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“Fue en una
tarde de Bogotá, mientras miraba
desde un café las calles
lluviosas. Me pareció sentir una
voz muy antigua, en la que
estaba de algún modo contenido
un mundo. Pensé, caprichos de la
lluvia, en ese imaginario,
irrecuperable mongol, que
extraviado por las estepas
rusas, por largas llanuras de
hielo, no supo en qué momento
pasó de un continente a otro y
pisó por primera vez el suelo de
América”. Con estas palabras
introducía William Ospina El
país del viento, Premio
Nacional de Poesía del Instituto
Colombiano de Cultura, publicado
en 1992, año del V Centenario
del llamado eufemísticamente
Encuentro de culturas, y
rememoraba un asunto apenas
tenido en cuenta para los
festejos por el aniversario del
encontronazo entre el Viejo y el
Nuevo Mundo: el poblamiento de
América.
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Se iniciaba
entonces una depuración del
discurso poético que potenció el
definitivo estilo del escritor,
centrado, o muy cercano, a la
Historia. Hasta ese momento
había publicado Hilo de arena,
en 1986, y La luna del dragón,
justamente en el mismo año en
que se celebraba la llegada de
Colón a las tierras americanas.
Para esa fecha
ya había vivido en Francia y
recorrido Alemania, Italia,
Grecia y España; había regresado
a Bogotá y ganado el Premio
Nacional de Ensayo de la
Universidad de Nariño con un
ensayo sobre el poeta Aurelio
Arturo, publicado en 1991; como
redactor en La Prensa, se
había destacado con ensayos
sobre Byron, Poe, Tolstoi,
Dickens, Dickinson y otros temas
de la literatura y el
pensamiento, incluida la
exégesis de una de las voces
colombianas menos promocionadas
a pesar de —o tal vez por— su
curiosa brillantez: Estanislao
Zuleta.
¿Qué Historia le
interesa rescatar del olvido a
este periodista culto de
refinado pensamiento que cree en
“el poder de las palabras” y en
la capacidad de los libros para
cambiar a los seres humanos?;
¿cuáles historias cotidianas
deseaba enfatizar, bien desde un
monólogo dramatizado o mediante
la ficción narrativa, el afinado
poeta convencido de la capacidad
de la literatura para cambiar la
sociedad?; ¿qué verdades ocultas
de perdedores e invisibles
pretendía desentrañar?; ¿cuál
género asumir para desarrollar
un discurso que era a la vez
narrativo y poético, y además
lograr expresiones que
condujeran a una intensa fuerza
dramática?
Ante esta
alternativa, no reparó en
continuar con lo que ya había
hecho: investigaba sobre la
Historia, la ficcionalizaba
cuando lo creía conveniente,
dejándose llevar por su propio
ritmo poético. Como gran
trabajador de la palabra, no se
subordinó a los moldes
aristotélicos, sino que
persistió en laborar en varias
direcciones a la vez, y lo mismo
se obsesionaba con poéticas y
personalidades literarias
paradigmáticas como las de
Borges o García Márquez, que se
adentraba en temas de la
historia y la política de su
país, sin la actitud vergonzante
tantas veces asumida por los
huéspedes del parnaso.
Poeta y periodista, historiador
y ensayista, si bien el poeta
lograba altos rendimientos en
sus ensayos —pues partiendo de
dispersas informaciones
“producía” una cultura nueva—,
al asumir la poesía utilizaba
los hechos enmascarados de la
manipulada Historia para
transformarlos en verdades
artísticas.
Ospina hurga en
la Historia con el propósito de
que ella le sirva para
comprender el presente. Su obra
se resiste a la tradicional
clasificación por géneros, e
incluso resulta imposible
circunscribir al autor a la ya
desusada expresión de “literato”
o autor literario, pues se trata
de un mensajero del tiempo, un
severo crítico de la modernidad
americana, que debía partir de
otra Historia para comenzar de
nuevo su reconstrucción
verdadera; y como la historia
americana se inició como canto y
mito, ha sido la poesía el
lenguaje de esa iniciación.
