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En las primeras páginas de su novela
Salambó, Gustave Flaubert,
empeñado en describir los
exteriores del palacio de
Amílcar en los arrabales de
Cartago, hace veinte siglos,
menciona las pequeñas verjas de
cobre que han sido tendidas allí
para evitar el ingreso de los
escorpiones. Este detalle, como
muchos otros del mismo género,
atrajo mi atención y me ha
llevado muchas veces a
preguntarme qué es lo que hace
que un dato se destaque en una
narración, estimule la reflexión
y perdure en la memoria. Es muy
posible que la rareza, el
carácter exótico o excepcional
de un hecho, de un objeto o de
un personaje sean la clave de
esa atracción y de esa
persistencia, pero lo más seguro
es que nuestra atención destaca
y privilegia, aun sobre los
datos pintorescos o asombrosos,
los datos nítidos y
significativos.
Edgard Gibbon, autor de
Declinación y caída del Imperio
Romano, tal vez la obra de
más vasto aliento que haya
emprendido historiador alguno,
sostenía que lo patético de la
historia no suele estar en los
grandes hechos y las complejas
tramas sino en los detalles
menudos, en lo circunstancial y
aun en lo casual. Las verjas de
cobre que impiden el paso de los
escorpiones parecen jardines,
los estanques con peces
sagrados, los respiraderos de la
ergástula, las cocinas olorosas a
cinamomo y a jengibre del
fastuoso palacio de Amílcar,
pero están llenos de alusiones y
de sugerencias. Hablan del
refinamiento de aquel palacio
que se alza en las orillas
septentrionales de África, pero
habla también de los climas
cálidos y acaso malsanos que
rodean aquel lujo imperial;
están mencionados para que
sintamos que aquello no ocurre
en Europa; tácitamente hablan de
calor y de tierras de nadie, de
la vecindad de desiertos y
bosques elementales.
Este gusto por los detalles
reveladores y significativos es
uno de los más inmediatos
agrados de la literatura. Los
grandes escritores de la
historia son genios de la
observación y prodigan en sus
temas los asuntos menudos. En
Homero, la familiaridad de las
imágenes es ejemplar. Precisa
que Palas tiene ojos de lechuza,
como precisa que la hermosa Briseida tiene ojos de ternera.
No olvida llamar a Aquiles “pies
ligeros”, ni calla que en su
furia este se atreve a decirle
al rey Agamenón que tiene cara
de perro. El poderoso y sublime
Homero no desdeña la atrocidad:
sigue la trayectoria de una
lanza por entre el tumulto
salvaje de las llanuras
troyanas, muestra cómo se clava
en la nuca de un guerrero y no
vacila en mostrarnos cómo la
punta de hierro asoma entre los
dientes. Esa nitidez y esa
fidelidad a lo sensorial carga a
sus obras de una vividez y de un
vigor imborrables. Los dioses
son tan precisos como los
humanos, sus envidias no son
menos pueriles que las de éstos.
Palas Atenea insta a un guerrero
para que arroje su lanza contra
Afrodita, quien combate
invisible en el bando contrario.
El guerrero
—a
quien Palas otorga el poder de
ver en el tumulto humano dónde
están los dioses― ataca a
Afrodita; la diosa apenas tiene
tiempo de esquivar la lanza,
pero no logra impedir que ésta
rasgue su mano al pasar. Y el
poeta aprovecha para mostrarnos
al paso ese icor perlino que
tienen en vez de sangre los
seres del cielo.
Una de las razones por las
cuales frecuento la Divina
Comedia es por la riqueza y la
nitidez de las circunstancias
con que está tejida. El mundo
que Dante se proponía describir
era completamente vago y
nebuloso. Infierno, purgatorio y
paraíso, los reinos que debe
cruzar para escapar a un peligro
espantoso y volver a Florencia,
eran para los hombres de su
tiempo menos unos lugares que
unas nieblas mentales, o como lo
diría algún comentarista,
estados del alma. Pero él tenía
que convertirlos en lugares
verosímiles, y los únicos
recursos para ello eran la
observación y la exactitud.
