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Hace poco tiempo, en París,
interrogado por los periodistas
acerca de cómo se está
defendiendo Iberoamérica de la
invasión cultural de la época,
Gabriel García Márquez respondió
que no tenía tanto la sensación
de que nos estén invadiendo,
sino de que somos nosotros, los
latinoamericanos, quienes
estamos invadiendo culturalmente
al mundo. Añadió que era notable
el modo como la literatura, las
artes, la música, las
artesanías, las costumbres, la
gastronomía de nuestra América
se abrían camino en el mundo
contemporáneo. Es verdad: en los
tiempos del llamado boom
literario latinoamericano, cuyo
nombre mismo es expresión de que
no se trató de un fenómeno
local, ya empezaba a ser notable
la presencia de nuestras
culturas en las sociedades del
planeta, y desde entonces cada
vez es más perceptible su
influencia.
Pero desde los años treinta del
siglo pasado, cuando el tango
empezó a bailarse en París;
desde los cuarenta, cuando el
mundo de objetos infinitos y
bibliotecas mágicas de Jorge
Luis Borges comenzó a ser
frecuentado por los franceses,
cuando las orquestas de boleros
y sones caribeños llevaron su
ritmo por todas partes, cuando
se empezó a ver el cine mexicano
y cuando Pablo Neruda escribió
su Residencia en la tierra
y su Canto general;
desde los cincuenta, cuando se
hicieron sentir a la vez los
mambos de Pérez Prado, la
narrativa de Juan Rulfo y los
comienzos románticos de la
Revolución Cubana; y desde los
años sesenta, cuando Julio
Cortázar, Jorge Amado, Mario
Vargas Llosa, Joáo Guimaráes
Rosa, Carlos Fuentes, José
Lezama Lima, Alejo Carpentier,
Ernesto
Sábato, Ernesto Cardenal, Miguel
Ángel Asturias y el propio
Gabriel García Márquez se
convirtieron en nuestros mayores
escritores del siglo, y algunos
de ellos en verdaderas leyendas
vivientes, la progresión no ha
dejado de crecer.
Un fenómeno que se daba
paralelamente se nos hizo cada
vez más visible: que también las
artes plásticas de Latinoamérica
se habían ido abriendo camino en
el mundo occidental, desde los
tiempos de los grandes
muralistas mexicanos y de los
artistas uruguayos Pedro Figari
y Torres García, pasando por
Frida Kahlo, Remedios Varo,
Edgar Negret, Eduardo Ramírez
Villamizar, Armando Reverón,
Soto, Cuevas, Guayasamín, De
Szyslo, Bravo, Obregón,
Caballero o Morales, entre
tantos otros, y alcanzando la
fama legendaria con nombres como
Orozco, Diego Rivera, Wifredo
Lam o Fernando Botero. Ya en los
años cincuenta los libros de
Pedro Henríquez Ureña, el gran
polígrafo dominicano, mostraban
el fresco colosal de una cultura
literaria y estética continental
por completo interdependiente,
que abarcaba, por supuesto,
también al Brasil, y mencionaban
además la excelencia de
compositores como Carlos Chávez,
de México, autor de notables
piezas sinfónicas; como el
argentino Alberto Ginastera,
autor de una célebre ópera
inspirada en la novela
Bomarzo de Manuel Mujica
Lainez; o como el maestro
brasileño Héitor Villa-Lobos,
cuyos insólitos ensambles de
instrumentos y cuartetos de
cuerdas han marcado época en la
música contemporánea.
Pero, por supuesto, esa
presencia nuestra en el mundo es
más inmediatamente perceptible
en la muchedumbre de rostros
mestizos que llenan las ciudades
de los Estados Unidos, en los
chicanos de Los Ángeles, en los
restaurantes de comida mexicana
o peruana o cubana que abundan
en Nueva York y en Miami, en los
conjuntos de música andina que
tocan en los pasillos del metro
de París, en esos barcos
anclados en el Támesis, no lejos
del Big Ben, donde enjambres de
colombianos incorregibles toman
aguardiente y oyen canciones de
despecho, en el hecho de que las
cadenas de televisión con más
audiencia en los Estados Unidos
son las llamadas cadenas
hispanas.
Ello se debe por igual a que
cada vez hay más emigrantes
latinoamericanos, y también a
que el proceso de
intercomunicación planetaria
favorece, necesariamente, a
quienes tienen más cosas por
mostrar y por decir, y la
diversidad cultural
latinoamericana es una de las
más notables, aunque todavía no
de las más conocidas, del mundo.
Esos inmigrantes llegaron por
oleadas a Europa y a los Estados
Unidos: los cubanos del exilio,
los mexicanos en busca de
trabajo, los chilenos arrojados
por Pinochet, los argentinos y
uruguayos perseguidos por sus
dictaduras, los colombianos
expulsados por la violencia, los
brasileños, puertorriqueños,
dominicanos, peruanos, que
buscan un futuro mejor en los
países ricos, y que creyendo
llevar solamente sus necesidades
y sus ilusiones llevan también
consigo sus lenguas, sus
tradiciones, sus costumbres y
una nostalgia singular con
espíritu de bolero y de son y de
tango, una nostalgia curiosa que
no parecen sentir los ingleses,
los franceses ni los italianos
en su relación con su mundo de
origen.
¿Pero qué gentes son éstas que a
pesar de su enorme diversidad
son percibidas por el mundo como
un solo pueblo y han merecido,
por una de esas curiosas
volteretas en que se complace la
historia, heredar el nombre de
una de las más ilustres
tradiciones culturales del
planeta, hasta ser llamados,
genéricamente, los latinos?
Interrogar su génesis es
asomarse al más decisivo de los
hechos históricos de la
modernidad, es mirar en el
corazón de Occidente y ver una
edad de hierro y sangre que
lenta e inexorablemente, al
ritmo de sus agonías y de sus
esperanzas, se va cambiando en
elocuencia y en música.
Cuando hablamos del
Descubrimiento de América,
tendemos a mirarlo como un
momento histórico y como un
hecho geográfico, el ápice de la
fortuna en la edad de los
descubrimientos, el instante en
que las dos caras del planeta,
hasta entonces totalmente
separadas, se miraron por
primera vez. Resulta asombroso
pensar que hasta hace apenas
cinco siglos el Océano
Atlántico, que es hoy la ruta de
muchas de nuestras migraciones,
era una extensión marina que
prácticamente nunca había sido
visitada por los seres humanos.
