Año VIII
La Habana
28 de NOVIEMBRE
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de 2009

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Lo que nos deja el siglo XX

William Ospina Los nuevos centros de la esfera

 

Si alguien me preguntara cuál ha sido la principal conquista del siglo XX, su más indiscutible progreso, yo respondería que no es la llegada del hombre a la Luna, ni el descubrimiento de la penicilina, ni la creación de la Naciones Unidas, sino el extraordinario vuelco que le ha dado al contenido de los conceptos de civilización y barbarie. Durante mucho tiempo entendimos que el hombre era radicalmente distinto del resto de la naturaleza. La más clara definición que se podía dar del ser humano era: aquel que modifica su entorno.  Podíamos advertir sin esfuerzo que, al morir, un elefante un canario, una iguana o una libélula dejan al mundo exactamente como lo encontraron. El pájaro carpintero habrá agujereado unos árboles, los laboriosos castores habrán acumulado ramas secas, la sigilosa anaconda habrá atrapado muchos roedores, y la terrible mantis religiosa habrá ritualmente devorado a su macho durante la cópula, pero el antiguo e inexplicable equilibrio de la naturaleza perdurará intacto, así haya especies que mueran para dar paso a otras, y guerras entre especies acosadas por el clima, y cíclicas catástrofes. 

El hombre, por el contrario, se define como un transformador. Desde la elaboración del lenguaje, que interroga y descifra el mundo natural, que establece vínculos entre comunidades y permite acumular conocimientos de generación en generación, hasta el descubrimiento de instrumentos de todo tipo, ruedas y palancas y molinos y máquinas que magnifican la capacidad transformadora de la especie, la historia humana ha sido la historia de una singular aventura, que sometió a los elementos y estableció las jerarquías, que impuso sobre los mares y los continentes la marca de la superioridad humana e incluso ha sido capaz de proyectar a los cielos su tipo, haciendo que Dios mismo tenga la forma del hombre, su lenguaje y su conducta. Durante muchos siglos, sin embargo, esa aventura humana estuvo moderada por unas ideas, unos sentimientos y unos temores que no permitieron que el hombre atentara contra los más profundos secretos del universo. Ciudades gobernadas por el ideal de la belleza crecían a la orilla de los mares; muchedumbres ebrias de sensualidad y de gratitud mantenían su reverencia y su perplejidad ante un orbe evidentemente inexplicable; los hermosos navíos comerciaban con ánforas y joyas y tapices, cosas hechas para durar más que sus hacedores, cosas cargadas de sentido; y hasta los ejércitos armados de lanzas y espadas fueron capaces de hacer de la guerra algo admirable, porque subordinaban el triunfo al honor, afrontaban heroicamente los riesgos, y por sus guerreros sabían vivir lo que Samuel Johnson llamó la dignidad del peligro. Sea o no la guerra una desdicha superable, aquellos seres humanos supieron crear con ella un código de honor, y si algo hay conmovedor en los episodios de la Ilíada es la lealtad con los enemigos y la exaltación del coraje. 

Con todo, esa disciplina, esa industriosidad, esa laboriosidad que permitían transformar la naturaleza, fueron los elementos básicos de la idea de civilización que se fue imponiendo en el mundo. Desarrollar oficios, procesar substancias, refinar procedimientos, construir ciudades, acumular saber, diferenciarse cada vez más del resto de los seres vivos, someter a los elementos, eran las leyes de oro de la civilización. Pero para ello se requiere partir de la idea de que el mundo es imperfecto y de que el hombre ha venido a perfeccionarlo. Lenta e imperceptiblemente, a través de religiones y de filosofías, fuimos acrecentando el abismo que nos separaba del resto de las criaturas, avanzando hacia religiones cada vez más humanas, avanzando hacia sistemas urbanos cada vez más fabricados, de los que cada vez se intentara erradicar más las perturbaciones del azar y las persistencias del universo natural; avanzando hacia filosofías cada vez más centradas en la supremacía del espíritu humano y en su destino providencial como dominador del plante y futuro civilizador del universo. Así, el animismo de las religiones primeras fue sucedido por el humanismo de las religiones posteriores que encontraron finalmente en el dios de muchos nombres de la cuenca del Mediterráneo su expresión más acabada. Un colérico dios oriental humanizado de amor platónico engendró en una virgen hebrea al dios cuyo nombre indudable fue el Hijo del Hombre, y la civilización occidental arreció sobre el mundo. 

