Si alguien me preguntara
cuál ha sido la principal
conquista del siglo XX, su
más indiscutible progreso,
yo respondería que no es la
llegada del hombre a la
Luna, ni el descubrimiento
de la penicilina, ni la
creación de la Naciones
Unidas, sino el
extraordinario vuelco que le
ha dado al contenido de los
conceptos de civilización y
barbarie. Durante mucho
tiempo entendimos que el
hombre era radicalmente
distinto del resto de la
naturaleza. La más clara
definición que se podía dar
del ser humano era: aquel
que modifica su entorno.
Podíamos advertir sin
esfuerzo que, al morir, un
elefante un canario, una
iguana o una libélula dejan
al mundo exactamente como lo
encontraron. El pájaro
carpintero habrá agujereado
unos árboles, los laboriosos
castores habrán acumulado
ramas secas, la sigilosa
anaconda habrá atrapado
muchos roedores, y la
terrible mantis religiosa
habrá ritualmente devorado a
su macho durante la cópula,
pero el antiguo e
inexplicable equilibrio de
la naturaleza perdurará
intacto, así haya especies
que mueran para dar paso a
otras, y guerras entre
especies acosadas por el
clima, y cíclicas
catástrofes.
El hombre, por el contrario,
se define como un
transformador. Desde la
elaboración del lenguaje,
que interroga y descifra el
mundo natural, que establece
vínculos entre comunidades y
permite acumular
conocimientos de generación
en generación, hasta el
descubrimiento de
instrumentos de todo tipo,
ruedas y palancas y molinos
y máquinas que magnifican la
capacidad transformadora de
la especie, la historia
humana ha sido la historia
de una singular aventura,
que sometió a los elementos
y estableció las jerarquías,
que impuso sobre los mares y
los continentes la marca de
la superioridad humana e
incluso ha sido capaz de
proyectar a los cielos su
tipo, haciendo que Dios
mismo tenga la forma del
hombre, su lenguaje y su
conducta. Durante muchos
siglos, sin embargo, esa
aventura humana estuvo
moderada por unas ideas,
unos sentimientos y unos
temores que no permitieron
que el hombre atentara
contra los más profundos
secretos del universo.
Ciudades gobernadas por el
ideal de la belleza crecían
a la orilla de los mares;
muchedumbres ebrias de
sensualidad y de gratitud
mantenían su reverencia y su
perplejidad ante un orbe
evidentemente inexplicable;
los hermosos navíos
comerciaban con ánforas y
joyas y tapices, cosas
hechas para durar más que
sus hacedores, cosas
cargadas de sentido; y hasta
los ejércitos armados de
lanzas y espadas fueron
capaces de hacer de la
guerra algo admirable,
porque subordinaban el
triunfo al honor, afrontaban
heroicamente los riesgos, y
por sus guerreros sabían
vivir lo que Samuel Johnson
llamó la dignidad del
peligro. Sea o no la
guerra una desdicha
superable, aquellos seres
humanos supieron crear con
ella un código de honor, y
si algo hay conmovedor en
los episodios de la
Ilíada es la lealtad con
los enemigos y la exaltación
del coraje.
Con todo, esa disciplina,
esa industriosidad, esa
laboriosidad que permitían
transformar la naturaleza,
fueron los elementos básicos
de la idea de civilización
que se fue imponiendo en el
mundo. Desarrollar oficios,
procesar substancias,
refinar procedimientos,
construir ciudades, acumular
saber, diferenciarse cada
vez más del resto de los
seres vivos, someter a los
elementos, eran las leyes de
oro de la civilización. Pero
para ello se requiere partir
de la idea de que el mundo
es imperfecto y de que el
hombre ha venido a
perfeccionarlo. Lenta e
imperceptiblemente, a través
de religiones y de
filosofías, fuimos
acrecentando el abismo que
nos separaba del resto de
las criaturas, avanzando
hacia religiones cada vez
más humanas, avanzando hacia
sistemas urbanos cada vez
más fabricados, de los que
cada vez se intentara
erradicar más las
perturbaciones del azar y
las persistencias del
universo natural; avanzando
hacia filosofías cada vez
más centradas en la
supremacía del espíritu
humano y en su destino
providencial como dominador
del plante y futuro
civilizador del universo.
Así, el animismo de las
religiones primeras fue
sucedido por el humanismo de
las religiones posteriores
que encontraron finalmente
en el dios de muchos nombres
de la cuenca del
Mediterráneo su expresión
más acabada. Un colérico
dios oriental humanizado de
amor platónico engendró en
una virgen hebrea al dios
cuyo nombre indudable fue el
Hijo del Hombre, y la
civilización occidental
arreció sobre el mundo.
