Año VIII
La Habana
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de 2009

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Entrevista con William Ospina

“Toda revisión del pasado es la preparación de un futuro”

Mabel Machado • La Habana

Foto: Abel (Casa de las Américas)

 

“Uno cree que está solo cuando escribe… pero después se da cuenta de que está conversando con otros”, dijo el colombiano William Ospina, tras las disertaciones que sobre su obra, se habían sucedido en la Casa de las Américas. Como “uno de los más interesantes autores de la actual literatura latinoamericana”, lo había valorado Jorge Fornet, director del Centro de Investigaciones Literarias de esa institución. El periodista Ernesto Sierra lo calificó como “escritor y conferencista de multitudes”, mientras que el poeta cubano Juan Nicolás Padrón, al referirse a él, lo consideraba “periodista culto, de refinado pensamiento, que cree en la potencialidad de las palabras”.

El tolimense, quien se ha desempeñado como abogado, publicista, periodista y escritor, recibió en 1982 el Premio Nacional de la Universidad de Nariño (Colombia), en 1992, el Nacional de Poesía; en 2003, el Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada de Casa de las Américas y hace solo unos meses, el Rómulo Gallegos venezolano. Pero no solo sus éxitos y su veintena de libros publicados (Aurelio Arturo (1991); El país del viento (1992); ¿Dónde está la franja amarilla? (1996); Los nuevos centros de la esfera (2001); Ursúa (2005), entre otros) dan fe de la pasión de este hombre por la literatura, a la que se consagró después de darse cuenta de que, —según sus propias palabras— “no servía para nada más”. Ospina ha transitado por la Semana del Autor abriendo su obra al estudio, leyendo poemas, ofreciendo conferencias, dialogando con otros autores, regalando libros, anunciando proyectos, autografiando con saludos de amigo los volúmenes que han estado a la venta por estos días.

“Estoy muy conmovido por volver a Cuba: uno está visitando este país o está soñando con venir”, fueron las primeras palabras del colombiano para el público en la Casa de las Américas. Luego quisimos saber más sobre cómo había sido este reencuentro con la Isla, que él dice estar redescubriendo en compañía de su compatriota el escritor Alberto Quiroga; y cómo siente La Habana, ese lugar que fuera definitivo para su amistad con Gabriel García Márquez:

“Yo conocí a García Márquez en esta ciudad hace unos 14 años. Nos habíamos visto antes, pero nunca habíamos tenido la oportunidad de intercambiar. Aquí conversamos, hicimos actividades juntos, viajamos, pude asistir a la celebración del cumpleaños del Presidente Fidel Castro.

“Vine en varias ocasiones en la década pasada a Cuba y en estos años recientes he vuelto otras dos o tres veces. La Habana es una ciudad muy entrañable para mí; Cuba, un tema permanente de reflexión y una referencia fundamental tanto literaria como histórica. De manera que siempre es grato volver a este país, a La Habana, que está siempre llena de revelaciones nuevas y de sorpresas; una ciudad que se esfuerza por reconstruirse, recuperarse arquitectónicamente, entrar, como todos los países del mundo, en ese diálogo tan complejo con la modernidad, con sus oportunidades y con sus peligros. Volver a las calles, volver a hablar con la gente, al Malecón, es siempre muy grato. Espero todavía tener la oportunidad de ver otras cosas, algunas que ya conozco y otras que no he visto nunca.”

Considerado uno de los más notables autores del post boom en Latinoamérica, Ospina ha recibido la impronta directa de escritores como el autor de Cien años de soledad, de quien se le considera un sucesor. En muchos de sus poemas-monólogos —que una vez tuvieron la pretensión de escribirse como ensayos—, Ospina se descubre en las pieles de Nietzsche, Kafka, Virginia Woolf y Estanislao Zuleta. Por otro lado, ha declarado que “un escritor de América Latina hoy no puede ignorar que está escribiendo después de Rulfo y de Borges, de Neruda y de García Márquez".

Ud. ha dedicado gran parte de sus páginas al estudio de las obras de estos autores, pero, ¿cómo se enfrenta Ospina a la literatura, teniendo ese legado como referente?

