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Dicen quienes bien la conocieron
que en aquel invierno de 1916
Isadora Duncan se sentía presa
del infortunio. Su viaje privado
a La Habana, procedente de Nueva
York, —sugerido y costeado por
su amado, el millonario Paris
Singer— era una tregua necesaria
lejos del inclemente frío
norteño para restablecer su
maltrecha salud antes de
comenzar sus cursos de
primavera.
Y además, —así lo aconsejaban
sus amigos— le resultaría
conveniente a la artista eludir
aquel ambiente navideño que
tanto quebranto le ocasionaba
luego de la trágica muerte de
sus dos pequeños hijos, ocurrida
tres años atrás cuando el coche
en que viajaban se hundió en las
profundas aguas del Sena.
No obstante, a pesar de la
infelicidad que acorralaba a la
gran diva norteamericana con 38
años a la sazón, todavía
conservaba ella en esas
jornadas, como dice el
periodista Armando Chávez: “la
vehemencia que la había llevado
de una plaza a otra con los pies
descalzos, envuelta en vaporosas
túnicas, inspirada en mitos
griegos y partituras
espléndidas, inadecuadas para
bailar, a juicio de muchos,
hasta que ella demostró lo
contrario”.
Una muerte absurda le aguardaba,
una tarde de 1927, en las
afueras de Niza, cuando un chal
en torno a su cuello se enredó
en la rueda trasera del auto que
la transportaba, y como episodio
curioso, uno de cuyos hilos
atesora en la actualidad el
Museo de la Danza de la capital
cubana.
Inadvertida presencia de uno de
los “monstruos sagrados”
Cortejada por artistas de
renombre, por reyes y
príncipes, con su arte de
vanguardia esta hermosa y
talentosa mujer fascinó a Europa
y EE.UU.. Hoy se le considera en
todas las latitudes como uno de
los “monstruos sagrados” de la
danza.
No obstante pese a su bien
merecida fama, su llegada a la
bahía habanera, aquel 23 ó 24 de
diciembre de 1916, —junto con un
poeta escocés, secretario de
Singer por más señas—, pasó
casi inadvertida para la prensa
local que, salvo algunas
excepciones, la ignoró casi por
completo y el gran público no
pudo siquiera contemplar su arte
en teatro alguno, lo que si
alcanzó apenas un año antes con
la rusa Anna Pavlova y su cisne
agonizante.
“Mi salud no me permitió dar
ninguna función”, aclaró Isadora
en su libro autobiográfico Mi
vida, aunque no es menos
cierto que en esa ocasión
escasearon en la Isla
empresarios sobradamente
emprendedores para encaminar esa
probabilidad en el escaso tiempo
posible.
Prejuicios en el centro del
problema
Acaso la explicación más
plausible de tan enigmática
indiferencia sea la que sitúa
los prejuicios en el centro del
problema. “No puede olvidarse lo
explosivo que resultaba para la
época el, a pesar de todo —o por
lo mismo—, muy difundido ideario
moral de la Duncan, en especial
sus opiniones acerca de la
sexualidad y el matrimonio”,
como sostiene un documentado
estudio del especialista
Francisco Rey Alfonso.
Si nos guiamos por los recuerdos
de la diva, se supone que no es
menos cierto que Isadora sí
bailó en la ciudad —cosa que
todavía algunos ponen en
entredicho— al describir ella
con lujo de detalles su
“actuación” en un café del bajo
mundo —a lo que llama tomando el
rábano por las hojas “un típico
café habanero” —, donde se
agitaban borrachos y fumadores
de opio, y un pianista
“maldito”, que en medio del
jolgorio, interpretaba obras de
Chopin con singular maestría .
“Me envolví en mi capa, —cuenta
la artista— di algunas
instrucciones al pianista y
bailé al ritmo de los preludios.