Construida con las riquezas
de los pueblos vencidos, la
civilización moderna de
Europa extendió sobre las
naciones el influjo de su
religión cristiana, de su
poder romano y de su ciencia
griega; divinizó su sed de
conocimiento; sacralizó con
el nombre de belleza
la plenitud de su tipo
humano; abandonó su antigua
sensualidad por el ideal de
un ascetismo propicio al
trabajo transformador;
erigió la ley del progreso
incesante en pauta de su
sentido de la historia;
justificó los medios por los
fines; y pretendiendo
exaltar el “confort” humano
en el fin último de la
naturaleza y de la historia,
precipitó a las naciones en
la industrialización, en la
sociedad de consumo, en la
fiebre de los espectáculos
masivos y en saqueo
indiscriminado del planeta
para los ciclos de la
industria. El saber se
convirtió en un mero
tributario de la producción;
la academia, alguna vez
curiosa del universo, se
convirtió en un campo de
adiestramiento de
investigadores y de técnicos
para los fines cada vez más
inconfesables del creciente
poder industrial. Antes, las
culturas heroicas
estimulaban a los individuos
proponiéndoles esfuerzos y
aun penalidades. “Roma no se
hizo en un día”, solía
decirse a los impacientes.
En el último gesto de la
grandeza occidental, Winston
Churchill hizo a su pueblo,
conminado a enfrentar el
peligro continental del
nazismo, el inolvidable
ofrecimiento de sangre, de
sudor y de lágrimas. Y
después del bombardeo de
Londres, en un último toque
de sabiduría milenaria, el
London Times
publicó su primera página en
blanco y en ella estos
versos de Chesterton que
desterraban todo consuelo:
Nada te digo para tu
esperanza,
Nada para tu anhelo,
Salvo que el aire se torna
más oscuro
Y el mar crece más alto.
Hoy la industria solo
soborna al mundo con las
golosinas de la comodidad,
del descanso, de la
opulencia mezquina y de la
acumulación material, tal
vez porque nunca en la
historia de la especie
humana se necesitó tanto
esfuerzo, tanto poder de
creación, tanto
desprendimiento y tanta
espiritualidad. Paul Valéry,
reflexionando sobre los
rumbos de la civilización,
advirtió que Europa había
operado desde el comienzo
como una inmensa factoría,
como una impresionante
máquina de transformaciones.
Señaló también que las
grandes conquistas del
ingenio humano eran fruto
ante todo del espíritu
europeo, que la ciencia era
tan europea como la religión
cristiana, y que allí casi
todos los sueños de la
humanidad contrariaban las
condiciones naturales de su
existencia. No dejo de
advertir que había una gran
diferencia entre los
industriosos y vertiginosos
pueblos de Europa y un
sector considerable del
resto de la humanidad que
misteriosamente había
persistido en una actitud
transformadora mucho menos
febril, hasta el punto de
que podía decirse de ella
que no avanzaba, o que
avanzaba a un ritmo casi
imperceptible.
Esos pueblos de África y de
América que después de
siglos seguían viviendo en
condiciones primitivas, sin
mejorar sustancialmente en
términos humanos el espacio
que habitaban, no dejaron de
asombrar a la civilizada
Europa. Creían ser hermanos
de las águilas y de los
antílopes, compartían el
espacio natural con ellos
sin enfatizar en la profunda
superioridad de los humanos,
elaboraban sus utensilios a
partir de la naturaleza, no
construían grandes ciudades
ni vastos palacios para
honrar a los dioses,
buscaban sus medicinas en el
conocimiento ancestral de
las plantas, guerreaban a su
modo, cazaban a los animales
de acuerdo con ciclos
precisos, e incluso a veces
devoraban a sus semejantes
para asimilar sus
propiedades mientras que
todo europeo sabía que al
enemigo hay que asarlo vivo
lentamente para poder
deshacerse de él y del mal
que representa. La
persistencia de esas
culturas primitivas y la
resistencia que ofrecían al
progreso afligió
profundamente a muchas de
las grandes almas de Europa.
Pero en general la
civilización aprovechó ese
espíritu primitivo para
obtener las riquezas de las
tierras de África y de
América, y utilizó
refinamientos técnicos y
culturales para someter a
los salvajes y convertirlos
en buenos productores, en
calidad de siervos y de
esclavos.
