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Muchos años después, frente a
los capítulos que se abrían a
las tierras que llenaron de
relatos la cabeza del “contador
de historias” —tal como le
llamara el también ilustre varón
de Indias Juan de Castellanos,
según aquel rememora—, el lector
que pergeña estas líneas había
de recordar aquella tarde
remota, en que la voz del
testigo y sobreviviente
Francisco Vázquez, con su
crónica, lo llevó a conocer todo
lo sucedido al Gobernador Pedro
de Ursúa en la expedición por el
Amazonas. Los términos del Nuevo
Reino de Granada y del Perú, y
más allá los ríos y las selvas
que establecían su nombradía al
oriente de las alturas quiteñas,
en lo más íntimo de tal
testimonio, así como las cosas
allí originadas, eran en esta
oportunidad no el motivo para la
revisión de documentos y
ejercicios de imaginación,
legitimados por aquellos, sino
el espacio más que providencial
para las potestades de la
ficción, pero en manos de
alguien que las llevaba adelante
con vocación entrecruzada:
asistir a los caudales de la
novela de caballería y la carta
de relación —y sin olvido del
soplo de la tradición oral
trasvasada—, así como a la
confesión apócrifa y la novela
de aprendizaje, confirmaba que
todos los trayectos allí dados,
eran la evidencia de un poeta
que apostaba sus bazas al oficio
de novelista: William Ospina.
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Fue tras la lectura de su
poesía, ciertamente, la sospecha
de que podría haber novela un
día en esa parcela; para ser más
preciso, un texto de su libro
El país del viento
—título en que la savia de la
mayoría de los poemas se
concreta con hálito narrativo—
traslada a uno de los apartados
más tentadores en el mosaico de
creaciones verbales que se
refiere a la conquista española
y sus hechos: Lope de Aguirre,
con un primer verso que
haría las delicias en ese
cometido de la información
inaugural que incita, al decir
de Amoz Oz, “un horizonte de
expectativas"1 en
el lector de una novela: “Yo
vine a la conquista de la selva,
y la selva me ha conquistado”2
.
A partir de ese verso, el poema
traza un retrato del célebre
conquistador en la propia voz
suya, casi un rapto que
vislumbra las posesiones del
rebelde contra su rey. Leer
aquellos versos invitaba a
repasar algunas visiones
frecuentadas por viejos
novelistas de Latinoamérica y
España, pero igualmente el
presentimiento advertido y así
llegaba la pregunta: ¿No será
acaso que viene en camino una
novela?
Volviendo a las visiones
frecuentadas que anteceden al
nombre que hoy nos reúne en esta
Casa de las Américas, la saga de
El Dorado y sus entresijos más
sangrientos, ha tenido casi
exclusivo énfasis en la figura
tan controvertida como ensalzada
del llamado “Tirano” o “Caudillo
de los Marañones”
—en
alusión al río original por
donde navegaron los
conquistadores sediciosos—,
para establecerlo como guía que
conduce lo contado. Comenzando
con El camino de El Dorado,
de Arturo Uslar Pietri (1947), y
luego La aventura equinoccial
de Lope de Aguirre, de Ramón
J. Sender (1962), hasta Lope
de Aguirre, príncipe de la
libertad, de Miguel Otero
Silva (1979) —por
citar lo que puede llamarse
trinidad por excelencia en torno
al caudillo conjurado—,
la figura de Lope de Aguirre no
pocas veces llega a nublar la
presencia de otros personajes y
en especial la de Ursúa —quizá
fue Sender el único de los tres
que vislumbró las grandes
posibilidades protagónicas de
aquel: “Era pues uno de esos
hombres de presencia provocadora
que suscitan antagonismos (…)
Había Ursúa fundado ciudades,
conquistado naciones indias y
últimamente sometido a los
negros cimarrones”3 ,
ya que Uslar Pietri apenas lo
distingue ante la voracidad de
la naturaleza que avasalla a
Lope de Aguirre, mientras que
Otero Silva, lo puntea como
“militar bondadoso y magnífico
para con sus soldados y
servidores”4. Los
tres novelistas citados parten,
casi exclusivamente para
concretar las ficciones
respectivas, del tentador libro
de Francisco Vázquez, El
Dorado: Crónica de la expedición
de Pedro de Ursúa y Lope de
Aguirre —que
bien puede ser tenido como una
absorbente y cruenta novela de
aventuras, si no que lo diga
este pasaje: “Estando una noche
cenando con sus amigos en su
posada, llegó el maese de campo
Martín Pérez con ciertos
arcabuceros, y levantándose el
Juriaga de la mesa a recebirlos
le dieron ciertos arcabuzazos de
que murió, y así lo dejaron
aquella noche, y otro día de
mañana le enterraron con gran
pompa y banderas, arrastrando y
tocando a tambores roncos”5—,
texto canónico de tales
episodios, leído con cuidado por
Uslar Pietri, pero mucho más
—tal
como advierten el calado de sus
novelas—
por Sender y Otero Silva. Era
como si desde las narraciones de
Vázquez y, sobre todo, desde
muchísimas otras, los fantasmas
de Ursúa y varios coetáneos
suyos, vinieran pidiendo a
gritos la intervención de un
novelista, lo viable de un
itinerario más demorado por las
zonas más propiciatorias de sus
leyendas, una manera de
trasponer cotos y cláusulas.
