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I
Cuando imaginamos
desplazamientos, migraciones,
éxodos individuales o
colectivos, pensamos en un
cambio de cualidad dramático; se
pasa de la familiaridad a la
extrañeza: se es de golpe
extranjero. ¿Pero es que
realmente el cambio de lugar de
residencia inaugura la
extranjería como tal?, ¿o será
que tan solo la pone de
manifiesto, que solo revela lo
que ya estaba ahí? ¿No será,
digo, que todos somos y hemos
sido siempre, al menos hasta
hoy, extranjeros?
Quisiera empezar por sugerir que
la diferencia entre vivir en
otro país o vivir en el propio
es, en cuanto a la extranjería,
solo una cuestión de grado, y
que en ambos casos se reside en
el exterior: se es siempre
extranjero.
Lo primero que hay que notar es
que un lugar de residencia, ya
sea que se trate del país propio
o de otro, no es nunca el suelo
donde echar raíces. “Las raíces
se echan en la tierra, no en los
países”. Y la tierra no es nunca
un país, una locación
geográfica, como tampoco es el
suelo del humus y las lombrices,
o los estratos que estudian los
geólogos. La tierra no es, no
puede ser ante todo geográfica;
solo los países pueden
considerarse espacios gráficos,
no la tierra misma donde se
inscriben las geografías.
Tampoco puede la tierra ser
originariamente una entidad
biológica o geológica. La tierra
es, primeramente, política, en
un sentido muy preciso: es la
"idea” de un modo de habitar, es
decir, de vivir con otros.
Quienes pelearon y murieron
animados por una idea de
justicia no pelearon por países
sino solo en apariencia;
pelearon por una tierra, por una
idea de comunidad, es decir, por
la “promesa” de un suelo donde
vivir en paz con los otros.
En este sentido, toda tierra, en
cuanto tal, es tierra prometida.
La tierra, como suelo, como
base, aquella donde se echan
raíces, es siempre una promesa.
Por eso la tierra no es un
“lugar”, ni de residencia ni
mucho menos uno al que regresar,
como se regresa a un país; no es
ni la Ítaca de Ulises (aunque
tal vez lo hayan sido, para
Ulises, Penélope y Telémaco) ni
el lecho fúnebre donde descansar
(los muertos no descansan desde
que no tienen la posibilidad de
cansarse); la tierra es la
promesa que anima nuestros
pasos; la “utopía” en el exacto
sentido etimológico de la
palabra: un no-lugar, un siempre
todavía-no lugar.
Ser extranjero, entonces, no es
vivir en otro país; es la
condición misma de estar parados
en un suelo que no es nunca (no
aún) nuestra tierra, pero que
sin embargo se apoya en ella.
(¿O no estamos siempre
sostenidos por una promesa?)
Es cierto que quienes vivimos en
otro país experimentamos la
extranjería de manera eminente,
porque vivimos una extranjería
de segundo orden. Y esto nos
regresa al punto de partida: el
desplazamiento, la migración,
“ponen de manifiesto” un
fenómeno, la extranjería, que ya
estaba ahí; vuelven visible el
fenómeno, pero no lo originan.
Esta extranjería de segundo
orden puede ser más eminente que
la extranjería primera que nos
toca a todos, pero puede también
no serlo. Vivir en otro país no
es una extranjería de mayor
rango que la que viven quienes
residen en el país que expidió
su acta de nacimiento y, sin
embargo, no pueden allí
desarrollar sus inclinaciones,
o, peor aun, sobrevivir. Esa
indigencia pone de manifiesto
que el tal país no ofrece las
condiciones elementales para
habitar; que no es una tierra.
La diferencia entre país y
tierra, el hecho mismo de que la
tierra siempre esté, como
promesa o utopía, diferida, es
lo que determina que la
extranjería sea cosa de todos.
Todos residimos de algún modo en
el exterior y todos estamos a la
intemperie; ningún país
garantiza amparo, acogimiento,
sostén. Esto puede pasar
desapercibido en los tiempos de
bonanza, pero expresa todo su
rigor en los de crisis.
II
La tierra está todavía por
venir. Y, sin embargo, está
ahora bajo nuestros pies, como
la cualidad primera de lo que
sostiene y nutre. No es todavía
tierra en sentido propio, tierra
que habitar con otros en paz,
pero expresa ya, aquí mismo, en
este lugar o en cualquier otro
sitio del planeta, su firmeza,
su estabilidad, que es la
condición misma del ser tierra.
