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Se demoró bastante, pero ha llegado el
frío a España. Los comerciantes estaban
asustados (“eriza’os” dirían en mi
tierra) porque con la prolongación de un
otoño casi primaveral la gente se estaba
demorando en comprar abrigos y —animados
por la crisis económica— han estado
sacando cuentas para no meterse la mano
en el bolsillo hasta las rebajas de
enero.
Ya hay frío y casi otra temporada
climática —siempre rara para un cubano
de mi generación—, se instala la
cercanía de la Navidad como algo tan
imprescindible, para la mayoría, como el
sol del verano o las temperaturas bajas
de diciembre. Este año la novedad parece
estar en la reducción de las cenas de
las empresas o las fórmulas de
austeridad a la hora de encargar las
también clásicas cestas de navidad o
simplemente prescindiendo de ellas.
Hace poco —en la muestra de Autores
Contemporáneos que afortunadamente se
organiza en Alicante todos los años—
vimos una obra precisamente sobre las
diversas situaciones que pueden darse en
esas fiestas de los centros de trabajo.
Es la única ocasión en 12 meses en que
las relaciones estrictamente laborales
se cambian por el jolgorio alrededor de
una mesa y las copas alzadas. Hasta en
los espacios radiales dan consejos para
ese día que para algunos significa un
compromiso engorroso y para otros hasta
un trago amargo. Se aconseja no ligar
(empatarse, en La Habana de mi época)
porque luego habrá que seguir viéndole
la cara a ese romance súbito y salpicado
de alcohol.
No tenía nada que ver con celebraciones
navideñas ni estaban pautadas por fechas
exactas, pero en la Cuba de los 80 (por
allá por el siglo pasado) abundaban las
fiestas en el trabajo. Alguna vez he
contado de mi relación con una actriz
del grupo en el que hacía el Servicio
Social. En la vida cotidiana de la
compañía nos caímos bastante mal, sin
saber a derechas por qué. Eso sí, al
primer ron de los días de júbilo, nos
dábamos a los más diversos temas, entre
risas, palmadas, concordancias y
entusiasmos. Lo nuestro no tenía que ver
con el sexo, sino con una empatía de los
ratos festivos, que al ensayo o la
reunión del día siguiente solía
desvanecerse con la misma prisa con que
había estallado.
Menos mal que en Murcia hay menos frío,
que mi teatro se ensaya por estos días,
que hay razones; familia, esperanza para
abrigarse y no perder el paso. |