|
Durante el Festival
Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano de La
Habana se corrió la voz de que
Calle 13 clausuraría el evento
con un gran concierto en la
Tribuna. Tremenda expectativa,
luego desilusión. También
estaban invitados a Casa Tomada
junto con otros músicos de
Latinoamérica y el Caribe. Pero
igualmente nos quedamos
esperándolos. EE.UU. no le
concedió la visa para poder
venir a Cuba. ¿No habían
terminado ya las restricciones
para visitar la Isla? Entérense
todos: una vez más, todo forma
parte de un sucio juego.
Los músicos vivían en la Calle
13, en una urbanización de
Puerto Rico ubicada en Trujillo
Alto, y en menos de un año
caminaban por la alfombra roja
para recoger tres Grammy
Latinos. Comenzaron a cantar sus
orígenes y sus tradiciones, por
muy marginales que les parezcan
a algunos, y lo hicieron en su
lengua; no en el español de
academia, sino en el idioma en
que pueden comunicarse con sus
hermanos de patria y de barrio,
por muy vulgar que muchos lo
consideren.
Irreverencia absoluta, amor a la
familia —su madre en un altar
intocable—, despojado de toda
máscara, desafiante ante
cualquier norma de cortesía que
huela a aristocracia: así se
proyectó René Pérez, a la cabeza
de la agrupación, al resto de
América y del mundo en el
documental Sin mapa de Calle 13 realizado por Marc de Beaufort.
En este material narra su propia
historia de camino a la fama y
el viaje de reconocimiento de
las raíces comunes de los
pueblos latinoamericanos. Entre
las travesías del viaje, en el
que interioriza la cruel
realidad de los pobres
habitantes de una tierra rica,
se encuentra el ascenso a una
mina de oro peruana —un infierno
al que no llegan las
trasnacionales, sin agua ni
oxígeno, pero con mucho oro— la
más alta del mundo y, según
René, el comienzo sangriento de
la deformación en la historia
americana.
También visitó las ruinas de la
ciudad de los incas, Machu
Picchu. Allí subió hasta el
mirador desde donde la antigua
civilización estudió los astros,
se cansó, tuvo miedo de la
altura, de la bajada...y llegó a
la cima, esa que los turistas no
pueden conocer, porque “a veces
para ver de cerca hay que
pararse lejos”.
En cada lugar se hospedó en las
casas que quisieron acogerlo,
observó rituales, durmió en
hamacas, pescó de noche para
poder comer y pasó frío. Llegó,
como él mismo expresara en el
documental, consciente del poder
que tenía con su música y con un
manojo de canciones en la
cabeza.
En particular, me gusta lo que
hace Calle 13. Sin embargo, creo
que no se pueden contemplar los
hechos desde un solo ángulo,
menos en estos tiempos en los
que todo, incluso —o
preferiblemente— las causas más
humanas, resultan vendibles y
comerciables; y en los que no
nos podemos permitir pecar de
ingenuos. Muy pocas pasiones
conservan su pureza.
Hablo del beneficio de la duda.
Como joven cubana sé que el
sello de lo latinoamericano, lo
autóctono y la filiación a una
identidad milenaria y rústica al
mismo tiempo tienen un mercado
asegurado en regiones donde
nuestras tradiciones son
exóticas y atractivas,
fundamentalmente en Europa.
Tampoco puedo afirmar que una
buena parte de los beneficios de
sus premios, de sus ventas, de
la publicidad a la que
perfectamente pudiera tributar
un documental como este, o hasta
de la imagen pública que pudo
haber sido construida para tales
fines, tengan un destino tan
justo como las denuncias que
dispara, una tras otra, en
muchas de sus canciones.
Hago una pausa en este punto. No
juzgo a nadie. Creo que trabajar
y ganar por ello es legítimo. Lo
que no lo es sería olvidar la
gran responsabilidad que
adquiere un artista cuando
millares de personas se
identifican con su discurso; no
lo sería si ese discurso fuera
falso.
Apelar a las viejas heridas de
un continente y a la
sensibilidad que estas
despiertan en sus habitantes
sería la más grande traición. El
documental me emocionó, tiene
que ver conmigo y con los míos,
y conectó un montón de historias
que todavía pueden ser salvadas
y legitimadas.
Si en algo concuerdo
completamente con René es en que
“a América Latina hay que verla
de cerca, para verla hay que
entrar, y para entrar hay que
estar cerca de las personas, del
pueblo”. |