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Todas las mañanas reviso los periódicos
cubanos. En Juventud Rebelde
—como he comentado, mi centro de trabajo
por más de cinco intensos años—
encuentro la noticia de un festival que
celebrará el siglo del nacimiento de
Barbarito Diez. Mis compatriotas de casi
todas las edades saben que me refiero a
uno de nuestros más grandes cantantes.
Voz de cristal, caballero de la
interpretación, portavoz de un rico
repertorio de boleros y otros géneros de
nuestra espléndida música.
El negro delgado, exacto, casi inmóvil
fue siempre como un ejemplo de la
pulcritud y elegancia; una prueba de que
el oficio de cantor popular podía ser
asumido con el máximo rigor.
Llamaba la atención la quietud escénica
de Barbarito. Siempre pensé que, más que
timidez o limitación, funcionaba como
una forma de concentrar la energía y la
atención. No es lo mismo una persona que
se mueve con torpeza que un intérprete
que se torna voluntariamente estático.
La esbelta figura quieta, la discreción
del vestuario, la gracia sobria de su
sonrisa nos llevaban a la concentración
diáfana en la belleza y los amplios
registros de su voz.
Barbarito venía siendo como la otra
formidable cara de Beny Moré, pieza
clave del alma nacional. El Beny vestía
con holgura cercana a la extravagancia;
arrastraba una merecida fama de bohemio,
hacía de la danza un alarde que competía
con su virtuosismo de cantante.
Sobre ese contraste, atesoro una
vibrante anécdota. En el pueblo
camagüeyano de Vertientes —zona de
llanuras, caña de azúcar y ámbito de la
infancia del Beny— me encontré a un
hombre recio y anciano que había
conocido al legendario Moré por sus días
de máximo esplendor. Contaba que Beny
llegó hasta la barra del bar donde se
arremolinaban varios admiradores y
compinches. Alguien le dijo que aquel
jovencito era cantante y el ídolo lo
invitó a un largo trago del ron más
áspero de la comarca. Como el
principiante le respondió que no bebía,
el Beny exclamó: “el que no toma ron no
es buen artista”. El aspirante a cantor
no sabía dónde meterse, pero el gran
Bartolo la arregló enseguida, a la vez
que le tiraba un brazo por los hombros,
con esa forma tan cubana de arreglar las
cosas que propicia confidencias
exclusivas: “El mejor cantante de Cuba
es Barbarito Diez y no se da un trago”. |