Podríamos decir que en
Europa los siglos XVIII y
XIX fueron los siglos del
optimismo. La confianza en
el destino humano, la fe en
el progreso, la conquista de
bienestar material para los
pueblos europeos de Europa y
de la América del Norte, la
fe en la misión civilizadora
del hombre, el asombro ante
los milagros del
conocimiento y de la
industria, la aparición de
la máquina de vapor, de la
máquina cosechadora, del
telégrafo, del teléfono, de
los ferrocarriles, el
comienzo de la producción
masiva de bienes de consumo,
parecieron sumir a la
humanidad occidental en un
pasmo de autoadoración que
acabó de condenar a los
pueblos primitivos y ociosos
al último rincón en la
piadosa conciencia de
Occidente. Todo iba bien con
el mundo; de conquista en
conquista, de Napoleón en
Napoleón, de invento en
invento, la civilización
seguía mejorando el orbe,
hasta que estalló la guerra
europea de 1914, y de
repente las grandes
conquistas civilizadoras del
hombre se volvieron contra
él como dragones súbitos. El
sueño de Leonardo da Vinci
fue utilizado para arrojar
bombas sobre las ciudades,
la industriosidad se aplicó
a la fabricación de
armamento en gran escala, la
disciplina legendaria de los
pueblos germánicos en
encontró su lugar en las
batallas atroces, y durante
cuatro años el planeta vio
cómo habían potenciado su
capacidad mortífera, cómo
habían sofisticado su poder
de destrucción y cómo se
debatían en un abrazo feroz
los “mejoradotes” del mundo.
Entre las cenizas todavía
humeantes de 1918 yacían,
junto a la frente destrozada
de Guillaume, al pecho
ametrallado de Rupert Brooke,
al cuerpo envenenado de
Georg Trakl y entre los
restos de una admirable
generación inmolada, algunos
de los sueños más altos del
alma europea.
Si el fin de la Primera
Guerra sumió a los
pensadores en un estado de
confusión inaudito, el
estallido de la llamada
Segunda Guerra Mundial,
veinte años después,
precipitó al mundo en
algunas de sus
comprobaciones más
desalentadoras y más
dolorosas. El propio Paul
Valéry, que había deplorado
con estupor los excesos de
la guerra del catorce, no
alcanzó a recibir la noticia
de que los norteamericanos
habían arrojado bombas
atómicas sobre Hiroshima y
Nagasaki para instar al
imperio japonés a la
capitulación. Terminada la
guerra, el balance no podía
ser más sombrío. Los
extremos de crueldad y
degradación a que habían
llegado los pueblos más
civilizados del planeta, el
horror de la guerra, los
infiernos del racismo y de
la xenofobia, los campos de
concentración y las cámaras
de cianuro, los fastos de la
mentira y de la traición,
las negras noches de la
delación y de la infamia, la
industrialización de la
muerte, mostraron
definitivamente que algo
estaba descompuesto en el
corazón de la civilización y
produjeron en los filósofos
del optimismo y aun en los
políticos un silencio
culpable que no parece
haberse roto todavía. Las
naciones triunfadoras
descargaron en unos cuantos
demonios fascistas la
responsabilidad
trascendental de lo ocurrido
y asumieron que condenando a
muerte a unos jerarcas y
redistribuyéndose el mundo
estaban exorcizando los
males de la guerra. Pero lo
que había ocurrido era
demasiado grave, y nadie
parecía dispuesto a pensar
que lo que estaba bajo
sospecha era el modelo mismo
de la civilización.
Sepultados los últimos
muertos, la historia siguió
su camino. Las industrias,
redistribuidos los mercados,
reanudaron su proceso. La
guerra de espionaje y
amenazas entre el
capitalismo occidental de
libre mercado y el
autocrático capitalismo de
Estado de las naciones
orientales sirvió para
distraer por décadas el
problema fundamental de la
época. Jerarcas de uno y
otro bando se satanizaron
mutuamente y descargaron en
el bando contrario la
responsabilidad por los
males del mundo, y al amparo
de la guerra de las
ideologías, del conflicto
entre el liberalismo inglés
y el extremo positivismo
alemán, la civilización
europea siguió arrullando el
sueño de las naciones
mientras la gran industria
proseguía su saque
planetario y todo el talento
antes dedicado a la guerra
se invertía en las
revoluciones tecnológicas y
los carnavales del consumo.
De pronto, en la década de
los sesenta, como quien
despierta de un sueño, la
juventud del planeta pareció
comprender por fin que algo
espantoso había ocurrido.
Los sueños de altos destinos
habían muerto y solo
quedaban las profesiones. El
sueño del saber universal
había muerto y solo quedaban
los cubículos de la
especialización, único saber
útil para los designios del
gran capital. Y el sueño de
la civilización, la ciudad,
se había convertido en un
monstruo de velocidad y
neurosis, en lo que Henry
Miller llamó “una pesadilla
provista de aire
acondicionado”.