Construida con las riquezas de los pueblos vencidos, la civilización moderna de Europa extendió sobre las naciones el influjo de su religión cristiana, de su poder romano y de su ciencia griega; divinizó su sed de conocimiento; sacralizó con el nombre de belleza la plenitud de su tipo humano; abandonó su antigua sensualidad por el ideal de un ascetismo propicio al trabajo transformador; erigió la ley del progreso incesante en pauta de su sentido de la historia; justificó los medios por los fines; y pretendiendo exaltar el “confort” humano en el fin último de la naturaleza y de la historia, precipitó a las naciones en la industrialización, en la sociedad de consumo, en la fiebre de los espectáculos masivos y en saqueo indiscriminado del planeta para los ciclos de la industria. El saber se convirtió en un mero tributario de la producción; la academia, alguna vez curiosa del universo, se convirtió en un campo de adiestramiento de investigadores y de técnicos para los fines cada vez más inconfesables del creciente poder industrial. Antes, las culturas heroicas estimulaban a los individuos proponiéndoles esfuerzos y aun penalidades. “Roma no se hizo en un día”, solía decirse a los impacientes. En el último gesto de la grandeza occidental, Winston Churchill hizo a su pueblo, conminado a enfrentar el peligro continental del nazismo, el inolvidable ofrecimiento de sangre, de sudor y de lágrimas. Y después del bombardeo de Londres, en un último toque de sabiduría milenaria, el London Times publicó su primera página en blanco y en ella estos versos de Chesterton que desterraban todo consuelo: 

Nada te digo para tu esperanza,

Nada para tu anhelo,

Salvo que el aire se torna más oscuro

Y el mar crece más alto. 

Hoy la industria solo soborna al mundo con las golosinas de la comodidad, del descanso, de la opulencia mezquina y de la acumulación material, tal vez porque nunca en la historia de la especie humana se necesitó tanto esfuerzo, tanto poder de creación, tanto desprendimiento y tanta espiritualidad. Paul Valéry, reflexionando sobre los rumbos de la civilización, advirtió que Europa había operado desde el comienzo como una inmensa factoría, como una impresionante máquina de transformaciones. Señaló también que las grandes conquistas del ingenio humano eran fruto ante todo del espíritu europeo, que la ciencia era tan europea como la religión cristiana, y que allí casi todos los sueños de la humanidad contrariaban las condiciones naturales de su existencia. No dejo de advertir que había una gran diferencia entre los industriosos y vertiginosos pueblos de Europa y un sector considerable del resto de la humanidad que misteriosamente había persistido en una actitud transformadora mucho menos febril, hasta el punto de que podía decirse de ella que no avanzaba, o que avanzaba a un ritmo casi imperceptible. 

Esos pueblos de África y de América que después de siglos seguían viviendo en condiciones primitivas, sin mejorar sustancialmente en términos humanos el espacio que habitaban, no dejaron de asombrar a la civilizada Europa. Creían ser hermanos de las águilas y de los antílopes, compartían el espacio natural con ellos sin enfatizar en la profunda superioridad de los humanos, elaboraban sus utensilios a partir de la naturaleza, no construían grandes ciudades ni vastos palacios para honrar a los dioses, buscaban sus medicinas en el conocimiento ancestral de las plantas, guerreaban a su modo, cazaban a los animales de acuerdo con ciclos precisos, e incluso a veces devoraban a sus semejantes para asimilar sus propiedades mientras que todo europeo sabía que al enemigo hay que asarlo vivo lentamente para poder deshacerse de él y del mal que representa. La persistencia de esas culturas primitivas y la resistencia que ofrecían al progreso afligió profundamente a muchas de las grandes almas de Europa. Pero en general la civilización aprovechó ese espíritu primitivo para obtener las riquezas de las tierras de África y de América, y utilizó refinamientos técnicos y culturales para someter a los salvajes y convertirlos en buenos productores, en calidad de siervos y de esclavos. 