Algún dragón perdido de esos
incansables viajeros, los
vikings, había tocado las costas
de Terranova, y había dejado
olvidadas unas monedas de plata
en sus bosques, pero la aventura
descubridora de los nórdicos no
dejó huellas en la historia. El
descubrimiento español marcó más
tarde el comienzo del más grande
imperio conocido hasta entonces,
e hizo decir a Carlos V que en
sus dominios no se ocultaba el
sol, pues cuando se ponía sobre
las sierras doradas de
California ya estaba alboreando
sobre las islas filipinas, y
cuando se ocultaba en Manila
estaba asomando sobre los
últimos pinares de Alemania.
Pero América no fue un punto más
de llegada de los europeos. Fue
en muchos sentidos una
prolongación de su civilización,
y unió su destino al destino de
Europa de un modo que nunca se
cumplió plenamente en Asia ni en
África. Ni Alejandro helenizó a
Persia, ni Julio César romanizó
a Egipto, ni Roma latinizó a
Cartago ni al Asia Menor, y la
verdad es que después ni los
ingleses europeizaron a la India
y la China, ni los franceses
lograron llevar el espíritu
cartesiano a la península
indochina. A partir del
Descubrimiento, América fue un
laboratorio vasto y completo de
mezclas étnicas y de fusiones
culturales, aunque durante mucho
tiempo esas convergencias y esas
fusiones estuvieron por fuera de
la mirada y de la conciencia de
la gran cultura occidental. Para
Europa, América significó una
súbita expansión del territorio
disponible, y la verdad es que
en poco más de cuatro siglos
llegaron aquí unos cien millones
de inmigrantes. Hoy son nuestros
países los que envían sus
desplazados y sus desheredados
en busca de futuro a tierras más
afortunadas, pero conviene no
olvidar que América fue en otros
tiempos el refugio de la
humanidad, y que en nuestro
continente encontraron su hogar
y su destino millones de seres
humanos desterrados por el
hambre, las guerras y las
tiranías.
Tal vez nunca en la historia se
hayan producido tan masivos
desplazamientos de seres humanos
como los que vinieron a América,
ni siquiera cuando las hordas de
indoeuropeos avanzaron ocupando
Europa, ni cuando el Imperio
Romano se apoderó del mundo
conocido, ni cuando los moros
ocuparon los confines del
Mediterráneo, ni cuando las
huestes de Gengis Kan arrasaron
el Asia. Los españoles ocuparon
el Caribe, avanzaron sobre los
reinos de los aztecas en 1521,
de los incas en 1532 y de los
chibchas en 1538; después los
portugueses ocuparon la
extensísima región brasileña, y
sólo un siglo después del
Descubrimiento, cuando ya el
Caribe, los antiguos territorios
de los imperios nativos y estas
regiones nuestras de Tierra
Firme estaban ocupados por los
conquistadores, empezó el
proceso de colonización del
territorio norteamericano. En
los Estados Unidos y el Canadá
las poblaciones nativas fueron
prácticamente exterminadas, y
por ello la colonización
consistió en un traslado de
vastas poblaciones a un mundo
rico que nunca había sido
explotado; en la América azteca,
caribeña, inca, equinoccial y
meridional, grandes regiones
conservaron su mayoritaria
población indígena, todas
recibieron el abundante aporte
de los pueblos ibéricos, y otras
vivieron la gradual
incorporación del mundo
africano, pues muy posiblemente
sólo de África fueron traídos a
nuestro continente, en condición
de esclavos, unos quince
millones de personas.
Esto marcó la principal
diferencia entre los mundos del
norte y del sur del continente
americano: se diría que el Norte
se convirtió en una prolongación
de la cultura europea,
ensombrecida por la esclavitud,
aunque renovada por la sensación
bíblica de estar poblando la
tierra prometida, y por la
conciencia adánica de estar
comenzando un mundo. En ninguna
parte resuena tan fuertemente
ese grito de novedad, esa
sensación de aurora, y casi
se diría, rumor de paraíso, como
en la obra del gran poeta del
mundo nuevo, Walt Whitman, el
hijo de Manhattan. La América
Latina, mientras tributaba por
tres siglos sus riquezas a
Europa,
vivió algo muy diferente, la
fusión en distintos grados de
las culturas de los tres
continentes que formaron nuestro
primer gran mosaico cultural:
países mayoritariamente blancos
de origen europeo, como
Argentina, Uruguay y hasta
cierto punto Chile; países
mayoritariamente indígenas, como
México, Guatemala, Ecuador, Perú
y Bolivia; países
mayoritariamente mulatos, como
Brasil, Cuba, República
Dominicana, Haití o Jamaica; y
países mestizos, como Colombia o
Nicaragua, que no son ni
mayoritariamente blancos, ni
indígenas, ni africanos, sino
que presentan una gran cantidad
de mezclas raciales y
culturales.
En la antigüedad, Roma fue un
imperio vastísimo, y llevó a
todos los pueblos la gran lengua
latina y a muchos de sus
habitantes la condición de
civer, de ciudadano. Pero a
su caída sobrevino una edad de
desintegración, donde cada
pueblo se encerró en sus
fronteras, las grandes rutas
continentales fueron
abandonadas, la economía y la
política asumieron formas
locales, y se llenaron de
salteadores y de peligros
bosques y caminos, propiciando
durante siglos, gracias al
aislamiento, la desmembración de
la lengua común en dialectos
regionales. Así surgieron el
español, de la mezcla del latín
con los idiomas celtíberos; el
portugués, como forma particular
del latín en las orillas de
lberia; así surgió el francés,
que alió el latín con las
lenguas gálicas; así surgió el
toscano, como forma popular del
latín en la región central de
Italia, y así surgió el rumano,
de la mezcla del latín con las
lenguas eslavas. Hasta el
inglés, una derivación del
antiguo anglosajón, se cargó de
vocablos de origen latino, ya
que las islas británicas habían
sido el último confín del
Imperio Romano. Y fue así corno
desapareció del mundo una gran
lengua de civilización, no por
muerte, sino por fragmentación
en dialectos locales. Sin
embargo, los caminos de la
historia son complejos e
impredecibles: nadie podía
pensar, en tiempos en que
agonizaba el Imperio Romano y se
fortalecían los dialectos
romances, que algunos de ellos
llegarían a ser, mil años
después, otra vez grandes
lenguas planetarias. De ellas,
ninguna ha tenido la curiosa
suerte que tuvo el español y el
portugués.
