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El trabajo gráfico es
impresionante: si el soldado
recibe un disparo, la pantalla
del jugador comienza a teñirse
de rojo e incluso aparecen gotas
de sangre; los escenarios están
tan bien diseñados que la imagen
digital se confunde con la de
una película y la historia...
vuelve a ser tan manipuladora
como las otras cinco versiones
del popular juego Call of
Duty, cuya nueva edición,
Modern Warfare 2, ha impuesto
marcas de ventas en sus primeros
días en el mercado.
Mucho antes de que saliera el
videojuego, las cifras de
pedidos eran altísimas y en su
debut en las tiendas se
vendieron más de 4,7 discos,
cada uno valorado en cerca de 60
dólares, por lo que las
recaudaciones sobrepasaron los
cálculos iniciales. Modern
Warfare 2 está disponible para
ordenadores (PC) y para dos de
las consolas de mayor éxito
comercial: Xbox 360 y Play
Station 3.
La crisis económica también ha
golpeado a la industria de los
videojuegos y los fabricantes de
consolas, como Sony, Nintendo y
Microsoft, anunciaron rebajas en
sus precios, acciones estas que
buscan incentivar a los posibles
compradores, sobre todo después
que se conocieron los datos del
descenso en las ventas, en
octubre, hasta un 19% en EE.UU.,
de acuerdo con la empresa NPD.
En este contexto, sin duda, es
muy bien recibida la aceptación
que ha tenido Modern Warfare 2.
Si en los primeros años —la saga
surgió en 2003— los
desarrolladores de la compañía
Infinity Ward mostraban la
versión norteamericana de los
acontecimientos de la Segunda
Guerra Mundial, las dos últimas
actualizaciones de Call of
Duty han recreado problemas
“más actuales” y aquí los
enemigos, supuestamente, son los
mismos: los terroristas.
No pocos foros en Internet
coinciden en afirmar que Modern
Warfare 2 es el shooter —juego
de guerra en primera persona—
más real que se ha presentado,
al menos en cuanto al diseño
gráfico. Las texturas, el
sonido, los movimientos de los
soldados sumergen al jugador en
conflictos que tienen lugar en
un aeropuerto de Moscú, en las
favelas de Río de Janeiro y en
los campos de Afganistán.
Una de las críticas más
recurrentes al Call of Duty
son las escenas de excesiva
violencia. Por ejemplo, en el
Modern Warfare 2 los terroristas
rusos, que viven en Rusia y
“constituyen una amenaza para
EE.UU.”, incluso nuclear,
realizan una matanza de rehenes
y la sangre abunda en estos
momentos. Respuesta de los
distribuidores: “al mostrar la
maldad de los terroristas, el
jugador comprende la necesidad
de aplastarlos”. Solución para
no exponerse a tanta sangre:
ellos le ofrecen al usuario la
posibilidad de “saltarse” esa
escena.
Además, en las misiones que
deben cumplir los soldados
—siempre norteamericanos, de las
Fuerzas Especiales— los
jugadores reciben “recompensas”
por la cantidad de muertes que
logren hilvanar. Así, al
alcanzar 15 consecutivas quedan
desbloqueados nuevos
armamentos.
La violencia desmedida y las
tergiversaciones históricas en
los videojuegos no son nada
nuevo, aunque en ocasiones este
problema ha sido sobrestimado.
Quizá mucho recuerden el
Carmageddon y aquellos carros
con nombres de asesinos que
recorrían a altas velocidades
las ciudades y los jugadores
debían atropellar a las personas
para obtener una mayor cantidad
de puntos.
Como era de esperarse, muchas
personas se molestaron —con
razón— y los desarrolladores del
“juego” decidieron sustituir a
las personas por “aliens”; sin
embargo, no era difícil
conseguir la versión sin
“censura” del Carmageddon que
tuvo un triste antecesor en
Death Race.
Otro de los videojuegos
polémicos por sus
“reinterpretaciones libres” de
la historia fue el Wolfenstein
—que todavía algunos guardan
como una reliquia de los tiempos
en que predominaban los
ordenadores con procesadores
Pentium II—, pues las constantes
visiones de reliquias y
svásticas nazis lógicamente
traían de regreso un pasado nada
agradable.
Uno de los juegos más vendidos
en la historia, el Doom, también
estuvo rodeado de múltiples
controversias, por las
incitaciones directas a
asesinar, constantemente, a
monstruos en esos viajes al
infierno que proponían las
diferentes versiones de Doom. En
los últimos tiempos, las
versiones de Grand Theft Auto,
en las que cualquier cosa es
lícita —robar, golpear, matar—
con tal de cumplir los
objetivos, ha vuelto a colocar
en las agendas de discusión los
temas relacionados con la
violencia explícita en los
videojuegos.
Los grandes saltos logrados en
la programación y el imparable
avance en la producción de
hardware —potentes tarjetas
gráficas, múltiples
microprocesadores— han
posibilitado que los videojuegos
muestren un acercamiento cada
vez más notable a la “realidad”
y, al mismo tiempo, reproduzcan
las distorsiones históricas que
tantos han criticado.
Las visiones demasiado pro
estadounidenses, que exaltan el
rol norteamericano en la Segunda
Guerra Mundial y ahora el papel
de las Fuerzas Especiales en la
llamada “guerra infinita” contra
el terrorismo, una tristemente
célebre consigna lanzada durante
la administración de George W.
Bush, aparecen todo el tiempo en
la saga de Call of Duty.
Estas visiones no son fortuitas
y la frase pronunciada en
repetidas ocasiones por uno de
los protagonistas de Modern
Warfare 2 parece resumir el
mensaje que nos propone el
videojuego más vendido del
momento: “somos el Ejército más
poderoso del mundo y estamos en
cualquier conflicto.” Cierto. No
es necesario que nos lo recuerde
Call of Duty, ya es
suficiente con leerlo cada día
en los medios de comunicación. |