Año VIII
La Habana
28 de NOVIEMBRE
al 4 de DICIEMBRE
de 2009

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Maneras de navegar con William Ospina

Eugenio Marrón • La Habana

Fotos: Casa de las Américas y La Jiribilla

 

Muchos años después, frente a los capítulos que se abrían a las tierras que llenaron de relatos la cabeza del “contador de historias” —tal como le llamara el también ilustre varón de Indias Juan de Castellanos, según aquel rememora—, el lector que pergeña estas líneas había de recordar aquella tarde remota, en que la voz del testigo y sobreviviente Francisco Vázquez, con su crónica, lo llevó a conocer todo lo sucedido al Gobernador Pedro de Ursúa en la expedición por el Amazonas. Los términos del Nuevo Reino de Granada y del Perú, y más allá los ríos y las selvas que establecían su nombradía al oriente de las alturas quiteñas, en lo más íntimo de tal testimonio, así como las cosas allí originadas, eran en esta oportunidad no el motivo para la revisión de documentos y ejercicios de imaginación, legitimados por aquellos, sino el espacio más que providencial para las potestades de la ficción, pero en manos de alguien que las llevaba adelante con vocación entrecruzada: asistir a los caudales de la novela de caballería y la carta de relación —y sin olvido del soplo de la tradición oral trasvasada—, así como a la confesión apócrifa y la novela de aprendizaje, confirmaba que todos los trayectos allí dados, eran la evidencia de un poeta que apostaba sus bazas al oficio de novelista: William Ospina.
 

Fue tras la lectura de su poesía, ciertamente, la sospecha de que podría haber novela un día en esa parcela; para ser más preciso, un texto de su libro El país del viento —título en que la savia de la mayoría de los poemas se concreta con hálito narrativo— traslada a uno de los apartados más tentadores en el mosaico de creaciones verbales que se refiere a la conquista española y sus hechos: Lope de Aguirre, con un primer verso que haría las delicias en ese cometido de la información inaugural que incita, al decir de Amoz Oz, “un horizonte de expectativas"1  en el lector de una novela: “Yo vine a la conquista de la selva, y la selva me ha conquistado”2 . A partir de ese verso, el poema traza un retrato del célebre conquistador en la propia voz suya, casi un rapto que vislumbra las posesiones del rebelde contra su rey. Leer aquellos versos invitaba a repasar algunas visiones frecuentadas por viejos novelistas de Latinoamérica y España, pero igualmente el presentimiento advertido y  así llegaba la pregunta: ¿No será acaso que viene en camino una novela?

Volviendo a las visiones frecuentadas que anteceden al nombre que hoy nos reúne en esta Casa de las Américas, la saga de El Dorado y sus entresijos más sangrientos, ha tenido casi exclusivo énfasis en la figura tan controvertida como ensalzada del llamado “Tirano” o “Caudillo de los Marañones” en alusión al río original por donde navegaron los conquistadores sediciosos, para establecerlo como guía que conduce lo contado. Comenzando con El camino de El Dorado, de Arturo Uslar Pietri (1947), y luego La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender (1962), hasta Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, de Miguel Otero Silva (1979) por citar lo que puede llamarse trinidad por excelencia en torno al caudillo conjurado, la figura de Lope de Aguirre no pocas veces llega a nublar la presencia de otros personajes y en especial la de Ursúa quizá fue Sender el único de los tres que vislumbró las grandes posibilidades protagónicas de aquel: “Era pues uno de esos hombres de presencia provocadora que suscitan antagonismos (…) Había Ursúa fundado ciudades, conquistado naciones indias y últimamente sometido a los negros cimarrones”3 , ya que Uslar Pietri apenas lo distingue ante la voracidad de la naturaleza que avasalla a Lope de Aguirre, mientras que Otero Silva, lo puntea como “militar bondadoso y magnífico para con sus soldados y servidores”4. Los tres novelistas citados parten, casi exclusivamente para concretar las ficciones respectivas, del tentador libro de Francisco Vázquez, El Dorado: Crónica de la expedición de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre que bien puede ser tenido como una absorbente  y cruenta novela de aventuras, si no que lo diga este pasaje: “Estando una noche cenando con sus amigos en su posada, llegó el maese de campo Martín Pérez con ciertos arcabuceros, y levantándose el Juriaga de la mesa a recebirlos le dieron ciertos arcabuzazos de que murió, y así lo dejaron aquella noche, y otro día de mañana le enterraron con gran pompa y banderas, arrastrando y tocando a tambores roncos”5, texto canónico de tales episodios, leído con cuidado por Uslar Pietri, pero mucho más tal como advierten el calado de sus novelas por Sender y Otero Silva. Era como si desde las narraciones de Vázquez y, sobre todo, desde muchísimas otras, los fantasmas de Ursúa y varios coetáneos suyos, vinieran pidiendo a gritos la intervención de un novelista, lo viable de un itinerario más demorado por las zonas más propiciatorias de sus leyendas, una manera de trasponer cotos y cláusulas.