El proceso de la Revolución
Tecnológica había generado
desde comienzos de siglo una
extraña literatura, la
ciencia ficción, que por un
momento pareció ser el
despertar de las fantasías
optimistas que engendraban
en la mente humana las
maravillas de la técnica y
las bondades de la
industria, pero que
rápidamente se convirtió en
un alarmado laberinto de
fantasías terribles sobre lo
que producirían la ciencia y
la técnica utilizadas por la
política en el ámbito de la
sociedad industrial. Orwell
veía el mundo tiranizado por
los dogmas y esclavizado por
la técnica; Pohl y Kornbluth
soñaron el universo
gobernado por la publicidad;
Philip K. Dick adivinó que
la vida sería manipulada por
la ingeniería genética;
Bradbury vio llegar las
expediciones humanas a
profanar los templos y las
ciudades sagradas de Marte,
exactamente como lo habían
hecho Breno en Delfos y
Hernán Cortés en México;
otros soñaron, como Ballard,
un mundo completamente
urbanizado; otros, infinitos
proletarios hambrientos
procesando en alimentos la
materia mineral de un
planeta ya sin plantas,
contaminado y letal,
mientras poderosas
oligocracias vivían la
perfección de la vida en
ciudades campestres bajo
grandes burbujas de aire
puro.
Fue entonces cuando muchos,
dejando de mirar hacia el
futuro feliz del proyecto
industrial y hacia el
presente feliz de las
pantallas de televisión, se
volvieron a mirar la
realidad del planeta y
comprendieron la enormidad
de lo que había ocurrido.
Los millones de hectáreas de
bosques talados, la
profusión de materias no
biodegradables surtidas por
la industria, la
contaminación del aire
planetario, la lluvia ácida,
la depravación de los mares,
el deterioro de la capa de
ozono, los monstruosos
arsenales nucleares capaces
de destruir muchas veces el
mundo, el auge de la
industria de la guerra, la
transformación de todas las
cosas en mercancías, la
automatización de la vida,
el frenesí de la moda, la
polución publicitaria, la
proliferación de residuos
nucleares; y al lado de los
carnavales del derroche de
la emprendedora civilización
europeo-norteamericana, la
creciente pobreza de los
pueblos saqueados, a los que
los ideólogos de la
civilización habían dado el
nombre de Tercer Mundo. Esas
cosas no podían ser
simplemente el fruto de
algunos excesos en las
políticas económicas, no
podían deberse a un mero
error de cálculo, a una
corregible falta de
previsión en los programas
de la industria, no podían
mostrarse como las
evidencias de una crisis
decrecimiento, eran
demasiado terribles y
demasiado universales para
ser consideradas como un
accidente. Por primera vez
en la historia una especie
viviente estaba en
condiciones de arrasar con
el planeta y con todo
vestigio de vida en él. Y el
camino que se había seguido
para llegar a semejante
lugar, el camino de la
supremacía humana, del
mejoramiento del mundo por
el hombre, de la
divinización de lo humano,
de la exaltación del ideal
del confort a expensas del
planeta, de la entronización
de la ciencia y de la
técnica, del auge de la
industrialización y de la
generalización del consumo,
seguía siendo el rumbo de la
civilización y el ideal
inobjetado de la especie.
Una primera oleada de
inconformidad y de repudio
por los ídolos de la
civilización movilizó a la
juventud. Viendo desplomarse
las columnas de la cultura
de Occidente, los jóvenes
predicaron la deserción
masiva de la sociedad de
consumo, buscaron en la
liberación sexual, en las
drogas, en la religión del
pacifismo, en las filosofías
de Oriente y en el retorno a
la naturaleza una respuesta
al desconcierto que producía
la crisis del espíritu. En
las fronteras del
Romanticismo y del budismo
zen, entre el éxtasis
místico y el culto de la
ociosidad, entre el frenesí
de la música y las
alucinaciones derivadas de
hongos y de hierbas, el
llamado hippismo
constituyó con su estilo
pintoresco y confuso la
primera gran objeción masiva
del siglo a los paradigmas
de la civilización. La
poderosa sociedad industrial
reaccionó convirtiendo esa
disidencia en una moda,
interesante o pasajera;
abrió las puertas de sus
empresas a los músicos de
vanguardia; asimiló los
lenguajes del teatro del
absurdo y del arte pop, que
habían surgido en la
confusión magnífica de
aquella rebelión sin
destino, y ofreció a quienes
no se rindieron finalmente a
la integración y el festival
consumista, el consuelo de
exquisitos venenos. Era
demasiado fuerte el modelo,
demasiado poderosas aun sus
promesas de felicidad por
plazos, de salud
garantizada, de autos
lujosos y consumo febril;
aún no parecía evidente que
el planeta estuviera en
peligro, y contrastar con
aquel esplendor aparente era
profesar excentricidad y
locura.