La tierra sostiene: sobre ella
andamos, sobre ella podemos
echarnos a descansar; si damos
un salto, nos despegamos de ella
sólo para volver a tenerla
enseguida allí, con nosotros. La
tierra siempre está: es contacto
permanente, presencia
incondicional, madre primera (matria
o matriz antes que patria o
país). Esto que podemos sentir y
constatar a cada instante, estas
cualidades esenciales de la
tierra, muestran cómo en su
silencioso estar ahí y estar ahí
siempre, y no para mí o para ti,
sino estar ahí siempre para
todos, la tierra es
inmemorialmente la promesa
callada de un lugar
para-todos-para-siempre; siendo
como es, ella testimonia la
utopía y la promesa de lo que
puede llegar a ser.
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Hay, entonces, una tierra
material y una tierra ideal. En
la materialidad de la tierra, en
su fecundidad, en su estable y
firme quietud, en su anchura, en
el modo como la tierra expresa
calladamente lo absurdo de que
un hombrecillo cualquiera
declare propiedad sobre ella
—ella tan antigua y tan
inmensa—, en todas y cada una de
estas cualidades materialmente
palpables a cada instante, la
tierra anuncia su propia idea
de tierra: la estancia que a
ella conviene. El ser
tierra anuncia el modo de
estar sobre ella. Y es este
modo de estar el que todavía
está por venir: la promesa.
Entre tanto somos extranjeros.
Vivimos en un lugar que no es
enteramente nuestro, porque no
hay todavía un ‘nuestro’, es
decir un ‘nosotros’ cabalmente
constituido. Seguimos en verdad
en los tiempos de los clanes: el
clan familiar, el clan de los
amigos, los clanes
profesionales. Los otros, los de
otros clanes, siguen siendo
extraños y no tanto porque sean
diferentes, ni siquiera porque
nos sean desconocidos, sino
porque no están todavía dadas
las condiciones para una co-habitación
plena con quien sea, algo así
como un a priori del
convivir.
La humanidad está irrealizada y,
en esta exacta medida, cada
humano está él mismo
irrealizado, así pueda sentir
por momentos que se encuentra
individualmente pleno.
(Aristóteles vio con gran
profundidad la íntima
contigüidad entre ética y
política: no puede haber
ciudadanos plenos en una
polis irrealizada, ni puede
haber una polis plena si
hay ciudadanos irrealizados.) Lo
que llamamos realización
individual es insuficiente y,
por lo mismo, ilusoria. La mayor
evidencia de esta ilusión es
que, aun el que se declare
realizado entre los realizados,
se encuentra en su fuero íntimo
profundamente solo: es la
soledad de que los otros no
estén o no puedan estar también
plenamente realizados. Nos
parece que esto es forzosamente
así; que en las horas más
veraces, como ante la muerte,
estamos “irremediablemente
solo”. Pero esto es sólo un
estado de cosas en el que la
soledad impera porque somos
extranjeros del suelo donde
vivimos.
En cierto sentido, la enseñanza
ostensiva de la tierra, también
de los árboles, su estar
completamente presentes en un
Heme aquí irrenunciable nos es
ajena todavía. La mayor parte de
Occidente no ha aprendido a
estar presente, a habitar el
ahora; hay una fuga constante
cuyo signo es la necesidad voraz
de entretenimiento, es decir, el
que la temporalidad sea vivida
como un “entre” que hay que
tener para que no se caiga, un
anonadamiento incesante entre un
pasado que ya no es y un futuro
que aún no es, una nada de cuyo
abismo hay que huir, ayudados,
como un funambulista, por algo
que permita andar a tientas
entre los dos extremos de la
cuerda floja. Quien se
entretiene, o más bien, quien
requiere una y otra vez de
entretenerse es porque no sabe
sostenerse, estar presente sin
más, hacer estancia en la
tierra.
En algunas novelas de Stendhal,
en ciertos soslayos del
romanticismo del siglo XIX
aparece la queja hacia el siglo
anterior en términos de un siglo
aburrido, excesivamente
flemático. Lo que parece
denunciarse con ello es la
necesidad de un tiempo más
intenso, menos homogéneo; la
vindicación de las pasiones por
encima de la razón ilustrada; la
primacía de la verdad poética
por sobre la verdad científica.