Habría que
identificar al primer poeta
colombiano, quien fue además
soldado, comerciante y
sacerdote, un hombre del
Renacimiento, que en el siglo
XVI se movía en un vasto
territorio y lo mismo buscaba
perlas en la isla de Cubagua,
que combatía en tierra firme
desde Maracaibo al Pacífico, se
ordenaba como sacerdote en
Cartagena de Indias y terminaba
tranquilamente sus días en
Tunja: Juan de Castellanos,
capaz de elevar en sus
Elegías de Varones ilustres de
Indias, lo que no era más
que la ambición y la crueldad de
la empresa de la conquista, sin
renunciar a una admiración
apasionada de la naturaleza
americana y a un sentido de
pertenencia que hacía suyos los
lugares invadidos ya convertidos
en “patrias”.
La obra de
Castellanos, una crónica
poetizada sobre la conquista,
cuyos valores literarios fueron
olvidados o negados por los
eruditos españoles, ejerció
sobre Ospina la fascinación y el
deslumbramiento de una fantasía
real, y desencadenó en él una
búsqueda e indagación que
trascendió la curiosidad
meramente histórica o literaria.1
En pueblos nuevos y jóvenes,
híbridos y reconstruidos por
invasiones sucesivas y
diferentes, a solo unos cinco
siglos después de que los
vencedores superpusieron sus
paradigmas a riquísimas
tradiciones, enfrentando cañones
a flechas, usando mallas de
acero frente a las macanas,
imponiendo una cruz a serpientes
emplumadas y jaguares
antropomorfos, la Historia
tendría que contarse de otra
manera; hay informaciones
negadas, culturas profanadas,
mundos olvidados, una lengua
transformada por la mixtura con
muchas otras y enseñanzas
postergadas de siglos de saqueo
y exterminio, de dominación y
estrategias para continuar la
explotación.
Cuando se
escribe poesía basada en hechos
históricos que alguna vez se
establecieron, la narración
poética, consciente de
transformar la historiografía
tradicional en verdades
artísticas de lo acontecido
desde otra perspectiva y bajo un
procedimiento quizá más
difícil, debe producir un
ambiente que resulte verdadero,
porque ello también puede
contribuir a un pensamiento
similar al de una época en que
mitos y mitologías sobre la
naturaleza eran más frecuente y
dominaban el ideario; de esta
manera, se acerca al lector
contemporáneo a una situación
mucho más fiel a la verdad
histórica de aquellos hombres de
aventura y pasión enfrentados a
un mundo desconocido.
En ese sentido, Ospina mantiene
una coincidencia con el
pensamiento orientalista que lo
hace alejarse de estereotipos al
intervenir en una realidad
histórica que siempre ha tenido
una direccionalidad hegemónica
occidentalista y, por tanto, no
inclusiva y sin armonía con la
naturaleza, siguiendo la
racionalidad europea, más
mística que mítica. El poeta
pone énfasis en la vertiente de
su hibridez menos promovida,
acercándose más a la otra orilla
de una América en que los
pueblos del desierto o de las
praderas del norte no tenían
fronteras con los que habitaban
el mar de los caribes, ni con
los que vivían en el río grande
llamado hoy Amazonas o con
quienes vivían silenciosamente
las mesetas del altiplano de los
actuales Andes.
Profundizando en la
ficcionalización de una
dramática historia de
colonización en América,
intentando recomponer una
cartografía más erudita y real
de la invasión y el genocidio
americano, Ospina parte del
ideario y de la cosmogonía, del
pensamiento teogónico de los
tradicionales ancestros de
civilizaciones americanas antes
de la invasión del “hombre
blanco”. Este factor lo hace ser
un radical, porque va a las
raíces, completa el valor del
mito y las leyendas, les ofrece
un lugar más preciso que el
asignado por el pensamiento
europeo, que nunca ha
comprendido la proyección de
americanidad presente en las
actuales sociedades de este
hemisferio.
En sus textos no
hay separación entre naturaleza
y cultura porque ambos conceptos
no resultan excluyentes, sino
que se complementan mediante
huellas de una historia y en una
presencia cotidiana. El lenguaje
simbólico recurre a
procedimientos similares a los
empleados por los pueblos
testimonios, que enarbolan esa
misma relación cultural con su
entorno; y todo ello lo realiza
el poeta sin olvidar el legado
europeo, la importantísima
contribución de los pueblos de
las España y de otras etnias ya
crecidas, antiguamente llamadas
"bárbaras" por los romanos.
