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“Habana... hermosa
Habana...” cantaron Los
Zafiros en uno de los
innumerables intentos
por apresar el encanto
de esta ciudad que,
desde hace 31 años
recibe a quienes acogen
la convocatoria del
Festival Internacional
del Nuevo Cine
Latinoamericano como una
cita impostergable en su
agenda.
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La “ciudad de las
columnas” fue descrita
por Carpentier como
escenario ideal para el
acoso de un delator que
siempre quiso filmar
Buñuel en un pretexto
para redescubrir el
lugar donde su padre
amasara la fortuna
familiar; el ángel
exterminador nunca
sobrevoló sus calles,
pero a ella volvieron
una y otra vez tanto
Manuel Altolaguirre (el
argumentista y productor
de su Subida
al cielo) y Paco
Rabal —primero con tal
barba de Marqués de
Bradomín que le
confundieron con un
barbudo de la Sierra y
luego para personificar
a un gallego
concebido por Miguel
Barnet y Manuel Octavio
Gómez—, como Juan
Antonio Bardem que quizá
vio su Calle Mayor
en el Paseo del Prado
donde en sus aires
libres nuestra Rita
cantara como nadie “El
manisero” para la cámara
de Ramón Peón.
Esos portales que
guarecieran a Lezama
Lima o a Virgilio Piñera
de alguna corriente de
aire frío,
recorridos bajo efluvios
etílicos por la Gardner,
el Indio
Fernández, Hemingway o
Tracy, su fornido
Santiago, mientras
Celeste bailaba un
guaguancó como ninguna o
Brando, despojado de la
piel de víbora que le
endilgara un Tennesse
Williams no menos
fascinado por la
sensualidad de los
mulatos habaneros,
tocaba tumbadoras junto
al Chori, vieron pasar
imperturbable a un Alec
Guinnes que fue ese
“hombre en La Habana” de
Graham Greene, acechado
en cada esquina por un
trío de cantantes. En
medio del humo de los
cigarros del cabaret La
red, Sartre y Simone no
cesaban de manifestar su
asombro ante la fuerza
telúrica de La Lupe,
reina absoluta de esa
noche que, mucho antes
de su (nuestra)
Teresa, retratara
Pastor Vega en un
cortometraje.
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Impactados ante las
imágenes de Soy Cuba
solo es comprensible
el deslumbramiento
suscitado al fotógrafo
Serguéi Urusevsky, quien
hizo volar su cámara
como las cigüeñas de un
Mijail Kalatózov
encaprichado en ponerle
voz a la Isla y, en
especial, a una capital
poseedora de una
atmósfera única que se
resiste a ser
reproducida en Santo
Domingo, Veracruz, Río o
cualquier set
hollywoodense, pero cuyo
eclecticismo
arquitectónico permite
evocar cualquier
imaginaria urbe no solo
del continente.
De cierta manera Sara
Gómez prefirió ver los
contornos de sus
edificios desde la
periferia tan nítida en
una mirada que dirigiera
también hacia ellos
David Lean en búsqueda
de las locaciones para
el imposible Nostromo
conradiano.
Para Zavattini, el
encuentro no fue menos
milagroso que aquel de
Totó en una fabulosa
Milán. Mucho años antes
que la Cecilia de
Solás, una suerte de
Livia caribeña, se
perdiera gritando entre
sus laberínticas
callejuelas o David
emprendiera un viaje
iniciático a través de
sus encantos, al tiempo
de degustar el sabor de
la tolerancia conducido
por Diego, el Sergio más
de Titón que de
Desnoes, la atisbó con
su telescopio para
descubrir esas azoteas
en las que Laurita
invocara la mítica
Madagascar —antes de
que Fernando orquestara
su antológica suite— y a
Glauber le gustaba subir
para mirar la ciudad y
contar historias.
Mientras, soñaba con los
ojos abiertos al
intentar sincronizar la
imagen y el sonido de
Cáncer o escribir la
Historia de Brasil
desde una moviola en La
Habana, el único lugar,
según él, donde podía
caminar por las calles y
se sentía igual que en
Bahía. Cuba estaba
siempre en su camino, se
fuera o volviese, como
para tantos otros
cineastas
latinoamericanos que se
sintieron en el ICAIC
como en casa y en esas
mismas moviolas vieron
cobrar cuerpo a sus
obras.
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A poco más de tres
décadas de aquella noche
del 3 de septiembre de
1979, cuando se
inaugurara en el cine
Charles Chaplin, la
primera edición del
Festival de La Habana
(como muchos le llaman),
se confirma que el
público cubano
—indescriptible, según
muchos cineastas—, solo
se ha dejado conquistar
sin ofrecer la menor
resistencia, por el
cine.
Cada año, la primera
quincena de diciembre
deviene un esperado
acontecimiento de índole
popular; muchos reservan
sus vacaciones para
dejarse arrastrar por el
torbellino fílmico que
azota inclemente las
calles de La Habana
durante esos once días;
personalidades de todo
el mundo destinan un
espacio solidario para
compartir intensas
jornadas en las que sale
fortalecido el cine del
continente, tierra de
rebeldes y de creadores,
cuya historia no puede
dejar de ser contada por
sus cineastas. |