Podríamos decir que en Europa los siglos XVIII y XIX fueron los siglos del optimismo. La confianza en el destino humano, la fe en el progreso, la conquista de bienestar material para los pueblos europeos de Europa y de la América del Norte, la fe en la misión civilizadora del hombre, el asombro ante los milagros del conocimiento y de la industria, la aparición de la máquina de vapor, de la máquina cosechadora, del telégrafo, del teléfono, de los ferrocarriles, el comienzo de la producción masiva de bienes de consumo, parecieron sumir a la humanidad occidental en un pasmo de autoadoración que acabó de condenar a los pueblos primitivos y ociosos al último rincón en la piadosa conciencia de Occidente. Todo iba bien con el mundo; de conquista en conquista, de Napoleón en Napoleón, de invento en invento, la civilización seguía mejorando el orbe, hasta que estalló la guerra europea de 1914, y de repente las grandes conquistas civilizadoras del hombre se volvieron contra él como dragones súbitos. El sueño de Leonardo da Vinci fue utilizado para arrojar bombas sobre las ciudades, la industriosidad se aplicó a la fabricación de armamento en gran escala, la disciplina legendaria de los pueblos germánicos en encontró su lugar en las batallas atroces, y durante cuatro años el planeta vio cómo habían potenciado su capacidad mortífera, cómo habían sofisticado su poder de destrucción y cómo se debatían en un abrazo feroz los “mejoradotes” del mundo. Entre las cenizas todavía humeantes de 1918 yacían, junto a la frente destrozada de Guillaume, al pecho ametrallado de Rupert Brooke, al cuerpo envenenado de Georg Trakl y entre los restos de una admirable generación inmolada, algunos de los sueños más altos del alma europea. 

Si el fin de la Primera Guerra sumió a los pensadores en un estado de confusión inaudito, el estallido de la llamada Segunda Guerra Mundial, veinte años después, precipitó al mundo en algunas de sus comprobaciones más desalentadoras y más dolorosas. El propio Paul Valéry, que había deplorado con estupor los excesos de la guerra del catorce, no alcanzó a recibir la noticia de que los norteamericanos habían arrojado bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki para instar al imperio japonés a la capitulación. Terminada la guerra, el balance no podía ser más sombrío. Los extremos de crueldad y degradación a que habían llegado los pueblos más civilizados del planeta, el horror de la guerra, los infiernos del racismo y de la xenofobia, los campos de concentración y las cámaras de cianuro, los fastos de la mentira y de la traición, las negras noches de la delación y de la infamia, la industrialización de la muerte, mostraron definitivamente que algo estaba descompuesto en el corazón de la civilización y produjeron en los filósofos del optimismo y aun en los políticos un silencio culpable que no parece haberse roto todavía. Las naciones triunfadoras descargaron en unos cuantos demonios fascistas la responsabilidad trascendental de lo ocurrido y asumieron que condenando a muerte a unos jerarcas y redistribuyéndose el mundo estaban exorcizando los males de la guerra. Pero lo que había ocurrido era demasiado grave, y nadie parecía dispuesto a pensar que lo que estaba bajo sospecha era el modelo mismo de la civilización.  

Sepultados los últimos muertos, la historia siguió su camino. Las industrias, redistribuidos los mercados, reanudaron su proceso. La guerra de espionaje y amenazas entre el capitalismo occidental de libre mercado y el autocrático capitalismo de Estado de las naciones orientales sirvió para distraer por décadas el problema fundamental de la época. Jerarcas de uno y otro bando se satanizaron mutuamente y descargaron en el bando contrario la responsabilidad por los males del mundo, y al amparo de la guerra de las ideologías, del conflicto entre el liberalismo inglés y el extremo positivismo alemán, la civilización europea siguió arrullando el sueño de las naciones mientras la gran industria proseguía su saque planetario y todo el talento antes dedicado a la guerra se invertía en las revoluciones tecnológicas y los carnavales del consumo. 

De pronto, en la década de los sesenta, como quien despierta de un sueño, la juventud del planeta pareció comprender por fin que algo espantoso había ocurrido. Los sueños de altos destinos habían muerto y solo quedaban las profesiones. El sueño del saber universal había muerto y solo quedaban los cubículos de la especialización, único saber útil para los designios del gran capital. Y el sueño de la civilización, la ciudad, se había convertido en un monstruo de velocidad y neurosis, en lo que Henry Miller llamó “una pesadilla provista de aire acondicionado”. 