Con esas cartas
encima de la mesa, no hay
escamoteo ni renuncia a lo
evidente: el mito, que es sobre
todo una fuerza cultural con
finalidad ética y estética, y
por tanto ideológica, constituye
uno de los pilares en la
reconstrucción del pensamiento
americano, a pesar de las
inexactitudes arrastradas hasta
hoy por la tergiversación de
siglos de conquistas, las
dificultades para desentrañar la
lengua de los aborígenes y por
tanto su real pensamiento, y la
traslación de ella al lenguaje
escrito desde una tradición
generalmente oral y ágrafa.
Ospina cree en las “fusiones
complejas, en textos mezclados,
hibridaciones y flores nuevas”,
tal como expresaba Derek Walcott
al recibir el Premio Nobel, en
mitos que se esconden en una
infancia de sueños y se
traslucen al contemplar “la luna
del dragón”, esa curiosa
solidaridad poética con la
naturaleza ancestral o
arqueológica que se
contemporaneíza porque el poeta
no se distancia de la Madre
Tierra y se sabe parte integral
de ella.
Su cultura
siempre está presente en la
elaboración del discurso
poético, formando parte
consustancial de él y de cada
tema implícito como resultado de
una experiencia asimilada por su
verso espontáneo y fluido de
historias, que siendo locales o
personales pueden desbordarse al
continente y a la humanidad; ahí
está el relato contado en
primera persona del hombre del
campo que pasó por ser soldado y
termina como hombre de ciudad en
el poema “Un viejo historiador
cuenta su historia”: ¿en qué
sitio del planeta no ha sucedido
algo semejante? No hay
divisiones tajantes entre la
prehistoria y la historia de
América, como no existen límites
precisos entre los personajes
que habitan su literatura y las
personalidades de la historia
americana, las grandes escenas
de ficción y los trascendentales
acontecimientos de la realidad,
los escenarios escogidos por los
escritores y los espacios en que
ocurren los hechos.
En batalla con las palabras para
expresar este total mestizaje
con verbo nuevo, también se
deslumbró el fundador Juan de
Castellanos, empeñado en
describir lo que nunca había
visto, obligado a “nombrar las
cosas”. No es casualidad que
para continuar estos pasos y
enrumbar un definitivo camino en
su poética, Ospina publicara un
volumen de ensayos sobre Aurelio
Arturo, el poeta colombiano de
un solo libro, Morada al sur,
más que suficiente para
consagrarlo en la lírica de
todos los tiempos de su país y
de América, en una época en que
ya estaba cumplido el proceso
civilizatorio, poniendo fin a un
galopante proyecto de modernidad
que entró definitivamente en
crisis.
Periodista polémico sobre temas
políticos, culturales, sociales,
económicos, jurídicos,
militares, antropológicos,
filosóficos… mezcla curiosidades
de la Historia con
argumentaciones del mundo del
Derecho o cuestiones que tratan
sobre técnicas literarias con
artículos de opinión sobre
elecciones y cumbres de jefes de
estado, en una interacción
provocadora que desentraña
realidades incómodas e integra
una historia segmentada que
cuestiona o disiente de los
últimos estigmas del
colonialismo cultural europeo y
de los desmanes de la estrategia
de dominación del actual
imperio.
Cuando se acerca
a la Historia prefiere las
personales, las de los comunes,
o también las de las grandes
personalidades históricas o
literarias, pero marginadas por
las corrientes al uso, como ha
sido Pedro de Ursúa. En la
escritura poética, necesita
imaginar monólogos como el de
Virginia Woolf en su tránsito
hacia el suicidio, o la
conversación sorda de Franz
Kafka con su padre o familiares
y novia, para intentar salvarse
del hastío de los vivos. Se
dirige a Nietzsche para hablarle
de las muertes de Occidente como
preludio a otras muertes
personales, las que va
anunciando Einstein sin
desearlo.
En estas
relaciones de literatura y otras
vías de conocimiento se le ha
comparado con Borges porque
ambos han tenido similares
obsesiones en sintetizar saberes
muy dispares desde su
condensación y así sentirse
mejor preparados para
profundizar en los detalles; los
dos mezclan géneros como
propuesta para entender mejor
una cultura de mestizaje e
hibridación común al americano;
uno y otro, como casi todos los
escritores de acá, han sido
periodistas, poetas, narradores,
ensayistas, historiadores… En
última instancia, los temas
puntuales de su poesía son los
de siempre: el transcurrir del
tiempo, el misterio de la
muerte, la inevitable memoria…
La obra poética
de William Ospina comprometida
con el discurso de la Historia
tiene en cuenta a una América
con todas su culturas, como una
sola tierra y miles de pueblos
que siguen prometiendo la
convivencia pacífica basada en
el paradigma del respeto a cada
diferencia. El poeta profundiza
en los relatos contados, en
informaciones publicadas a
medias o segmentadas y
escamoteadas en su fantasía por
un exótico racionalismo que
nunca vio “perros de pelaje
dorado” o “verdes tigres del
mar”.
