Año VIII
La Habana
2009

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Isadora Duncan: su meteórico paso por La Habana
Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora

 

Dicen quienes bien la conocieron que en aquel invierno de 1916 Isadora Duncan se sentía presa del infortunio. Su viaje privado a La Habana, procedente de Nueva York, —sugerido y costeado por su amado, el millonario Paris Singer— era una tregua necesaria lejos del inclemente frío norteño para restablecer su maltrecha salud antes de comenzar sus cursos de primavera.

Y además, —así lo aconsejaban sus amigos— le resultaría conveniente a la artista eludir aquel ambiente navideño que tanto quebranto le ocasionaba luego de la trágica muerte de sus dos pequeños hijos, ocurrida tres años atrás cuando el coche en que viajaban se hundió en las profundas aguas del Sena.

No obstante, a pesar de la infelicidad que acorralaba a la gran diva norteamericana con 38 años a la sazón, todavía conservaba ella en esas jornadas, como dice el periodista Armando Chávez: “la vehemencia que la había llevado de una plaza a otra con los pies descalzos, envuelta en vaporosas túnicas, inspirada en mitos griegos y partituras espléndidas, inadecuadas para bailar, a juicio de muchos, hasta que ella demostró lo contrario”.

Una muerte absurda le aguardaba, una tarde de 1927, en las afueras de Niza, cuando un chal en torno a su cuello se enredó en la rueda trasera del auto que la transportaba, y como episodio curioso, uno de cuyos hilos atesora en la actualidad el Museo de la Danza de la capital cubana.

Inadvertida presencia de uno de los “monstruos sagrados”

Cortejada por artistas de renombre, por reyes y  príncipes, con su arte de vanguardia esta hermosa y talentosa mujer fascinó a Europa y EE.UU.. Hoy se le considera en todas las latitudes como uno de los “monstruos sagrados” de la danza.

No obstante pese a su bien merecida fama, su llegada a la bahía habanera, aquel 23 ó 24 de diciembre de 1916, —junto con un poeta escocés, secretario de Singer por más señas—,  pasó casi inadvertida para la prensa local que, salvo algunas excepciones, la ignoró casi por completo y el gran público no pudo siquiera contemplar su arte en teatro alguno, lo que si alcanzó apenas un año antes con la rusa Anna Pavlova y su cisne agonizante.  

“Mi salud no me permitió dar ninguna función”, aclaró Isadora en su libro autobiográfico Mi vida, aunque no es menos cierto que en esa ocasión escasearon en la Isla empresarios sobradamente emprendedores para encaminar esa probabilidad en el escaso tiempo posible.

Prejuicios en el centro del problema

Acaso la explicación más plausible de tan enigmática indiferencia sea la que sitúa los prejuicios en el centro del problema. “No puede olvidarse lo explosivo que resultaba para la época el, a pesar de todo —o por lo mismo—, muy difundido ideario moral de la Duncan, en especial sus opiniones acerca de la sexualidad y el matrimonio”, como sostiene un documentado estudio del especialista Francisco Rey Alfonso.

Si nos guiamos por los recuerdos de la diva, se supone que no es menos cierto que Isadora sí bailó en la ciudad —cosa que todavía algunos ponen en entredicho— al describir ella con lujo de detalles su “actuación” en un café del bajo mundo —a lo que llama tomando el rábano por las hojas “un típico café habanero” —, donde se agitaban borrachos y fumadores de opio, y un pianista “maldito”, que en medio del jolgorio, interpretaba obras de Chopin con  singular maestría .

“Me envolví en mi capa, —cuenta la artista— di algunas instrucciones al pianista y bailé al ritmo de los preludios. Todos fueron quedándose en silencio, y como yo continuaba bailando, advertí que no solamente había conquistado su atención, sino que muchos de ellos lloraban”. Hiperbólica la historia como para ser aceptada por simples mortales, y  tanto que ya en 1929, don Alejo Carpentier, conocedor como pocos de la villa de San Cristóbal, afirmaba que “pese a todos sus esfuerzos no había logrado localizar” el mencionado café. Es más, el futuro autor de El reino de este mundo remató su crónica con esta reflexión: “Insinuaría con gusto que albergo mis dudas acerca de la autenticidad de esa aventura habanera de Isadora”.

Desbandada en la Finca de los Monos

Un encontronazo resultó su visita a la hasta hoy misteriosa mansión  de doña Rosalía Abreu, la Quinta de Palatino, conocida como la Finca de los Monos.

Es sabido que la intención de la danzarina no iba más allá del regocijo ante esa “extravagancia” de la que tanto le habían hablado, pero las circunstancias de la Finca de los Monos excedieron con creces la imagen que ella se había formado sobre aquellos sorprendentes simios propiedad de doña Rosalía, “una dama de las más rancias familias cubanas”, como la evocó la Duncan a pesar de que aquella tarde escapó con apremio de su “culta e inteligente” anfitriona.

“Le pregunté a Rosalía, que tenía la manía de los monos y los gorilas, si estos eran peligrosos, pero me dijo desenfadadamente que, aparte de alguna que otra escapada de sus jaulas y algún que otro guardián muerto, eran completamente inofensivos.”

No es de extrañar, pues, desbandada semejante. La propia artista la dio a conocer en sus memorias sin ningún tipo de mesura.

Partida sin previo aviso

La salida de la danzarina a unos días de su llegada, y no al cabo de tres semanas como se pensó en un inicio, ha sido motivo de reflexión sobre su estancia habanera.

Algunos de quienes la trataron en aquel tiempo atribuyen este suceso a que “Isadora no encontró entre nosotros el reposo deseado”.

Pero si la gran bailarina venía en busca de paz y tranquilidad, ¿cómo fue a establecerse, ni más ni menos, en el suntuoso hotel Plaza, ubicado en el mismísimo corazón de la ciudad, frente al Parque Central y a solo unos metros de los focos culturales y sociales del momento, y no refugiarse, en cambio, en sitios —entiéndase palacetes— más apartados como los del Vedado o del Cerro?

Imposible escurrir el bulto en aquella inadecuada habitación del aristocrático Plaza, toda vez que colindaba con “la infernal bulla de nuestras calles, los escapes abiertos de los automóviles, los organillos de manubrio, las campanas de los tranvías y otros mil ruidos de la urbe (que) la ensordecían”, según el periodista Francisco Acosta, quien publicó por esos días una entrevista a la célebre artista en la revista Social bajo el título de Isadora Duncan. Hablando con las diosas.

El más delicioso de los recuerdos

Con todo, resulta más acertado conjeturar que la estrella no partió de la capital de Cuba a causa de los ruidos exteriores sino, “por el contrario, debido a aquellos que en su interior le producían un marcado estado de ansiedad por Singer y sus alumnas”, como sugirió Rey Alfonso con conocimiento de causa.

Pero a despecho de estos y otros asuntos recreados en su memoria que le impidieron atrapar el sosiego —como el tan escalofriante traslado de los leprosos desde su antigua sede en el Hospital de San Lázaro hacia un improvisado sanatorio en el Mariel, causante de la llamada rebelión de los espectros—, la Duncan guardó siempre de La Habana “el más delicioso de los recuerdos”, aunque tal vez aquí no pudiera evadirse de sus propios espantos.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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