Lo primero que distingue a William Ospina como el más atento “escuchador” de aquellas voces espectrales, es una insólita capacidad de los sentidos para transmutarse en un Dante redivivo, dispuesto a entregar con su trilogía de novelas Ursúa, El País de la Canela y La serpiente sin ojos, esta última en proceso de escritura, según él mismo ha declarado una omnipotente ficción sobre las vicisitudes de la conquista entre las luces más inquietantes y las sombras más oficiosas, para adentrarse en demarcaciones que acercan su designio a lo factible de una lectura dantesca. Al respecto, vale recordar que en uno de los ensayos que conforman su libro Los nuevos centros de la esfera, ya Ospina advierte que “la obra más alta de la literatura universal, La Divina Comedia, no es otra cosa que un esfuerzo por hacer perceptibles para la sensibilidad y la imaginación esos reinos de los que mucho se hablaba pero que pocos se habían animado a explorar y a describir”6. Como Dante en su senda, el narrador de las novelas de Ospina está sujeto continuamente a los panoramas, los sonidos, los olores, los sabores y los tactos de lo más inesperado que se revela en su peregrinaje. Y en ese rumbo, llaman la atención las proporciones que se establecen entre la construcción del mundo versificado en el florentino y la arquitectura del orbe narrativo en el colombiano: “Infierno”, “Purgatorio” y “Paraíso”, como se recordará, están repartidos inexcusablemente alrededor del número 3 la Trinidad como divisa para 33 cantos por volumen, mientras que las dos novelas hasta ahora aparecidas de la trilogía, cuentan cada una con 33 capítulos. Si en Dante la exoneración del poeta se alcanza a través del recorrido por las tres regiones de ultratumba, en Ospina la relevación del narrador se corrobora a lo largo de los tres lapsos de las recordaciones; si en Dante el viaje conduce a Dios, en Ospina lleva a la memoria. 

Ya desde el mismo comienzo de Ursúa, el narrador de quien tan solo al final en El país de la canela, por intermedio de un “supuesto editor” de sus papeles, se sabrá que “aunque el contador de historias no nos cuenta nunca su nombre, hay razones para pensar que se trata de Cristóbal de Aguilar y Medina, hijo de Marcos de Aguilar, quien introdujo los primeros libros en las Antillas”7, afincado en algún lugar del istmo de Panamá, tras 50 años en las tierras del Nuevo Mundo, certifica la autoridad de sus palabras: “Muchos saben relatos fingidos y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias reales”8. A partir de ese instante, la narración se despliega por variados derroteros en la vida de Pedro de Ursúa, desde su Navarra natal, la posterior marcha a los dominios del Perú y el Nuevo Reino de Granada, siendo apenas muy joven, y lo que allí ocurrió en torno a su protagonismo, centrado en las guerras de exterminio y rapacidad contra las etnias de tantas inmensidades.

El catálogo de sucesos que se desarrollan en Ursúa y El país de la canela, constituye un repertorio de violencia y extrañeza que ilustra como pocos, a la hora de la ficción, lo habitual de aquellos tiempos, muy particularmente la crueldad sin límites como santo y seña, no solo de los europeos contra los nativos, sino también la que se llevaba adelante en persecución de vértigo entre los propios conquistadores, lo cual hace exclamar al narrador en algún momento de Ursúa: “…de un día al siguiente el perseguidor es perseguido, el poderoso jefe de tropas que sujetó pueblos enteros se ve inmovilizado en el cepo y humillado por sus propios paisanos”9. También la naturaleza se explaya en su grandeza avasalladora, dando paso continuamente al asombro del narrador este le cuenta a Ursúa o cuenta sobre él: “Él tenía una historia que contar que yo quería oír siempre, yo escondía una historia que él siempre quería oír”10, quien no solamente “recuerda” sucedidos y protagonistas, sino igualmente los ámbitos de la desmesura: alturas de nieve y selvas de fiebre donde reinan aves y fieras, fauna desmedida que desata el deslumbramiento entre lo posible real y lo real imposible. Es así como lo cuenta el narrador en El país de la canela: “Uno tendría que inventar muchas palabras para describir lo que ve, porque entre formas incontables, nadie, ni siquiera los indios, sabrá jamás los nombres de todos esos seres que beben y aletean, que se hinchan y palpitan, que se abren y se cierran como párpados y que tienen una manera silenciosa de vivir y morir. Todo es lo mismo siempre y nada se repite jamás”11. Es oportuno distinguir que en Ursúa y en El país de la canela, Ospina convierte el proverbial recurso de la enumeración en compendio de paciente rastreo, continuamente ordenado para despuntar, desde la vista del “contador de historias”, segmentos y pormenores de incidentes y lugares. Deslindar con fluidez es una prueba de verosimilitud concluyente para el narrador, clave en su recordatorio. No son escasas las pautas de ese despliegue enumerativo, realizado con fruición a la sombra del encantamiento verbal, siempre que el narrador dilata sus bríos en la exposición  de sus remembranzas. Así ocurre en ambas novelas, cual sello distintivo de las argumentaciones que el “contador de historias” entrega para evidenciar la propiedad de su discurso. Por otra parte, tal como anota el presunto editor de su memorial en El país de la canela, hay en el personaje un afán por “hacernos creer que lo que está escribiendo lo narró en un solo día a Pedro de Ursúa en las marismas de Panamá”12.  

