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Una vez
me preguntaron si en la
calle Clavel había
alguna muchacha como la
que yo había pintado
bajo el título
Muchacha
de la calle Clavel.
Respondí que no sabía,
que tal vez ya hubiera
alguna, pero que estaba
seguro que sus hijas
iban a ser así.
Servando
Cabrera Moreno
Cuando en 1975 Servando
Cabrera Moreno
inauguraba en la Galería
de La Habana
su exposición
Habanera tú, ofrecía
al panorama de nuestras
artes visuales una de
las más felices
aportaciones a la
iconografía femenina
insular, una práctica
que otros grandes
nombres de la pintura
cubana habían llevado a
los planos más estelares
y en la que el artista,
con sus nuevas obras,
lograba insertarse
rotundamente.
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Servando Cabrera
en la
Inauguración de
Habanera tú.
Galería Habana,
1975 |
Muchos mitos —y no pocas
realidades— se tejían en
torno a aquella
presentación; entre lo
más destacado, la
alentadora reaparición
del artista con una
exposición personal,
luego del largo silencio
al que lo había sometido
la difícil política
cultural de aquellos
años. Paradójicamente,
tanta expectativa
terminó en decepción; la
crítica reaccionó de
manera violenta y muchos
sectores del público se
sintieron
desilusionados:
pulularon comentarios
que tildaban a las
piezas de facilistas,
comerciales,
decorativas, superfluas…
Se alzaron banderas que
anunciaban la traición
del pintor para con su
propia historia; se
cuestionaba la inserción
de este tema en la línea
evolutiva de su obra
completa. Y así siguió
un largo camino que, al
tiempo que las hacía muy
populares y conocidas,
las iba dotando de una
especie de aura definida
por incomprensiones y
olvidos, que las privó
de una justa valoración
hecha desde el rigor que
sus cualidades
culturales merecen.
Entender el surgimiento
de las habaneras
y su proliferación
posterior requiere casi
obligatoriamente
rememorar toda la obra
anterior de Servando
Cabrera Moreno. Pudiera
decirse, incluso, que
son resultado de una
sedimentación de
diversas ideas,
temáticas y figuraciones
que el artista abordó
desde los comienzos
mismos de su creación.
Ante todo, Servando fue
siempre un retratista
consumado, y cada una de
las muchas inspiraciones
por las que transita
aportará algo a la
conformación plástica de
estas mujeres.
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"Habana, Cuba",
1975 |
Para Servando, habanero
de la más pura casta
-nacido en la calle
Obispo-, nunca
resultaron estériles ni
los encantos de su
ciudad, ni el atractivo
de la gente que la
habitó. La idea de
volver la mirada sobre
La Habana -entendida
como espacio urbano,
pero sobre todo como
espacio social, cívico y
existencial- le brindó,
desde principios de su
carrera, importantes
fuentes de inspiración.
En una fecha tan
temprana como 1948
realiza la obra
Habana, que expone
en el Lyceum al año
siguiente. Aunque en el
fondo el artista fijaba
los típicos vitrales y
enrejados habaneros, con
ella nacía la intención
servandina de asociar el
espíritu de la ciudad
con la imagen de sus
mujeres, entendiéndolas
como su personificación
misma. Luego, en los
años cincuenta, se
interesará en las
formas, estructuras,
luces y colores
ornamentales de la
arquitectura colonial
cubana, y su arte
desarrollará, casi a la
manera de una
abstracción geometrizada,
un sinfín de
composiciones
enteramente deudoras de
nuestro barroquismo más
tropical. Una suerte de
intercambio conceptual
hará que el artista
comience a abordar la
cubanía no desde el
ornamento externo, sino
desde la propia imagen
del ser humano. Es por
eso que ya en los
setenta -en los tiempos
de su pintura erótica-
emprenderá un numeroso
grupo de
interpretaciones
simbólicas que hace de
sus memorias de las
distintas calles de La
Habana, utilizando como
recurso plástico las
sugestivas composiciones
que logra sirviéndose de
cuerpos humanos
fragmentados y
recompuestos. Así
surgen, entre otras,
Azul en la calle
Baratillo, Rojo
en la calle Neptuno
y Morado en la calle
Obispo.
Pero es en otras
aproximaciones a la vida
y los procesos del país
y la ciudad en las que
el artista manifestará
un compromiso mayor, si
se le compara con las
apropiaciones
decorativas o simbólicas
antes mencionadas, y que
serán particularmente
definitorias para el
proceso de conformación
de las habaneras.