El proceso de la Revolución Tecnológica había generado desde comienzos de siglo una extraña literatura, la ciencia ficción, que por un momento pareció ser el despertar de las fantasías optimistas que engendraban en la mente humana las maravillas de la técnica y las bondades de la industria, pero que rápidamente se convirtió en un alarmado laberinto de fantasías terribles sobre lo que producirían la ciencia y la técnica utilizadas por la política en el ámbito de la sociedad industrial. Orwell veía el mundo tiranizado por los dogmas y esclavizado por la técnica; Pohl y Kornbluth soñaron el universo gobernado por la publicidad; Philip K. Dick adivinó que la vida sería manipulada por la ingeniería genética; Bradbury vio llegar las expediciones humanas a profanar los templos y las ciudades sagradas de Marte, exactamente como lo habían hecho Breno en Delfos y Hernán Cortés en México; otros soñaron, como Ballard, un mundo completamente urbanizado; otros, infinitos proletarios hambrientos procesando en alimentos la materia mineral de un planeta ya sin plantas, contaminado y letal, mientras poderosas oligocracias vivían la perfección de la vida en ciudades campestres bajo grandes burbujas de aire puro.

Fue entonces cuando muchos, dejando de mirar hacia el futuro feliz del proyecto industrial y hacia el presente feliz de las pantallas de televisión, se volvieron a mirar la realidad del planeta y comprendieron la enormidad de lo que había ocurrido. Los millones de hectáreas de bosques talados, la profusión de materias no biodegradables surtidas por la industria, la contaminación del aire planetario, la lluvia ácida, la depravación de los mares, el deterioro de la capa de ozono, los monstruosos arsenales nucleares capaces de destruir muchas veces el mundo, el auge de la industria de la guerra, la transformación de todas las cosas en mercancías, la automatización de la vida, el frenesí de la moda, la polución publicitaria, la proliferación de residuos nucleares; y al lado de los carnavales del derroche de la emprendedora civilización europeo-norteamericana, la creciente pobreza de los pueblos saqueados, a los que los ideólogos de la civilización habían dado el nombre de Tercer Mundo. Esas cosas no podían ser simplemente el fruto de algunos excesos en las políticas económicas, no podían deberse a un mero error de cálculo, a una corregible falta de previsión en los programas de la industria, no podían mostrarse como las evidencias de una crisis decrecimiento, eran demasiado terribles y demasiado universales para ser consideradas como un accidente. Por primera vez en la historia una especie viviente estaba en condiciones de arrasar con el planeta y con todo vestigio de vida en él. Y el camino que se había seguido para llegar a semejante lugar, el camino de la supremacía humana, del mejoramiento del mundo por el hombre, de la divinización de lo humano, de la exaltación del ideal del confort a expensas del planeta, de la entronización de la ciencia y de la técnica, del auge de la industrialización y de la generalización del consumo, seguía siendo el rumbo de la civilización y el ideal inobjetado de la especie. 

Una primera oleada de inconformidad y de repudio por los ídolos de la civilización movilizó a la juventud. Viendo desplomarse las columnas de la cultura de Occidente, los jóvenes predicaron la deserción masiva de la sociedad de consumo, buscaron en la liberación sexual, en las drogas, en la religión del pacifismo, en las filosofías de Oriente y en el retorno a la naturaleza una respuesta al desconcierto que producía la crisis del espíritu. En las fronteras del Romanticismo y del budismo zen, entre el éxtasis místico y el culto de la ociosidad, entre el frenesí de la música y las alucinaciones derivadas de hongos y de hierbas, el llamado hippismo constituyó con su estilo pintoresco y confuso la primera gran objeción masiva del siglo a los paradigmas de la civilización. La poderosa sociedad industrial reaccionó convirtiendo esa disidencia en una moda, interesante o pasajera; abrió las puertas de sus empresas a los músicos de vanguardia; asimiló los lenguajes del teatro del absurdo y del arte pop, que habían surgido en la confusión magnífica de aquella rebelión sin destino, y ofreció a quienes no se rindieron finalmente a la integración y el festival consumista, el consuelo de exquisitos venenos. Era demasiado fuerte el modelo, demasiado poderosas aun sus promesas de felicidad por plazos, de salud garantizada, de autos lujosos y consumo febril; aún no parecía evidente que el planeta estuviera en peligro, y contrastar con aquel esplendor aparente era profesar excentricidad y locura. 

Poco a poco la primera oleada de lucidez se desintegró por las naciones. Muchos cambiaron la liberación sexual por los mercados de la pornografía, las drogas místicas por el veneno industrial, el pacifismo por la pasividad, las filosofías por los dogmas, y el retorno a la naturaleza por la búsqueda de propiedad territorial. 

