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“Uno cree que está solo cuando
escribe… pero después se da
cuenta de que está conversando
con otros”, dijo el colombiano
William Ospina, tras las
disertaciones que sobre su obra,
se habían sucedido en la Casa de
las Américas. Como “uno de los
más interesantes autores de la
actual literatura
latinoamericana”, lo había
valorado Jorge Fornet, director
del Centro de Investigaciones
Literarias de esa institución.
El periodista Ernesto Sierra lo
calificó como “escritor y
conferencista de multitudes”,
mientras que el poeta cubano
Juan Nicolás Padrón, al
referirse a él, lo consideraba
“periodista culto, de refinado
pensamiento, que cree en la
potencialidad de las palabras”.
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El tolimense, quien se ha
desempeñado como abogado,
publicista, periodista y
escritor, recibió en 1982 el
Premio Nacional de la
Universidad de Nariño
(Colombia), en 1992, el Nacional
de Poesía; en 2003, el Premio de
Ensayo Ezequiel Martínez Estrada
de Casa de las Américas y hace
solo unos meses, el Rómulo
Gallegos venezolano. Pero no
solo sus éxitos y su veintena de
libros publicados (Aurelio
Arturo (1991); El país
del viento (1992);
¿Dónde está la franja amarilla?
(1996); Los nuevos centros de
la esfera (2001); Ursúa
(2005), entre otros) dan fe de
la pasión de este hombre por la
literatura, a la que se consagró
después de darse cuenta de que,
—según sus propias palabras— “no
servía para nada más”. Ospina ha
transitado por la Semana del
Autor abriendo su obra al
estudio, leyendo poemas,
ofreciendo conferencias,
dialogando con otros autores,
regalando libros, anunciando
proyectos, autografiando con
saludos de amigo los volúmenes
que han estado a la venta por
estos días.
“Estoy muy conmovido por volver
a Cuba: uno está visitando este
país o está soñando con venir”,
fueron las primeras palabras del
colombiano para el público en la
Casa de las Américas. Luego
quisimos saber más sobre cómo
había sido este reencuentro con
la Isla, que él dice estar
redescubriendo en compañía de su
compatriota el escritor Alberto
Quiroga; y cómo siente La
Habana, ese lugar que fuera
definitivo para su amistad con
Gabriel García Márquez:
“Yo conocí a García Márquez en
esta ciudad hace unos 14 años.
Nos habíamos visto antes, pero
nunca habíamos tenido la
oportunidad de intercambiar.
Aquí conversamos, hicimos
actividades juntos, viajamos,
pude asistir a la celebración
del cumpleaños del Presidente
Fidel Castro.
“Vine en varias ocasiones en la
década pasada a Cuba y en estos
años recientes he vuelto otras
dos o tres veces. La Habana es
una ciudad muy entrañable para
mí; Cuba, un tema permanente de
reflexión y una referencia
fundamental tanto literaria como
histórica. De manera que siempre
es grato volver a este país, a
La Habana, que está siempre
llena de revelaciones nuevas y
de sorpresas; una ciudad que se
esfuerza por reconstruirse,
recuperarse arquitectónicamente,
entrar, como todos los países
del mundo, en ese diálogo tan
complejo con la modernidad, con
sus oportunidades y con sus
peligros. Volver a las calles,
volver a hablar con la gente, al
Malecón, es siempre muy grato.
Espero todavía tener la
oportunidad de ver otras cosas,
algunas que ya conozco y otras
que no he visto nunca.”
Considerado uno de los más
notables autores del post
boom en Latinoamérica,
Ospina ha recibido la impronta
directa de escritores como el
autor de Cien años de soledad,
de quien se le considera un
sucesor. En muchos de sus
poemas-monólogos —que una vez
tuvieron la pretensión de
escribirse como ensayos—, Ospina
se descubre en las pieles de
Nietzsche, Kafka, Virginia Woolf
y Estanislao Zuleta. Por otro
lado, ha declarado que “un
escritor de América Latina hoy
no puede ignorar que está
escribiendo después de Rulfo y
de Borges, de Neruda y de García
Márquez".
Ud. ha dedicado gran parte de
sus páginas al estudio de las
obras de estos autores, pero,
¿cómo se enfrenta Ospina a la
literatura, teniendo ese legado
como referente?
El haber nacido después que se
hicieron esas grandes obras, o
el haber tenido la oportunidad
de escribir después de ellas —no
solo de esos cuatro maestros,
sino de tantos otros que en el
continente han construido
propuestas estéticas, han creado
caminos literarios— es un
privilegio, por supuesto,
también una responsabilidad. Es
una exigencia para un escritor
contemporáneo, saber qué
artífices tan valiosos, tan
ricos, tan creadores, son el
precedente de lo que hacemos.