Lo primero que distingue a
William Ospina como el más
atento “escuchador” de aquellas
voces espectrales, es una
insólita capacidad de los
sentidos para transmutarse en un
Dante redivivo, dispuesto a
entregar con su trilogía de
novelas
—Ursúa,
El País de la Canela
y La serpiente sin ojos,
esta última en proceso de
escritura, según él mismo ha
declarado—
una omnipotente ficción sobre
las vicisitudes de la conquista
—entre
las luces más inquietantes y las
sombras más oficiosas—,
para adentrarse en demarcaciones
que acercan su designio a lo
factible de una lectura
dantesca. Al respecto, vale
recordar que en uno de los
ensayos que conforman su libro
Los nuevos centros de la
esfera, ya Ospina
advierte que “la obra más alta
de la literatura universal,
La Divina Comedia, no
es otra cosa que un esfuerzo por
hacer perceptibles para la
sensibilidad y la imaginación
esos reinos de los que mucho se
hablaba pero que pocos se habían
animado a explorar y a
describir”6.
Como Dante en su senda, el
narrador de las novelas de
Ospina está sujeto continuamente
a los panoramas, los sonidos,
los olores, los sabores y los
tactos de lo más inesperado que
se revela en su peregrinaje. Y
en ese rumbo, llaman la atención
las proporciones que se
establecen entre la construcción
del mundo versificado en el
florentino y la arquitectura del
orbe narrativo en el colombiano:
“Infierno”, “Purgatorio”
y “Paraíso”,
como se recordará, están
repartidos inexcusablemente
alrededor del número 3
—la
Trinidad como divisa—
para 33 cantos por volumen,
mientras que las dos novelas
hasta ahora aparecidas de la
trilogía, cuentan cada una con
33 capítulos. Si en Dante la
exoneración del poeta se alcanza
a través del recorrido por las
tres regiones de ultratumba, en
Ospina la relevación del
narrador se corrobora a lo largo
de los tres lapsos de las
recordaciones; si en Dante el
viaje conduce a Dios, en Ospina
lleva a la memoria.
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Ya desde el mismo comienzo de
Ursúa, el narrador
—de
quien tan solo al final en El
país de la canela, por
intermedio de un “supuesto
editor” de sus papeles,
se sabrá que “aunque el contador
de historias no nos cuenta nunca
su nombre, hay razones para
pensar que se trata de Cristóbal
de Aguilar y Medina, hijo de
Marcos de Aguilar, quien
introdujo los primeros libros en
las Antillas”7—,
afincado en algún lugar del
istmo de Panamá, tras 50 años en
las tierras del Nuevo Mundo,
certifica la autoridad de sus
palabras: “Muchos saben relatos
fingidos y aventuras soñadas,
pero las que yo sé son historias
reales”8.
A partir de ese instante, la
narración se despliega por
variados derroteros en la vida
de Pedro de Ursúa, desde su
Navarra natal, la posterior
marcha a los dominios del Perú y
el Nuevo Reino de Granada,
siendo apenas muy joven, y lo
que allí ocurrió en torno a su
protagonismo, centrado en las
guerras de exterminio y
rapacidad contra las etnias de
tantas inmensidades.