Pero los más conscientes de su responsabilidad histórica formaron las ligas ecologistas que llegaron a ser la segunda gran objeción de la humanidad a la inercia de la sociedad industrial. Inspirados por una vasta teoría de precursores que va desde Francisco de Asís y Alexander von Humboldt hasta Jacques Cousteau y Konrad Lorenz, los movimientos ecológicos cambiaron la idea de apartarse de la sociedad para construir un mundo nuevo por la idea de transformar desde adentro los hábitos de la humanidad y denunciar las atrocidades de la política y de la industrialización contra el equilibrio nacional. Una vez más, el poder respondió con destreza. Lo que pudo haber sido la recuperación del sentido sagrado de la naturaleza y un replanteamiento del puesto del hombre en su seno, se convirtió en defensa de los recursos naturales para mayor tranquilidad de la industria transformadora. Muchas organizaciones ecológicas se convirtieron inadvertidamente en agentes de la mirada del positivismo sobre la naturaleza y en los guardianes de los intereses a largo plazo del gran capital. La sociedad de consumo se vio complementada por las tiendas de productos naturales, crecieron los alimentos integrales de origen industrial, el sello ecológico se convirtió en una de las mil alternativas del mercado y, dada la conciencia creciente del deterioro del medio ambiente, la industria se vio en condiciones de proveer agua pura embotellada, jabones antibacteriales, cremas bronceadoras con protección antisolar, nuevas drogas para las vías respiratorias, leches antiácidas para combatir los efectos del estrés, antidepresivos y, en los lugares necesarios, sustancias descontaminantes. Al tomar fuerza el espíritu ecológico no solo se crearon grandes burocracias planetarias para examinar, discutir y recomendar políticas ambientales, sino que la propia conciencia ambiental se exaltó a la condición de industria. 

Calendarios ecológicos, camisetas ecológicas, viseras y llaveros, afiches y globos y juguetes, todas las infinitas variedades del merchandising convirtieron la moda de la ecología en una de las más exitosas de los últimos tiempos.

Largo sería enumerar el proceso creciente de industrialización de todas las cosas. El turismo, el deporte, la moda, la salud, el espectáculo, el saber, la información, el ocio, el sexo, la guerra, se convirtieron en enormes industrias planetarias y ningún ámbito de la vida humana parece haber quedado por fuera de la acción de los mejoradores del mundo. Pero ese mundo tan larga y pacientemente mejorado, no sólo sigue amenazado por la aniquilación, intimidado por descomunales arsenales de armas atómicas, saqueado, desequilibrado y sin embargo conminado de un modo incesante a producir más, a consumir más, sino que ha visto la irrupción de males nuevos y de peligros desconocidos. El auge de la industria militar, con su mercado callejero y clandestino de armas, propicia también el estallido de guerras locales y gentilicias en los arrabales del mundo sino la insurrección guerrillera favorecida por la miseria general en los países pobres, el mercado de mercenarios especializados, los brotes de xenofobias y fundamentalismos, el terrorismo internacional y la delincuencia privada en todos los rincones del planeta. La crisis espiritual que los filósofos llaman muerte de la metafísica y el imperio omnímodo de la física como única explicación del universo, precipitó a vastos sectores de la juventud y del llamado mercado laboral en la drogadicción trivializada y masiva, generando una gigantesca industria clandestina que, favorecida por la prohibición, se ha convertido en una de las mayores multinacionales del mundo. Un misterioso virus, anunciado inicialmente como una peste que privilegiaba a las poblaciones marginales del planeta, no sólo revirtió las conquistas de la liberación sexual de los años sesenta, reforzando el viejo ideal ascético favorable a la productividad, sino que, fortalecido por la publicidad, ha incrementado de un modo asombroso el consumo de látex en el mundo. Finalmente, la búsqueda desaforada de incrementos en la productividad ha llevado a la ingeniería genética a la profanación de los misterios de la vida, a intervenir sin escrúpulos en el patrimonio genético de las especies, y a intentar y acaso producir alteraciones que, movidas por la expectativa de un resultado inmediato, dejan al mundo sujeto a impredecibles consecuencias a largo plazo.