Pero es que con la formación del
gran Imperio Ibérico de Carlos
V; en el siglo XVI, también se
sentaron las bases de la nueva
era económica al nacer, gracias
al tráfico de metales de
América, el comercio mundial.
Por ello, cuando el Imperio se
desintegró, al llegar a
comienzos del siglo XIX la
independencia de las naciones
iberoamericanas, los países no
se aislaron plenamente como en
tiempos de la declinación de
Roma, y el creciente fenómeno de
la globalización nos ha
encontrado en posesión de unas
lenguas comunes vigorosas y
enriquecidas. Ahora bien, pocas
historias tan ejemplares como la
del enriquecimiento de esas
lenguas.
La lengua latina había producido
en España algunas de las
expresiones literarias más altas
de su tiempo, las obras poéticas
y filosóficas de Lucano y de
Séneca. Nada sorprendente para
una región que también había
regenerado políticamente al
Imperio al dar nacimiento a los
grandes emperadores Trajano y
Adriano que fueron luz de su
época. Pero después de la caída
del Imperio, el primer gran
aporte ajeno fue la algarabía.
La palabra algarabía
significa hoy para nosotros un
bullicio incomprensible, pero en
su origen era simplemente el
nombre de la lengua árabe.
Cuando el islam trajo sus
arquitecturas refinadas, sus
salas con surtidores, sus
filósofos y sus dromedarios a
las sequedades de Granada y de
Córdoba y durante siete siglos
proyectó su refinamiento sobre
la cultura cristiana, fue
dejando también en el idioma
vecino las sonoridades de su
lengua. Esta influencia llenó de
una musicalidad nueva la poesía
española, así como enriqueció
unas posibilidades filosóficas
que después fueron largamente
frustradas por el dogmatismo
cristiano y por los garfios de
sus tribunales de la
Inquisición. Europa era bárbara
cuando el islam era una
civilización refinada, cuyos
fisiólogos establecieron algunos
fundamentos de la medicina
moderna, cuyos matemáticos eran
los más destacados de la época,
cuyos filósofos Averroes y
Avicena recuperaron la obra de
Aristóteles, olvidada por
Occidente, cuyos cuentistas
trajeron tonos fantásticos a una
imaginación excesivamente
restringida por la Iglesia y por
el espíritu aldeano. Tal vez
haya sido un vestigio de la
poesía árabe, que venera la
musicalidad en el lenguaje como
una virtud en sí misma, no
tributaria necesariamente de un
sentido al modo como los
arabescos son música pictórica y
no representación de imágenes ni
de ideas, lo que permitió el
surgimiento de aventuras
poéticas como la de Góngora,
tejedor de cristales y
caprichoso arquitecto verbal.
Pero por los tiempos mismos del
Descubrimiento, los poetas Juan Boscán y Garcilaso de la Vega
aceptaron el reto de un
embajador veneciano para traer
al español la musicalidad de la
lengua italiana: los ritmos y
las formas de la poesía que
habían refinado Petrarca con sus
sonetos, los trovadores con sus
canciones, y Dante con los
tercetos de su viaje por los
pozos fétidos del infierno, por
los peñascos musicales del
purgatorio y por las terrazas
del paraíso, sostenidas por
columnas de justos y por alas de
ángeles. Allí comenzó el Siglo
de Oro español, que cantó al
amor a la vez sensual y místico
en la voz de San Juan de la
Cruz, que tejió con músicas
delicadas pensamientos
imborrables en la voz de fray
Luis de León, que razonó
hondamente y moralizó en los
endecasílabos armoniosos de
Quevedo, que supo ser flexible y
apasionado en los versos de Lope
de Vega, que construyó los
períodos admirables en sonoridad
y en laboriosidad de Luis de
Góngora y que finalmente recogió
su fuerza expresiva y su
capacidad de testificar a la vez
la muerte de una época y el
nacimiento de otra, al fundar en
la obra de Cervantes el género
literario típico de la edad
moderna: la novela.
Ya con el aporte del árabe y del
italiano, la lengua había sido
capaz de eternizar en el
lenguaje el surgimiento mismo de
la modernidad. Pero tanto
el castellano como el portugués
se vieron también enfrentados al
más grande desafío que lengua
alguna hubiera vivido en toda la
historia: el desafío de nombrar
un mundo
totalmente desconocido. Todo un
continente, con sus selvas y sus
ríos, con sus climas y sus
cordilleras, con sus pueblos y
sus culturas, con sus dioses y
sus siglos, con sus cantos, sus
guerras y sus mitologías emergió
de pronto ante los ojos
desconcertados de Europa, y
aunque muchos en las cortes del
Viejo Mundo, y aun entre los
filósofos, los letrados y los
poetas de entonces, no
advirtieron la magnitud de los
problemas y de los desafíos que
ese descubrimiento planteaba
para el conjunto de la
civilización, la época hizo que
muchos hombres, enfrentados por
azar a unas tareas que
normalmente no les
correspondían, captaran y
testimoniaran la irrupción de
América en la sensibilidad de
Occidente, su incorporación al
universo conocido, y los muchos
temas que abría para la
sensibilidad, para la
imaginación y para el
pensamiento. Allí vio el mundo
una edad en que humildes
soldados se convertían en
grandes creadores del lenguaje,
en que los mercaderes se
cambiaban en narradores, en que
los aventureros hambrientos
encontraban la poesía de la
sangre y del oro.