Pero, por lo que es
verdaderamente un privilegio, y
una gran oportunidad, es porque
precisamente, a partir de la
obra de ellos, de un lenguaje
como el de Borges; a partir de
un mundo de imaginación como el
de García Márquez; a partir de
una sensibilidad como la de
Neruda; a partir de una
intuición y de una percepción
como la de Rulfo, para enumerar
solo esos cuatro casos entre los
muchos que existen, es posible
emprender aventuras nuevas, que
tal vez no habría sido posible
emprender sin ellos.
Para mí ha sido la oportunidad
de arrojar una mirada sobre
nuestra historia remota, sobre
los orígenes de nuestras
naciones; porque otro lenguaje
permite otro tipo de preguntas y
otro tipo de aventuras
literarias. Me siento muy
contento de poder heredar todos
esos recursos, o intentar, por
lo menos, ser dignos de ellos, y
a partir de ahí construir mis
propias obsesiones y aventuras.
¿Cómo se inserta, entonces, un
escritor como Ud. en los
mercados, en los circuitos
literarios internacionales?
El mercado es un elemento muy
perturbador para un escritor.
Este tiene que sobrevivir, por
supuesto, y en países como el
mío, es muy difícil vivir de la
literatura. Casi siempre los
escritores en Colombia tienen
que buscar otro oficio, y
dedicar solo los tiempos libres
a la literatura. Sin embargo, la
literatura es una vocación
exigente que parecería pedirle a
uno todo el tiempo. Y todo el
tiempo es poco para dedicarlo a
la lectura, a la escritura, a la
conversación y a la cosecha de
experiencias que una aventura
literaria requiere. Si hay que
dedicar demasiado tiempo a la
supervivencia, ya empieza a
correr peligro la aventura
literaria.
El mercado es una solución muy
precaria para un destino
literario, porque no siempre los
libros —así sean muy buenos—
encuentran sus lectores. Es más
sencillo que ciertos libros
fáciles, no muy exigentes, que
simplemente repiten lo que ya se
sabe, encuentren lectores, a que
eso ocurra con libros con
lenguajes nuevos, aventuras
nuevas, y sensibilidades
distintas.
A veces el mercado consagra a
algunos autores, incluso, en
algunos casos, a grandes
autores; pero puede ser un
escollo muy serio para el avance
y el florecimiento de obras más
experimentales, más novedosas,
más creativas, que no vienen a
satisfacer los gustos del
público, sino, como decía Paul
Valéry, a crear gustos nuevos y
públicos nuevos. Siendo bueno
que el mercado le brinde a algún
escritor la oportunidad de
vender bien un libro y de tener
una cierta comodidad material,
es muy peligroso, para la
literatura en su conjunto, dejar
todo en manos del mercado. Es
absolutamente necesario que los
escritores tengan las garantías
mínimas para sobrevivir y crear,
y que haya otros mecanismos a
través de los cuales los libros
lleguen a la gente y la gente a
los libros; que no sean
exclusivamente las listas
caprichosas del mercado, o los
esfuerzos de la publicidad o las
maniobras del mercadeo. Esa es
una tarea fundamental de los
estados y las instituciones
encargadas de velar por la salud
de la cultura: hacer libros
accesibles, crear lectores,
estimular el esfuerzo de la
lectura y aprender a valorar la
labor de los escritores más allá
de su éxito económico.
Ospina, quien descubrió la
poesía leyendo a Porfirio Barba
Jacob y a Rubén Darío, llegó al
ensayo a partir de los temas
literarios, iniciado por la
atracción hacia la figura del
también poeta Aurelio Arturo. En
lo adelante lo sacudiría un
deseo febril de escribir ensayos
sobre la modernidad, que se
acercarían luego al análisis de
la sociedad contemporánea. “No
me di cuenta de a qué horas los
poemas me obligaban a hacer
reflexiones sobre los autores
que me gustaban —explica—, a qué
horas pasé a los temas sociales
y a qué horas me vi metido en la
aventura de escribir un relato,
que luego fueron tres novelas”.
Aunque para él siempre ha
resultado más fácil abordar lo
general, para luego llegar a lo
particular, lo que más nos toca,
Ospina ha escrito copiosos
textos sobre la realidad de
Colombia, un país que, a su
juicio, no se comporta como
nación frente a sí misma, ni
como hermana de otros países. Al
Rómulo Gallegos de este año, lo
inquieta saber dónde está el
proceso cultural que va a
transformar el país, “para que
deje de estar a merced del
espíritu colonizador que tuvo
siempre tanto poder”.