Lo que nadie parece haber discutido, y empezamos a pensar que es tal vez la más urgente tarea de la especie, es si el mundo era en realidad imperfecto, si era necesaria esa vocación humana por transformarlo y “mejorarlo”, y si el hombre está en el derecho de intentar ese mejoramiento. En un texto admirable, “La terrible mirada del hombre”, publicado hace más de quince años, Álvaro Fernández Suárez afirmó que “el ensayo llamado Hombre amenaza con ser un fracaso”. Yo al menos diría que la fascinante aventura europea, con su ciencia griega, su poder romano, su religión cristiana, su doble mundo platónico, su racionalidad cartesiana, su espíritu empresarial, sus descubrimientos y conquistas, su refinamiento técnico, su iniciativa industrial, su ingeniería, sus museos, su teoría de la opulencia, su domesticación de la naturaleza, sus empirismos y sus positivismos, su espíritu universal a caballo, su vocación civilizadora, su voluntad de dominio, su homo sapiens, su homo faber, su progreso incesante y su decisión de mejorar el mundo, ha fracasado. Hasta que este siglo vino a mostrarnos su rostro verdadero, todas esas cosas ilustres se llamaron civilización. Ahora ya nos cuesta atribuirles ese nombre, y los pueblos que gracias al llamado atraso, al desdén de las metrópolis y a la postergación de nuestro lugar en la historia hemos logrado sobrevivir hasta ahora sólo a medias transformados por la supremacía de esa cultura y con nuestro espacio natural sólo a medias mejorado por el saber universal, tenemos que comprender que ese aparente atraso es un privilegio que impone graves responsabilidades.

Agotadas sus propias reservas, la industria de las sociedades salvajes del llamado mundo desarrollado necesita cada vez con más urgencia cambiarnos nuestro tesoro natural por sus ociosos productos manufacturados; ya tiene puestos los ojos en la selva amazónica, uno de los pocos bienes sagrados de la humanidad que todavía no ha saqueado y arrasado la barbarie industrial; ya tiene puestos los ojos en nuestros bosques de niebla; ya reclama en nombre de la humanidad su derecho a aprovechar la magnífica diversidad de la vida de estos trópicos antes tan poco importantes; ya se prepara para ofrecernos el lugar de testigos privilegiados en sus últimas hazañas contra el mundo. Hemos tardado siglos en descubrir que la civilización era la barbarie. Ahora aquellos pueblos salvajes cuya inacción intrigaba a Paul Valéry, hace setenta años, esos pueblos desdeñosos del progreso, que afligieron a las grandes almas de Europa, empiezan a tener otro ros­tro para quienes todavía soñamos con la salvación del planeta, con la salvación de la especie e, incluso, con la salvación de Europa. Entonces su hermandad con las águilas y con los antílopes no era una simple ingenuidad; entonces su negativa a enfatizar su superioridad humana ante los órdenes de la naturaleza obedecía a un pensamiento profundo; entonces su medicina natural, su modo de cazar y de recolectar, la sencillez de sus moradas, su magia, el misterio de sus adornos, su renuncia a mejorar el mundo, correspondían a una sabiduría y no a una ignorancia; tal vez por ello esos nativos de África, de América, de Oceanía, no cancelaron su relación mágica con los seres y las cosas, no quisieron avanzar, no inventaron el progreso, no creyeron que en la naturaleza hubiera mucho que mejorar. Entonces tal vez ellos eran civilizados y conocían el secreto para participar de la armonía del mundo, para asegurar su continuidad.

Pero también en el seno de las activas sociedades occidentales hubo siempre quien creyó en la perfección del universo natural. A diferencia de las religiones, de las ciencias, de la técnica, de la filosofía, de la política, yo diría que lo único que no ha traicionado jamás al hombre ni al mundo ha sido el arte. Todo en él estuvo hecho siempre de preguntas, de sugerencias, de respeto por el universo natural, de fe en el misterio, de pasión, de riesgo, de sometimiento a unos poderes más altos, de inspiración. Sólo los artistas fueron conscientes siempre de que el saber humano era un peligro para el mundo. Seguro de que en su tiempo la huma­nidad aún era respetuosa de los misterios del universo, Propercio pudo escribir en la antigüedad: “Nuestros combates no han herido a ninguna deidad.” Ningún artista pintó ni esculpió jamás para imponer verdades, por la simple razón de que el arte que se hace para adoctrinar no logra ser arte nunca, nunca pasa de ser un mensaje más o menos bien expresado. El arte sólo puede hacerse para aprender. Auden decía que la diferencia principal entre el artesano y el artista es que el artesano sabe siempre qué tipo de objeto piensa elaborar, mientras que el artista sólo sabe lo que busca cuando lo encuentra. Y en la elaboración intervienen todos esos recuerdos desconocidos, anhelos ocultos, destrezas y azares que son apenas rostros parciales de lo que cierta tradición llamaba la musa o la diosa. Y aun cuando los artistas parecen estar copiando un mensaje prefijado, el arte verdadero siempre excede esas prescripciones y se hace creador. Es por eso que Julio II pudo sorprenderse hasta el desagrado cuando entró en la capilla Sixtina y vio las figuras que había encargado a aquel escultor que pretextaba no saber pintar. Primero se quedó pensativo. Después, buscando una objeción válida, exclamó:

-Pero ... iestán desnudos!

Y Miguel Ángel, mirando distraídamente las ropas del papa, le respondió, terminando la discusión:

-¿Qué quiere? Son gente humilde.

Yo diría que el arte nunca se propuso mejorar el mundo natural y que en cambio siempre se propuso celebrarlo. A lo sumo a menudo intentaba interrogar la singularidad de los fenómenos y de las criaturas, incluida la singularidad de lo humano. Baudelaire advierte la diferencia del hombre con el universo pero la siente más bien como un extravío del humano, esa extraña criatura que ha perdido su lugar en la armonía cósmica. Así, en “Heautontimorumenos”, dice: “¿No soy acaso un falso acorde/ de la divina sinfonía?”

Con la misma perplejidad desconsolada Barba Jacob exclamó: “Entre los coros estelares/ oigo algo mío disonar.”

¿Qué es lo que de esa manera nos expulsa de la armonía universal? Fue Lessing quien afirmó terriblemente que el hombre, ese desertor de la vida, es “un simio fiero que, poco a poco, ha enfermado de megalomanía por causa de su (así llamado) espíritu según nos cuenta el filósofo Scheler, quien añade que, para aquella tremenda antropología, el hombre no es una de tantas vías en que la vida de una especie encalla y muere, sino que “el hombre es la vía muerta de toda la vida en general”. Lo que equivaldría a decir que la aparición de la especie humana en el mundo, provista de esa enfermedad llamada “espíritu”, significó la irrupción en los órdenes de la vida de una imperiosa voluntad de extinción. Si esto fuera cierto, el modelo de la civilización industrial bien podría ser el ins­trumento perfecto para ejecutar esa melancólica condena.

Pero a pesar de que la cultura europea siempre llamó hombre sólo al representante de su orden mental, y espíritu universal al espíritu de su proyecto histórico, quienes sólo parcialmente pertenecemos a ese universo espiritual podemos mirar el panorama sombrío del presente con menos desconfianza y con menos desesperanza. También podemos llamar hombre a esos seres que jamás optaron por un soberbio mejoramiento del mundo. A esos pueblos serenos y austeros que aún hoy, después de siglos de opresión y saqueo, sobreviven en las llanuras, los montes y las selvas del continente africano; a esos huéspedes mágicos de los valles, los montes y las selvas de América; a esos serenos y austeros pueblos de Oriente que no han sucumbido ante el carnaval de la productividad y que persisten en sus ceremonias contemplativas y en su búsqueda de la paz del espíritu; a esos artistas de todos los tiempos y de todos los continentes que hicieron de la celebración de los dones del mundo la razón de ser de sus vidas, y que durante los largos y peligrosos siglos de la supremacía del hombre, del saqueo del mundo, de entronización de la inteligencia y de positivismo empobrecedor, persistieron en la profunda tarea de cortejar el misterio y de hechizar la realidad con sus poderosos conjuros.

En las civilizaciones naturales, a las que tal vez alude Keats en la “Oda a un ruiseñor” cuando evoca los “mágicos reinos perdidos”, el arte no se ha separado de la vida y es casi imposible diferenciar entre la ética y la estética y la creación artística de la religión. Pero algunos comprendieron temprano en la historia occidental que la vida se alejaba por otro camino, y el arte se convirtió en un lenguaje aislado, en una suerte de especialidad, sujeta primero a la incomprensión de ser considerada un juego y después a la incomprensión aún peor de ser considerada un lujo. El mundo puede haberse vuelto seco y sórdido en la realidad cotidiana, pero en el arte el mundo siempre está encantado. Y si solemos ver el comienzo del arte como tal en la cultura griega, es porque fue básicamente allí donde se consumó aquella disociación, donde la razón comenzó su peligroso vuelo solitario. Nietzsche solía atribuir a Sócrates, siquiera de un modo simbólico, la instauración de aquel proceso. Y recordó que en los últimos días, una voz o un genio le repetía al sabio: “¡Sócrates: cultiva las bellas artes! “, como advirtiéndole la necesidad de recuperar esos secretos de embriaguez y de ingenuidad que la razón anula.