Muchos historiadores se han
preguntado por qué fueron tan
pocos los grandes sabios y los
grandes escritores de Europa que
vinieron a vivir la experiencia
directa del mundo americano, y
por qué tuvieron que ser casi
siempre unos guerreros de
mediana cultura y unos cronistas
de formación nada exquisita a
quienes les fue dado reconocer
este mundo, describir el primer
choque de las culturas y
conservar para los siglos el
testimonio de esas auroras. El
mundo sabe improvisar sus poetas
y sus conductores cuando los
necesita. Dadas las
circunstancias de la época,
dados los dogmatismos y los
rigores de la Inquisición, me
atrevo a pensar que no estuvo
tan mal que hubieran sido esos
personajes modestos en su
formación quienes tejieron el
vasto cosmos de las crónicas de
Indias y pintaron el sangriento
tapiz de la época. Tal vez los
filósofos y los sabios, formados
en una más rígida tradición que
los inexpertos escribanos y que
los aventureros desprevenidos,
habrían visto menos de lo que
vieron los cronistas, y tal vez
lo
habrían inscrito en un lenguaje
más adocenado por las
formalidades de la época, de un
modo menos perceptivo. Muchos
cronistas de Indias, como
muchos de los autores de las
sagas guerreras de Islandia,
tomaban sus recursos de la vida
más que de los hábitos de la
tradición, y eran enormemente
inventivos porque sus giros
literarios a menudo se los
imponía el vértigo mismo de los
hechos. Lo cierto es que gracias
a esos autores, a Bernal Díaz
del Castillo y a Gonzalo
Fernández de Oviedo, a Bartolomé
de Las Casas y a Cieza de León,
a Juan de Castellanos y a fray
Pedro Simón, entre tantos
memorables testigos de los
primeros tiempos de América, la
substancia de un mundo que no
volveremos a ver y el torbellino
de una época irrepetible se
salvaron para la posteridad y
representaron un nuevo aporte al
proceso de enriquecimiento de la
lengua.
Pero lo que ocurría era la
formación de una nueva era
mundial debida al
Descubrimiento de América, a la
confirmación de la redondez del
planeta y a la relativización de
muchas viejas verdades gracias
a las preguntas que este
Descubrimiento traía consigo.
Grandes sabios a lo largo de la
historia habían sugerido e
incluso demostrado la redondez
del planeta, pero una cosa es
pensarlo y otra cosa es vivirlo.
Sólo a comienzos del siglo XVI
comenzó la humanidad a vivir de
verdad en una esfera, y todavía
sería lenta la conquista de la
conciencia de esa esfera, pues
podemos afirmar que la humanidad
siempre fue capaz de vivir, no
en la plenitud de una
cosmovisión, sino en retazos de
cosmovisiones distintas,
toscamente ensambladas hasta
producir una ilusión de
coherencia. Sólo a finales del
siglo xx pudimos ver a la
Iglesia católica aceptando las
verdades de Galileo, y el hecho
tuvo ribetes sorprendentes
porque la Iglesia, sin duda
sincera en su contrición,
decidió graciosamente perdonar a
Galileo, cinco siglos después,
cuando lo único sensato habría
sido pedirle perdón. Así que el
hecho de que las verdades se
demuestren no garantiza que la
humanidad realmente las
incorpore a su realidad
cotidiana, y se diría que el
mundo
vive espontáneamente en una
niebla mezclada de certezas y de
fantasías, a las que a menudo
sólo les dan coherencia los
mitos.
El oro y la plata de América
fueron decisivos en la
consolidación de la sociedad
mercantil. Más de veinte mil
toneladas de plata
mexicana y peruana, y una
cantidad indeterminada de
toneladas de oro de la Nueva
Granada y de otras regiones,
eran sin duda un caudal
gigantesco, que corrió por las
venas de Europa, y que harto
contribuyó a la formación del
capitalismo moderno. Todavía es
conmovedor ver esas estatuas de
oro de la catedral de Sevilla,
en las que ingresó al culto del
dios cristiano el oro fundido de
los dioses solares de América,
pero fue a manos de los
banqueros alemanes, de los
piratas ingleses y de los
mercaderes de Flandes fue a
parar la mayor parte de esa
riqueza que ciertamente no hizo
la fortuna de España. También
sabemos que el contacto las
culturas americanas, a pesar de
la barbarie con que fueron
destruidas, fue la base de las
meditaciones de Bartolomé de Las
Casa y de Francisco de Vitoria,
que dieron origen al derecho
humanitario; inspiró las
reflexiones de Montaigne, uno de
los pilares modernidad; estimuló
la elaboración de la Utopía de
Tomás Moro; hizo renacer los
viejos mitos europeos: la
leyenda de la Ciudad de Oro, la
leyenda del País de las
Amazonas, la isla de la Fuente
de la Eterna Juventud, los
escollos de las sirenas y el
sueño del País de la Canela; ese
mundo alimentó finalmente en Rousseau la leyenda del buen
salvaje y el culto de la
naturaleza que inspiraría los
sueños y los paisajes del
romanticismo, y que sería uno de
los principales estímulos para
la aparición de la etnología y
la antropología, disciplinas que
han cambiado la sensibilidad de
las sociedades contemporáneas.
Todo aquello era, pues, una
plenitud, pero era también un
comienzo. Donde terminaba por
entonces la tarea de la España
imperial, que, como diría Hegel,
por estar alcanzando su cenit
estaba comenzando su ocaso, allí
estaba el comienzo de la
aventura cultural americana,
pero desde entonces pasaron
siglos antes
de que tanto la América Latina
como la península ibérica
volvieran a encontrarse en el
corazón de la historia. No me
atrevo a afirmar que ello haya
ocurrido plenamente. Creo que
nuestras culturas se preparan
para un gran porvenir, y creo
que los siglos que hemos vivido
han sido siglos de una compleja
y desmesurada gestación, pero ya
es posible advertir que la
nuestra ha dejado de ser una
región marginal del mundo, y
para no insistir en largos
recuentos históricos, quiero
simplemente reflexionar sobre
algunos elementos aislados.
Uno muy importante es que a
pesar de la enorme
fragmentación política y
económica de nuestros países, es
posible advertir que cada vez
que surgen grandes movimientos
culturales, éstos se presentan
de modo simultáneo en todo el
continente. Cuando surgió la
generación ilustrada que preparó
la Independencia, cuando se
libraron las batallas de la
libertad, los destinos de los
grandes hombres de estas
tierras fueron destinos
continentales. Aquella
generación de patriotas
latinoamericanos conmovió al
mundo, y no hay duda de que a
comienzos del siglo XIX nuestros
países formaron parte destacada
de la historia mundial. No es
sólo porque hallamos la estatua
de Bolívar en el puente
Alejandro III en París, o en el
centro de una plaza de El Cairo,
o en el Parque Central de Nueva
York; no es sólo porque en los
recuentos enciclopédicos de los
grandes hechos del milenio, no
por ligeros menos
significativos, se advierte que
los dos grandes momentos de
América Latina que figuran son
la Edad de la Conquista y la
Edad de la Independencia; es
evidente que, aunque América
estaba incorporada a la
historia mundial desde el
Descubrimiento, y era ya desde
entonces inconcebible sin el
aporte de Europa y de África,
sólo en los últimos años del
siglo XVIII y en los primeros
del XIX pareció tomar conciencia
de su ubicación cósmica, y
pareció asumir la decisión de
tomar el destino en sus manos.
