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En un poema de
William Ospina podemos leer el
siguiente aparte de un diálogo
que sostienen Tagore, el poeta
indio, y Einstein, el
científico:
“—... Aunque
todos muriéramos, y el sueño de
la especie se borrara, fuera de
nuestras mentes persistiría el
mundo, y el mármol, ya
invisible, guardaría su belleza.
—Entonces, señor Einstein,
usted es mucho más religioso que
yo.”
Cifrada en estas
curiosas líneas vive también la
idea de que la poesía es
inherente al universo y no
necesariamente es fruto de la
especie, y yendo un poco más
allá podríamos decir que la
poesía es anterior a los poetas
y sobrevivirá a ellos.
Pero también el
poema nos permite afirmar que si
la poesía se ha hecho carne y
habita entre nosotros es gracias
al poeta, así como el Apolo de
Belvedere se puede contemplar
ahora en todo su esplendor
gracias al espíritu que lo vio
invisible, aguardando despertar
del mármol que lo contenía.
William Ospina
es un poeta fiel a esta certeza,
y en el prólogo de uno de sus
libros, En el país del viento,
afirma: “Me pareció sentir una
voz muy antigua, en la que
estaba de algún modo contenido
un mundo”.
Esa “voz muy
antigua”, esas muchas voces que
contienen un mundo y hablan en
los poemas de William Ospina nos
susurran al oído: “Alguien nos
oye, alguien siente que le
hablamos, alguien ha sido tocado
con nuestra real presencia y
aquí estamos vivas en el poema”.
El poeta siente
que el universo es un ser vivo y
fluye a través de su voz, que
los muertos se desviven por
decirnos lo que alguna vez
callaron, que las piedras claman
por expresarse, que la vastedad
de los seres y de los objetos de
aquí rebosan de espíritu, y solo
la ceguera y la oscuridad en que
nos hemos sumido impiden que
oigamos la infinita e
inquietante ópera que nos
circunda y habita.
William Ospina
es un poeta religioso, en el
sentido esencial de que para él
todo está unido, ligado,
hermanado por un mismo aliento,
y como tal no puede sustraerse a
las responsabilidades que ello
exige. Él mismo lo ha expresado
en hermosas palabras: “¡Ojalá
perdure en estas páginas un poco
de la emoción que las engendró!
(estas son palabras rituales).
Ojalá unos cuantos versos de
este libro cumplan con la
sagrada función de la poesía.
Con el antiguo deber de celebrar
el mundo, de conservar la salud
del lenguaje, de alentar en los
hombres el deseo de vivir, la
voluntad de permanecer en la
Tierra”.
Todos podemos
sentir el eterno flujo de
electricidad que mueve al mundo,
pero solo a los poetas les es
dado el poder fulminarse, y
renacer, y convertirlo en luz
para los otros.
Bienvenido,
entonces, lector porque tendrás
la fortuna de oír estas voces,
de leer estos versos.
Prólogo a William Ospina.
Poesía. 1974-2004. |