Año VIII
La Habana
2009

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Los cien de Barbarito
Amado del Pino • España

Todas las mañanas reviso los periódicos cubanos. En Juventud Rebelde —como he comentado, mi centro de trabajo por más de cinco intensos años— encuentro la noticia de un festival que celebrará el siglo del nacimiento de Barbarito Diez. Mis compatriotas de casi todas las edades saben que me refiero a uno de nuestros más grandes cantantes. Voz de cristal, caballero de la interpretación, portavoz de un rico repertorio de boleros y otros géneros de nuestra espléndida música.

El negro delgado, exacto, casi inmóvil fue siempre como un ejemplo de la pulcritud y elegancia; una prueba de que el oficio de cantor popular podía ser asumido con el máximo rigor.

Llamaba la atención la quietud escénica de Barbarito. Siempre pensé que, más que timidez o limitación, funcionaba como una forma de concentrar la energía y la atención. No es lo mismo una persona que se mueve con torpeza que un intérprete que se torna voluntariamente estático. La esbelta figura quieta, la discreción del vestuario, la gracia sobria de su sonrisa nos llevaban a la concentración diáfana en la belleza y los amplios registros de su voz.

Barbarito venía siendo como la otra formidable cara de Beny Moré, pieza clave del alma nacional. El Beny vestía con holgura cercana a la extravagancia; arrastraba una merecida fama de bohemio, hacía de la danza un alarde que competía con su virtuosismo de cantante.

Sobre ese contraste, atesoro una vibrante anécdota. En el pueblo camagüeyano de Vertientes —zona de llanuras, caña de azúcar y ámbito de la infancia del Beny— me encontré a un hombre recio y anciano que había conocido al legendario Moré por sus días de máximo esplendor. Contaba que Beny llegó hasta la barra del bar donde se arremolinaban varios admiradores y compinches. Alguien le dijo que aquel jovencito era cantante y el ídolo lo invitó a un largo trago del ron más áspero de la comarca. Como el principiante le respondió que no bebía, el Beny exclamó: “el que no toma ron no es buen artista”. El aspirante a cantor no sabía dónde meterse, pero el gran Bartolo la arregló enseguida, a la vez que le tiraba un brazo por los hombros, con esa forma tan cubana de arreglar las cosas que propicia confidencias exclusivas: “El mejor cantante de Cuba es Barbarito Diez y no se da un trago”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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