Poco a poco la primera
oleada de lucidez se
desintegró por las naciones.
Muchos cambiaron la
liberación sexual por los
mercados de la pornografía,
las drogas místicas por el
veneno industrial, el
pacifismo por la pasividad,
las filosofías por los
dogmas, y el retorno a la
naturaleza por la búsqueda
de propiedad territorial.
Pero los más conscientes de
su responsabilidad histórica
formaron las ligas
ecologistas que llegaron a
ser la segunda gran objeción
de la humanidad a la inercia
de la sociedad industrial.
Inspirados por una vasta
teoría de precursores que va
desde Francisco de Asís y
Alexander von Humboldt hasta
Jacques Cousteau y Konrad
Lorenz, los movimientos
ecológicos cambiaron la idea
de apartarse de la sociedad
para construir un mundo
nuevo por la idea de
transformar desde adentro
los hábitos de la humanidad
y denunciar las atrocidades
de la política y de la
industrialización contra el
equilibrio nacional. Una vez
más, el poder respondió con
destreza. Lo que pudo haber
sido la recuperación del
sentido sagrado de la
naturaleza y un
replanteamiento del puesto
del hombre en su seno, se
convirtió en defensa de los
recursos naturales para
mayor tranquilidad de la
industria transformadora.
Muchas organizaciones
ecológicas se convirtieron
inadvertidamente en agentes
de la mirada del positivismo
sobre la naturaleza y en los
guardianes de los intereses
a largo plazo del gran
capital. La sociedad de
consumo se vio complementada
por las tiendas de productos
naturales, crecieron los
alimentos integrales de
origen industrial, el sello
ecológico se convirtió en
una de las mil alternativas
del mercado y, dada la
conciencia creciente del
deterioro del medio
ambiente, la industria se
vio en condiciones de
proveer agua pura
embotellada, jabones
antibacteriales, cremas
bronceadoras con protección
antisolar, nuevas drogas
para las vías respiratorias,
leches antiácidas para
combatir los efectos del
estrés, antidepresivos y, en
los lugares necesarios,
sustancias descontaminantes.
Al tomar fuerza el espíritu
ecológico no solo se crearon
grandes burocracias
planetarias para examinar,
discutir y recomendar
políticas ambientales, sino
que la propia conciencia
ambiental se exaltó a la
condición de industria.
Calendarios ecológicos,
camisetas ecológicas,
viseras y llaveros, afiches
y globos y juguetes, todas
las infinitas variedades del
merchandising
convirtieron la moda de la
ecología en una de las más
exitosas de los últimos
tiempos.
Largo sería enumerar el
proceso creciente de
industrialización de todas
las cosas. El turismo, el
deporte, la moda, la salud,
el espectáculo, el saber, la
información, el ocio, el
sexo, la guerra, se
convirtieron en enormes
industrias planetarias y
ningún ámbito de la vida
humana parece haber quedado
por fuera de la acción de
los mejoradores del mundo.
Pero ese mundo tan larga y
pacientemente mejorado, no
sólo sigue amenazado por la
aniquilación, intimidado por
descomunales arsenales de
armas atómicas, saqueado,
desequilibrado y sin embargo
conminado de un modo
incesante a producir más, a
consumir más, sino que ha
visto la irrupción de males
nuevos y de peligros
desconocidos. El auge de la
industria militar, con su
mercado callejero y
clandestino de armas,
propicia también el
estallido de guerras locales
y gentilicias en los
arrabales del mundo sino la
insurrección guerrillera
favorecida por la miseria
general en los países
pobres, el mercado de
mercenarios especializados,
los brotes de xenofobias y
fundamentalismos, el
terrorismo internacional y
la delincuencia privada en
todos los rincones del
planeta. La crisis
espiritual que los filósofos
llaman muerte de la
metafísica y el imperio
omnímodo de la física como
única explicación del
universo, precipitó a vastos
sectores de la juventud y
del llamado mercado laboral
en la drogadicción
trivializada y masiva,
generando una gigantesca
industria clandestina que,
favorecida por la
prohibición, se ha
convertido en una de las
mayores multinacionales del
mundo. Un misterioso virus,
anunciado inicialmente como
una peste que privilegiaba a
las poblaciones marginales
del planeta, no sólo
revirtió las conquistas de
la liberación sexual de los
años sesenta, reforzando el
viejo ideal ascético
favorable a la
productividad, sino que,
fortalecido por la
publicidad, ha incrementado
de un modo asombroso el
consumo de látex en el
mundo. Finalmente, la
búsqueda desaforada de
incrementos en la
productividad ha llevado a
la ingeniería genética a la
profanación de los misterios
de la vida, a intervenir sin
escrúpulos en el patrimonio
genético de las especies, y
a intentar y acaso producir
alteraciones que, movidas
por la expectativa de un
resultado inmediato, dejan
al mundo sujeto a
impredecibles consecuencias
a largo plazo.