Hay que oír el modo como hablaba
Bolívar para percibir la
magnitud de su conciencia
histórica y la fina percepción
que tenía de su época y del modo
como pertenecíamos al mundo.
Nosotros somos un pequeño género
humano escribió Bolívar en la
«Carta de Jamaica»; poseemos un
mundo aparte, cercado por
dilatados mares, nuevo en casi
todas las artes y ciencias,
aunque en cierto modo viejo en
los usos de la sociedad civil.
Yo considero el estado actual de
la América, como cuando
desplomado el imperio Romano
cada desmembración formó un
sistema político, conforme a sus
intereses y situación o
siguiendo la ambición particular
de algunos jefes, familias o
corporaciones; con esta notable
diferencia, que aquellos
miembros dispersos volvían a
restablecer sus antiguas
naciones con las alteraciones
que exigían las cosas o los
sucesos; mas nosotros, que
apenas conservamos vestigios de
lo que en otro tiempo fue, y que
por otra parte no somos indios
ni europeos, sino una especie
media entre los legítimos
propietarios del país y los
usurpadores españoles: en suma,
siendo nosotros americanos por
nacimiento y nuestros derechos
los de Europa, tenemos que
disputar éstos a los del país y
que mantenernos en él contra la
invasión de los invasores; así
nos hallamos en el caso más
extraordinario y complicado; no
obstante que es una especie de
adivinación indicar cuál será el
resultado de la línea de
política que la América siga, me
atrevo a aventurar algunas
conjeturas, que, desde luego,
caracterizo de arbitrarias,
dictadas por un deseo racional
y no por un raciocinio probable.
Como a Humboldt, una de las
cosas que más preocupaba a
Bolívar era la tremenda
desigualdad que se heredaba de
la Colonia. En casi todos los
países los pueblos indígenas
habían sido despojados de su
rica tradición, de su conciencia
de estar en el centro de un
mundo, de su dignidad, y
apresuradamente convertidos en
adoradores de un orden mental en
el que jamás serían
vistos en condiciones de
igualdad. Por su tremenda
arrogancia, la Corona, los
negociantes y la Iglesia estaban
dispuestos a tener súbditos, a
tener siervos y a tener fieles,
pero no a permitir que se diera
aquí un proceso de dignificación
de seres humanos, y menos aún de
exaltación de seres libres,
capaces de criterio y de juicio.
Durante siglos la Iglesia
católica seguiría prohibiendo en
América la lectura libre, que
había sido el instrumento de la
Ilustración para construir una
conciencia ciudadana y un
individuo responsable capaz de
sostener el andamiaje de las
repúblicas. Bolívar se
interrogaba continuamente sobre
cómo fundar un orden político en
el que los siervos y los
esclavos accedieran a la
libertad, los criollos
discriminados accedieran a la
igualdad, y unos y otros
accedieran a la fraternidad,
principios que tan
elocuentemente pregonaban en
Francia los cañones de la
Revolución. Pero si era difícil
en París hacer que los franceses
accedieran a la libertad, la
igualdad y la fraternidad; en
París, donde todos formaban
parte de una nación homogénea
con más de cuatro siglos de
existencia unificada,
cohesionados por una larga
tradición, ¿qué esperar de
pueblos formados por indios,
criollos y negros, por mestizos,
mulatos y zambos? ¿Qué esperar
de esos criollos más dispuestos
a conquistar notoriedad y poder
que a convivir con la mulatería
y con la indiada? ¿Qué esperar
de esos remanentes de las viejas
culturas nativas? ¿Qué hacer con
esas religiones sincréticas?
¿Qué hacer con los ricos
patriotas que estaban dispuestos
a luchar por la Independencia
pero no a darles la libertad a
sus muchos esclavos? ¿Qué hacer
con esos mineros y hacendados
que vivían de enviar sus metales
y sus productos a España? ¿Qué
hacer con esos comerciantes que
vivían del intercambio con las
metrópolis? ¿Qué hacer con los
que habían aprendido los mil
matices de la trampa en la
burocracia, con la ya
floreciente tradición del
legalismo sinuoso, ese imperio
de leguleyos que apretaban y
volvían a apretar las tuercas de
la ley para medrar de sus vacíos
y parasitar de sus ambigüedades?
Se sabe que muchos indígenas se
resistieron a la idea de la
independencia porque temían, con
razón, que los mestizos que se
harían cargo de los Estados
podían llegar a ser mas
excluyentes y más despectivos
con indios, negros y mulatos,
que los propios españoles.
También en su tiempo muchos
esclavos rechazaron la idea
incomprensible de que fuera
abolida la esclavitud, ya que
sin una amplia y larga labor
pedagógica y social de cambio de
valores, de construcción de una
ética de la igualdad, y de
ofrecimiento efectivo de
oportunidades educativas,
políticas, legales y
económicas, la libertad de los
esclavos se limitaba, como ha
dicho Estanislao Zuleta, a
dejarlos libres de comida y de
techo.
El camino que veía Bolívar era
el camino de la generosidad.
Creía en la necesidad de un
lento y paternal trabajo
pedagógico que les enseñara a
las razas, a las clases
sociales, a las regiones y a las
tradiciones a convivir,
potenciando lo mejor de todas
ellas y estableciendo ese
diálogo creador en el marco de
una legislación rica en
garantías, que les permitiera
superar en poco tiempo el trauma
de un siglo de salvajes
conquistas y dos siglos de
arrogancia colonial:
Yo deseo más que otro alguno ver
formar en América la más grande
nación del mundo, menos por su
extensión y riquezas que por su
libertad y gloria. Aunque
aspiro a la perfección del
gobierno de mi patria, no puedo
persuadirme que el Nuevo Mundo
sea por el momento regido por
una gran república; como es
imposible, no me atrevo a
desearlo, y menos deseo una
monarquía universal en América,
porque este proyecto, sin ser
útil es también imposible. Los
abusos que actualmente existen
no se reformarían y nuestra
regeneración sería infructuosa.