Ahora que el romanticismo ha
pasado y queda una estela de
desencanto y de fatiga, ahora
que ya hemos exacerbado el
sentir, nos hemos apasionado,
hemos experimentado la
intensidad en sus diversas
variedades y extremos, ahora
estamos aburridos de verdad;
ahora el entretenimiento, más
que una elección circunstancial,
es una urgencia, y esto pone al
descubierto nuestra incapacidad
para simplemente estar (estar
como un perro echado a la sombra
de un árbol); nuestra
incapacidad para tenernos y
sostenernos sin más. Lo que está
en crisis es mucho más que un
modelo económico: es el modo
mismo como habitamos, como
estamos parados en el mundo.
III
Pero entonces, cómo vivir
mientras la promesa se difiere y
seguimos errando, íntimamente
solos, por una tierra que aún no
sabemos habitar. Si, en calidad
de extranjeros, vivimos en el
exterior, ¿habrá algo así como
un interior o una interioridad
todavía posible? ¿Existe algo
así como un enraizarse en sí
mismo, en alguna radicalidad del
yo que decide asumir su soledad
e intentar habitarla, en lugar
de huir en el entretenerse?
Habitar la soledad. Suena
contradictorio cuando “soledad”
sugiere desolación, es decir,
precisamente un yermo, un lugar
inhóspito que resiste la
estancia, el estar allí. El
reflejo entonces es fugarse.
Pero pregunto si no será allí,
allí donde el territorio se
insinúa desértico y hostil,
donde hay que aprender a vivir y
a labrar.
Alberto Caeiro, el heterónimo
bucólico de Pessoa, que vivía
solo en la cumbre de un otero,
dijo:
Ser poeta no es una ambición
mía.
Es mi manera de estar solo.
Cuando uno lee a Caeiro le
parece estar leyendo la
expresión de una sabiduría
antigua, entre griega y
oriental. Un hombre lúdico y
desenvuelto que ha alcanzado
algo así como una literalidad de
la mirada. Los árboles son
árboles, el azul del cielo es
azul del cielo y las cosas, tal
como son, en su más pura
literalidad, resultan ser, no
sólo suficientes, sino también
maravillosas. Se diría que
Caeiro no es solo un maestro de
poesía, como ciertamente
reconocerán otros heterónimos de
Pessoa, Álvaro de Campos, sobre
todo; es un maestro de vida. Su
maestría poética emana de su
maestría en el arte de la vida y
viceversa, porque ser poeta y
saber estar solo son una y la
misma cosa: ser poeta es un modo
de estar solo, un modo de
habitar. Caeiro, el guardador de
rebaños, habita una tierra que
es mucho más que la remota
cumbre de un otero; habita la
lengua. Pero curiosamente,
habitar la lengua, intentar
hacer estancia en ella, se
parece mucho a labrar la tierra.
Efectivamente, cada escritor
traba una relación íntima con su
lengua; esa relación es
esencialmente la que lo sostiene
como escritor, la que lo nutre,
a la que se debe, la que al cabo
da frutos, la que le impone
reglas de uso, pero también de
no abuso, la que establece
calendarios de labranza; hay
períodos fecundos, pero también
los hay de sequía y esterilidad.
No siempre la lengua se llueve
sobre el escritor y hace que sus
palabras broten y reverdezcan.
Hay tiempos de espera, de
escucha, de simple y llana
observación; tiempos de latencia
y, al contrario, tiempos de
estallidos y verborrea. Hay
siembras que demoran años,
lustros, quizá toda una vida
antes de dar una cosecha.
Así, pues, los tiempos del
escritor no están por completo
en su poder. Incluso el escritor
metódico, que ha instituido para
sus días una severa disciplina
de trabajo y es un modelo de
estable productividad, puede un
día agotarse. Cabe siempre la
posibilidad de que la gracia, el
don o la donación, cesen de un
momento a otro. Entonces la
lengua, la tierra del escritor,
de golpe se reseca y todo muere.