Lo que nadie parece haber
discutido, y empezamos a
pensar que es tal vez la más
urgente tarea de la especie,
es si el mundo era en
realidad imperfecto, si era
necesaria esa vocación
humana por transformarlo y
“mejorarlo”, y si el hombre
está en el derecho de
intentar ese mejoramiento.
En un texto admirable, “La
terrible mirada del hombre”,
publicado hace más de quince
años, Álvaro Fernández
Suárez afirmó que “el ensayo
llamado Hombre amenaza con
ser un fracaso”. Yo al menos
diría que la fascinante
aventura europea, con su
ciencia griega, su poder
romano, su religión
cristiana, su doble mundo
platónico, su racionalidad
cartesiana, su espíritu
empresarial, sus
descubrimientos y
conquistas, su refinamiento
técnico, su iniciativa
industrial, su ingeniería,
sus museos, su teoría de la
opulencia, su domesticación
de la naturaleza, sus
empirismos y sus
positivismos, su espíritu
universal a caballo, su
vocación civilizadora, su
voluntad de dominio, su
homo sapiens, su homo
faber, su progreso
incesante y su decisión de
mejorar el mundo, ha
fracasado. Hasta que este
siglo vino a mostrarnos su
rostro verdadero, todas esas
cosas ilustres se llamaron
civilización. Ahora ya nos
cuesta atribuirles ese
nombre, y los pueblos que
gracias al llamado atraso,
al desdén de las metrópolis
y a la postergación de
nuestro lugar en la historia
hemos logrado sobrevivir
hasta ahora sólo a medias
transformados por la
supremacía de esa cultura y
con nuestro espacio natural
sólo a medias mejorado por
el saber universal, tenemos
que comprender que ese
aparente atraso es un
privilegio que impone graves
responsabilidades.
Agotadas sus propias
reservas, la industria de
las sociedades salvajes del
llamado mundo desarrollado
necesita cada vez con más
urgencia cambiarnos nuestro
tesoro natural por sus
ociosos productos
manufacturados; ya tiene
puestos los ojos en la selva
amazónica, uno de los pocos
bienes sagrados de la
humanidad que todavía no ha
saqueado y arrasado la
barbarie industrial; ya
tiene puestos los ojos en
nuestros bosques de niebla;
ya reclama en nombre de la
humanidad su derecho a
aprovechar la magnífica
diversidad de la vida de
estos trópicos antes tan
poco importantes; ya se
prepara para ofrecernos el
lugar de testigos
privilegiados en sus últimas
hazañas contra el mundo.
Hemos tardado siglos en
descubrir que la
civilización era la
barbarie. Ahora aquellos
pueblos salvajes cuya
inacción intrigaba a Paul
Valéry, hace setenta años,
esos pueblos desdeñosos del
progreso, que afligieron a
las grandes almas de Europa,
empiezan a tener otro
rostro para quienes todavía
soñamos con la salvación del
planeta, con la salvación de
la especie e, incluso, con
la salvación de Europa.
Entonces su hermandad con
las águilas y con los
antílopes no era una simple
ingenuidad; entonces su
negativa a enfatizar su
superioridad humana ante los
órdenes de la naturaleza
obedecía a un pensamiento
profundo; entonces su
medicina natural, su modo de
cazar y de recolectar, la
sencillez de sus moradas, su
magia, el misterio de sus
adornos, su renuncia a
mejorar el mundo,
correspondían a una
sabiduría y no a una
ignorancia; tal vez por ello
esos nativos de África, de
América, de Oceanía, no
cancelaron su relación
mágica con los seres y las
cosas, no quisieron avanzar,
no inventaron el progreso,
no creyeron que en la
naturaleza hubiera mucho que
mejorar. Entonces tal vez
ellos eran civilizados y
conocían el secreto para
participar de la armonía del
mundo, para asegurar su
continuidad.