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Juan Nicolás Padrón
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Su poética es la
poesía americana sin fronteras,
una tienda dakota o la historia
de quien ha llegado de la Isla
de Pascua, los ojos vigilantes
de Walt Whitman por el norte y
la protección amorosa de
Gabriela Mistral desde el sur. Y
su “Yo” suele tener muchas mudas
que se acomodan a cada poema,
ventrílocuo al modificar su voz
desde adentro o adoptar la
tradicional narración de hechos,
que se relatan en versos y no
pocas veces incursionan en
propuestas de temas para
ensayos; o se impone la crónica,
el informe de viaje, la carta de
relación, el cuaderno de
bitácora o el diario de
navegación. Casi siempre vive
otro personaje, además del
autor, que cuenta esas
historias, pero por lo general
convive a un lado, sin meterse
mucho, más bien lejano pero
vigilante, atento y escuchando,
presto a intervenir en el
instante en que se requiere
mayor lucidez. Conquistadores y
derrotados, colonizadores y
marginados ofrecen sus versiones
respectivas; nada está de un
solo lado ni todo comenzó cuando
llegaron los invasores.
La integración
temática y la síntesis
expresiva, en la singular
batalla con las palabras,
constituyen las direcciones
principales del interés del
poeta. Amplios recursos
literarios como la yuxtaposición
o expresión paralela y el
disfrasismo de palabras, la
primera como recurso nemotécnico
para recordar, propio de la
poesía oral, y la segunda como
conjunción de dos palabras para
expresar en su conjunto una idea
diferente a la que aludirían por
separado, rescatan técnicas
presentes en las expresiones
literarias de la América
prehispánica.
Cada obra relacionada con esta
historia despierta el amor a una
identidad todavía por descubrir
en su comunicación ancestral, en
la que se integran y sintetizan
geografía e historia, ética y
política, literatura y mito,
biología y lenguaje, religión y
religiosidades, naturaleza y
sociedad, cosmogonía y
filosofía, ciencia y
experiencia, alma y sueños,
conocimiento y saberes, vida y
muerte… Costaría trabajo y sería
poco útil delimitar cada
disciplina en este “país de los
vientos”, continente hecho de
voces, es decir, de aire.
La eficacia de
su denuncia frente a las
sucesivas intervenciones
colonialistas, cada día está más
vigente en este conteo regresivo
que ya está exigiendo la Madre
Tierra. La zona y hoy
departamento del Vaupés,
conocido desde el siglo XVI por
innumerables misioneros
dominicos y jesuitas, ha sido
sistemáticamente saqueado desde
entonces y exterminados los
numerosos pueblos indígenas que
lo habitaban en plena armonía
con la naturaleza; hoy quedan
solo unas decenas de etnias que
continúan desapareciendo gracias
a la “civilización”; allí hay
agua y árboles todavía; en esas
mesetas aún podría cantarse:
“Qué son las canoas sino los
árboles cansados de estar
quietos. / Qué son los postes de
colores sino los árboles
hundiendo sus raíces en el
cielo. / Qué son los puentes
colgantes sino los árboles
jugando con el viento. / Qué son
las alegres fogatas sino los
árboles contando su último
secreto”.
Noviembre, 2009
Nota:
1.- En la
“Elegía VII” Castellanos
describía a Diego Velázquez, por
lo que resulta esencial este
poema en la reconstrucción de la
imagen física y espiritual del
primer gobernador de Cuba: “Fue
persona de cuerpo bien
dispuesto, / robusto de sus
miembros y velloso, / algo
moreno, pero de buen gesto, /
suelto, valiente, fuerte y
animoso; / gastó sus bienes, mas
con todo esto / fue menos
liberal que codicioso; / tuvo
gran copia de oro, plata, cobre
/ y al fin de su jornada murió
pobre”.
Intervención durante la primera
jornada de la Semana de Autor,
dedicada a William Ospina.
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