El catálogo de sucesos que se
desarrollan en Ursúa y
El país de la canela,
constituye un repertorio de
violencia y extrañeza que
ilustra como pocos, a la hora de
la ficción, lo habitual de
aquellos tiempos, muy
particularmente la crueldad sin
límites como santo y seña, no
solo de los europeos contra los
nativos, sino también la que se
llevaba adelante en persecución
de vértigo entre los propios
conquistadores, lo cual hace
exclamar al narrador en algún
momento de Ursúa: “…de un
día al siguiente el perseguidor
es perseguido, el poderoso jefe
de tropas que sujetó pueblos
enteros se ve inmovilizado en el
cepo y humillado por sus propios
paisanos”9.
También la naturaleza se explaya
en su grandeza avasalladora,
dando paso continuamente al
asombro del narrador
—este
le cuenta a Ursúa o cuenta sobre
él: “Él tenía una historia que
contar que yo quería oír
siempre, yo escondía una
historia que él siempre quería
oír”10—,
quien no solamente “recuerda”
sucedidos y protagonistas, sino
igualmente los ámbitos de la
desmesura: alturas de nieve y
selvas de fiebre donde reinan
aves y fieras, fauna desmedida
que desata el deslumbramiento
entre lo posible real y lo real
imposible. Es así como lo cuenta
el narrador en El país de la
canela: “Uno tendría que
inventar muchas palabras para
describir lo que ve, porque
entre formas incontables, nadie,
ni siquiera los indios, sabrá
jamás los nombres de todos esos
seres que beben y aletean, que
se hinchan y palpitan, que se
abren y se cierran como párpados
y que tienen una manera
silenciosa de vivir y morir.
Todo es lo mismo siempre y nada
se repite jamás”11.
Es oportuno distinguir que en
Ursúa y en El país de la
canela, Ospina convierte el
proverbial recurso de la
enumeración en compendio de
paciente rastreo, continuamente
ordenado para despuntar, desde
la vista del “contador de
historias”, segmentos y
pormenores de incidentes y
lugares. Deslindar con fluidez
es una prueba de verosimilitud
concluyente para el narrador,
clave en su recordatorio. No son
escasas las pautas de ese
despliegue enumerativo,
realizado con fruición a la
sombra del encantamiento verbal,
siempre que el narrador dilata
sus bríos en la exposición de
sus remembranzas. Así ocurre en
ambas novelas, cual sello
distintivo de las
argumentaciones que el “contador
de historias” entrega para
evidenciar la propiedad de su
discurso. Por otra parte, tal
como anota el presunto editor de
su memorial en El país de la
canela, hay en el personaje
un afán por “hacernos creer que
lo que está escribiendo lo narró
en un solo día a Pedro de Ursúa
en las marismas de Panamá”12.
Enumerar se convierte en
expansión de sutilezas a favor
de un inventario donde la
precisión no excluye la
distendida hermosura.
Ejemplo entre muchos es la
estancia del narrador en
Sevilla, casi al final en El
país de la canela, al
viajar a Europa tras el regreso
de la accidentada expedición de
Orellana por el Amazonas: “Me
alarmó (a ti, que eres mi amigo
te lo puedo confesar) el deleite
que me causaban las trazas de
los moros: los arcos de los
edificios, el dibujo de las
fachadas, los frescos zaguanes
de azulejos; hasta la frescura
de la palabra azul parecía tener
un sentido peligroso y
fascinante en ese mundo
cristiano tosco e implacable”13.