Pero también en el seno de
las activas sociedades
occidentales hubo siempre
quien creyó en la perfección
del universo natural. A
diferencia de las
religiones, de las ciencias,
de la técnica, de la
filosofía, de la política,
yo diría que lo único que no
ha traicionado jamás al
hombre ni al mundo ha sido
el arte. Todo en él estuvo
hecho siempre de preguntas,
de sugerencias, de respeto
por el universo natural, de
fe en el misterio, de
pasión, de riesgo, de
sometimiento a unos poderes
más altos, de inspiración.
Sólo los artistas fueron
conscientes siempre de que
el saber humano era un
peligro para el mundo.
Seguro de que en su tiempo
la humanidad aún era
respetuosa de los misterios
del universo, Propercio pudo
escribir en la antigüedad:
“Nuestros combates no han
herido a ninguna deidad.”
Ningún artista pintó ni
esculpió jamás para imponer
verdades, por la simple
razón de que el arte que se
hace para adoctrinar no
logra ser arte nunca, nunca
pasa de ser un mensaje más o
menos bien expresado. El
arte sólo puede hacerse para
aprender. Auden decía que la
diferencia principal entre
el artesano y el artista es
que el artesano sabe siempre
qué tipo de objeto piensa
elaborar, mientras que el
artista sólo sabe lo que
busca cuando lo encuentra. Y
en la elaboración
intervienen todos esos
recuerdos desconocidos,
anhelos ocultos, destrezas y
azares que son apenas
rostros parciales de lo que
cierta tradición llamaba la
musa o la diosa. Y aun
cuando los artistas parecen
estar copiando un mensaje
prefijado, el arte verdadero
siempre excede esas
prescripciones y se hace
creador. Es por eso que
Julio II pudo sorprenderse
hasta el desagrado cuando
entró en la capilla Sixtina
y vio las figuras que había
encargado a aquel escultor
que pretextaba no saber
pintar. Primero se quedó
pensativo. Después, buscando
una objeción válida,
exclamó:
-Pero ... iestán desnudos!
Y Miguel Ángel, mirando
distraídamente las ropas del
papa, le respondió,
terminando la discusión:
-¿Qué quiere? Son gente
humilde.
Yo diría que el arte nunca
se propuso mejorar el mundo
natural y que en cambio
siempre se propuso
celebrarlo. A lo sumo a
menudo intentaba interrogar
la singularidad de los
fenómenos y de las
criaturas, incluida la
singularidad de lo humano.
Baudelaire advierte la
diferencia del hombre con el
universo pero la siente más
bien como un extravío del
humano, esa extraña criatura
que ha perdido su lugar en
la armonía cósmica. Así, en
“Heautontimorumenos”, dice:
“¿No soy acaso un falso
acorde/ de la divina
sinfonía?”
Con la misma perplejidad
desconsolada Barba Jacob
exclamó: “Entre los coros
estelares/ oigo algo mío
disonar.”
¿Qué es lo que de esa manera
nos expulsa de la armonía
universal? Fue Lessing quien
afirmó terriblemente que el
hombre, ese desertor de la
vida, es “un simio fiero
que, poco a poco, ha
enfermado de megalomanía por
causa de su (así llamado)
espíritu según nos cuenta el
filósofo Scheler, quien
añade que, para aquella
tremenda antropología, el
hombre no es una de tantas
vías en que la vida de una
especie encalla y muere,
sino que “el hombre es la
vía muerta de toda la vida
en general”. Lo que
equivaldría a decir que la
aparición de la especie
humana en el mundo, provista
de esa enfermedad llamada
“espíritu”, significó la
irrupción en los órdenes de
la vida de una imperiosa
voluntad de extinción. Si
esto fuera cierto, el modelo
de la civilización
industrial bien podría ser
el instrumento perfecto
para ejecutar esa
melancólica condena.
Pero a pesar de que la
cultura europea siempre
llamó hombre sólo al
representante de su orden
mental, y espíritu
universal al espíritu de
su proyecto histórico,
quienes sólo parcialmente
pertenecemos a ese universo
espiritual podemos mirar el
panorama sombrío del
presente con menos
desconfianza y con menos
desesperanza. También
podemos llamar hombre
a esos seres que jamás
optaron por un soberbio
mejoramiento del mundo. A
esos pueblos serenos y
austeros que aún hoy,
después de siglos de
opresión y saqueo,
sobreviven en las llanuras,
los montes y las selvas del
continente africano; a esos
huéspedes mágicos de los
valles, los montes y las
selvas de América; a esos
serenos y austeros pueblos
de Oriente que no han
sucumbido ante el carnaval
de la productividad y que
persisten en sus ceremonias
contemplativas y en su
búsqueda de la paz del
espíritu; a esos artistas de
todos los tiempos y de todos
los continentes que hicieron
de la celebración de los
dones del mundo la razón de
ser de sus vidas, y que
durante los largos y
peligrosos siglos de la
supremacía del hombre, del
saqueo del mundo, de
entronización de la
inteligencia y de
positivismo empobrecedor,
persistieron en la profunda
tarea de cortejar el
misterio y de hechizar la
realidad con sus poderosos
conjuros.