Los estados americanos han
menester de los cuidados de
gobiernos paternales que curen
las llagas y las heridas del
despotismo y la guerra.
1
Así como había desde siempre una
América caribeña, una América
andina y una América amazónica,
una América de los desiertos del
Norte y una América de las
pampas del Sur, se había ido
definiendo también una América
blanca, una América india y una
América negra. O mejor aún, una
Euroamérica predominantemente
blanca, como la de Argentina o
Chile; una Indoamérica indígena
y mestiza, en México, Guatemala,
Ecuador, Perú o Bolivia; una
Afroamérica predominantemente
negra y mulata, en Cuba, Haití,
República Dominicana, Jamaica o
Brasil. Ello no significaba que
todos los países no fueran
mestizos en mayor o menor grado,
pero de esa composición original
derivaban muchos elementos que
caracterizaron a sus culturas.
Cada una de estas Américas
tendría elementos singulares que
aportar al mosaico de la
civilización, y era imposible
que la solución de esos
conflictos se diera por el
hallazgo casi mágico de un
sistema político adecuado a sus
necesidades. Todos los sistemas
políticos son fruto de la
tradición y de la experiencia,
y la América mestiza era un
experimento nuevo en la
historia del mundo. La conquista
de su independencia formal sería
apenas el primer paso de una
larga búsqueda que exigía el
experimento de la convivencia
social en el marco de
legislaciones nuevas, el
fortalecimiento económico
gobernado por el ideal de la
autonomía y la independencia
cultural. Bien dijo Simón
Rodríguez que sólo hallaríamos
soluciones cuando no nos
pensáramos diferentes de un país
a otro y cuando no creyéramos en
más fronteras que las naturales
del continente. Dos siglos
después aún no se han cumplido
plenamente esas condiciones
para la existencia del
continente como una nación
solidaria con firmes compromisos
y con responsabilidades
compartidas frente al destino
del mundo pero, a pesar del caos
aparente, es mucho lo que hemos
avanzado.
El mestizaje, que era nuestra
gran dificultad, es también
nuestra gran oportunidad en el
escenario de la cultura
contemporánea, ya que la
tendencia a los mestizajes y los mulatajes es una de las
principales características de
la modernidad. El mundo no
tiende ya
hacia ninguna forma de pureza
racial o cultural, sino hacia
todo tipo de fusiones. Ello
explica el valor de las culturas
mestizas como rostro pleno de la
época. Sus desafíos son los más
imperiosos, ya que frente al
peligro persistente de los
fascismos, que pretenden
reivindicar la superioridad de
las razas puras, de las
religiones únicas o de las
culturas homogéneas y que
absurdamente pretenden
imponérselas al mundo entero, la
única alternativa es encontrar
el valor de las fusiones y
mostrar la civilización mestiza
como el más probable rostro del
futuro. Así, nuestros países,
sobre los cuales el poder
hegemónico de ciertas culturas
obró tantas atrocidades y tantas
violencias, se han visto
obligados antes que cualquier
otro a ser los laboratorios de
esa nueva edad planetaria.
A
eso apuntaba, desde una época en
que ni la etnología ni la
antropología habían dado a las
culturas su vindicación y su
justificación, el ideario de ese
gran hombre de acción y gran
soñador de futuros que fue el
Libertador Bolívar. Hay en sus
ideas más una suerte de oscura
intuición que un preciso
desarrollo conceptual.
Hermanados por la tradición y
por la lengua, tal vez no esté
muy lejos el día en que se
cumpla el todavía borroso sueño
de una de naciones de nuestra
América, como se bosqueja en
aquellas palabras finales de la
«Carta de Jamaica»:
Es una idea grandiosa pretender
formar de todo el Mundo Nuevo
una sola nación con un solo
vínculo que ligue sus partes
entre sí y con el todo. Ya que
tiene un origen, una lengua,
unas costumbres y una religión,
debería, por consiguiente, tener
un solo gobierno que confederase
los diferentes estados que hayan
de formarse; mas no es posible,
porque climas remotos,
situaciones diversas, intereses
opuestos, caracteres
desemejantes, dividen a la
América.
iQué
bello sería que el Istmo de
Panamá fuese para nosotros lo
que el de Corinto para los
griegos! Ojalá que algún día
tengamos la fortuna de instalar
allí un augusto congreso de los
representantes de las
repúblicas, reinos e imperios a
tratar y discutir sobre los
altos intereses de la paz y de
la guerra, con las naciones de
las otras partes del mundo. Esta
especie de corporación podrá
tener lugar en alguna época
dichosa de nuestra regeneración;
otra esperanza es infundada,
semejante a la del abate St.
Pierre, que concibió el laudable
delirio de reunir un congreso
europeo para decidir de la
suerte y de los intereses de
aquellas naciones.
En nuestra época hemos visto,
sin embargo, cómo los estados de
Europa, mucho más distintos unos
de otros, y tradicionalmente
mucho más enfrentados por
guerras, conflictos religiosos y
diferencias culturales, han
llegado a las puertas de una
confederación.
A fines del siglo XIX, otra
generación admirable asumió el
desafío de buscar nuestro
ingreso en la modernidad.
También allí fue en el campo de
la lengua, y en particular de la
literatura, donde se dio ese
esfuerzo por romper los esquemas
rígidos de unas sociedades que
habían perdido su vocación
planetaria y se habían encerrado
en su sueño letárgico de aldeas,
a veces idílico pero a menudo
violento y fratricida. En
México, en La Habana, en
Bogotá, en Lima, en Santiago de
Chile, en Buenos Aires,
empezaron a surgir las voces
renovadoras de Manuel Gutiérrez Nájera, José Martí, José
Asunción Silva, José María
Eguren, Ricardo Jaimes Freyre,
Leopoldo Lugones. Sus temas, sus
ritmos, la gracia de su
lenguaje, la elasticidad de sus
cadencias, la riqueza de su
prosa, permitía entrever que
allí se estaba obrando una
verdadera revolución de la
sensibilidad. Dos hechos
simultáneos eran notables: uno,
el carácter continental de su
aventura y de su búsqueda; otro,
el hecho de que todos parecían
nutrirse de las mismas fuentes,
de la poesía de Edgar Alan Poe y
de Heinrich Heine, pero
principalmente de la poesía
francesa contemporánea, de las
voces de Víctor Hugo, de
Baudelaire, y sobre todo de Paul
Verlaine, un poeta
extraordinariamente musical,
dado a la pasión y al desorden,
pero lleno de vida, de gracia y
de autenticidad. Paul Verlaine,
ebrio, egoísta, turbulento,
inestable, pero vigoroso,
delicado, apasionado y genial,
era una suerte de retrato remoto
del estado de ánimo de los
escritores iberoamericanos del
fin de siglo: de él aprendieron
muchas cosas; gracias a su
influjo transformaron la lengua,
la hicieron más expresiva, más
armoniosa, más llena de matices,
más irreverente y más sensual.
