Año VIII
La Habana

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entrevista con rafael acosta de arriba

Octavio Paz: luminoso y poético

Estrella Díaz • La Habana

 


Rafael Acosta

Octavio Paz (1914-1998), considerado el más grande pensador y poeta de México y galardonado en 1981 con el Premio Cervantes y, en 1990, con el Nobel de Literatura, es una figura que, por derecho propio, se convirtió desde hace 20 años en objeto de estudio para el investigador cubano Rafael Acosta de Arriba, quien recientemente obtuvo la categoría de Doctor en Ciencias que concede la Comisión Nacional de Grados Científicos (entidad subordinada centralmente al Consejo de Estado, pero atendida por  delegación por el Ministro de Educación Superior). Con anterioridad, Acosta había obtenido el grado de Doctor en Ciencias Históricas, en 1998.

La investigación, titulada “Los signos mutantes del laberinto: la crítica de arte de Octavio Paz”, constituye un acercamiento a la obra de este mexicano que —según Acosta de Arriba, quien concedió una entrevista exclusiva para La Jiribilla—, es una figura central dentro de la crítica de arte que se ha elaborado en América Latina a lo largo del pasado siglo XX y lo que va de este.

“Octavio Paz en México, José Lezama Lima en Cuba y Luis Cardoza y Aragón, nacido en Guatemala y radicado en México, son tres críticos de arte que gestaron un tipo de crítica que los hizo distintos a los demás”.

¿En qué sentido?

En el sentido que hicieron una crítica poética de las artes visuales; se apartaron de los caminos trillados de la crítica academicista o muy teórica y elaboraron una especie de combinación de la mirada y la inspiración poética sobre el hecho artístico. De tal suerte,  los textos que produjeron estos tres grandes críticos —después seguidos por otros más jóvenes— conforman un núcleo realmente sobresaliente dentro de la crítica de arte del continente americano.  

Hay una frase de Octavio Paz que dice: “Las formas artísticas, las técnicas y los mitos son el lenguaje cifrado de las civilizaciones”. Según tu criterio, ¿cómo es aplicable ese concepto a la obra de Octavio Paz en relación con el momento que le tocó vivir y con el arte que disfruto, consumió y compartió?   

Pienso que Paz fue un hombre que una de las primeras empresas ensayísticas que se propuso —siendo muy joven— fue traducir el arte prehispánico mexicano, que es fabuloso, a un lenguaje moderno y creo que lo hizo muy bien.

Él mismo aseguraba que se consideraba el escritor mexicano que más había trabajado el tema del arte precolombino y, realmente, tiene un grupo de trabajos que constituyen una suerte de desciframiento de todos los mitos y los lenguajes crípticos que estas civilizaciones produjeron. En ellos confluyen enfoques de antropología, de sociología, de crítica de arte, de historia, de temas muy complejos que obligan al lector a involucrarse dentro de esas civilizaciones que, como se sabe, fueron ciertamente muy enigmáticas. Paz logró moverse con mucha fortuna dentro de ese entramado y gestó textos luminosos sobre las culturas precolombinas.

¿Estimas que ese sea el aporte esencial de la obra de Octavio Paz referida al estudio del arte precolombino?    

Creo que sí porque fue capaz de poner sobre la mesa —en la época de las discusiones de la llamada posmodernidad— una lectura amena, inteligente y profunda de las culturas mesoamericanas originales.

Todo ese entramado misterioso creado por aquellos hombres que habitaban este continente antes de la llegada de los europeos, Paz lo traduce a un lenguaje iluminado y poético y lo pone al alcance de los lectores.

¿Cómo ha llegado al arte contemporáneo mexicano ese legado cultural del que Paz es heredero?

Ha llegado a partir de la tradición del arte de ese país, que es extraordinaria, y de un grupo de estudiosos; Beatriz de la Fuente, ya desaparecida, fue una investigadora mexicana que hizo una traducción muy importante y atinada de aquellas culturas, así como también escribieron enjundiosos trabajos Ángel Garibay, Miguel León Portilla y Nigel Davies,  pero considero que Octavio Paz fue el escritor que hizo la interpretación más amena, inteligente y plausible, que ha sido muy leída no solo en los ámbitos académicos sino en los más populares.

Contribuyó, entonces, a que ese legado del arte mexicano sea asimilado por sectores más populares.    

Sí, porque, por citar un ejemplo, Paz asume a los dioses del panteón maya y los pasa por los filtros de la cultura cristiana y por los lenguajes de la modernidad y los desmenuza, los hace legibles para el más profano; eso facilita que uno pueda acceder a cómo pensaban aquellos hombres a partir del esfuerzo intelectual del poeta mexicano.