Enumerar se convierte en expansión de sutilezas a favor de un inventario donde la precisión no excluye la distendida hermosura. Ejemplo entre muchos es la estancia del narrador en Sevilla, casi al final en El país de la canela,  al viajar a Europa tras el regreso de la accidentada expedición de Orellana por el Amazonas: “Me alarmó (a ti, que eres mi amigo te lo puedo confesar) el deleite que me causaban las trazas de los moros: los arcos de los edificios, el dibujo de las fachadas, los frescos zaguanes de azulejos; hasta la frescura de la palabra azul parecía tener un sentido peligroso y fascinante en ese mundo cristiano tosco e implacable”13. La suma de personajes y acontecimientos reales que se encuentran en ambas novelas independientemente de la recuperación cumplida para una “lectura otra” de la Historia, desde el costado de la ficción y sus arbitrios, las convierte en uno de los espacios narrativos más incuestionables a la hora de asomarse a la urdimbre de aquellos tiempos. Por las páginas de Ursúa y El país de la canela se mueven los seres más diversos de la conquista, para una galería inolvidable donde comparten destellos y oscuridades: Pedro de Ursúa, quien como se dice en memorable apertura, justo al partir de sus tierras navarras hacia el Nuevo Mundo “no había cumplido diecisiete años, y era fuerte y hermoso, cuando se lo llevaron los barcos”14; el comedido juez de residencia Miguel Díaz de Armendáriz; los implacables y afanosos hermanos Francisco, Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, devastadores del imperio inca; el mariscal Jorge Robledo, veterano guerrero en las campañas imperiales de Carlos V por toda Europa; el severo y sobrio obispo La Gasca, representante del emperador en el Nuevo Mundo; el incansable y tenaz viajero Gonzalo de Orellana; el fraile y cronista  Gaspar de Carvajal, expedicionario por el Amazonas; el eminente erudito Gonzalo Fernández de Oviedo, “el más paciente testigo español de lo que nos han deparado las Indias”15; el inagotable humanista veneciano Pietro Bembo, poeta, amante de Lucrecia Borgia y cardenal… Todos ellos y muchos más, destacados en el núcleo de una saga poderosa, escrita con sabiduría expresiva y documentado donaire, poseedora de un poderío verbal extremadamente minucioso con nervio incapaz de languidecer. “La profunda satisfacción que nos dan los mundos cerrados, autónomos y perfectos, de las grandes ficciones”16, como ha dicho recientemente Juan Gabriel Vásquez en su libro El arte de la distorsión, se reafirma con las dos novelas de William Ospina.

Si en ocasiones anteriores, otros novelistas acudieron a muy heterodoxos modos de la narrativa histórica para adentrarse en episodios del descubrimiento y la conquista notables muestras son la arriesgada y desigual tríada de Abel Posse conformada por Daimón, Los perros del paraíso y El largo atardecer del caminante, sobre Lope de Aguirre, Colón y Cabeza de Vaca, respectivamente, o la aglutinadora y voraz Terra Nostra, de Carlos Fuentes, esta vez se trata de una suerte de novela total pero nunca totalitaria en tres partes, construida con enjundia en la que tienen su “definición mejor” no solo los atributos de un vigoroso encuentro entre lo imaginario y lo verosímil, sino igualmente el señorío y la eficacia de la lengua española, en manos de un poeta que ahora se afirma como novelista sin olvido del otro vale recordar que las cualidades advertidas por Luis Jorge Boone sobre la poesía de Ospina, bien pueden servir para sus novelas: “rendido orfebre del lenguaje… curador de pequeños y grandes destinos ajenos”17. Ursúa y El país de la canela en tanto se aguarda La serpiente sin ojos participan de una doble fascinación con mayúsculas: la Ficción se realiza como Historia y la Historia se lee como Ficción; la primera hace que lo imaginario se verifique en lo verdadero y la segunda concibe que lo verdadero se lea como lo imaginario. De cierta manera, también  William Ospina apuesta por la novela como carta de relación y como poema de fundación: lo primero en el texto mismo y lo segundo en el aliento que rige su escritura.