Por otro lado, es en su poemario
El país del viento,
concebido a propósito del quinto
centenario del descubrimiento de
América, donde aparece la figura
del conquistador Lope de
Aguirre, como antesala de sus
novelas sobre la colonización
del continente. Ursúa y
El país de la canela,
abordan el período de la
conquista como un hecho continuo
en la historia, y se inscriben
en la larga tradición de
resistencia de los pueblos de
esta parte del mapa.
¿Qué importancia tiene escribir
sobre los tiempos de la
conquista para la actualidad
latinoamericana, volver sobre
esa historia, que puede ser para
algunos tan remota?
El pasado no es algo que está
por allá lejos, sino algo que
está aquí y que forma parte de
nosotros, que nos constituye. La
antigüedad romana está aquí, la
griega está aquí; los pueblos
nativos y su papel en la
historia antes de la llegada de
los conquistadores, están aquí,
ahora; y nuestra nostalgia a
veces desvertebrada, a veces
fragmentada, a veces atomizada
en nuestras preguntas sobre cómo
fueron estos antepasados
nuestros que habitaron estas
tierras en otro tiempo. De
muchas maneras distintas el
pasado es un presente.
Escribir sobre el pasado es
hacerlo sobre zonas de nuestro
ser, de nuestra existencia,
sobre preguntas urgentes de
nuestra cultura. Cuando escribo
aparentemente sobre el pasado,
no me siento hablando de otra
cosa que de nosotros, de lo que
somos hoy, de lo que necesitamos
saber, de las preguntas que
tenemos hoy sobre nuestros
orígenes. Me parece que esta es
también una manera de preparar
un futuro; toda revisión del
pasado es la preparación de un
futuro.
En su novela El país de la
canela, premiada
recientemente, ¿de qué forma
logra articular el legado de los
cronistas de la conquista con
los hilos de su propia memoria e
imaginación, para hablar de
América, ese continente que,
según sus propias palabras, se
ha colado cual enredadera en las
páginas de la historia?
Hago el esfuerzo por poder creer
lo que estoy contando. Es como
un ejercicio personal. Hay algo
en la entonación de los textos,
en la textura del lenguaje, que
le revela a uno si lo que le
están contando es verosímil y
verdadero en términos
literarios.
A pesar de que es necesario
investigar mucho, de que es
imprescindible toda esa pesquisa
histórica, toda esa
investigación documental, para
mí lo más importante es la
entonación, el ritmo de las
palabras. Siento que la verdad
de un relato está en el tono de
la voz de quien habla más que en
las minucias, en los detalles
históricos.
En sus últimas charlas,
conferencias y reflexiones para
su columna de El Espectador,
ha insistido en la necesidad de
comprender la diversidad que hay
en Latinoamérica, en cuya
cultura nada puede ya
denominarse absolutamente
nativo, pero sí muy original.
¿Cuál es su concepto de “lo
original” latinoamericano?
América Latina es un continente
muy original, ya quedan muy
pocas cosas nativas en él, en
términos culturales. En términos
de la naturaleza casi todo es
nativo: las ceibas, los
guayacanes, los armadillos… Yo
diría que, por ejemplo, el jazz
es original, es el fruto de dos
tradiciones muy antiguas: la
música instrumental europea y la
variedad rítmica africana. Se
mezclan dos tradiciones antiguas
y forman una cosa nueva,
original, algo distinto de lo
que había. Así que el mestizaje
es una ocasión de originalidad.
Se mezcla el mundo indígena
mexicano con los lenguajes
pictóricos de comienzos de siglo
en Europa y nace el muralismo
mexicano, que es fruto de la
mezcla de dos causas distintas.
Nosotros, que somos mezclas de
todas las clases y en todas las
direcciones, tenemos una
originalidad. Ya era una
originalidad que ciertas músicas
europeas se convirtieran en
habaneras y hay otra
originalidad en el hecho de que
la habanera se convierta, por
ejemplo, en el tango de la
Argentina. Nuestro deleite,
nuestra fascinación, debería ser
permitir que todo eso que somos
mezclado con otras cosas,
produzca flores nuevas,
originales.
¿A partir de cuáles pistas
considera Ud. que se debe ir
alcanzando en el mundo el
equilibrio entre la
“construcción de una morada
humana” y el “respeto a lo
natural”?
Es una lucha antigua. No es
verdad que solo nosotros estamos
descubriendo la necesidad de
armonizar con el mundo. Hace un
mes estuve en la India y me
encontré con una sociedad
admirablemente capaz de vivir
con el mundo. A veces en la
pobreza, a veces en la miseria,
otras en el desorden; pero con
un respeto muy profundo por la
vida. El respeto por los
animales que hay allí es
extraordinario, y no solo por
las vacas, que es lo más
pintoresco. Ese respeto es lo
que hace que haya tantos monos
en los parques, tantas águilas
volando por el cielo de Nueva
Delhi, tantos camellos en las
ferias de Puskar, tantos
elefantes en las regiones del
sur; y, bueno, también tantas
moscas, tantos chinches, porque
hay de todo. Pero el respeto por
la vida está en la base de todo
eso.