Dices filtrada, pero no es una mirada estrictamente cristiana la que nos brinda Paz…

Para nada, digo filtrada en el sentido de que la cultura cristiana fue muy importante y pesó mucho en las interpretaciones ulteriores de aquellas culturas, pero pienso que Paz, también, tomó distancia de esto. Él trató de encontrar una lectura lo más libre de cualquier compromiso con el canon de la modernidad, y se introdujo en el centro de aquellas culturas. Por ejemplo, llega a decir algo que me parece medular: asegura que es una cultura que lo mismo que tenía de fascinante lo tenía de terrible por la práctica de los sacrificios humanos. Pero dice algo más trascendente aún, que cada una de aquellas esculturas precolombinas era “un prodigioso racimo de símbolos” que creció observándolas con horror y pasmo a un tiempo.

En su larga e intensa carrera Octavio Paz se dedicó, también, a investigar sobre el surrealismo como corriente no solamente en la literatura. Desde el arte, ¿cuáles son las claves esenciales que encontraste de cómo abordó Paz este movimiento que fue tan importante no solamente en América Latina sino a nivel planetario?

Hay una carta que menciono en mi investigación, que envió Paz al poeta y ensayista cubano Roberto Fernández Retamar, en la que le habla sobre lo que el surrealismo significó para él y el impacto que tuvo en su formación intelectual y personal. Es una misiva poco citada.

¿Poco citada o poco conocida?

 Es poco conocida, pero es una carta esencial porque en ella Paz logra un nivel de desnudamiento total en cuanto a revelar lo que significó para él este movimiento. Como se sabe, él llegó tarde al surrealismo y se fue interesando al relacionarse con los últimos escritores y artistas que aún pertenecían al mismo. Sobre todo fueron muy importantes los contactos que tuvo con André Bretón, el gran pope del movimiento, su jerarca carismático.

Indiscutiblemente, el surrealismo dejó una huella en su literatura y, sobre todo, en su poesía. Textos como los de su poemario “La estación violenta”, por solo citar un ejemplo entre muchos, están impregnados de un marcado aliento surrealista.

Él hizo una labor de traducción —al igual que hablábamos de la interpretación que realizó de las culturas mesoamericana y precolombina—,  del surrealismo donde pienso que fue asimilando lo que a su juicio era lo mejor de ese movimiento y lo decanta en su obra literaria y de crítica de arte y que es realmente muy interesante. Aunque en sus inicios consideró críticamente al movimiento como poseedor de serias limitaciones y del uso reiterado de frases vacías, en su etapa de madurez lo llegó a definir como el movimiento artístico y espiritual más importante del siglo XX; una suerte de combinación de las intenciones de Marx y Rimbaud: cambiar el mundo, cambiar al hombre.

¿No será un poco categórica esa afirmación? 

Realmente Octavio Paz fue un pensador muy categórico (¿existe alguno que no lo sea?) y muy  dado a generalizaciones que en ocasiones no argumentó lo suficiente, cuestiones estas que le señalaron oportunamente algunos de sus críticos y adversarios. Mas él defendió con pasión y lucidez sus criterios y creo que para discrepar con él, aun después de muerto, hay que hacerlo en su propio terreno, el de la inteligencia. Finalmente, él consideró que el surrealismo fue un movimiento artístico y literario, pero también una gran fuerza  espiritual, en el sentido de la potenciación de las fuerzas creativas que estimulaba, mediante las cuales el hombre podía llegar a la libertad total como ser social.

Y en ese sentido desde el punto de vista de las artes plásticas, ¿cómo se dio la crítica de arte de Octavo Paz en relación con el surrealismo?

Fue muy interesante porque él, partiendo del análisis de la historia del arte y de grandes artistas europeos, llega al análisis de los mexicanos, y en ese sentido ofreció una lectura del surrealismo mexicano que no se había hecho antes. Por ejemplo, escribió algunos trabajos sobre Alberto Gironella, pintor y dibujante mexicano, y sobre otros artistas de inspiración surrealista no mexicanos, pero radicados allí, ofreciendo sobre estos creadores lecturas que no se habían hecho antes. Es una mirada nueva, diferente, que coloca mejor el surrealismo en América, tema sobre el que no hay muchos estudios.

Dice Octavo Paz: “De pintar las cosas se ha pasado a pintar las ideas; el artista se ha cegado al mundo exterior y ha vuelto la pupila hacia los paisajes internos y subjetivos”. Todo un concepto.

Esa frase me da pie para pasar a comentarte otra zona de la tesis que es cuando Paz examina la obra del francés Marcel Duchamp. Ese es un instante culminante de la mirada de Octavio Paz sobre el arte y dio como resultado un primer ensayo que tituló El castillo de la pureza; años después cuando se descubrió que Duchamp trabajó en secreto durante más de dos décadas en una obra postrera, Étant donnés, Paz consideró que debía completar ese primer ensayo y escribe el libro La apariencia desnuda que, visto de conjunto, es un examen total de la obra de este importantísimo artista francés.