En las civilizaciones
naturales, a las que tal vez
alude Keats en la “Oda a un
ruiseñor” cuando evoca los
“mágicos reinos perdidos”,
el arte no se ha separado de
la vida y es casi imposible
diferenciar entre la ética y
la estética y la creación
artística de la religión.
Pero algunos comprendieron
temprano en la historia
occidental que la vida se
alejaba por otro camino, y
el arte se convirtió en un
lenguaje aislado, en una
suerte de especialidad,
sujeta primero a la
incomprensión de ser
considerada un juego y
después a la incomprensión
aún peor de ser considerada
un lujo. El mundo puede
haberse vuelto seco y
sórdido en la realidad
cotidiana, pero en el arte
el mundo siempre está
encantado. Y si solemos ver
el comienzo del arte como
tal en la cultura griega, es
porque fue básicamente allí
donde se consumó aquella
disociación, donde la razón
comenzó su peligroso vuelo
solitario. Nietzsche solía
atribuir a Sócrates,
siquiera de un modo
simbólico, la instauración
de aquel proceso. Y recordó
que en los últimos días, una
voz o un genio le repetía al
sabio: “¡Sócrates: cultiva
las bellas artes! “, como
advirtiéndole la necesidad
de recuperar esos secretos
de embriaguez y de
ingenuidad que la razón
anula.
No bastará con abandonar la
idea de la supremacía
humana, el culto insensato
de la razón y sus respuestas
precisas, las aparatosas
provisiones de la industria,
el obsceno ideal del confort
que propone como objetivo
final de la historia a un
pasivo hombre doméstico que
consume pasabocas
hipnotizado por una
pantalla. No bastará con
renunciar a los simulacros
de la publicidad, a sus
perfectos paraísos y a sus
estereotipos de felicidad.
Cada día oímos decir con más
urgencia que es necesario
reencantar el mundo,
pronunciar el desconocido
conjuro que nos permita
reingresar en el orden del
universo natural. Tal vez
allí donde la razón tropieza
con sus límites pueda
comenzar un episodio nuevo
para la especie. Cuando ya
la población del planeta no
permite soñar siquiera con
el cumplimiento de las
promesas de opulencia y
confort que prodiga la
letanía de la industria, es
fácil comprobar que la mayor
parte de las necesidades del
hombre moderno son apenas
inventos del comercio y de
la moda. Cualquier
antropólogo sabe que ya en
el neolítico las que se
suele llamar necesidades
básicas del hombre
estaban satisfechas, y el
contacto con la naturaleza
que hoy es un lujo
excepcional en las
sociedades industrializadas
era entonces la condición
normal de la vida.
Tal vez a cambio de una
austeridad material
razonable podamos aspirar a
una vida afectiva y corporal
más rica; tal vez aún
podamos cambiar la pasividad
que consume espectáculos por
una mayor creatividad, y esa
grotesca negación de la vida
que es el trabajo asalariado
de sol a sol por un
intercambio amistoso y
fecundo en la vecindad de la
naturaleza. Pero aunque amar
es más bello que poseer, y
aunque crear es más bello
que consumir, y aunque la
libertad es mejor que la
esclavitud, expuestos al
mayor de los peligros y
vivos en uno de los momentos
más dramáticos de la
historia, todavía nos está
permitido pedir más. Si la
razón excluyente fue nuestro
extravío, y si la belleza y
la verdad que el arte ofrece
son promesas de lo que puede
llegar a ser el mundo si lo
vuelve a impregnar el
milagro, tal vez el hoy
empobrecido y enfermo y
desesperanzado ser humano
pueda abrir de nuevo las
puertas de un reino mágico.
Existe la plenitud de un
universo divino y esa
plenitud no cabe en el vaso
frágil de nuestra razón.
Pero tal vez sí cabe en el
éxtasis de los chamanes del
Vaupés como cupo en el
corazón proteico de
Shakespeare, cabe en el
mundo que vieron las
caravanas por el desierto y
que engendró la magia de
Las mil
y una noches,
cabe en las religiones del
pasado que llenaron al mundo
de genios y de ángeles como
cupo en el alma hecha de
música de Wolfgang Mozart,
cabe en toda vida que sea
capaz de inventarse a sí
misma como cupo en el canto
torrencial de Walt Whitman.