Creo que es un esfuerzo grande
que va a tener que hacer la
humanidad, movida por el temor y
las evidencias de la catástrofe,
para aprender a respetar de una
manera mítica, mitológica, los
árboles y el agua, y los
animales y los perfumes, y las
flores y los tejidos y las
maderas y las piedras. Rimbaud
no se equivocaba cuando dijo:
“si algún gusto me queda todavía
ya solo es por la tierra y las
piedras”. El ser humano debe
reencontrarse con el amor por la
piedra, por la tierra, por la
hoja, por el arroyo…
Vivimos una época desdichada en
ese sentido porque todo se
volvió utilitario, y porque el
mundo no se aprecia por sí
mismo, sino por su utilidad. Un
río o los bosques, representan
recursos naturales, y el valor
sagrado del río en sí mismo, del
árbol en sí mismo, se pierde.
Pero solo el arte nos sabrá
devolver el sentido de lo
sagrado y el sentido de la
reverencia por las cosas
naturales.
La literatura colombiana y la
latinoamericana en general, ¿se
escriben para satisfacer el
imaginario europeo?
No estoy muy seguro de que sea
así, incluso no estoy muy seguro
de que haya sido así
tradicionalmente. Creo que la
buena literatura no es nunca
artificial, ni es nunca amañada
a unos determinados intereses.
Pienso en algunas novelas
históricas de América Latina que
lograron ser buenas como
María, de Jorge Isaacs,
La Vorágine, Doña Bárbara,
Los ríos profundos,
Pedro Páramo… y no se
hicieron jamás para que las
leyeran los europeos; se
hicieron para responder a
algunas preguntas profundas que
los escritores se hacían con
respecto a su propio mundo, que
Argueda se hacía sobre los
incas, que Rivera se hacía sobre
la selva colombiana, que
Gallegos se hacía sobre la
llanura venezolana, que Rulfo se
hacía sobre los pueblos de
Jalisco.
Cuando un escritor escribe para
satisfacer un mercado, termina
siendo un pastiche, una
calcomanía, no logra hacer una
obra profunda. Sí, García
Márquez satisfizo a los lectores
europeos. A lo mejor les
satisfizo cierto gusto por lo
pintoresco, por lo exuberante,
por la naturaleza americana;
pero estoy seguro de que esa no
fue la motivación de él para
hacer Cien años de soledad.
Era una pregunta mucho más
íntima, mucho más urgente, una
necesidad mucho más personal, y
más de su mundo, el mitologizar
toda esa realidad, y digamos que
entonces por añadidura le llegó
la admiración del mundo. El
mundo pudo haber tenido otras
obsesiones y deleitarse menos
con su obra, afortunadamente
coincidieron ambas cosas, la
aventura personal de él, su
aventura literaria y la
fascinación de Europa por ese
tono.
Pero Borges no se parece mucho a
la América exuberante, caribeña
o equinoccial, y también ha
fascinado a los europeos. Y los
europeos saben que él no es
europeo, que es profundamente
americano, que esa voz múltiple,
tan rica en influencias, es la
voz de un país de inmigrantes a
donde llega el mundo entero; es
en Buenos Aires donde está de
verdad el aleph, el sótano, es
decir, el universo.
La literatura de Latinoamérica
hoy no se siente obligada, no se
siente en la necesidad de
ofrecerle a Europa el color
local y pintoresco. Pero si
alguien en su seno sigue
necesitando responder cosas,
hablo incluso en el caso
personal, sobre lo que nosotros
somos como naciones, como
geografía, tampoco nos sentimos
impedidos para hacerlo, y no lo
hacemos para que nos lean en
Europa, sino porque necesitamos
esas respuestas.
¿Qué nos puede adelantar de
La serpiente sin ojos, el
colofón de su trilogía de
novelas históricas?
Estoy en pleno proceso de
escritura, y lo que más
recientemente he descubierto es
que mientras Ursúa es una
novela de guerra y El país de
la canela es una novela de
viajes, La serpiente sin ojos
es una novela de amor.
La confesión de Ospina cerró
nuestra conversación de dos
partes, contra la cual
conspiraba el apretado programa
de la Semana de Autor. De la
despedida de este colombiano,
que tal vez se aboque pronto a
la escritura de un libro sobre
el Barón de Humbolt, queda con
tinta el recuerdo en la portada
de uno de sus libros donde nos
dedicara:
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