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Poemas tempranos
Superstición
En torno va multiplicando el día
su inmensidad, más breve que una rosa,
y parece sentir la mente ociosa
que nada ha terminado todavía.
Que todo ayer en esta luz actúa,
que no ha llegado al sueño la fatiga,
que esta calle fatal no es enemiga,
que todo lo pasado continúa.
«La vida tiene que cerrar su esfera»,
dice una voz, y brota de mi olvido
esa vaga figura que me espera.
Como si alguien creyera allá, muy dentro,
que este lugar en donde la he perdido
será otra vez el sitio del encuentro.
Sabré el secreto
Sabré el secreto de estos viejos bosques
al apartarse la niebla indecisa.
Algo como un faisán vendrá a mis ojos,
denso de orgullo y vida,
y habrá un verde en mis labios como de ramas nuevas.
Sabré el secreto de esta noche en ascuas,
extinguidas las lámparas,
cuando una piel de luna cubra el campo.
Sabré lo que ocultaban estas grutas
cuando, bajo los árboles del alma,
la red de lo visible se aparte en las pupilas
y surja, al fin, el rostro
del que todos mis sueños eran máscaras.
Hilo de arena
Teléfono
A medianoche, en Nueva York,
ella, emergiendo de los mares del sueño,
escucha esa palabra cargada de agua azul
como otro sueño: Adriático,
y sobre un ajedrez de hierro y luna
acaso ve las naves.
Palabras
Aunque conozcas todas las palabras
las verás volver vírgenes
y algo nunca soñado dirá el azar con ellas.
Un sentido más dulce o más atroz, un día
tendrán en tus oídos estas voces.
Escucharás que nombran imprevistos jardines,
los nichos sucesivos de alguna gruta espléndida,
los nuevos
y
distintos hábitos de tu cuerpo.
Aún cabe en las palabras algo que no sabremos
previamente.
Los ecos y los símbolos de la hora inconcebible
en que la tierra nos reclame.
Las últimas acciones, los pensamientos últimos,
la irrupción de los ángeles.
El país del viento
En una tienda Dakota
La enorme luna blanca está tan cerca del horizonte que
las hiervas y el bisonte se duerme en un incendio
frío bajo los invertidos desiertos
y el grito del amor podría quebrar este cristal y
esparcir sobre el mundo
informes monumentos de jade blanco y grandes rocas del
color de las perlas.
La tibia la joven la firme doncella se interna en el
país de la sangre fértil
yo soy el bendecido por la miel de sus brazos en la
penumbra,
y una sección rasgada en la piel de la tienda deja ver
la maciza blancura,
el fulgor que sostiene en el cielo la continuidad de
este sueño.
Abrázame que vienen las grandes paredes de hielo,
bésame para que una sombra de labios me salve en la
sequía,
ámame para que mañana una antorcha disperse a los lobos,
canta o reza en mi oído después del amor para que en la
luna no se sequen los ríos.
El geólogo
Aquí hubo un mar hace un millón de años.
El hombre no lo sabe, mas la piedra se acuerda.
Pártela: hay un cangrejo en sus entrañas,
todo de piedra ya, forma magnífica
que se negó a ser polvo.
Ante el peñasco y el guijarro, piensa
que acaso fueron seres dolorosos,
sangre y pulmones palpitantes.
Entre la ciega roca
y el trémolo extasiado de la salamandra
tan sólo hay tiempo.
¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?
Nietzsche
Está muriendo un Dios en el centro de un ópalo del color
del crepúsculo.
Está muriendo una hoja de hierba en el pecho de Cristo.
Está muriendo una rosa en el aire estancado de la
catedral de Maguncia,
traspasada en el aire por una quemante aguja de sol.
Está muriendo una llanura donde retozan embriagados
leopardos.
Está muriendo un ángel sobre un glaciar blanquísimo.
Está muriendo un barco lleno de ancianos en una colina
del cielo,
en un aire cargado de delfines livianos y azules.
Está muriendo una cúpula bajo el asedio de las
mariposas.
Está muriendo un lupanar lujoso y sonoro de besos
enfermos.
Está muriendo mi corazón bajo los crueles halcones del
olvido de Lou.
Me estoy borrando en sus pupilas bellas y esperanzadas
como comienzos.
Está muriendo un pájaro en un bosque de nubes.
Está muriendo una luna glacial bajo mis sábanas de seda.