El haber nacido después que se hicieron esas grandes obras, o el haber tenido la oportunidad de escribir después de ellas —no solo de esos cuatro maestros, sino de tantos otros que en el continente han construido propuestas estéticas, han creado caminos literarios— es un privilegio, por supuesto, también una responsabilidad. Es una exigencia para un escritor contemporáneo, saber qué artífices tan valiosos, tan ricos, tan creadores, son el precedente de lo que hacemos. Pero, por lo que es verdaderamente un privilegio, y una gran oportunidad, es porque precisamente, a partir de la obra de ellos, de un lenguaje como el de Borges; a partir de un mundo de imaginación como el de García Márquez; a partir de una sensibilidad como la de Neruda; a partir de una intuición y de una percepción como la de Rulfo, para enumerar solo esos cuatro casos entre los muchos que existen, es posible emprender aventuras nuevas, que tal vez no habría sido posible emprender sin ellos.

Para mí ha sido la oportunidad de arrojar una mirada sobre nuestra historia remota, sobre los orígenes de nuestras naciones; porque otro lenguaje permite otro tipo de preguntas y otro tipo de aventuras literarias. Me siento muy contento de poder heredar todos esos recursos, o intentar, por lo menos, ser dignos de ellos, y a partir de ahí construir mis propias obsesiones y aventuras.

¿Cómo se inserta, entonces, un escritor como Ud. en los mercados, en los circuitos literarios internacionales?

El mercado es un elemento muy perturbador para un escritor. Este tiene que sobrevivir, por supuesto, y en países como el mío, es muy difícil vivir de la literatura. Casi siempre los escritores en Colombia tienen que buscar otro oficio, y dedicar solo los tiempos libres a la literatura. Sin embargo, la literatura es una vocación exigente que parecería pedirle a uno todo el tiempo. Y todo el tiempo es poco para dedicarlo a la lectura, a la escritura, a la conversación y a la cosecha de experiencias que una aventura literaria requiere. Si hay que dedicar demasiado tiempo a la supervivencia, ya empieza a correr peligro la aventura literaria.

El mercado es una solución muy precaria para un destino literario, porque no siempre los libros —así sean muy buenos— encuentran sus lectores. Es más sencillo que ciertos libros fáciles, no muy exigentes, que simplemente repiten lo que ya se sabe, encuentren lectores, a que eso ocurra con libros con lenguajes nuevos, aventuras nuevas, y sensibilidades distintas.

A veces el mercado consagra a algunos autores, incluso, en algunos casos, a grandes autores; pero puede ser un escollo muy serio para el avance y el florecimiento de obras más experimentales, más novedosas, más creativas, que no vienen a satisfacer los gustos del público, sino, como decía Paul Valéry, a crear gustos nuevos y públicos nuevos. Siendo bueno que el mercado le brinde a algún escritor la oportunidad de vender bien un libro y de tener una cierta comodidad material, es muy peligroso, para la literatura en su conjunto, dejar todo en manos del mercado. Es absolutamente necesario que los escritores tengan las garantías mínimas para sobrevivir y crear, y que haya otros mecanismos a través de los cuales los libros lleguen a la gente y la gente a los libros; que no sean exclusivamente las listas caprichosas del mercado, o los esfuerzos de la publicidad o las maniobras del mercadeo. Esa es una tarea fundamental de los estados y las instituciones encargadas de velar por la salud de la cultura: hacer libros accesibles, crear lectores, estimular el esfuerzo de la lectura y aprender a valorar la labor de los escritores más allá de su éxito económico.

Ospina, quien descubrió la poesía leyendo a Porfirio Barba Jacob y a Rubén Darío, llegó al ensayo a partir de los temas literarios, iniciado por la atracción hacia la figura del también poeta Aurelio Arturo. En lo adelante lo sacudiría un deseo febril de escribir ensayos sobre la modernidad, que se acercarían luego al análisis de la sociedad contemporánea. “No me di cuenta de a qué horas los poemas me obligaban a hacer reflexiones sobre los autores que me gustaban —explica—, a qué horas pasé a los temas sociales y a qué horas me vi metido en la aventura de escribir un relato, que luego fueron tres novelas”.

Aunque para él siempre ha resultado más fácil abordar lo general, para luego llegar a lo particular, lo que más nos toca, Ospina ha escrito copiosos textos sobre la realidad de Colombia, un país que, a su juicio, no se comporta como nación frente a sí misma, ni como hermana de otros países. Al Rómulo Gallegos de este año, lo inquieta saber dónde está el proceso cultural que va a transformar el país, “para que deje de estar a merced del espíritu colonizador que tuvo siempre tanto poder”.