No cabe duda de que la obra y la personalidad de Marcel Duchamp cambiaron por completo el arte del siglo XX, porque a partir de él el arte estrictamente retiniano pasó a compartir protagonismo, y a cederlo, ante el arte como gesto, el arte conductual, la forma de manifestar las significaciones desde muchos ángulos y no solamente desde una obra bidimensional o clásicamente escultórica, que era como se realizaba hasta su irrupción.

Duchamp asume la estética del ready-made que en español significa más o menos “ya hecho” y que no es más que la utilización de elementos de la vida cotidiana elevados a la categoría o intencionalidad de arte. Esta manera de enfrentar el arte no fue entendida en su momento.

Y también esa teoría de Duchamp de que todo objeto carga en sí mismo una memoria anterior y unirlo a la obra que es una de la tesis que defiende… 

Él lo dijo en una entrevista “traté de lanzarles el urinario por la cabeza” (a la institución arte) con la idea de destrozar todas las concepciones estéticas, que, a su juicio, eran decadentes, arcaicas y, realmente lo logró de momento, aunque para su pesar tanto los ready-made, como todas sus demás obras fueron a parar a los museos, una venganza del tiempo.

Decíamos que Octavio Paz era categórico; pero creo que Duchamp también era bastante temperamental. 

Duchamp es una figura interesantísima y una de las tesis que sostengo en el trabajo, es que Octavio Paz no logró entenderlo de manera cabal. En el texto en el que examina El gran vidrio, siento y así lo escribí en la tesis, que Paz se pierde un poco en el laberinto duchampiano. En realidad se trata de un tema demasiado profundo para abordarlo como se debiera en una entrevista de poco espacio; pero creo que en este punto es donde la tesis alcanza un mayor interés, sobre todo para los estudiosos del arte. El duelo Paz-Duchamp se convierte, a mi juicio, en uno de los momentos más tensionantes de la inteligencia sobre el arte del siglo XX.

Fue un momento de choque creativo entre dos grandes hombres; uno del campo de las artes plásticas y otro del pensamiento crítico, ¿existen posibilidades de que esta investigación se convierta en libro?

Voy a intentarlo. Me gustaría publicarlo en Cuba antes que en México u otro país.

Nuestro José Martí aparece citado de manera recurrente en esta investigación, ¿por qué?

Efectivamente, aparece citado y con toda justeza. Martí también realizó una suerte de crítica poética de las artes visuales. La doctora Adelaida de Juan, que es una autoridad en la materia, ha analizado este aspecto con gran profundidad y pudiera considerarse a Charles Baudelaire, en el arte y crítica europeos, y a José Martí, en nuestro continente, como los verdaderos precursores de la crítica poética del arte. Concretamente, veo esa crítica poética del arte a través de José Lezama Lima, Octavio Paz y  Luis Cardoza y Aragón, como críticos que la practicaron de forma paradigmática; pero Martí y Baudelaire fueron los verdaderos precursores de este tipo de forma de mirar el arte. Ambos abrieron el camino.

Hace poco regresaste de México, ¿también Octavio Paz te dio la satisfacción de este viaje?

Había interés en universidades mexicanas sobre este tema y allí ofrecí algunas conferencias. En México tengo amigos que me ayudaron mucho en esta investigación. Dos de estos amigos, amigas en realidad, me dieron la oportunidad en febrero pasado de incursionar en algunas bibliotecas de México, que son muy frondosas: la Biblioteca de la Universidad Autónoma de México (UNAM), y la de el  Colegio de México, y ahí pude encontrar documentación muy valiosa, que me permitió completar las investigaciones que había comenzado en la Biblioteca Nacional José Martí y en la biblioteca  de Casa de las Américas.

Agradezco a  mi amigo Orlando García Lorenzo, lamentablemente fallecido, la primera acción que después, con el tiempo, condujo a la presente tesis, (él fue presidente de la Unión de Escritores y Artistas, (UNEAC), de Matanzas y director de la Biblioteca Provincial de esa provincia), pues en 1991 me invitó a dar una charla en esa institución que después supe fue la primera conferencia pública que se había ofrecido en Cuba sobre la obra de Octavio Paz. La tesis, por tanto, está dedicada in memoriam a Orlando. También fueron muy importantes las conversaciones que sostuve en varios momentos con Cintio Vitier, quien fuera amigo de Paz; con Raúl Hernández Novás, también desaparecido, y que escribió un texto antológico sobre la poesía del mexicano, igual que fueron muy útiles las tertulias sostenidas en varias oportunidades con Víctor Fowler y Enrique Saínz.

¿Cuáles serán los temas de investigación que te propones para el futuro inmediato?

Continuaré con los dos grandes temas que me acompañan desde hace dos décadas: la figura y el pensamiento de Carlos Manuel de Céspedes desde el punto de vista de la historiografía y Octavio Paz desde la perspectiva de la literatura y la plástica. Hay otro tema con el que me estoy involucrando cada vez con mayor interés, que es el mundo de la fotografía, desde el punto de vista teórico. No hay mucho tiempo para más, ¿no crees?

 

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