No bastará con abandonar la idea de la supremacía humana, el culto insensato de la razón y sus respuestas precisas, las aparatosas provisiones de la industria, el obsceno ideal del confort que propone como objetivo final de la historia a un pasivo hombre doméstico que consume pasabocas hipnotizado por una pantalla. No bastará con renunciar a los simulacros de la publicidad, a sus perfectos paraísos y a sus estereotipos de felicidad. Cada día oímos decir con más urgencia que es necesario reencantar el mundo, pronunciar el desconocido conjuro que nos permita reingresar en el orden del universo natural. Tal vez allí donde la razón tropieza con sus límites pueda comenzar un episodio nuevo para la especie. Cuando ya la población del planeta no permite soñar siquiera con el cumplimiento de las promesas de opulencia y confort que prodiga la letanía de la industria, es fácil comprobar que la mayor parte de las necesidades del hombre moderno son apenas inventos del comercio y de la moda. Cualquier antropólogo sabe que ya en el neolítico las que se suele llamar necesidades básicas del hombre estaban satisfechas, y el contacto con la naturaleza que hoy es un lujo excepcional en las sociedades industrializadas era entonces la condición normal de la vida.

Tal vez a cambio de una austeridad material razonable podamos aspirar a una vida afectiva y corporal más rica; tal vez aún podamos cambiar la pasividad que consume espectáculos por una mayor creatividad, y esa grotesca negación de la vida que es el trabajo asalariado de sol a sol por un intercambio amistoso y fecundo en la vecindad de la naturaleza. Pero aunque amar es más bello que poseer, y aunque crear es más bello que consumir, y aunque la libertad es mejor que la esclavitud, expuestos al mayor de los peligros y vivos en uno de los momentos más dramáticos de la historia, todavía nos está permitido pedir más. Si la razón excluyente fue nuestro extravío, y si la belleza y la verdad que el arte ofrece son promesas de lo que puede llegar a ser el mundo si lo vuelve a impregnar el milagro, tal vez el hoy empobrecido y enfermo y desesperanzado ser humano pueda abrir de nuevo las puertas de un reino mágico. Existe la plenitud de un universo divino y esa plenitud no cabe en el vaso frágil de nuestra razón. Pero tal vez sí cabe en el éxtasis de los chamanes del Vaupés como cupo en el corazón proteico de Shakespeare, cabe en el mundo que vieron las caravanas por el desierto y que engendró la magia de Las mil y una noches, cabe en las religiones del pasado que llenaron al mundo de genios y de ángeles como cupo en el alma hecha de música de Wolfgang Mozart, cabe en toda vida que sea capaz de inventarse a sí misma como cupo en el canto torrencial de Walt Whitman.

A comienzos del siglo XIX, Hölderlin advirtió que la cultura europea marchaba hacia la muerte del alma, y que sería preciso cambiarlo todo para que el mundo pudiera salvarse. Pero también fue él quien anunció que volvería la edad de los héroes y de los oráculos, de la inocencia y de la amistad. Anunció el eclipse de la razón y el retorno de la embriaguez creadora, e identificó a los poetas con los sacerdotes del dios de las viñas. En este oscuro final del siglo XX, nosotros, los hijos de América y de Europa, vemos finalmente que sólo las artes han sobrevivido, en su fidelidad a la naturaleza y en su sujeción al misterio, a todas las soberbias de Occidente. Que en el arte, en la poesía, en la música, todos los pueblos pueden hoy encontrarse con su verdad más profunda, con su esperanza y su futuro. Y allí donde terminan los grandes himnos de Hölderlin, podremos encontrar a los koguis de la Sierra Nevada, danzando para que el mundo sobreviva, bajo la mirada joven de las estrellas.

Los nuevos centros de la esfera. Fondo Editorial Casa de las Américas, 2003.Pp. 153-170.

 

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