Tejió entonces sus reinos
ultraterrenos con recuerdos
minuciosos que había recogido en
su vida, en sus viajes. Y uno
siente que Dante se ha pasado la
vida menos leyendo a Virgilio
que observando el mundo con amor
y con extrema curiosidad. Ha
visto cómo se mueven las ondas
en el vaso de agua y utiliza ese
recuerdo para describir cómo son
los movimientos del alma en el
cielo. Ha visto cómo mira el
sastre viejo que enhebra la
aguja, y pone esa mirada en los
ojos de los réprobos en una
región de penumbras. Para
destacar el carácter grotesco y
atroz del infierno, cuenta que
los condenados que van llegando
no se enteran por la voz de
Minos del número de círculos que
deben descender, sino por el
número de nudos que éste hace
con su cola. En Dante esos
detalles son casi inagotables.
Cuando Virgilio sube, la barca
permanece inmóvil; cuando Dante
sube, la barca se hunde un poco
bajo su peso. Así nos recuerda
que Virgilio es un fantasma, un
habitante del infierno, mientras
que Dante es un hombre de carne
y hueso, y está vivo todavía. No
sólo son significativos los
detalles: también son bellos de
un modo preciso y casi
cinematográfico. Así, por
ejemplo, a la salida del
purgatorio, Dante ve que las
almas de los justos se acomodan
en una barca que carece de velas
y de remos. Ya están todos los
viajeros en ella, ya entonan el
salmo “In exitu Israel de
Egipto, domo Jacob di popolo
barbaro” (“A salir Israel de
Egipto, la casa de Jacob de un
pueblo bárbaro”), y nadie sabe
cómo va a moverse la
embarcación. Entonces un ángel
desciende del cielo, se posa en
el extremo, despliega sus alas,
y empieza a remar con ellas en
el viento. También son estas
cosas las que hacen inolvidable
ese libro.
¿Cómo logran estos autores
prodigar tantos detalles
menudos sin permitir jamás, sin
embargo, que sus textos se
desintegren en lo circunstancial
y se trivialicen? Las
circunstancias cargan de
realidad a los temas graves y a
las tramas complejas, la
sublimidad de los temas
dignifica y exalta esos
detalles. ¿No gira toda la
historia del moro de Venecia
alrededor de un pañuelo? Sin
embargo, los avatares de ese
pañuelo nos afligen de
sentimiento trágico. ¿No
oscilan entre lo grotesco y lo
ridículo las fétidas cosas que
las brujas arrojan en su marmita
para preparar el caldo
pestilente?
Entren en ella colmillos de
lobo, escamas de serpiente, la
abrasada garganta del tiburón,
el brazo de un sacrílego judío,
la nariz de un turco, los labios
de un tártaro, el hígado de un
macho cabrío, la raíz de la
cicuta, las hojas de abeto
iluminadas por el resplandor de
la luna, el dedo de un niño
arrojado por su infanticida
madre al pozo [...] las entrañas
de un tigre salvaje.
Y el clima de terror
sobrenatural en Macbeth
no decae un instante. He
acumulado estos ejemplos sólo
para insistir en que la
literatura precisa de nitidez y
de riqueza circunstancial, y en
que, a pesar de que de ellas
deriva buena parte de su
eficacia, procura inscribir esas
cosas y esos detalles en un
contexto que las cargue de
significación.
Ahora quiero recordar un par de
argumentos de famosos escritores
contra el periodismo. El primero
es de Russell, quien sostuvo que
lo primero y lo más importante
que debían enseñar las escuelas
es el arte de leer con
incredulidad los periódicos.
Russell recomendaba a los
estudiosos, por ejemplo, seguir
el proceso del derrumbamiento de
Napoleón leyendo las sucesivas
entregas de los diarios
napoleónicos, cada día más
triunfales. Cabe recordar
también la historia de aquel
diario legitimista que el día en
que Napoleón escapó de la isla
de Elba, tituló alarmadamente:
“¡El monstruo ha escapado!”
Pocos días después: “iEl
usurpador toca tierra francesa!”
Más tarde: “iEl enemigo avanza
hacia París!” Para terminar con
este titular enorme: “¡El
Emperador se reúne con su
pueblo!”
El segundo argumento es de Oscar
Wilde, quien escribió que “los
periódicos existen para tratar
de demostrar que sólo lo
ilegible ocurre”. Y la verdad es
que muy a menudo, al leer
periódicos y revistas, al
escuchar la radio y ver la
televisión, nos afligen menos
las atrocidades que se narran
allí que el lamentable estilo en
que esas realidades son
presentadas.
Yo creo, sin embargo, en la
dignidad del periodismo. Pero
sólo cuando tiene el valor de
rebelarse contra una plétora de
convenciones y de mezquindades,
cuando es capaz de reivindicar
la singularidad de un estilo, la
evidencia de un conocimiento del
mundo, el rigor de su
información, la perspicacia de
la observación, la
independencia de sus criterios y
la firmeza de sus principios.
