que este poeta escribe desde una profunda reflexión de rango espiritual, no desde la asimilación de la cultura como apropiación de la inteligencia y solo como eso exclusivamente. No es esta una poesía de ideas en un sentido filosófico o académico, sino una poesía que antes de la escritura ha llegado al conocimiento por la vía del diálogo detenido con una sabiduría que en última instancia nos viene de la mística, tan cercana a la formación de Roberto Méndez.”

No hace mucho que este amigo se mudó a la Ciudad de La Habana, lo cual le permitió incorporarse a la Academia Cubana de la Lengua como miembro de Número y a su vez nos facilitó a mi esposa y a mí visitarlo con frecuencia para cultivar una amistad que ya no es solo con él, sino además con su esposa, Yamilé, y su hijo Roberto Enrique. De ese modo tenemos el doble privilegio de hablar de innumerables temas afines y de ahondar en otro conocimiento tanto o más importante que el de los libros y los artistas: el de las personas simples y llanas, con sus sueños y angustias, con sus alegrías y tristezas, acaso la mayor lección que nos pueda traer la vida en sociedad. Veremos crecer al niño y continuaremos nuestro diálogo sobre todo: libros, figuras de la cultura, experiencias de viajes, amistades y enemistades, premios y silenciamientos, planes personales, las posibilidades del porvenir, lo trascendente y lo cotidiano, los hechos indescifrables del pasado cubano, el destino de familias y conocidos que se han perdido en el tiempo, en fin, lo humano y lo divino que siempre nos acompañarán, pero ahora compartido con estos amigos tan cercanos en la sensibilidad y desde hace poco también en la distancia, en ese espacio que gustosos atravesamos ellos y nosotros para vernos y charlar interminablemente. Gracias a ellos por la amistad y por la lucidez.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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