Para quien, como indica Juan Gabriel Vásquez en el ensayo antes aludido, “la lectura de ficción es una droga; el lector de ficciones, un adicto”18, no son pocas las sorpresas que deparan las novelas que encomiamos: hay en ellas más de una incitación al aroma de otras lecturas cumplidas y, sea o no impensado por su autor, bien admite con creces el resultado que desata la adicción. Una novela, por los caminos más inesperados, recuerda a otra novela y esa otra novela, para el lector, se bifurca en un sendero nada borgiano. Vayan tres botones de muestra: ¿Qué tal si “el contador de historias” es la transfiguración de Marlowe, el de Conrad? ¿Qué tal si aquella aparición que parecía un sueño”19 de la gran canoa con los niños en el Amazonas, fuera el recuerdo de aquel viaje de otros chiquillos en La cruzada de los niños de Marcel Schwob y luego en Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski? ¿Qué tal si la entrada furtiva de la muerte por los salones vaticanos en busca del magnífico Pietro Bembo un momento hechizante entre muchísimos y uno de los personajes memorables en El país de la canelafuera una variación del ingreso del Papa Pío IX por los mismos lugares en El arpa y la sombra, de Alejo Carpentier? Son propuestas mucho más que interrogaciones indubitables para subrayar el gozo más amplio que la lectura de Ursúa y El país de la canela pueden provocar. 

Por lo demás, no estaría mal luego que viera la luz La serpiente sin ojos soñar con una edición conjunta de los tres libros, algo así como la proposición que hiciera Cortázar a Mujica Lainez Marcos-Ricardo Barnatán dixit para publicar conjuntamente Rayuela y Bomarzo bajo un título único: Ramarzo o Boyuela. En este caso, imaginar un estuche contentivo del tríptico, tal vez bajo el título unitario de Ursúa, el país, la serpiente… que incluyera índices de nombres, reproducciones de los aterradores grabados que Theodore de Bry hiciera sobre planchas en Frankfurt en 1602 como el de Pizarro suelta a los perros, en la portada de la edición príncipe de Ursúa, que es, además, uno de los tantos momentos de barbarie a la sombra de armaduras, espadas y arcabuces, que el autor ha entregado al correr la cortina fabulosa. 

Con su estreno como novelista, el poeta que llevó a conocer El país del viento y el ensayista que trajo Los nuevos centros de la esfera, ha venido a resaltar que no asistiremos a “la decadencia de los dragones”, pues existe, como él mismo ha escrito, “la región donde se gesta la salud emocional del futuro”20 y ella tiene su origen en “las auroras de sangre”, allí donde abrevaron sus novelas. Por lo pronto, para abrir las puertas al disfrute de aquella región, son también estas maneras de navegar con William Ospina.                                                              

NOTAS: 

1. Amos Oz: La historia comienza, Ediciones Siruela, Madrid, 2007.
2. William Ospina: Poesía, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2008.
3. Ramón J. Sender: La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Editorial Magisterio Español, Madrid, 1977.
4. Miguel Otero Silva: Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, Editorial Casa de las Américas, La Habana, 1982.
5. El Dorado. Crónica de la expedición de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre, Alianza Editorial, Madrid, 1989.
6. William Ospina: La revolución de la alegría, en Los nuevos centros de la esfera, Editorial Casa de las
Américas, 2003.
7. William Ospina: El país de la canela, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2008.
8. William Ospina: Ursúa, Editorial Alfaguara, Bogotá, 2006.
9. Ibid.
10. Ibid.
11. William Ospina: El país de la canela, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2008.
12. Ibid.
13. Ibid.
14. William Ospina: Ursúa, Editorial Alfaguara, Bogotá, 2006.
15. William Ospina: El país de la canela, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2008.
16. Juan Gabriel Vásquez: El arte de la distorsión, Editorial Alfaguara, Madrid, 2009.
17. Luis Jorge Bonne: Poesía, William Ospina, revista Letras Libres, México, febrero de 2009.
18. Juan Gabriel Vásquez: El arte de la distorsión, Editorial Alfaguara, Madrid, 2009.
19. William Ospina: El país de la canela, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2008.
20. William Ospina: La decadencia de los dragones, Editorial Alfaguara, Bogotá, 2002.

 

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