Algo muy bello está borrándose por las bahías de mi
infancia.
Algo muy triste calla en sus violines.
Auschwitz
Cuerpo desnudo de Rebeca Gottlieb
en las cámaras de la noche
estriado de amenazante luna.
La prisa de los árboles
La prisa de los árboles
Saltan gacelas rojas por el campo inundado
y sobre el puente cruzan los trenes altos.
¿Qué harás en un país lleno de dioses?
Ya sólo ves la prisa de los árboles
viajando hacia el ayer. Van a reunirse
con tus tardes de infancia.
No puedes detener estos bosques que corren con duendes y
con fénix
hacia el rumor de lo irrecuperable.
Cuántas cosas allí, qué rostros bellos
como flores de un sueño, qué casa en las colinas
custodiada por duendes con cuerpo humano.
Lo que temí y amaba,
el joven de oro con su extraña sonrisa
que no descifró el mundo,
y cada luna sobre cada amor
y un pez saltando entre palacios muertos.
Lo que quiero decir, lo que olvidé,
y el sueño de esos ríos de plata cruzando la llanura,
del tapiz verde que unas manos hunden,
del poeta en su barco de cristal por las selvas,
del árbol lleno de manzanas granate
que vino de Moldavia a recordarme un rostro, lo que
quiero nombrar y no halla nombre,
y ese pájaro azul, salido de una fábula
que vuela ante mis ojos, mientras el tren recorre
las llanuras del Ganges.
En todo está la prisa de los árboles,
en todo el rojo duende presuroso,
que da miedo a las piedras y dolor a las torres
y amor a las persianas de las casas vacías,
y sueño a las estatuas cuando el sol, cuando el cuervo.
Otra vez aquí está lo que no ha de decirse.
Estoy pensando ante los bosques en fuga
en una noche junto al río en Rosario.
en una noche lenta junto a la enredadera,
en esa tarde en que llovía en Cali
y tú tenías un traje rojo.
Hay nidos, hay canciones en los nidos,
hay miedo en las canciones,
hay belleza en el miedo,
misterio en la belleza,
misterio
en la belleza.
La luna
del dragón
Nuestros muertos
No están en parte alguna,
ya son hierba y estrellas,
pero su sombra enturbia las palabras
y sólo a veces pasan por la mente,
vagan por nuestras almas, reclamando
lo que nunca les dimos.
Un gato
Lejos de sus hermanos que son oro y violencia
y saltan en las selvas sobre el ciervo alelado,
ante esta raza atónita que se angustia a su lado
está en su cuerpo hermoso toda la indiferencia.
Se entiende con la noche que devora y silencia,
no sé qué le habrán dicho los astros que ha mirado,
yo soy el que interroga su rumbo y su pasado,
él es el que ha nacido dueño ya de su ciencia.
El hombre que se aleja no es ya el hombre que vino:
esta criatura nunca cambiará su destino ...
no recuerda la tarde ni presiente la aurora.
Algo en mí envidia a veces su misteriosa suerte,
pero a los dos el tiempo nos perderá en la muerte
y asombrado agradezco no ser el que lo ignora.
África
Mira a lo lejos esas costas de África:
los orgullos nevados entre los pastizales,
los diminutos elefantes meciéndose
junto a ríos de lágrimas.
Está la garza, el día,
parada sobre el lomo de la noche con cuernos;
los nerviosos antílopes más pequeños que liebres
parecen saltamontes entre la hierba,
y ese antílope enorme es toda el hambre
de una colina de leones.
Silba el viento en los cuernos de lira del impala
y estás vivo, estás muerto,
algo en ti es grandes lotos que va pisando el ave
que agujerea las aguas,
y la triste osamenta seca al sol se disgrega.
Todos los ríos cantan
«la vida es
transitoria»,
fluye la inexorable sucesión hasta el vértigo,
todo va a su destino final:
a ser el suelo
de la antigua
África,
y ascienden los tambores
y las alas
y el viento
tiene todos los tonos y plumas del misterio.
No es allá, tras los mares, es en tu sangre ardiente
donde alzan sus pirámides la crueldad y el orgullo,
donde pule el amor sus doncellas de ébano,
donde el águila halcón con una cresta en llamas
tiene cuerpo de humano
y caen oblicuas lluvias de águilas pescadoras
a irrumpir en el sordo verde cristal del lago.
