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En uno de sus atormentados
desvelos científicos, José
Arcadio Buendía descubrió que la
tierra era redonda como una
naranja, pero nadie en su aldea
quiso creer semejante delirio.
Los pueblos americanos fuimos el
primer fruto de eso que ahora se
llama la globalización, pero no
acabamos de creer que el
fenómeno exista. Esta
dificultad, sin embargo, afecta
a todos en todas partes. Quienes
padecen los males de un planeta
integrado pero injusto, no creen
tener derechos que reclamar;
quienes se benefician de un
intercambio desigual, no creen
tener responsabilidades
planetarias. Muchos piensan que
se puede resolver el problema
del tráfico de drogas sin
resolver el problema de la
prohibición. Muchos piensan que
se puede resolver el problema de
la guerra de guerrillas y del
terrorismo sin resolver el
problema de la exclusión y de
las culturas hegemónicas. Muchos
creen que las guerras las hacen
los malos y que las armas las
venden los buenos.
La idea del globo aproxima la
sombra de Platón a la de
Shakespeare, la idea de la
perfección a la de la
universalidad, la imagen del
planeta vista por los
astronautas a la imagen del
universo imaginada por la
física. Reflexionar sobre lo que
significa vivir juntos en un
globo donde conviven razas,
animales, océanos, culturas y
ejércitos, sobre las
perplejidades y las
responsabilidades que ello
implica, es el propósito de “El
surgimiento del globo”, el
primero de los ensayos que
componen este libro. Allí se
recuerda que la historia mundial
comenzó con la irrupción de
América en la historia de
Occidente, y que solo desde hace
cinco siglos somos conscientes
de vivir en un globo. Pero,
sobre la superficie de una
esfera, o todos están en el
centro, o ninguno lo está. Por
ello la nueva idea del mundo,
fortalecida por los pregones de
la llamada globalización, exige
de todos los pueblos que
crecieron en la periferia del
viejo mundo colonial asumir la
certidumbre de estar en el
centro. Los pueblos de la
América mestiza, herederos de
mayas y aztecas, de chibchas,
incas y araucanos, herederos
también de complejas y diversas
culturas venidas de África,
somos igualmente hijos de
romanos y griegos, de moros y
judíos. Con ese rico pasado, que
nos liga a buena parte del
mundo, ¿cómo no sentirnos en los
nuevos centros de la esfera?
El globo en que vivimos ha visto
en los últimos tiempos la
irrupción cultural de estos
pueblos antes invisibles, y
sobre ese tema discurre “La
nueva cara del planeta latino”,
un ensayo al que no he podido
aliviar de su nombre excesivo.
“La revolución de la alegría”
propone cambiar algunos de los
paradigmas que rigen nuestra
severa y rígida idea de la
educación. “Reflexiones sobre
periodismo y estética” sugiere
que el periodismo debería asumir
con audacia su condición de
género literario y renunciar a
la fatalidad de escribir para el
olvido, ya que se siente por
todas partes su voluntad de
convertir en lenguajes humanos
la abigarrada realidad
planetaria. “Porvenir y cultura”
insiste en que la idea
hegemonista y empobrecedora de
una cultura mundial sea cambiada
por la fiesta de un diálogo
mundial de culturas.
Sé que en este libro heterogéneo
conviven momentos de reflexión
serena con apasionadas tomas de
partido frente a los rostros
conflictivos de nuestra época, y
creo que en todos sus textos
está presente una sincera
preocupación por los temas
cruciales de la historia
contemporánea, vistos desde la
perspectiva de un hijo de la
América mestiza. La historia nos
ha hecho, por fin,
contemporáneos de todos los
seres humanos, ha puesto nuestra
realidad a gravitar en torno a
las mismas angustias y las
mismas esperanzas que el resto
de la humanidad, pero tal vez
ciertos males de la cultura se
advierten más nítidamente desde
los nuevos
centros
de la
esfera que desde la conformidad
y el hastío de los viejos
imperios opulentos, que se
sirven del mundo pero se
desentienden de su destino. “El
arado y la estrella” reflexiona
sobre el sentido de las tareas
ciudadanas en nuestra época y en
nuestros países.
Finalmente, hay en este libro
dos ensayos de muy distinta
entonación. “Si huyen de mí, yo
soy las alas” (cuyo título, un
poco kafkiano, viene de un verso
del Poema “Brahma” de Emerson)
es una meditación sobre la
imposibilidad de prescindir de
la memoria, sobre la necesidad
de refundar nuestros proyectos
históricos, no en una renuncia
sino en una reinterpretación del
pasado, en una
reinvención de los mitos sobre
los cuales se funda la historia.
“Lo que nos deja el siglo XX” es
una reflexión sobre el fracaso
del modelo material y mental en
que reposa la hegemonía de
Occidente.
Prólogo a la
edición cubana de
Los nuevos
centros de la esfera. Fondo
Editorial Casa de las Américas,
2003. |