La suma de personajes y
acontecimientos reales que se
encuentran en ambas novelas
—independientemente
de la recuperación cumplida para
una “lectura otra” de la
Historia, desde el costado de la
ficción y sus arbitrios—,
las convierte en uno de los
espacios narrativos más
incuestionables a la hora de
asomarse a la urdimbre de
aquellos tiempos. Por las
páginas de Ursúa y
El país de la canela
se mueven los seres más
diversos de la conquista, para
una galería inolvidable donde
comparten destellos y
oscuridades: Pedro de Ursúa,
quien —como
se dice en memorable apertura,
justo al partir de sus tierras
navarras hacia el Nuevo Mundo—
“no había cumplido diecisiete
años, y era fuerte y hermoso,
cuando se lo llevaron los
barcos”14; el
comedido juez de residencia
Miguel Díaz de Armendáriz; los
implacables y afanosos hermanos
Francisco, Hernando, Juan y
Gonzalo Pizarro, devastadores
del imperio inca; el mariscal
Jorge Robledo, veterano guerrero
en las campañas imperiales de
Carlos V por toda Europa; el
severo y sobrio obispo La Gasca,
representante del emperador en
el Nuevo Mundo; el incansable y
tenaz viajero Gonzalo de
Orellana; el fraile y cronista
Gaspar de Carvajal,
expedicionario por el Amazonas;
el eminente erudito Gonzalo
Fernández de Oviedo, “el más
paciente testigo español de lo
que nos han deparado las Indias”15;
el inagotable humanista
veneciano Pietro Bembo, poeta,
amante de Lucrecia Borgia y
cardenal… Todos ellos y muchos
más, destacados en el núcleo de
una saga poderosa, escrita con
sabiduría expresiva y
documentado donaire, poseedora
de un poderío verbal
extremadamente minucioso con
nervio incapaz de languidecer.
“La profunda satisfacción que
nos dan los mundos cerrados,
autónomos y perfectos, de las
grandes ficciones”16,
como ha dicho recientemente Juan
Gabriel Vásquez en su libro
El arte de la distorsión, se
reafirma con las dos novelas de
William Ospina.
Si en ocasiones anteriores,
otros novelistas acudieron a muy
heterodoxos modos de la
narrativa histórica para
adentrarse en episodios del
descubrimiento y la conquista
—notables
muestras son la arriesgada y
desigual tríada de Abel Posse
conformada por Daimón,
Los perros del paraíso y
El largo atardecer del caminante,
sobre Lope de Aguirre, Colón y
Cabeza de Vaca, respectivamente,
o la aglutinadora y voraz
Terra Nostra, de Carlos
Fuentes—,
esta vez se trata de una suerte
de novela total —pero
nunca totalitaria—
en tres partes, construida con
enjundia en la que tienen su
“definición mejor” no solo los
atributos de un vigoroso
encuentro entre lo imaginario y
lo verosímil, sino igualmente el
señorío y la eficacia de la
lengua española, en manos de un
poeta que ahora se afirma como
novelista sin olvido del otro
—vale
recordar que las cualidades
advertidas por Luis Jorge Boone
sobre la poesía de Ospina, bien
pueden servir para sus novelas:
“rendido orfebre del lenguaje…
curador de pequeños y grandes
destinos ajenos”17—.
Ursúa y El país de la
canela
—en
tanto se aguarda La serpiente
sin ojos—
participan de una doble
fascinación con mayúsculas: la
Ficción se realiza como Historia
y la Historia se lee como
Ficción; la primera hace que lo
imaginario se verifique en lo
verdadero y la segunda concibe
que lo verdadero se lea como lo
imaginario. De cierta manera,
también William Ospina apuesta
por la novela como carta de
relación y como poema de
fundación: lo primero en el
texto mismo y lo segundo en el
aliento que rige su escritura.
Para quien, como indica Juan
Gabriel Vásquez en el ensayo
antes aludido, “la lectura de
ficción es una droga; el lector
de ficciones, un adicto”18,
no son pocas las sorpresas que
deparan las novelas que
encomiamos: hay en ellas más de
una incitación al aroma de otras
lecturas cumplidas y, sea o no
impensado por su autor, bien
admite con creces el resultado
que desata la adicción. Una
novela, por los caminos más
inesperados, recuerda a otra
novela y esa otra novela, para
el lector, se bifurca en un
sendero nada borgiano. Vayan
tres botones de muestra: ¿Qué
tal si “el contador de
historias” es la transfiguración
de Marlowe, el de Conrad? ¿Qué
tal si “aquella aparición
que parecía un sueño”19
de la gran canoa con los niños
en el Amazonas, fuera el
recuerdo de aquel viaje de otros
chiquillos en La cruzada de
los niños de Marcel Schwob y
luego en Las puertas del
paraíso, de Jerzy
Andrzejewski? ¿Qué tal si la
entrada furtiva de la muerte por
los salones vaticanos en busca
del magnífico Pietro Bembo
—un
momento hechizante entre
muchísimos y uno de los
personajes memorables en El
país de la canela—
fuera
una variación del ingreso del
Papa Pío IX por los mismos
lugares en El arpa y la
sombra, de Alejo Carpentier?