Desde mediados de los
años 50, a su regreso de
España
—donde
ya había realizado una
serie de dibujos
realistas al carbón con
personajes populares—,
Servando había mostrado
un gran interés por
captar los rasgos
étnicos del pueblo
cubano. Con el óleo y la
serie de dibujos
dedicados a los
carboneros de El Mégano,
el artista sienta las
bases para lo que
posteriormente será su
pintura épica; con ella
indagará, además de en
la documentación de la
epopeya revolucionaria y
su trascendencia social,
en la representación
plástica de las
cualidades fenotípicas
propias de los
habitantes de su país.
Los milicianos,
macheteros y campesinos
del primer momento de
esa pintura épica
(1960-1961) constituyen
una verdadera galería de
“retratos
etnográficos”, en la
que el artista revela la
agudeza de su ojo y de
su mano en la captación
de un notable grupo de
variaciones raciales que
definen al pueblo
cubano. En un segundo
momento de esta
temática, bautizado con
tino por Gerardo
Mosquera como “la calma
épica”
(1962-1964), Servando
nos entrega sus figuras
de ambos sexos, desde un
carácter más reposado,
lírico, íntimo. Los
resultados de esta nueva
figuración se exponen en
la Galería de La Habana
en 1964, en la muestra
Héroes, jinetes y
parejas.
En 1965, Servando
descubre en París el
arte de Willem de
Kooning, y la influencia
de este creador será
innegable. El artista se
entrega con fuerza al
cultivo del
expresionismo, una nueva
corriente estilística en
su quehacer a la que
acude “motivado” por
diversos hechos de
extrema complejidad que
definirán los rumbos
futuros de su vida
personal. Aunque este
tránsito lo acerca a una
figuración más
internacional, seguirá
siendo absolutamente
cubano en la medida en
que surge influido por
un grupo de nefastos
factores externos que
obligaron al artista a
recrudecer su mirada. En
él se gestarán un grupo
importante de
características que
definirán su pintura
posterior: la figura se
fragmenta y se mutila,
los torsos se separan de
las cabezas, los límites
del formato cortan
abruptamente las
representaciones.
Y así llegará el pintor
a los años 70, con los
cuerpos en sus infinitos
desmembramientos y
recomposiciones por un
lado, y las cabezas por
otro. A la par de su
gran pintura erótica
discurrirán varias
series de rostros
independientes,en una variante
deudora de aquellas
conquistas de la “calma
épica”, aunque esta vez
asumidas desde un
enfoque más personal,
subjetivo y estilizado.
Ya su intención no es la
de antaño: no interesa
la captura realista y
fotográfica de los
rasgos fenotípicos que
definirían la cubanidad;
el nuevo propósito se
centra en servirse de
esos físicos para
extraer de ellos sus
potencialidades
plásticas, y urdir con
ellas un discurso que
quedará siempre definido
y enriquecido por la
impronta de su genio
como dibujante.
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"Isabel y las
brisas", 1973 |
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Tres grandes series de
retratos ocuparán al
artista casi hasta el
final de sus días;
primero los
“guerrilleros
latinoamericanos”,
aparecidos en 1972, que
se conciben como
aproximaciones a los
rasgos faciales
característicos de los
pueblos amerindios, y
que derivarán en cuatro
retratos del Che. En
1973 nacen los “guajiros”,
jóvenes no en el estilo
de los revolucionarios
de antaño, sino más
agraciados y tiernos;
así como sus homólogas
versiones femeninas,
conocidas
tradicionalmente como
“habaneras”: mujeres de
estilizados cuellos
alargados y rasgos
indianos, vistas de
perfil o de frente, con
largas cabelleras
batidas al viento
adornadas con flores,
que el artista
idealizaba como típicas
fisonomías de la mujer
genuinamente cubana que
resulta del proceso de
mestizaje, y que en sus
infinitas variantes
constituyen el centro de
esta nueva exposición.
Vale decir que esta
diferenciación temática
por la que Servando
encauzó su creación
durante toda la década
del 70 no significa que
ambas corrientes
estuvieran estilística o
conceptualmente
divorciadas. Hay
erotismo, y mucho, en
estas series de
retratos. Asimismo, la
eterna ambigüedad
genérica que definió su
discurso se hace
palpable en el
tratamiento de las
figuras, y con ella
desliza las fronteras
entre
masculinidad-feminidad,
fuerza-delicadeza,
vigorosidad-languidez,
dualidades que al
artista no interesan
desligadas: más
sugestivo le resulta
representar hombres de
belleza femenina y
jóvenes andróginos, o
utilizar estructura
fálica para los cuellos
y cabezas de las
“habaneras”, y líneas
fuertes y angulosas para
sus rostros.
