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En un ritual cuyo carácter artístico
no se oculta a nuestros ojos, Neva
—texto y puesta en escena de
Guillermo Calderón con su Teatro en el
Blanco—,
es una reconstrucción desde la nada. O
casi. La arquitectura misma del TEATRO
con mayúsculas, defendido desde las
minúsculas de las paradojas del
comediante. Como debe ser. Un triángulo
de actores con vestuarios cenicientos
sobre un pequeño cuadrilátero que se
levanta unas pulgadas sobre el nivel del
escenario nos hacen parteros, porque
estamos allí viéndolos, de la
resurrección del teatro. Apenas esos
pobres, escasos elementos, apenas una
luz débil que sale de la lámpara que
imita los fuegos de la estufa donde
calientan sus cuerpos porque afuera, en
la ficción, hay treinta grados bajo
cero. Porque la historia es lejana y
distante: San Petesburgo en 1905 con las
calles tomadas por la primera revolución
rusa de ese año, aplastada luego por el
Zar y tres actores que deben ensayar,
dos de ellos, Aleko y Masha, por primera
vez con Olga Knipper, la viuda del gran
Antón Chéjov, fallecido seis meses
antes.
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Encerrados en su oficio, se disponen a
ensayar, no recuerdo exactamente qué,
porque además la revuelta en las calles
y la posible implicación en ella de
otros miembros de la compañía, les ha
impedido llegar a sus colegas y, por
tanto, a nuestros tres protagonistas,
cumplir su cometido. Así, a la espera de
esos otros que nunca llegarán, juegan,
se provocan, repasan escenas antes
aprendidas, conversan y discuten, sobre
ellos, el teatro y Rusia, sobre el alma
adentro, sobre la sangre afuera. Ese
ensayo, continuamente interrumpido es
Neva y yo supongo que, en su
paralelismo brutal, es la vida misma,
solo que de la mano del teatro, es
decir, concentrada en humanidad, tiempo
y espacio.
De esta manera, desfilan ante nosotros
las obsesiones por el sexo, el goce, la
vida, la muerte, el amor, la crueldad
humana, las diferencias sociales, los
límites filiales. Todos los grandes
temas que han hecho el teatro, aquí
resueltos sin traspasar la frontera de
una extraña cotidianidad, de una
extrañante naturalidad. Y con el
equilibrio
—verdadera
alquimia, piedra filosofal del montaje—
para oscilar entre realismo y
teatralidad. Fórmula de colisión
imperfecta, como el arte teatral mismo,
entre verdad y artificio, el magma entre
las placas tectónicas del teatro.
Vemos el escenario como espacio de
invención en un sentido real donde, por
ejemplo, se reconstruye con variantes la
muerte de Chéjov. El juego a ensayar el
teatro mismo, puesto que es siempre un
ensayo, una prueba de una estructura
ambivalente y con menor fijeza que la de
otras artes, dota a Neva de un
núcleo fortísimo, de unos cimientos que
le permiten encarrilar una travesía
sobre la vida o la muerte en sus
sucesivas transfiguraciones. Cómo
ocurrió esa muerte de Chéjov; cómo
recuperar la infancia perdida; cómo
poseer todo de Antón sin contradecir las
normas morales de lo filial, para su
hermana; cómo funciona un dulce monólogo
de palabras de amor en el oído de una
mujer necesitada de escucharlas, no
importa si ciertas o falsas…
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Ese juego entre la verdad y la mentira,
entre ser y representar, es el “único”
intersticio que cierra el actor con su
presencia y es otra voluntad de Neva
mostrar su poderío, su valor. Como
auto respuesta a para qué sirve el
teatro. El dueto de actrices, Trinidad
González y Paula Zúñiga, y el actor
Jorge Becker asumen los personajes de la
“lejana” Neva. Lo hacen con tal
hondura personal que, por supuesto,
ellos también hablan de sus respectivas
encarnaciones y de sí mismos. Lo hacen
con tal derroche del oficio que la
mixtura secular de técnicas no se ve por
parte alguna. Lo hacen con tal
eucaristía que la memoria los recordará
siempre. Con ellos comprobamos, como
otras escasas veces, que el teatro sirve
para recuperar lo perdido y como una
curación de ausencias, como un talismán
ante el abismo.
Debajo de Neva, como el agua que
corre bajo la capa de hielo del propio
río que nombra el espectáculo, está
Chéjov, fetiche y canon de la obra. Gran
intermediario del paralelismo entre arte
y vida: Chéjov y su poiesis desgajada
entre el perenne sueño de sus personajes
por otros horizontes y la inacción
propia que le impide acometerlos. En esa
distancia, primero que todo chejoviana,
entre la palabra y el gesto
—sobre
la que trabajaron después Benjamin,
Meyerhold y Brecht—,
mi maestro Francisco López Sacha situó
la gran piedra sobre la cual se alza del
suelo el siglo XX teatral. Por el camino
de la interpretación racional de esa
distancia se arribó al teatro político y
a Brecht. Por la senda de la
interpretación irracional se llegó al
absurdo y a Beckett. Ambas líneas se
cruzan y se cierran en Neva un
siglo después del tiempo ficcional en
que ocurre, por eso Masha se lanzará al
final desde el territorio del arte al de
la realidad, salta del cuadrilátero que
representa la base del arte al suelo, a
la tierra.
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El final será, justamente, el grito (strindbergiano,
según Sacha) de Masha por romper ese
encierro del oficio en la cárcel de lo
personal que, de hecho, ha sido
destrozado por la discusión, contestada
sobre la escena, sobre el porqué del
teatro. Puede que nada cambie, pero vale
seguir soñando porque ese sueño tiene
como destino encarnar la dimensión del
arte como asidero y advertencia.
La superposición de figuras geométricas
desde ese suelo hasta el triángulo
culminante de los actores es el viaje
mismo del arte desde las raíces hasta
las semillas que, entregadas nuevamente
a la tierra, fertilizan e inician un
nuevo ciclo. Nunca geometría, sin
embargo, el teatro rompe el hechizo de
lo efímero y fecunda con sus imágenes,
verbos y acciones la historia. Tablón o
puente entre el adentro y el afuera,
entre lo individual y lo colectivo. Por
eso Neva no es un espectáculo
teatral, es mucho más, es un acto de fe.
Un acto de sombras, de almas vivas ante
la lumbre, ardiendo en la ceniza. |