Por otro lado, es en su poemario El país del viento, concebido a propósito del quinto centenario del descubrimiento de América, donde aparece la figura del conquistador Lope de Aguirre, como antesala de sus novelas sobre la colonización del continente. Ursúa y El país de la canela, abordan el período de la conquista como un hecho continuo en la historia, y se inscriben en la larga tradición de resistencia de los pueblos de esta parte del mapa.

¿Qué importancia tiene escribir sobre los tiempos de la conquista para la actualidad latinoamericana, volver sobre esa historia, que puede ser para algunos tan remota?

El pasado no es algo que está por allá lejos, sino algo que está aquí y que forma parte de nosotros, que nos constituye. La antigüedad romana está aquí, la griega está aquí; los pueblos nativos y su papel en la historia antes de la llegada de los conquistadores, están aquí, ahora; y nuestra nostalgia a veces desvertebrada, a veces fragmentada, a veces atomizada en nuestras preguntas sobre cómo fueron estos antepasados nuestros que habitaron estas tierras en otro tiempo. De muchas maneras distintas el pasado es un presente.

Escribir sobre el pasado es hacerlo sobre zonas de nuestro ser, de nuestra existencia, sobre preguntas urgentes de nuestra cultura. Cuando escribo aparentemente sobre el pasado, no me siento hablando de otra cosa que de nosotros, de lo que somos hoy, de lo que necesitamos saber, de las preguntas que tenemos hoy sobre nuestros orígenes. Me parece que esta es también una manera de preparar un futuro; toda revisión del pasado es la preparación de un futuro.

En su novela El país de la canela, premiada recientemente, ¿de qué forma logra articular el legado de los cronistas de la conquista con los hilos de su propia memoria e imaginación, para hablar de América, ese continente que, según sus propias palabras, se ha colado cual enredadera en las páginas de la historia?

Hago el esfuerzo por poder creer lo que estoy contando. Es como un ejercicio personal. Hay algo en la entonación de los textos, en la textura del lenguaje, que le revela a uno si lo que le están contando es verosímil y verdadero en términos literarios.

A pesar de que es necesario investigar mucho, de que es imprescindible toda esa pesquisa histórica, toda esa investigación documental, para mí lo más importante es la entonación, el ritmo de las palabras. Siento que la verdad de un relato está en el tono de la voz de quien habla más que en las minucias, en los detalles históricos.

En sus últimas charlas, conferencias y reflexiones para su columna de El Espectador, ha insistido en la necesidad de comprender la diversidad que hay en Latinoamérica, en cuya cultura nada puede ya denominarse absolutamente nativo, pero sí muy original. ¿Cuál es su concepto de “lo original” latinoamericano?

América Latina es un continente muy original, ya quedan muy pocas cosas nativas en él, en términos culturales. En términos de la naturaleza casi todo es nativo: las ceibas, los guayacanes, los armadillos… Yo diría que, por ejemplo, el jazz es original, es el fruto de dos tradiciones muy antiguas: la música instrumental europea y la variedad rítmica africana. Se mezclan dos tradiciones antiguas y forman una cosa nueva, original, algo distinto de lo que había. Así que el mestizaje es una ocasión de originalidad. Se mezcla el mundo indígena mexicano con los lenguajes pictóricos de comienzos de siglo en Europa y nace el muralismo mexicano, que es fruto de la mezcla de dos causas distintas.

Nosotros, que somos mezclas de todas las clases y en todas las direcciones, tenemos una originalidad. Ya era una originalidad que ciertas músicas europeas se convirtieran en habaneras y hay otra originalidad en el hecho de que la habanera se convierta, por ejemplo, en el tango de la Argentina. Nuestro deleite, nuestra fascinación, debería ser permitir que todo eso que somos mezclado con otras cosas, produzca flores nuevas, originales.

¿A partir de cuáles pistas considera Ud. que se debe ir alcanzando en el mundo el equilibrio entre la “construcción de una morada humana” y el “respeto a lo natural”?

Es una lucha antigua. No es verdad que solo nosotros estamos descubriendo la necesidad de armonizar con el mundo. Hace un mes estuve en la India y me encontré con una sociedad admirablemente capaz de vivir con el mundo. A veces en la pobreza, a veces en la miseria, otras en el desorden; pero con un respeto muy profundo por la vida. El respeto por los animales que hay allí es extraordinario, y no solo por las vacas, que es lo más pintoresco. Ese respeto es lo que hace que haya tantos monos en los parques, tantas águilas volando por el cielo de Nueva Delhi, tantos camellos en las ferias de Puskar, tantos elefantes en las regiones del sur; y, bueno, también tantas moscas, tantos chinches, porque hay de todo. Pero el respeto por la vida está en la base de todo eso. 

