CHE: “Septiembre 23.- Al
anochecer el práctico nos guía y
cruzamos la línea sin novedad.
Dejamos al Ejército muy atrás y
acampamos en las márgenes del río
Las Yeguas, en terreno de la finca
Cimarrones.
Es evidente que llevar un Diario de
Campaña en semejantes condiciones
implicaba la confusión de las
fechas. Vemos que para Guevara la
estancia en los terrenos de la finca
Cimarrones fue este día y no el
anterior, lo que no concuerda con lo
escrito por Joel, pero seguimos
manteniendo el mismo principio: lo
que interesa es el hecho.
Luego de sufrir los caminos, ahora
más difíciles: ...Fue en extremo
molesta, pues el terreno estaba
reseco y lleno de profundas grietas.
Nos tuvimos que mover con lentitud,
pues cualquier pisada en falso
podría traer por consecuencia la
fractura de una pierna. A mí,
particularmente, me resultaba muy
difícil, pues no podía apoyar bien
la pierna izquierda por las heridas
todavía recientes.” (Joel Iglesias,
Ob. Cit, p. 275).
Dejaron atrás Santanica, Sao
Guanana, Rincón Grande y pasaron un
arroyito; hicieron campamento en las
orillas del río Muñoz, ya en el
municipio de Florida, del martes 23
de septiembre, a las 04:00 horas.
Como siempre, aunque se caminaran lo
que caminaran, el cansancio estaba
presente, pero a más tiempo, más
agotamiento. Esto provocaba que
muchos de los columnistas se tiraran
a dormir en el suelo, como hizo Che
esa mañana.
Allí recibieron la cooperación de la
familia Almanza. Según el libro de
Joel, “Eduardo le planteó que no nos
había servido mejor porque todo se
lo había gastado con la tropa de
Camilo, que también había estado
días antes en el lugar. El Che, en
forma de broma le dijo: —Sí,
Camilo nos viene echando.”
Fue cierta la valiosa ayuda a la
columna No. 2 pero quien lo hizo se
llamaba Nelson de igual apellido.
Sin embargo, los de la Ciro Redondo
recibieron mayor y mejor cantidad de
comida, pues le mataron una res que
la ingirieron en horas del
meridiano, en la vaquería, y ya que
caía un buen aguacero.
Como lo exige las normas
guerrilleras, antes de iniciar la
marcha por terrenos desconocidos,
hay que explorar, y en los casos que
se supone pueda estar el enemigo, si
es posible utilizar colaboradores
con buena fachada, debe hacerse. Un
campesino se encargó de llevarla a
cabo. El resultado fue que, aunque
no encontró nada sospechoso en la
ruta a seguir, le dijeron los
vecinos que en el batey de Los
Güines estuvo acantonada una tropa,
pero que se había retirado para
Florida y que escucharon bombardeo
hacia el oeste. Coincide con el
realizado cerca donde acampó Camilo.
Allí se le reincorporó Benigno
Batista, Mayedo, de los perdidos que
fue a parar a la columna No. 2 y que
se había quedado en aquella zona por
estar en malas condiciones físicas,
en especial de los pies.
Ese día el comandante sufrió un
fuerte ataque de asma, que no le
permitió descansar nada. Por caminos
similares y guiados por Antonio
Manuel Valdera, se desplazaron hasta
la zona de Mala Fama. Allí,
solicitaron a José Miguel Rodríguez,
que le indicara un buen lugar para
montar campamento, quien le dijo que
a un kilómetro de su bohío podían
quedarse. Terminaba la noche del 23
de septiembre.
SEPTIEMBRE 24: Ese miércoles se
presentaba malo para la Antonio
Maceo, sin práctico ni comida. El
monte del campamento no era muy
tupido. A media mañana comenzaron a
aparecer los aviones, por lo que
hubo que suspender el descanso,
recoger y estar listos para salir si
comenzaban a bombardear. Camilo
ordenó al teniente Senén Mariño que
se vistiera de civil y, acompañado
de Eutimio Hernández, uno de los
prácticos incorporados el día 23,
tratara de localizar a alguien que
nos pudiera guiar más adelante.