Los meros diseñadores de
anécdotas, los que cubren la
noticia en el sentido físico del
término, los que apenas si
repiten los lugares comunes del
lenguaje y los hábitos mentales
de la cultura, pueden llegar a
ser prósperos reporteros o jefes
de redacción, pero no son jamás
otra cosa. Y en esa medida es
bueno señalar que el periodismo,
a pesar de sus pretensiones de
literalidad y de objetividad,
sólo puede ser considerado como
una disciplina creadora, porque
no hay versión de un hecho, por
objetiva que parezca, que no sea
una interpretación, y a menudo
quienes más adulteran la
realidad son quienes menos
quieren intervenir en ella,
quienes piensan que basta
transmitirla en un lenguaje
desapasionado, imparcial y
carente de énfasis. Tan enfática
y llena de matices suele ser la
realidad,
que cierta prosa fría de
despacho internacional puede no
ser más que una mutilación y una
traición.
“Toda música ―decía Thomas Mann―
es políticamente sospechosa.”
De todo discurso podemos al
menos decir que equivale siempre
a una toma de partido, que
ningún texto es inocente o
imparcial, ni está por encima de
toda sospecha. Por algo escribió Hölderlin que el lenguaje es el
más peligroso de los bienes del
hombre. Puede servir para lo
mejor y para lo peor, pero por
un misterioso acuerdo tácito de
la especie humana, la memoria y
la perduración sólo le son
concedidas a la belleza, al
sentido, a la singularidad y a
la gracia.
Yo no creo que haya un solo
periodista verdadero que se
resigne a escribir para el
olvido. Sin embargo, bien
sabemos que la sociedad en que
nos ha tocado vivir, al
convertir todos los productos
del trabajo humano en
mercancías, tiende a instaurar
el culto de lo desechable en
todas las actividades y en todos
los campos, y también al
periodismo lo ha convertido en
una fábrica de textos
evanescentes e intrascendentes
que derivan toda su importancia
de la actualidad, de la novedad,
y que nadie querrá leer mañana.
¿Tiene que ser ése
necesariamente el destino del
periodismo? ¿Tienen que ser sus
textos semejantes a tantos
objetos desechables de la
derrochadora sociedad
industrial, objetos que se usan
y se arrojan? Creo que ésta es
una pregunta digna de reflexión
y de examen. ¿Puede un
periodista anhelar que su labor
sea significativa y perdurable?
Me parece que más bien es su
deber procurar que sea así,
pero para ello no basta ser
oportuno, ni ser sensacional, ni
esforzarse por ser fiel a los
hechos, ni esmerarse por ser
ameno. Creo que la posibilidad
de perdurar está unida a esa
conquista de la belleza, de la
significación, de la
singularidad y de la gracia.
Pero ¿estoy tratando de decir
que el periodismo debe
convertirse en literatura?
¿Insinúo que deben desaparecer
las fronteras entre los
distintos géneros y los
distintos lenguajes? En cierto
modo, así es. Creo que el
divorcio entre el arte y la vida
es uno de los grandes males de
la cultura en que vivimos. Creo
que la trivialización de los
oficios y de los hechos humanos
es una de las más penosas
características de la sociedad
contemporánea. Creo que el culto
ciego por la actualidad es menos
una noble preocupación de los
hombres de la época por la
historia y los otros destinos,
que una trivial histeria
colectiva que en todo se detiene
pero nada registra, nada examina
y ante nada reacciona. Nunca
estuvo el hombre tan informado,
y sin embargo nunca actuó menos.
Cada vez tenemos más datos y
menos criterios, cada vez
pertenecemos más a la realidad y
menos a la historia.
Entonces era esto el progreso:
que los humanos dejáramos de ser
los apasionados protagonistas de
nuestra propia historia para ser
los noveleros pero pasivos
espectadores de una historia
oficial, rica en imposturas y
simulacros. El espectáculo es la
religión de la época y todo
debe hacerse espectáculo: la
aventura y el sufrimiento, los
deportes y las masacres, la
miseria y la intimidad. Cámaras
acuciosas que persiguen hasta en
sus lechos a desprevenidas
celebridades, micrófonos ocultos
que publican conversaciones
entre amantes, seres disparados
a la fama y después derribados a
la vergüenza en una danza
frenética de modas y de
caducidades de las que nada se
aprende y nada se recuerda.
