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La sexta edición del
Concurso Internacional
de Ensayo Pensar a
Contracorriente
coincidió con el
aniversario 50 del
triunfo de la Revolución
Cubana; es decir, con la
afirmación de una
experiencia política y
social que, más que
contra la corriente, ha
tenido que luchar
durante medio siglo
contra el peso de la
atmósfera misma. En
algún sentido, la
Revolución —como
restablecimiento o
devolución de la
normalidad robada— solo
puede hacerse a
contrapelo, contra esa
anomalía dominante que
llamamos capitalismo y
que impone, junto a
bloqueos, invasiones y
golpes de Estado, su
propio medio ecológico
de legitimación
intelectual y cultural.
Por eso, una revolución
es también siempre “una
forma de pensar”.
En realidad la expresión
“pensar a
contracorriente” no es
más que un pleonasmo,
pues la corriente está
formada —y por eso baja
tan deprisa— de ideas
olvidadas, de imágenes
heredadas, de
representaciones
interesadas. Dejarse
llevar, dejarse
arrastrar, dejarse
flotar a la deriva
significa renunciar al
pensamiento para aceptar
la voluntad ajena como
un destino inexorable.
El que no piensa, cae;
al que no piensa, se lo
lleva el viento; el que
no piensa, pedalea a
favor del delirio; el
que no piensa, colabora
en su propia derrota.
Bajo el capitalismo, el
mundo está lleno de
personas que aceptan la
corriente, muchas por
ignorancia o temor,
otras por interés
premeditado. Hay también
personas, aquí y allá,
que imaginan,
construyen, pintan,
escriben contra ella en
soledad. Pero solo en
Cuba la Revolución hizo
posible la formación de
una contracorriente
colectiva; y por eso
solo Cuba ha establecido
un Concurso para premiar
precisamente el
pensamiento pugnaz o, lo
que es lo mismo, la
oposición a la inercia
mental del capitalismo;
es decir, para premiar
el trabajo corriente
arriba que cuestiona el
origen mismo de esa
tracción devastadora y
prefigura la forma y el
contenido de otro orden
posible.
Este es el primer rasgo
específico que
diferencia este Concurso
Internacional de otros
parecidos: que no premia
el Talento abstracto
sino el Compromiso
específico. Además, el
premio se falla todos
los años en el marco de
la Feria del Libro de La
Habana, un
acontecimiento —en el
sentido fuerte del
término— que se repite
todos los meses de
febrero en la antigua
fortaleza del Morro.
Para los que procedemos
de países donde el libro
no se distingue ya en
nada de una lata de
sardinas o de un frasco
de perfume —hasta tal
punto se ha
mercantilizado la vida
del espíritu—, la Feria
de La Habana proporciona
un júbilo
desconcertante, el
recuerdo de una
existencia futura, la
excitación primordial
que acompaña al sueño
freudiano del tesoro: la
alegría simultánea del
descubrimiento y de la
abundancia, de la fiesta
colectiva y de la
exploración individual.
En medio de las
dificultades, a pesar
del transporte, contra
las estrecheces
materiales, la población
habanera (luego la de
provincias) rinde
homenaje a la cultura en
una ceremonia de
apropiación festiva que
induce en el visitante
la felicidad de un nuevo
principio, la dicha de
un comenzar desde otra
parte. Es posible que
finalmente también los
cubanos sucumban a la
pulsión del
supermercado, con su
sexualidad predadora de
espectros comestibles,
pero las multitudes de
la Feria delimitan
precisamente el
contramodelo espacial y
afectivo del Centro
Comercial capitalista.
Lo normal, lo natural,
lo inevitable es que se
anuncie precisamente
aquí y precisamente en
estos días el nombre de
los autores laureados en
el Concurso Pensar a
Contracorriente.
Al mismo tiempo, la
convocatoria del
concurso sirve para que,
en esas fechas señaladas
de febrero, algunos
pensadores
contracorriente
procedentes de distintas
partes del mundo se
reúnan a fin de
deliberar sobre el
contenido de los
trabajos. En esta
ocasión, los miembros
del jurado (el brasileño
Frei Betto, el argentino
Adolfo Colombres, el
chileno Marcos Roitman,
el cubano Osvaldo
Martínez y el español
Santiago Alba)
compartimos muchas horas
de debate en un lugar
simbólicamente intenso:
la que fuera la casa del
Che en los primeros
meses de 1959, tras el
triunfo de la
Revolución. Era
emocionante pensar que
la grave aunque modesta
decisión que teníamos
que tomar allí dentro,
era la prolongación
menor y el resultado
gozoso de otras más
difíciles, políticas y
militares, que la
Revolución tomó en esa
casa para hacer posible
años después, entre
otras muchas cosas,
nuestro encuentro. Por
lo demás, las propias
deliberaciones
constituyeron algo así
como una reencarnación
de ese espíritu
guevariano de unidad más
necesario hoy que nunca
a escala global: la
posibilidad, a partir de
una base objetiva (en
este caso, el valor de
los trabajos que
debíamos juzgar), de
poner de acuerdo
sensibilidades,
formaciones y hasta
concepciones políticas
de muy diferente
hechura. Al final, no
solo las diferencias
convergieron en un
consenso razonado (ese
con-vencimiento que es
un “vencer juntos”),
sino que las propias
personas allí reunidas
intercambiamos
experiencias y
conocimientos (a veces,
sí, de muy buen humor y
hasta con “aire de
fiesta”) que
enriquecieron, sin duda,
nuestros pertrechos
mentales y nuestras
voluntades
contracorriente. Todo
ello habría sido
imposible —no hay que
olvidarlo— sin la
exquisita hospitalidad,
el delicado arbitraje y
el revolucionario cariño
de los responsables del
Ministerio de Cultura
que nos acompañaron
durante los días que
duró nuestra estancia en
La Habana.
En cuanto a la calidad
de los trabajos, el
lector juzgará por sí
mismo. Por mi parte,
solo querría llamar la
atención sobre dos
aspectos. El primero
tiene que ver con la
alta participación,
indicativa del
robustecimiento a nivel
mundial de una
contracorriente
colectiva empeñada en
pensar “de verdad” las
amenazas y esperanzas de
una época en la que
América Latina se ha
convertido en foco y
paradigma de un nuevo
proceso emancipatorio.
El segundo se refiere
—como indicio también
estimulante— al valor
extraordinario de los
trabajos presentados
dentro de Cuba. De los
diez textos distinguidos
por el jurado, seis
fueron elaborados por
pensadores
contracorriente cubanos,
lo que sin duda
demuestra también la
vitalidad cultural de la
Revolución 50 años
después de su triunfo.
Para los que nos
apoyamos desde fuera en
esa experiencia
revolucionaria, esta
vitalidad es una gran
noticia.
Estoy seguro de que en
los próximos años el
Concurso Internacional
Pensar a Contracorriente
seguirá creciendo en
prestigio y calidad.
Estoy seguro, aún más,
de que, también gracias
a sus análisis y
propuestas, la Humanidad
acabará venciendo, más
temprano que tarde, con
muchos cuerpos y muchos
brazos, la fuerza
devastadora de la
corriente. |