El conjunto de trabajos
a exponer en esta
ocasión se agrupa bajo
la égida de la
imprescindible “Arabesca
diosa indiana”, dedicada
a María Teresa Vera en
virtud de su memorable
interpretación de la
canción Santa Cecilia
de Manuel Corona. La
obra debe su título a un
fragmento de esa pieza
musical, como otras
tantas obras de Servando
que emanan del
cancionero popular
cubano. El artista
traduce al lenguaje
plástico el espíritu y
la cadencia melodiosa de
los versos, con especial
interés en un rostro que
intenta hacerse eco del
texto poético que
celebra “las lánguidas
miradas de tus profundos
ojos, que dicen los
misterios del reino
celestial”.
Si bien es cierto que
esta nueva exposición no
pretende ser una versión
reeditada de Habanera
tú, es innegable que
la muestra de 1975 funge
como punto de partida de
la actual, y ha aportado
un valioso testimonio
respecto a la
localización,
catalogación y estudio
de las piezas. Hoy se
presentan cinco de las
obras que vieron la luz
en aquel momento:
“Habana”, “Cuba”, “Agua
que has de beber”,
“Soledad”, “La muchacha
de la calle Clavel”
y “La muchacha de la
calle Alambique”, esta
última un regalo de
Servando a Raquel
Revuelta, su amiga de
muchos años, y a quien
el artista conoció
precisamente en esa
calle habanera.
Otras piezas de especial
relevancia son Carola
y su paso por la vida,
Siempre María y
Calle Quiroga,
con sus finas
composiciones y juegos
de colores entre flores,
cintas y pelos, y sus
perfectas expresiones
que insinúan los
caracteres y mundos
interiores de las
retratadas. En la serie
de dibujos con nombres
femeninos
—de
la que aquí se exponen
12 trabajos—
ese componente
psicológico desaparecerá
en gran medida; en
cambio, el artista
centrará sus intenciones
en desarrollar a extremo
las múltiples
variaciones cromáticas
que pueden emanar de un
mismo motivo plástico.
La muestra presenta
además algunas
representaciones menos
comunes, como “La bella
desaparece” y “Marco
para un cuadro, que se
regodean en los torsos y
los pechos; o “El
paraíso encontrado”,
feliz coincidencia del
“guajiro” y la
“habanera”
—como
aparecieran también en
los óleo-murales
“Presencia joven” (en la
Escuela Vocacional V. I.
Lenin) y “Así amanece
Cuba” (en la Embajada de
Cuba en Ottawa)—
en una delicada
intimidad que logra
colmar de poesía y de
ternura a la escena.
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"Irene", 1980 |
Si en 1975 Servando
exponía sus “habaneras”
para conmemorar con
ellas el Año
Internacional de la
Mujer, nada mejor que
las celebraciones por el
490 aniversario de la
fundación de la Villa de
San Cristóbal de La
Habana para mostrarlas
nuevamente. Convencidos
de los valores plásticos
y culturales que estas
obras poseen, el Museo
Biblioteca Servando
Cabrera Moreno, en su
misión de rescatar,
estudiar, promover y
validar el aporte del
artista a la historia de
nuestras artes visuales,
asume esta nueva
investigación con la
esperanza de volcar un
poco de luz sobre esta
sección de su obra, muy
conocida, y a la vez
olvidada. Con ella,
rendimos nuestro
homenaje al talento y la
sensibilidad de Servando
—en
su vocación de dibujante
excepcional—,
a su amor incondicional
por la ciudad de La
Habana y, sobre todo, a
las bellísimas mujeres
que la transitan cada
día, por aquellas mismas
calles con las que el
artista las identificó.
Octubre de 2009
Palabras
del Catálogo de la
exposición
Habanera:
Diosa Indiana
Notas:
[1]
Mosquera, Gerardo.
“Servando Cabrera
Moreno: toda la
pintura”, en:
Exploraciones en la
plástica cubana.
Editorial Letras
Cubanas, La Habana,
1983. p. 163
[2] Galería Habana en la
actualidad.
[3] Mosquera, Gerardo.
“Servando Cabrera
Moreno: toda la
pintura”, en:
Exploraciones en la
plástica cubana.
Editorial Letras
Cubanas, La Habana,
1983. p. 123
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