Todos fueron quedándose en
silencio, y como yo continuaba
bailando, advertí que no
solamente había conquistado su
atención, sino que muchos de
ellos lloraban”. Hiperbólica la
historia como para ser aceptada
por simples mortales, y tanto
que ya en 1929, don Alejo
Carpentier, conocedor como pocos
de la villa de San Cristóbal,
afirmaba que “pese a todos sus
esfuerzos no había logrado
localizar” el mencionado café.
Es más, el futuro autor de El
reino de este mundo
remató su crónica con esta
reflexión: “Insinuaría con gusto
que albergo mis dudas acerca de
la autenticidad de esa aventura
habanera de Isadora”.
Desbandada en la Finca de los
Monos
Un encontronazo resultó su
visita a la hasta hoy misteriosa
mansión de doña Rosalía Abreu,
la Quinta de Palatino, conocida
como la Finca de los Monos.
Es sabido que la intención de la
danzarina no iba más allá del
regocijo ante esa
“extravagancia” de la que tanto
le habían hablado, pero las
circunstancias de la Finca de
los Monos excedieron con creces
la imagen que ella se había
formado sobre aquellos
sorprendentes simios propiedad
de doña Rosalía, “una dama de
las más rancias familias
cubanas”, como la evocó la
Duncan a pesar de que aquella
tarde escapó con apremio de su
“culta e inteligente”
anfitriona.
“Le pregunté a Rosalía, que
tenía la manía de los monos y
los gorilas, si estos eran
peligrosos, pero me dijo
desenfadadamente que, aparte de
alguna que otra escapada de sus
jaulas y algún que otro guardián
muerto, eran completamente
inofensivos.”
No es de extrañar, pues,
desbandada semejante. La propia
artista la dio a conocer en sus
memorias sin ningún tipo de
mesura.
Partida sin previo aviso
La salida de la danzarina a unos
días de su llegada, y no al cabo
de tres semanas como se pensó en
un inicio, ha sido motivo de
reflexión sobre su estancia
habanera.
Algunos de quienes la trataron
en aquel tiempo atribuyen este
suceso a que “Isadora no
encontró entre nosotros el
reposo deseado”.
Pero si la gran bailarina venía
en busca de paz y tranquilidad,
¿cómo fue a establecerse, ni más
ni menos, en el suntuoso hotel
Plaza, ubicado en el mismísimo
corazón de la ciudad, frente al
Parque Central y a solo unos
metros de los focos culturales y
sociales del momento, y no
refugiarse, en cambio, en sitios
—entiéndase palacetes— más
apartados como los del Vedado o
del Cerro?
Imposible escurrir el bulto en
aquella inadecuada habitación
del aristocrático Plaza, toda
vez que colindaba con “la
infernal bulla de nuestras
calles, los escapes abiertos de
los automóviles, los organillos
de manubrio, las campanas de los
tranvías y otros mil ruidos de
la urbe (que) la ensordecían”,
según el periodista Francisco
Acosta, quien publicó por esos
días una entrevista a la célebre
artista en la revista Social
bajo el título de Isadora
Duncan. Hablando con las diosas.
El más delicioso de los
recuerdos
Con todo, resulta más acertado
conjeturar que la estrella no
partió de la capital de Cuba a
causa de los ruidos exteriores
sino, “por el contrario, debido
a aquellos que en su interior le
producían un marcado estado de
ansiedad por Singer y sus
alumnas”, como sugirió Rey
Alfonso con conocimiento de
causa.
Pero a despecho de estos y otros
asuntos recreados en su memoria
que le impidieron atrapar el
sosiego —como el tan
escalofriante traslado de los
leprosos desde su antigua sede
en el Hospital de San Lázaro
hacia un improvisado sanatorio
en el Mariel, causante de la
llamada rebelión de los
espectros—, la Duncan guardó
siempre de La Habana “el más
delicioso de los recuerdos”,
aunque tal vez aquí no pudiera
evadirse de sus propios
espantos. |