Salieron antes del mediodía y, a las
tres horas, comenzaron a escuchar
ruido de bombas y ametralladoras en
la lejanía, hacia la costa.
Oscureció y Senén no había
regresado. Camilo estaba preocupado.
Alguien dijo que tal vez estuviese
perdido, él respondió: —Senén
no es de los que se pierden—
Pero, en aquel momento, estaban
seguros de que algo grave le había
sucedido.
Avanzar sin práctico, o con ellos,
pero poco conocedores, ya era algo
familiar. Esto traía como resultado
que muchas veces avanzaran cortos
tramos, aunque caminaran doce o
catorce horas. Durante esta jornada
andaban por pantanos que eran
verdaderas tembladeras. Algunos
caballos quedaron totalmente
enterrados y no se pudieron sacar.
Uno de los campesinos decía que esas
ciénagas estaban “llenas” de
cocodrilos. Después del triunfo, un
compañero de la Columna No 8,
contaba que al pasar por aquel lugar
durante la marcha, vio una montura
en el fango y, cuando fue a cogerla,
no pudo: ¡debajo estaba la bestia
que se les había quedado enterrada a
los de la No. 2.
EL INCIDENTE DE LA BRÚJULA: Ese
infernal y peligroso camino
dificultaba mucho el avance. Como no
tenían práctico, se utilizó una
brújula pequeña para orientarse. El
rumbo de los invasores era el oeste
y hacia él debían dirigirse, pero el
movimiento se hacía de noche no era
posible orientarse por el Sol. Ambas
columnas poseían este instrumento y
un pequeño mapa turístico, de los
que regalaban las gasolineras, en el
cual ubicaban aproximadamente la
zona donde estaban. Con esto de la
brújula sucedió algo que ahora,
resulta muy simpático, pero, en
aquel momento, francamente, no lo
fue: Camilo preguntó al capitán
Auditor Gálvez, que cumplía castigo
de ir en la punta de la vanguardia,
si sabía andar con la brújula, quien
le respondió afirmativamente y se la
dio. La cuestión es que cada vez que
él intentaba orientarse, en vez de
caminar hacia el oeste, salía
nuevamente a los manglares del Sur y
aquello era terrible. Camilo le
peleaba y aseguraba que el auditor
desconocía el mecanismo del
artefacto, pero este afirmaba en que
sí sabía.
—¿Por qué no te orientas bien?
—preguntó Camilo.
—Seguro que la brújula esta rota— le
respondía William. Y ciertamente,
algo andaba mal en la brújula. Pues
cuando la situaban en la parte más
llana del arma el carro del fusil y
miraba la agujita, esta oscilaba y
no era posible determinar el norte
magnético. Pero Camilo iba donde
estaba y le preguntaba, si iban
bien. El auditor le respondía que
sí, pero al poco rato, estaban de
nuevos en los manglares de la costa.
Así sucedió más de una vez.
En una de ella, el práctico rebelde
le dijo que la brújula estaba rota.
Él frunció el ceño y se agarró la
barba.
—Parece que sí —dijo aún no
convencido—. Cuando amanezca vamos a
comprobarla otra vez.
Amaneció. Se reunieron junto al
tronco de un árbol. Colocaron la
brújula:
—Mira, tú ves que está bien —le
advirtió.
La aguja no se movió e indicaba al
norte, correctamente. Era de día con
la salida del Sol.
—Ya
vez, que no está rota —dijo
el comandante.
—Entonces, a mí me parece Camilo que
esta brújula no trabaja bien de
noche —expresó, asombrado Gálvez.
Camilo lo miró muy serio:
—Lo que pasa es que tú no sabes
andar con esto —dijo y se retiró,
requiriéndolo por su
desconocimiento.
El oficial se preguntaba qué había
pasado, pues estaba convencido de
conocer perfectamente el
funcionamiento de la brújula. La
incógnita se despejó en 1960, cuando
recibió sus primeras clases de
topografía, precisamente sobre el
uso de este instrumento. El
instructor indicó que la brújula
nunca debe colocarse sobre ningún
metal, ya que este origina la
oscilación de la aguja, lo que hace
difícil determinar correctamente el
norte y, por tanto, puede señalar
otra dirección.