No es extraño que estas
ceremonias deleznables terminen
vaciando de toda significación
aun a las cosas más
trascendentales. Los periodistas
mismos terminan convertidos en
marionetas insensibles de una
farsa social, testigos sin alma
del derrumbamiento de un mundo
que al final sólo se preocuparán
por saber quién patrocinará la
transmisión de la hecatombe.
Hasta las tiras cómicas abundan
hoy en la ironía sobre ese
extraño oficio de testigos que
en vez de auxiliar a un ser
humano se aplican a fotografiar
sus contorsiones agónicas
porque la noticia está antes que
la solidaridad.
Pero es cierto que el mundo se
mueve a una velocidad
creciente, y ya la lentitud de
los viejos oficios artesanales,
como las tareas literarias, no
parece convenir al ritmo de la
época. Si alguien propusiera
regresar a una vida más lenta,
casi todos verían en ello con
desaprobación un retorno al
pasado, casi nadie vería un
retorno a la sensatez. El
periodismo, por esa fidelidad a
lo real que es su esencia, se ve
obligado a moverse al ritmo del
frenético mundo al que
atestigua; el significado de las
cosas es tarea de los
historiadores y de los
filósofos, el periodista sólo
alcanza a detenerse en las
apariencias, y tiene que
despachar pronto su tema
presente porque el tropel de los
hechos sucesivos viene en
avalancha y puede desbordarnos.
Qué extraño mundo hemos
construido.
Se dice que en medio de las
batallas, los guerreros nórdicos
apartaban del combate y de la
muerte a uno de ellos, para que
pudiera contar a la posteridad
cómo había sido la lucha de los
héroes, su valor y su muerte.
Ese testigo solitario era el
símbolo de muchas cosas: de un
inaudito respeto por la memoria
y por el lenguaje, de un harto
humano afán de perdurar, de un
mágico sueño de inmortalidad, de
una conmovedora fe en el futuro.
Ese borroso antepasado de los
periodistas nunca habría
entendido que alguien concibiera
esas narraciones y esos
testimonios como relatos vanos
y efímeros.
Pero la melancólica época de los
vasos plásticos tiende a
consolidar cada vez más una
suerte de literatura desechable
que se nutre de la actualidad y
finge concederle una inusitada
importancia, pero que debe ser
olvidada enseguida y arrojada al
mar de desechos, sólo para que
en el fondo la civilización
sienta que su jornada de ayer,
llena de abnegación, de
laboriosidad, de heroísmo y de
esperanza, hoy ya no es más que
basura y escombros. A lo mejor
buena parte del periodismo
moderno es la forma como un dios
burlón ironiza nuestro destino,
mostrándonos que de los mil
afanes y de las innumerables
decisiones trascendentales que
tomamos cada día, la más grande
porción es alimento para el
olvido. Pero desde siempre la
humanidad se esforzó por
conservar la memoria de sus
grandezas y de sus esfuerzos, y
de esa lucha contra el olvido,
como de esa lucha contra la
muerte, ha surgido la
civilización.
A propósito de esa conservación
de la memoria, quiero recordar
un episodio de César y
Cleopatra de George Bernard
Shaw. Ocurre en el palacio de
los Tolomeos en Alejandría,
ocupado por César y sus
generales. De repente entra en
el salón Teódoto, el filósofo
egipcio, gritando alarmado:
―iArde! iArde!
―¿Qué te pasa, Teódoto? ―le
pregunta César.
―La Biblioteca de Alejandría
está en llamas, sálvala ―le
grita el filósofo.
―Yo mismo soy escritor ―le dice
sosegadamente César― y no veo
para qué armar tanto escándalo
porque se estén quemando un
montón de mentiras empastadas en
cuero.
―Eres un bárbaro, César ―exclama Teódoto―. ¿No ves que lo que se
está quemando es la memoria de
la humanidad?
Y César le responde.
―Déjala arder, Teódoto, que es
una memoria de infamias.
La anécdota, real o inventiva,
es bella, pero no la
conoceríamos si Shaw no la
hubiera registrado en un libro.
Así, un texto que parece una
defensa del olvido, es
secretamente una defensa de la
memoria y de la cultura, en las
cuales se puede conservar hasta
la voluntad humana de destruir y
de olvidar. La hospitalidad del
lenguaje es tal, que tolera
incluso invectivas contra el
lenguaje, refutaciones del
lenguaje. Del olvido, en cambio,
y de la disolución, no podemos
ser cómplices, porque son tan
activos y tan omnipresentes que
el hombre sólo es concebible
como una resistencia a esa
combustión y a esas ráfagas.