Creo que es un esfuerzo grande que va a tener que hacer la humanidad, movida por el temor y las evidencias de la catástrofe, para aprender a respetar de una manera mítica, mitológica, los árboles y el agua, y los animales y los perfumes, y las flores y los tejidos y las maderas y las piedras. Rimbaud no se equivocaba cuando dijo: “si algún gusto me queda todavía ya solo es por la tierra y las piedras”. El ser humano debe reencontrarse con el amor por la piedra, por la tierra, por la hoja, por el arroyo…

Vivimos una época desdichada en ese sentido porque todo se volvió utilitario, y porque el mundo no se aprecia por sí mismo, sino por su utilidad. Un río o los bosques, representan recursos naturales, y el valor sagrado del río en sí mismo, del árbol en sí mismo, se pierde. Pero solo el arte nos sabrá devolver el sentido de lo sagrado y el sentido de la reverencia por las cosas naturales.

La literatura colombiana y la latinoamericana en general, ¿se escriben para satisfacer el imaginario europeo?

No estoy muy seguro de que sea así, incluso no estoy muy seguro de que haya sido así tradicionalmente. Creo que la buena literatura no es nunca artificial, ni es nunca amañada a unos determinados intereses. Pienso en algunas novelas históricas de América Latina que lograron ser buenas como María, de Jorge Isaacs, La Vorágine, Doña Bárbara, Los ríos profundos, Pedro Páramo… y no se hicieron jamás para que las leyeran los europeos; se hicieron para responder a algunas preguntas profundas que los escritores se hacían con respecto a su propio mundo, que Argueda se hacía sobre los incas, que Rivera se hacía sobre la selva colombiana, que Gallegos se hacía sobre la llanura venezolana, que Rulfo se hacía sobre los pueblos de Jalisco.

Cuando un escritor escribe para satisfacer un mercado, termina siendo un pastiche, una calcomanía, no logra hacer una obra profunda. Sí, García Márquez satisfizo a los lectores europeos. A lo mejor les satisfizo cierto gusto por lo pintoresco, por lo exuberante, por la naturaleza americana; pero estoy seguro de que esa no fue la motivación de él para hacer Cien años de soledad. Era una pregunta mucho más íntima, mucho más urgente, una necesidad mucho más personal, y más de su mundo, el mitologizar toda esa realidad, y digamos que entonces por añadidura le llegó la admiración del mundo. El mundo pudo haber tenido otras obsesiones y deleitarse menos con su obra, afortunadamente coincidieron ambas cosas, la aventura personal de él, su aventura literaria y la fascinación de Europa por ese tono.

Pero Borges no se parece mucho a la América exuberante, caribeña o equinoccial, y también ha fascinado a los europeos. Y los europeos saben que él no es europeo, que es profundamente americano, que esa voz múltiple, tan rica en influencias, es la voz de un país de inmigrantes a donde llega el mundo entero; es en Buenos Aires donde está de verdad el aleph, el sótano, es decir, el universo.

La literatura de Latinoamérica hoy no se siente obligada, no se siente en la necesidad de ofrecerle a Europa el color local y pintoresco. Pero si alguien en su seno sigue necesitando responder cosas, hablo incluso en el caso personal, sobre lo que nosotros somos como naciones, como geografía, tampoco nos sentimos impedidos para hacerlo, y no lo hacemos para que nos lean en Europa, sino porque necesitamos esas respuestas.

¿Qué nos puede adelantar de La serpiente sin ojos, el colofón de su trilogía de novelas históricas?

Estoy en pleno proceso de escritura, y lo que más recientemente he descubierto es que mientras Ursúa es una novela de guerra y El país de la canela es una novela de viajes, La serpiente sin ojos es una novela de amor.

La confesión de Ospina cerró nuestra conversación de dos partes, contra la cual conspiraba el apretado programa de la Semana de Autor. De la despedida de este colombiano, que tal vez se aboque pronto a la escritura de un libro sobre el Barón de Humbolt, queda con tinta el recuerdo en la portada de uno de sus libros donde nos dedicara:

 

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