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Quien tiene miedo
grita. Así que yo, por puro
terror, empecé a escribir.
Sándor Márai
Para escribir,
solo debo estar seguro de que
poseo la dosis suficiente de
dolor. No hay mejor estado que
este, el único lugar donde no es
posible ser cobarde, donde no
existe lugar para la impostura.
Hay que ser auténtico, construir
un mundo acorde con la propia
especificidad. Si hay algo que
he aprendido en mi corta carrera
como escritor, si es que eso
acaso existe, es que la
posibilidad de fracaso es
latente. “La ambición y la buena
suerte son algo magnífico para
un escritor que desea hacerse
como tal. Porque una ambición
desmedida, acompañada del
infortunio, puede matarlo. Hay
que tener talento”, dice Raymond
Carver. Pero el talento no lo es
todo.
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Existen un
montón de escritores, de poetas,
sobre todo, sumidos en la
experimentación, en el artilugio
formal. Creo que siempre es
posible establecer una
configuración del mundo en la
que se pueda decir, con toda su
imposibilidad, esta calle, esta
casa, sin ambages, con el rostro
de la inmensidad. “Es decir
—dice Borges en El cuento y yo—,
si uno ve una sola cosa, esa
cosa única es absoluta”.
Esos escritores
experimentales no son más que
víctimas del lugar común —nadie
ignora lo que en literatura es
el lugar común—, del plagio
formal, en última instancia. Se
debe ser lo suficientemente
sincero como para dejarse
habitar de lo propio, con sus
limitaciones y sus riesgos.
Comprendo que el escritor es el
ser más miserable de este mundo,
siempre en búsqueda de lo
innombrable, porque no es más
importante lo que se escribe que
lo que se calla, y a veces,
quizá siempre, solo existe ese
rasgo de silencio al que nos
vemos abocados.
Y, sin embargo,
nunca estamos lejos de
establecernos en un postura,
porque qué es el lenguaje sino
una máscara, lo que media entre
el poeta y el mundo. Por eso
decía Pizarnik, con toda razón,
“la lengua natal castra”, es
decir, que nos impide designar
las cosas directamente. Los
poetas, seres marginales,
desterrados de la República de
Platón, anuncian siempre algo
que está más allá, en otra
parte.
Además, está la
soledad, soledad que es
inmanente a la obra literaria,
como diría Blanchot. Ningún
escritor que se precie está en
búsqueda de la Obra, así, con
mayúscula. Prima el acto de
escribir, la huella que se
asienta sobre la página, la
herida. “¿Para quién deberá ser
la voz del poeta?”, se pregunta
Roque Dalton. Para nadie,
respondo, porque incluso el
lector participa del riesgo de
la soledad de la obra, de quien
escribe, esa soledad omnímoda.
El problema de la soledad
radica, por un lado, en una
conciencia plena, en una
necesidad, y, por otra parte, en
un estado irresoluble de
marginación. Lo primero
corresponde a un acto de
voluntad; lo segundo, a la
negación.
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¿Pero qué hace
de un poema, por ejemplo, un
poema? No es precisamente la
construcción de un gran
entramado de imágenes,
metáforas, símiles,
comparaciones… La lengua poética
es siempre secundaria. Lo que
importa es que lo que la palabra
designa se vuelva imagen; el
cuerpo violentado por el
lenguaje. Solo se llega al poema
como se corre el río hacia
arriba. Y la pregunta queda
inconclusa, ya que la
literatura, como sabemos, no
puede dejarnos más que
interrogantes. La estupidez
humana radica, precisamente, en
tener una respuesta para todo.
Aunque la pura estupidez ayuda a
reponer fuerzas, dice Nietzsche.
En suma, quiero
decir que escribir es la
posibilidad de “destacarse como
un hombre singular”. Cito a Poe:
“(… ) y no hay
virtud literaria más alta que la
originalidad. Pero esta, tan
auténtica como recomendable, no
implica una peculiaridad
uniforme, sino continua; una
peculiaridad que nazca de un
vigor de la fantasía siempre en
acción, y aún mejor si nace de
esa fuerza imaginativa, siempre
presente que da su propio matiz
y su propio carácter a todo lo
que toca, y especialmente que
siente el impulso de tocarlo
todo.”1
Para mí, un
poema, un cuento, una novela,
una obra de teatro, debe
alcanzar el tono que le es
propio, es decir, el de la
melancolía. “Entonces algo sube
por mi interior —como en la
novela de Sagan— y lo recibo
llamándolo por su nombre, con
los ojos cerrados: Buenos días,
Tristeza”2.
Sin embargo,
como dice Poe en Método de
composición, la originalidad no
es cuestión de instinto o de
intuición. El escritor debe
buscarla laboriosamente. Para
Maupassant, en el prólogo a
Pedro y Juan: “La habilidad
consiste en no dejar que el
lector reconozca ese yo bajo las
máscaras que nos sirven para
ocultarlo”3.
Y un poco antes aconseja:
“Escribid algo bello, en la
forma que mejor os cuadre, según
vuestro temperamento”4.
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Si la vida
cotidiana es un entramado
superficial de mentiras, ¿qué
designa la literatura, la
escritura? El espacio de la
escritura es siempre territorio
imperfecto. El escritor se
constituye en una personalidad
irresoluble, abierta; comete
sacrilegio, usurpa el poder del
Dios, quiere ser todos y ninguno
a través de la palabra. La
literatura es un juego de
solitarios en que la condición
humana del escritor vuelve falso
lo verdadero y verdadero lo
falso. Escribir es un doloroso
resurgir en cada percepción de
lo ajeno. ¿Cómo se dimensiona,
entonces, la personalidad del
escritor? A partir de su
pérdida, del ocultamiento de una
interioridad que le resulta
insoportable.
Notas:
1
Edgar Allan Poe, “Hawthorne y la
teoría del efecto en el cuento”,
en Del cuento y sus
alrededores, p. 296.
2
Françoise Sagan, Buenos días,
Tristeza, Barcelona, Anagrama,
2003, p. 179.
3
Guy de Maupassant, Pedro y
Juan. Bola de sebo, Navarra,
Salvat, 1971, p. 25.
4
Ibíd., p. 19.
Panel
Poéticas: nuevos
lenguajes/nuevos temas, estética
y creación, perspectivas. Casa Tomada, II
Encuentro de jóvenes artistas y
escritores de América Latina y
el Caribe. |