Tu antigua carne, tus ancianos íntimos
con sus blancos turbantes en desorden
ya están de pie a la luz del sol salvaje,
bajo las grandes puertas van a contar tu infancia.
Garza de amanecer, noche de búfalo.
Todos esos minutos nerviosos que se espían
sobre sus patas tensas,
que olfatean el viento,
que sienten la caricia de los dedos del miedo sobre los
lomos de oro breve,
son tu vida,
devoran
y copulan
y riñen,
rara vez vierten sangre por su impulso,
rara vez están lejos de los árboles.
Llega a ser el que eres: sé digno de estas Áfricas.
Nada en su luz habrá que no sea danza,
ni siquiera el pesado volumen del monstruo tierno,
del modificador de los caminos,
del elefante gris bañado en lodo,
del vivo monte de inquietud y de búsqueda.
Parado sobre el mundo, es como el mundo,
es el furor envuelto en mansedumbre;
en troncos sostenido
en muralla exaltado
en serpiente ofrecido
en tiempo arado
de dos terrores de
marfil armado.
Todo aquí es alimento
Alimentos las nubes y los hombres y el sueño.
Es aquel que no ves el que puede atraparte.
Tus ojos son los faros de la fuga.
Aquí solo se salva lo que huye.
El vuelo de las aves algo anuncia.
El mediodía abre sus grandes fauces.
Y allá está, azul y estriado, el paladar del cielo.
Es la hora de la angustia. Este es el oro de África.
No hay dos cebras exactamente iguales.
Cuántos pájaros «pico de cera» entre las ramas.
Es seguro ser muchos, ser mil, ser multitudes.
El viento es uno y un millón de pájaros.
El río es uno y un abismo de ojos.
La hoja perfecta es la que fue invisible.
El gran peligro acecha.
La vida es transitoria.
Sobre una de las muchas gacelas, sobre una
ya están fijos los ojos del guepardo.
Es la hora del sol alto,
y lo que hay bajo el cuerpo no es la sombra, es la
sangre.
Un día entenderás lo que eres. Ese día
entenderás al África,
deplorarás al África,
querrás ser como el
África.
África entera
duerme
a media tarde.
El león está exhausto
Aún el más feroz asesino
se derrumba en la siesta.
Es paz total el suelo de Tanzania,
montañas de materia vegetal ahora sueñan
dentro del elefante
que
cava
cava
un pozo imaginario
y
busca
busca
busca
el
agua antigua
que no encontraron nunca los rebaños.
Los jabalíes comen de rodillas,
pace a nivel del suelo el rino blanco.
Y ahora que comprendes,
llamarás saciedad a toda mansedumbre,
encontrarás sagrados la bondad y el colmillo,
verás un dios en el calao gigante, terror de los
insectos,
terror de roedores y serpientes,
oirás que el pico negro y grueso y puntiagudo
grazna también una áspera plegaria.
Ahora cae la tarde sobre la planicie africana.
El caballo del río es casi el río,
el río enfría su gran cuerpo ardiente,
y él fertiliza el río y alimenta a los peces,
y por él en las aguas hay abundantes peces.
Viene el anochecer,
viene el anochecer ...
entre todos los gritos y poemas y cantos
alguno tiene angustia.
La gacela se crispa.
Algo tendrá otra vez hambre en la noche.
Ignora el hipopótamo, el caballo del río,
que su pesado cuerpo saldrá en la sombra al mundo,
a devorar los frutos de la luna,
las hierbas plateadas,
a bañarse en el tiempo de los gatos dormidos
y a traer dulces flores que el sol tostó en la sombra
para los largos dioses de la fuga y la espuma
que cantarán mañana
lo que cantan
los ríos.
William Ospina (Padua Colombia, 1954). Se
licenció en Derecho y Ciencias Políticas por la
Universidad de Cali. Entre 1975 y 1990 ejerció el
periodismo y la publicidad. Es socio fundador de la
revista Número. Tiene publicados cinco libros de
poesía entre los que se destacan El país del viento
(1992) y ¿Con quién habla Virginia caminando hacia el
agua? (1995). Es autor de los ensayos Esos
extraños prófugos de Occidente y Es tarde para el
hombre (ambos de 1994); Un álgebra embrujada
(1996); ¿Dónde está la franja amarilla? (1997) y
América mestiza, el país del futuro (2000). Por
su novela El país de la Canela recibió el Premio
Rómulo Gallegos,2009. |