Son propuestas —mucho
más que interrogaciones
indubitables—
para subrayar el gozo más amplio
que la lectura de Ursúa
y El país de la canela
pueden provocar.
Por lo demás, no estaría mal
—luego
que viera la luz La serpiente
sin ojos—
soñar con una edición conjunta
de los tres libros, algo así
como la proposición que hiciera
Cortázar a Mujica Lainez
—Marcos-Ricardo
Barnatán dixit—
para publicar conjuntamente
Rayuela y Bomarzo
bajo un título único: Ramarzo
o Boyuela. En
este caso, imaginar un estuche
contentivo del tríptico, tal vez
bajo el título unitario de
Ursúa, el país, la serpiente…
que incluyera índices de
nombres, reproducciones de los
aterradores grabados que
Theodore de Bry hiciera sobre
planchas en Frankfurt en 1602
—como
el de Pizarro suelta a los
perros, en la portada
de la edición príncipe de
Ursúa, que es,
además, uno de los tantos
momentos de barbarie a la sombra
de armaduras, espadas y
arcabuces, que el autor ha
entregado al correr la cortina
fabulosa.
Con su estreno como novelista,
el poeta que llevó a conocer
El país del viento y
el ensayista que trajo Los
nuevos centros de la
esfera, ha venido a
resaltar que no asistiremos a
“la decadencia de los dragones”,
pues existe, como él mismo
ha escrito, “la región donde se
gesta la salud emocional del
futuro”20 y
ella tiene su origen en “las
auroras de sangre”, allí donde
abrevaron sus novelas. Por lo
pronto, para abrir las puertas
al disfrute de aquella región,
son también estas maneras de
navegar con William Ospina.
NOTAS:
1. Amos Oz: La
historia comienza, Ediciones
Siruela, Madrid, 2007.
2. William
Ospina: Poesía, Grupo
Editorial Norma, Bogotá, 2008.
3. Ramón J.
Sender: La aventura
equinoccial de Lope de Aguirre,
Editorial Magisterio Español,
Madrid, 1977.
4. Miguel
Otero Silva: Lope de Aguirre,
príncipe de la libertad,
Editorial Casa de las Américas,
La Habana, 1982.
5. El
Dorado. Crónica de la expedición
de Pedro de Ursúa y Lope de
Aguirre, Alianza Editorial,
Madrid, 1989.
6. William
Ospina: La revolución de la
alegría, en Los nuevos
centros de la esfera,
Editorial Casa de las
Américas,
2003.
7. William
Ospina: El país de la canela,
Grupo Editorial Norma, Bogotá,
2008.
8. William
Ospina: Ursúa, Editorial
Alfaguara, Bogotá, 2006.
9. Ibid.
10. Ibid.
11. William
Ospina: El país de la canela,
Grupo Editorial Norma, Bogotá,
2008.
12. Ibid.
13. Ibid.
14. William
Ospina: Ursúa, Editorial
Alfaguara, Bogotá, 2006.
15. William
Ospina: El país de la canela,
Grupo Editorial Norma, Bogotá,
2008.
16. Juan Gabriel
Vásquez: El arte de la
distorsión, Editorial
Alfaguara, Madrid, 2009.
17. Luis Jorge
Bonne: Poesía, William
Ospina, revista Letras Libres,
México, febrero de 2009.
18. Juan Gabriel
Vásquez: El arte de la
distorsión, Editorial
Alfaguara, Madrid, 2009.
19. William
Ospina: El país de la canela,
Grupo Editorial Norma, Bogotá,
2008.
20. William
Ospina: La decadencia de los
dragones, Editorial
Alfaguara, Bogotá, 2002.
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