Lo que nos iba llegando
era
un lenguaje para la pasión que
estaba como contenida en unos
países llenos de riqueza
cultural y de diversidad humana,
pero acallados mucho tiempo por
el colonialismo y después por la
estrechez de miras de una
política aldeana. Ahora
volvíamos a asomar la cabeza a
la realidad del planeta.
El más destacado miembro de
aquella generación literaria, el
nicaragüense Rubén Darío, no
solamente llevó a su plenitud en
el verso y en la prosa muchas de
las conquistas parciales de sus
amigos y colegas, sino que fue
el escogido por el destino para
llevar
hasta España la evidencia de
esta aventura de la modernidad.
Cuando llegó a Madrid, en 1898,
España acababa de vivir su
guerra con los Estados Unidos,
había perdido sus últimas
posesiones en el Caribe, las
islas de Cuba y Puerto Rico, sus
últimas posesiones en el
Pacífico, las islas Filipinas, y
con ellas había perdido los
últimos vestigios de su imperio
mundial. Las viejas
generaciones literarias
españolas sucumbían a la
postración en un país
desencantado, pero las nuevas
estaban ávidas de encontrarse
con el mundo y de construir una
España moderna, adaptada a la
época capaz de vivir plenamente
la nueva aventura de no ser ya
un imperio casi ficticio, sino
una de las más originales
naciones de Europa. Allí
encontró Rubén Darío a esos
jóvenes, Antonio Machado y
Miguel de Unamuno, Juan Ramón
Jiménez y Ramón del Valle
Inclán, también grandes lectores
del francés, renovadores de
la sensibilidad, ávidos de
futuro. Ese encuentro dio
grandes frutos, y así como la
generación de los modernistas
latinoamericanos había
encontrado en la sensibilidad,
el talento y la generosidad de
Darío el vocero ideal para
representarlos ante España, los
nuevos escritores españoles
encontraron en él su mejor
emisario para América. Rubén
Darío se convirtió no sólo en el
símbolo del modernismo
latinoamericano, sino también en
una inesperada convergencia de
las dos alas de la lengua, a
ambos lados del Atlántico. Y es
porque ese contacto se dio,
porque en ese momento afortunado
de aquel diálogo fue posible,
por lo que la lengua
castellana, que había pasado
casi en silencio dos siglos en
que el resto de las grandes
lenguas de Europa vivían el
esplendor de su creatividad, los
siglos del clasicismo, del
racionalismo y del
romanticismo, y había dejado de
ser instrumento de las grandes
aventuras del espíritu, que se
reencontró con su destino de
gran lengua de civilización y
emprendió a lo largo del siglo
XX la aventura que la ha
convertido no sólo en la tercera
lengua del mundo, después del
mandarín y del inglés, por la
cantidad de personas que la
hablan, sino en una de las más
vigorosas de los tiempos
modernos, una de las lenguas
que tendrán que asumir de un
modo protagónico en el planeta
la responsabilidad del futuro,
las tareas de reflexión, de
creación y de comunicación que
se abren ante nosotros en esta
encrucijada de los siglos.
En 1936, el gran escritor y
pensador mexicano Alfonso Reyes
pronunció en un foro
internacional, y publicó en la
revista Sur, de Buenos
Aires, unas reflexiones sobre el
modo como percibían nuestros
mayores su destino como hijos de
este continente:
La inmediata generación que nos
precede, todavía se creía nacida
dentro de la cárcel de varias
fatalidades concéntricas. Los
más pesimistas sentían así: en
primer lugar, la primera gran
fatalidad, que consistía desde
luego en ser humanos, conforme a
la sentencia del antiguo
Sileno recogida por Calderón:
«Porque el delito mayor del
hombre es haber nacido.»
Dentro de éste, venía el segundo
círculo, que consistía en haber
llegado muy tarde a un mundo
viejo. Aún no se apagaban los
ecos de aquel romanticismo que
el cubano Juan Clemente Zenea
compendia en dos versos: «Mis
tiempos son los de la antigua
Roma, / y mis hermanos con la
Grecia han muerto.»
En el mundo de nuestras letras,
un anacronismo sentimental
dominaba a la gente media. Era
el tercer círculo, encima de
las desgracias de ser humano y
ser moderno, la muy específica
de ser americano; es decir,
nacido y arraigado en un suelo
que no era el foco actual de la
civilización, sino una sucursal
del mundo. Para usar una palabra
de nuestra Victoria Ocampo, los
abuelos se sentían
«propietarios de un alma sin
pasaporte». Y ya que se era
americano, otro handicap
en la carrera de la vida era el
ser latino o, en suma, de
formación cultural latina. Era
la época del «A quoi tient la
supériorité des anglosaxons?»
Era la época de la sumisión
al presente estado de las cosas,
sin esperanzas de cambio
definitivo ni fe en la
redención. Sólo se oían las
arengas de Rodó, nobles y
candorosas. Ya que se pertenecía
al orbe latino, nueva fatalidad
dentro de él pertenecer al orbe
hispánico. El viejo león hacía
tiempo que andaba decaído.
España parecía estar de vuelta
de sus anteriores grandezas,
escéptica y desvalida. Se había
puesto el sol en sus dominios.