Miles de entregas de diarios he
leído en la vida y casi nada de
ellos perdura en mi memoria.
Pero quiero evocar ahora una
noticia casi perdida que leí
hace más de quince años. Era un
despacho internacional firmado
por un corresponsal de guerra y
venía, creo recordar, de los
campos de Angola, después de una
batalla. El testimonio del
sufrimiento de los soldados era
vívido, pero de algún modo
habitual. El cronista describía
los campamentos nocturnos, la
abundancia de los heridos, la
escasez de medicinas y
provisiones, los lamentos de
aquellos hombres desconocidos en
sus lechos. Pero en algún
momento añadió que, alejándose
un poco de los campamentos, uno
todavía podía oír las voces, en
la noche africana que estaba
llena del rumor de los grillos.
Y en ese momento, no sé por qué,
ya no me sentí testigo de un
hecho ajeno, sentí que a mí
acababa de ocurrirme algo. Tal
vez, pienso ahora, cuando leemos
despachos de prensa ya estamos
hechos a las convenciones del
género: una cumbre política es
una cumbre política, unas
elecciones son unas elecciones,
una guerra es una guerra. Ese
lenguaje convencional hace las
cosas tolerablemente irreales,
nos permite ser insensibles. Tal
vez el oír que en los campos de
guerra había grillos, una
humilde realidad que no
participa de la guerra, me hizo
sentir súbitamente que esa
guerra era cierta, que no era
simplemente una noticia. Tal vez
por eso comencé hablando de los
escorpiones del palacio de
Amílcar, de la capacidad de esas
cosas humildes para ser
significativas.
Otra noticia recuerdo. La del
hallazgo de una moneda de hierro
escandinava en la península del
Labrador. Perdida entre la
tierra y las raíces, diez siglos
había durado allí, desde el
momento en que su dueño debió de
perderla en el combate o en
algún azar de sus exploraciones.
Esa noticia, sobria y
eficazmente escrita, recuerdo,
podía pasar sin alteración del
diario en que apareció a un
libro de historia o a un
capítulo de novela. Su
substancia, hecha de precisa y
maciza realidad, era
poderosamente literaria.
Y lo era mucho más la noticia
del hallazgo de un gran barco de
guerra alemán hace dos o tres
años. Creo que se trataba del
Hindenburg,
un gran barco de la armada nazi,
desaparecido en aguas del mar
del Norte. El periodista
construyó la noticia de un modo
notable. No sólo tuvo el acierto
de contar que lo primero que
vieron los buzos fue una enorme
cruz gamada en la niebla del
mar. Describió después el casco
herrumbado, las conjeturas de
los especialistas, la
identificación del barco, el
recuerdo de la última vez que
fue visto sobre las aguas.
Aunque entendemos que el deber
de esos barcos era vigilar los
cielos y dirigir hacia ellos sus
baterías antiaéreas, el autor
logró producir al final una
impresión memorable de la
pugnacidad y la tenacidad de los
oficiales muertos, porque cerró
la noticia diciendo que todavía,
en el fondo del mar, los cañones
apuntaban hacia la superficie.
ANOTACIÓN DE JULIO DE 1999. No
puedo impedirme añadir dos
ejemplos que leí en El País
de Madrid. Durante la
reciente guerra de Kosovo, un
corresponsal comentaba las
dificultades de la vida
cotidiana en Belgrado, sometida
a los bombardeos de la OTAN.
Interrumpido el fluido
eléctrico, los habitantes de la
ciudad no tenían servicio de
ascensores en sus edificios. Uno
de ellos debía subir siete pisos
con los víveres que lograba
conseguir. Y el periodista
añadió que el mayor peso estaba
en las fresas, “porque también
en la guerra hay primavera”.
El otro despacho venía de
Colombia, y parecía una secreta
síntesis del conflicto que vive
el país. Cuando los guerrilleros
del ELN entraron en la iglesia
de Ciudad Jardín, en Cali, a
secuestrar a los fieles, un
jovencito, al ver que se le
acercaba un guerrillero, le
dijo: “Pero ¿por qué me van a
secuestrar a mí? Yo tengo
catorce años: ¡soy un niño!” El
guerrillero le respondió: “Yo
también tengo catorce años, y
soy un hombre.”
Los nuevos
centros de la esfera. Fondo
Editorial Casa de las Américas,
2003.Pp. 71-81. |