Año VIII
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Los pueblos americanos, el primer fruto de la globalización

William Ospina Los nuevos centros de la esfera

 

En uno de sus atormentados desvelos científicos, José Arcadio Buendía descubrió que la tierra era redonda como una naranja, pero nadie en su aldea quiso creer semejante delirio. Los pueblos americanos fuimos el primer fruto de eso que ahora se llama la globalización, pero no acabamos de creer que el fenómeno exista. Esta dificultad, sin embargo, afecta a todos en todas partes. Quienes padecen los males de un planeta integrado pero injusto, no creen tener derechos que reclamar; quienes se benefician de un intercambio desigual, no creen tener responsabilidades planetarias. Muchos piensan que se puede resolver el problema del tráfico de drogas sin resolver el problema de la prohibición. Muchos piensan que se puede resolver el problema de la guerra de guerrillas y del terrorismo sin resolver el problema de la exclusión y de las culturas hegemónicas. Muchos creen que las guerras las hacen los malos y que las armas las venden los buenos.

La idea del globo aproxima la sombra de Platón a la de Shakespeare, la idea de la perfección a la de la universalidad, la imagen del planeta vista por los astronautas a la imagen del universo imaginada por la física. Reflexionar sobre lo que significa vivir juntos en un globo donde conviven razas, animales, océanos, culturas y ejércitos, sobre las perplejidades y las responsabilidades que ello implica, es el propósito de “El surgimiento del globo”, el primero de los ensayos que componen este libro. Allí se recuerda que la historia mundial comenzó con la irrupción de América en la historia de Occidente, y que solo desde hace cinco siglos somos conscientes de vivir en un globo. Pero, sobre la superficie de una esfera, o todos están en el centro, o ninguno lo está. Por ello la nueva idea del mundo, fortalecida por los pregones de la llamada globalización, exige de todos los pueblos que crecieron en la periferia del viejo mundo colonial asumir la certidumbre de estar en el centro. Los pueblos de la América mestiza, herederos de mayas y aztecas, de chibchas, incas y araucanos, herederos también de complejas y diversas culturas venidas de África, somos igualmente hijos de romanos y griegos, de moros y judíos. Con ese rico pasado, que nos liga a buena parte del mundo, ¿cómo no sentirnos en los nuevos centros de la esfera?

El globo en que vivimos ha visto en los últimos tiempos la irrupción cultural de estos pueblos antes invisibles, y sobre ese tema discurre “La nueva cara del planeta latino”, un ensayo al que no he podido aliviar de su nombre excesivo. “La revolución de la alegría” propone cambiar algunos de los paradigmas que rigen nuestra severa y rígida idea de la educación. “Reflexiones sobre periodismo y estética” sugiere que el periodismo debería asumir con audacia su condición de género literario y renunciar a la fatalidad de escribir para el olvido, ya que se siente por todas partes su voluntad de convertir en lenguajes humanos la abigarrada realidad planetaria. “Porvenir y cultura” insiste en que la idea hegemonista y empobrecedora de una cultura mundial sea cambiada por la fiesta de un diálogo mundial de culturas.

Sé que en este libro heterogéneo conviven momentos de reflexión serena con apasionadas tomas de partido frente a los rostros conflictivos de nuestra época, y creo que en todos sus textos está presente una sincera preocupación por los temas cruciales de la historia contemporánea, vistos desde la perspectiva de un hijo de la América mestiza. La historia nos ha hecho, por fin, contemporáneos de todos los seres humanos, ha puesto nuestra realidad a gravitar en torno a las mismas angustias y las mismas esperanzas que el resto de la humanidad, pero tal vez ciertos males de la cultura se advierten más nítidamente desde los nuevos centros de la esfera que desde la conformidad y el hastío de los viejos imperios opulentos, que se sirven del mundo pero se desentienden de su destino. “El arado y la estrella” reflexiona sobre el sentido de las tareas ciudadanas en nuestra época y en nuestros países.

Finalmente, hay en este libro dos ensayos de muy distinta entonación. “Si huyen de mí, yo soy las alas” (cuyo título, un poco kafkiano, viene de un verso del Poema “Brahma” de Emerson) es una meditación sobre la imposibilidad de prescindir de la memoria, sobre la necesidad de refundar nuestros proyectos históricos, no en una renuncia sino en una reinterpretación del pasado, en una reinvención de los mitos sobre los cuales se funda la historia. “Lo que nos deja el siglo XX” es una reflexión sobre el fracaso del modelo material y mental en que reposa la hegemonía de Occidente.

Prólogo a la edición cubana de Los nuevos centros de la esfera. Fondo Editorial Casa de las Américas, 2003.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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