Y, para colmo, el
hispanoamericano no se entendía
con España, como sucedía hasta
hace poco, hasta antes del
presente dolor de España, que a
todos nos hiere. Dentro del
mundo hispánico, todavía
veníamos a ser dialecto,
derivación, cosa secundaria,
sucursal otra vez: lo
hispanoamericano, nombre que se
ata con guioncito, como con
cadena. Dentro de lo
hispanoamericano, los que me
quedan cerca todavía se
lamentaban de haber nacido en la
zona cargada de indio: el indio,
entonces, era un fardo, y no
todavía un altivo deber y una
fuerte esperanza. Dentro de
esta región, los que todavía más
cerca me quedan tenían motivos
para afligirse de haber nacido
en la temerosa vecindad de una
nación pujante y pletórica,
sentimiento ahora transformado
en el inapreciable honor de
representar el frente de una
raza. De todos estos fantasmas
que el viento se ha ido llevando
o la luz del día ha ido redibujando hasta convertirlos,
cuando menos, en realidades
aceptables, algo queda todavía
por los rincones de América y
hay que perseguirlo abriendo las
ventanas de par en par y
llamando a la superstición por
su nombre, que es la manera de
ahuyentarla. Pero, en
sustancia, todo ello está ya
rectificado.
Sentadas las anteriores premisas
y tras este examen de causa, me
atrevo a asumir un estilo de
alegato jurídico. Hace tiempo
que entre España y nosotros
existe un sentimiento de
nivelación y de igualdad. Y
ahora yo digo ante el tribunal
de pensadores internacionales
que me escucha: reconocemos el
derecho a la ciudadanía
universal que ya hemos
conquistado. Hemos alcanzado la
mayoría de edad. Muy pronto os
habituaréis a contar con
nosotros.
Hasta aquí el texto de Alfonso
Reyes. Yo me atrevo a afirmar
que ese tiempo ha llegado, y el
propio Alfonso Reyes es uno de
los forjadores de esta edad en
que el específico modo de pensar
y el muy diverso estilo de
creación de nuestras culturas ha
empezado a hacerse
indispensable para el mundo. El
siglo XX fue el siglo en que Iberoamérica pasó de la
invisibilidad y la lejanía a
estar en el centro de los dramas
del mundo contemporáneo, pero en
el centro también de sus
aventuras espirituales. Nadie
puede ignorar que nuestra
presencia actual en el ámbito
internacional está profundamente
marcada por las dificultades
propias de nuestra realidad, por
la persistencia de males muy
antiguos y por la emergencia de
males muy modernos. Nadie puede
ignorar la existencia del
narcotráfico, del terrorismo, de
los exilios políticos y
económicos. Pero no hay que
permitir que esos hechos
eclipsen o anulen otra gran
verdad, la del vigor y la
creciente vigencia de nuestras
culturas, el modo como estamos
reinterpretando la tradición de
Occidente y el sabor
inconfundible que ya tienen
nuestras creaciones. Es
imposible concebir la literatura
del siglo
XX
sin pensar, entre tantos otros,
en Jorge Luis Borges, en Joao
Guimaraes Rosa, en Pablo
Neruda, en Juan Rulfo o en
Gabriel García Márquez. Cada uno
de ellos no sólo representa a
una lengua: representa, en el
seno de esa lengua, la expresión
de una región, de una
sensibilidad, una de las caras
irremplazables de esta suerte de
planeta latino. Borges,
voz de un país de inmigrantes,
cifra en sus obras el
cosmopolitismo de América, su
infinita curiosidad por todas
las culturas, su derecho a
heredar todas las tradiciones,
su culto por la acumulada
memoria de las bibliotecas y de
los símbolos, y al mismo tiempo
su perplejidad adánica por un
mundo siempre inexplicado, el
punto en que se enlazan el arte
y la filosofía para producir no
certezas que agobian y acallan
sino estados privilegiados de
asombro y de gratitud. Rulfo,
voz de un mundo indígena
aparentemente abolido, hace
surgir en su poesía el rumor
espectral de una realidad en
donde la vida y la muerte se
enlazan, en donde el tiempo es a
la vez un soplo de vigilia y de
sueño, en donde la intimidad y
la historia dialogan en el
lenguaje descarnado de las
emociones elementales. Neruda y Guimaraes Rosa nos asoman a la
turbulencia de un mundo donde
todavía existe la naturaleza en
un sentido que muchas regiones
del planeta ya han perdido, una
naturaleza que el lenguaje
asedia y nunca alcanza del todo;
nos asoman a la eterna aventura
americana de intentar nombrar
con una lengua siempre
insuficiente un mundo de
desmesurada fecundidad y de
poderosa violencia, y nos
revelan cómo sigue siendo
urgente la tarea de incorporar
lo innominado y lo desconocido
en el orden de lo sagrado y de
lo humano, la tarea central de
toda poesía. Gabriel García
Márquez, voz del universo
múltiple del Caribe, fusiona la
musicalidad de la lengua
castellana con el desconcertante
pensamiento mágico de los
pueblos indígenas y con la
alegría y la sensualidad de las
culturas africanas, para
producir el esplendor de la
novela mestiza, la saga de un
mundo donde tal vez sólo la
complicidad de los amores
prohibidos logra sobrevivir a
las trampas del lenguaje, a las
arbitrariedades del poder y a
los vientos de la fatalidad. Si
estos autores, y tantos otros,
se han abierto camino en el
corazón de sus contemporáneos en
todo el mundo, es porque las
síntesis que mencionaba Alfonso
Reyes no han cesado de darse en
nuestra cultura, porque Iberoamérica empieza a tener
respuestas para el mundo, y las
tendrá cada vez más en la medida
en que asuma toda su riqueza: la
sabiduría y la suma de
conocimientos de sus pueblos
indígenas; el vigor, la alegría
y el sentido del ritmo de sus
pueblos afroamericanos; la honda
huella de civilización de su
pasado ibérico y latino, y el
creciente aporte de las culturas
que han llegado a nosotros para
quedarse.
Podemos afirmar
que Iberoamérica ha entrado en
diálogo de igualdad con el mundo
en el campo de la cultura. Tal
vez no falte mucho tiempo para
que ese intercambio cultural se
convierta también en un
verdadero intercambio económico
y político, y en algo mucho más
importante y más urgente, en un
diálogo; en condiciones de
igualdad con el resto del mundo,
sobre los rumbos de la
civilización humana y sobre el
porvenir del planeta.
Los nuevos
centros de la esfera. Fondo
Editorial Casa de las Américas,
2003.Pp. 35-58.
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