La conciencia de esta
heteronimia del tiempo, de este
tiempo que no le pertenece por
entero, al que él debe ajustarse
como un labrador a las
estaciones, forja, o más bien
puede forjar en el escritor un
modo peculiar de habitar. Como
una especie de Hesíodo en
ciernes, el escritor descubre
para sí los trabajos y los días
que le encomienda su lengua. Al
labrar la lengua —que como la
tierra, es lengua de todos— al
verse envuelto en un tiempo que
no es suyo, que reclama de él
toda su paciencia, toda su
escucha y todo su fervor, en una
palabra, todo su amor, el
escritor aprende, en su
interior, a habitar en el
exterior. Ya no es el
funambulista que precisa
entretenerse sobre la cuerda
floja de un tiempo anonadado,
sino el hombre o la mujer que
han aprendido a escuchar de qué
es tiempo ahora: tiempo de
hablar o de callar, tiempo de
poetizar, de narrar, de
reflexionar, tiempo de explorar
los límites de la lengua y
buscar rebasarlos, tiempo de
sintetizar viejas ideas, tiempo
de tales o cuales lecturas,
etcétera. En la intimidad de la
relación entre lengua y
escritor, hay algo así como una
Bildung, como dicen los
alemanes, una formación del
carácter. João Guimarães Rosa
decía con toda exactitud y
profundidad que él amaba su
lengua, la bellísima lengua
portuguesa, como se ama a una
persona. Amar la lengua es hacer
de ella nuestra tierra. Al
hacerlo, al sabernos viviendo en
ese exterior en el que los
tiempos no son nuestros, y en el
que cabe la posibilidad de la
sequía, lo que podría resultar
en principio una intemperie
hostil, se va volviendo hogar.
Así es como el escritor,
habitando amorosamente su
lengua, consigue por fin, en esa
soledad originaria, habitarse a
sí mismo.
IV
Me he tomado la libertad de
extender lo que Caeiro decía
sobre su ser-poeta para los
escritores todos, poetas o no.
En un sentido, lo que he dicho
vale, no solo para los
escritores, sino más
generalmente para los creadores,
pues lo mismo que se puede
habitar la lengua, también son
tierras posibles los lenguajes
plásticos, musicales, el cuerpo
que danza en el espacio,
etcétera. Pero en otro sentido
lo anterior vale solo para un
cierto tipo de creador. Porque
si asumimos la idea de la lengua
—o el lenguaje que fuere— como
tierra, entonces,
necesariamente, la mayor obra de
arte ha de ser el artista mismo.
Sus piezas solo testimoniarían
un proceso que sería, en último
caso, el refinamiento espiritual
o ético —de ethos,
carácter— de sí mismo. El arte
entonces es como un Do en
sentido japonés (Haiku-Do,
Karate-Do), una vía, cuya obra
maestra es el propio artista: su
vida, su existencia.
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En efecto, imaginemos a la mujer
japonesa que prepara un arreglo
floral. Ella incorpora,
interioriza en su cuerpo, una
experiencia de la armonía. Al
disponer las flores de tal modo
que haya un equilibrio de
colores, figuras, tamaños y
proporciones, ella está
reconfigurándose a sí misma,
teniendo una experiencia
personal de la armonía. De algún
modo, ella es ese ramo de
flores. En este caso, lo mismo
que en otros varios de Oriente,
hay una normativa que
predetermina qué valores
constituyen la excelencia:
equilibrio, economía de
recursos, espaciosidad
(silencio), armonía de la figura
y del fondo, etcétera. Hasta
aquí no hay una diferencia tan
sustancial con Occidente, salvo
que en Occidente la normativa es
bastante más flexible, al punto
de que, en ciertos ámbitos, está
casi completamente desdibujada.
Pero la real gran diferencia es
que en Oriente la norma o los
valores de excelencia, son
estéticos y a la vez éticos. La
norma del arte es también la
norma del arte de la vida: es
una normativa que prescribe un
carácter estético a la vez que
un carácter moral, un ethos,
un modelo de hombre y de mujer.
Tener maestría sobre un arte
cualquiera, incluso sobre un
arte marcial, es equivalente a
saber vivir.
¿Tiene sentido esto para
nosotros? ¿Se reduce todo esto,
como quizá he sugerido, a un
asunto casi de salvación
personal, el arte como un modo
de salvarse, como una sabiduría
de eremita? Bueno, no estoy
intentando sugerir que esto sea
el arte, ni de hecho ni de
derecho, como tampoco estoy
sugiriendo que este tipo de
aproximación a la labor
artística sea el único modo de
habitar. Pero esta “estética de
le existencia”, por utilizar una
expresión de Foucault, es, me
parece, una de las posibilidades
de habitar y, en verdad, de
cohabitar que solicita ser
pensada o repensada a partir de
la extranjería en la que, de un
modo u otro, estamos hoy todos
envueltos. Quizá con esto, a la
vez que hacer tierra, estemos
contribuyendo sin saberlo al
advenimiento de esa otra tierra,
prometida para todos para
siempre.
Panel Desplazamientos:
migraciones, resistencia
cultural, sentido de
pertenencia, asimilación,
transculturación, (des)
territorialización.
Casa Tomada, II Encuentro de
jóvenes artistas y escritores de
América Latina y el Caribe.
La Habana, 16 de diciembre de
2009 |