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De paso por Madrid en la
primavera de 2001, visité a mi
amigo Dasso Saldívar. Nos
encontrábamos después de varios
años de habernos conocido en La
Habana, mientras Dasso
investigaba de manera incansable
para dar fin a Viaje a la
semilla, su excelente
biografía sobre García Márquez.
Fue una conversación flemática
pero sin pausa: intercambio de
noticias sobre amigos comunes,
lecturas recientes, proyectos
personales, la situación de
nuestros países, actualidad
mundial, hasta llegar a la
pregunta revelación de esa
tarde, ¿había leído yo a su
compatriota William Ospina?
Entre ufano y tímido respondí
que conocía su libro de ensayos
sobre la realidad colombiana
¿Dónde está la franja amarilla?
Y esa fue la chispa necesaria
para que mi amigo comenzara una
entusiasta disertación que me
haría regresar a Cuba con un
ejemplar de Es tarde para el
hombre y la preciosa
anécdota de que Gabo antes de
salir de viaje se comunicaba con
Ospina para preguntarle si había
escrito algún nuevo “ensayito” y
pedirle que se lo enviara para
aliviar el tedio del avión.
Tanto Dasso como yo
desconocíamos que en aquel
momento se fraguaba la
publicación de Los nuevos
centros de la esfera.
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La suerte me hizo conocer a
William Ospina en el 2003,
durante la Feria Internacional
del libro de La Habana. La Casa
de las Américas acababa de
otorgar el Premio de ensayo
Ezequiel Martínez Estrada
precisamente a Los nuevos
centros de la esfera.
Lo relevante ahora no sería lo
anecdótico sino la posibilidad
de, con el premio, tener a mano
la edición cubana del texto.
Aquí vuelve Ospina por sus
fueros ensayísticos con la
amenidad y agudeza de sus
entregas anteriores, haciendo
visible la madurez del escritor
en dominio de los fantasmas que
acechan su acto creador. Este
nuevo libro retoma el vuelo
reflexivo de Es tarde para el
hombre y da fe de un
coherente ejercicio de
continuidad temática al
desarrollar ahora con profusión,
entre otras, varias de las ideas
latentes en “Los deberes de
América Latina”, texto que
cierra aquel título de 1994.
Bajo el exordio de Borges, El
universo es una esfera cuyo
centro está en todas partes y la
circunferencia en ninguna,
aparecen los ocho ensayos que
conforman el libro: “El
surgimiento del globo”;
“La
nueva cara del planeta latino”;
“La revolución de la alegría”;
“Reflexiones sobre periodismo y
estética”; “Porvenir y cultura”;
“El arado y la estrella”; “Si
huyen de mí, yo soy las alas” y
“Lo que nos deja el siglo XX”.
El primero abunda en la idea de
que la historia se hace mundial
con la aparición de América en
la historia de Occidente y en
las consecuencias del llamado
encuentro de culturas
tanto para el viejo mundo, como
para el nuevo continente: “Fue
así como nacieron las repúblicas
bananeras, las repúblicas
cafeteras, las repúblicas
petroleras, las repúblicas
ganaderas, en un tipo de
ordenamiento económico que más
de una vez se caracterizó por la
irracionalidad, y que no siempre
satisfizo como era debido las
necesidades de consumo, y de
dignidad, de nuestros pueblos”
(p. 21). Es, también, una
invitación a pensar en la
responsabilidad que significa la
convivencia de hombres,
animales, plantas, la naturaleza
en su enorme diversidad, en un
mundo que se globalizó —en
términos civilizatorios— hace
solo 500 años y al que se le ha
impuesto un modelo de desarrollo
hostil a dicha convivencia: “Y
no solo la humanidad: también
los animales, las plantas y los
minerales van embarcados con
nosotros en la misma travesía
extraordinariamente
significativa que nos exige
encontrar un orden propicio al
experimento de la vida y al
experimento, más frágil aún, de
la civilización” (p. 32).
Bien leído, “La nueva cara del
planeta latino” es la otra cara
de la moneda donde estaría junto
al texto anterior, solo que
aborda la relación viejo
mundo-nuevo mundo no desde la
perspectiva histórico-
geográfica, sino desde un punto
de vista culturológico. América
está presente hoy en el mundo
con su literatura, artes,
música, artesanías, costumbres,
gastronomía, y su lengua, nos
dice Ospina. Así el modernismo,
el boom narrativo de los
60, el tango, el bolero, el son,
la comida y el muralismo
mexicanos, entre muchas otras
creaciones americanas, son parte
del patrimonio cultural
contemporáneo. No solo de esa
manera está presente América en
el mundo. Más allá de que la
plata y el oro del nuevo mundo
sustentaran el desarrollo
económico de Europa durante
siglos, América fue la fragua de
la obra de los cronistas de
Indias, del pensamiento de Fray
Bartolomé de las Casas; de las
reflexiones de Montaigne, de la
Utopía de Tomás Moro,
inspiración de la magna obra
naturalista de Humboldt, de la
concepción rousseauniana del
mito del buen salvaje y de la
visión idílica y reverente del
romanticismo ante la naturaleza,
cuna de la etnología y la
antropología. Diálogo cultural
pleno de Iberoamérica con el
mundo —apunta Ospina— que debe
convertirse también en
intercambio económico y político
con el mundo para el
mejoramiento humano y el
porvenir de la Tierra.
¿Todas nuestras acciones deben
estar gobernadas por una
finalidad? En ese sentido “La
revolución de la alegría” es una
rápida pero incisiva incursión
en los preceptos históricos que
Occidente ha sentado en la
educación. De Sócrates a
Hölderlin, de Poe a Nietzche.
Destinado a afirmar que más allá
de su pretendidas literalidad y
objetividad, el periodismo solo
puede ser considerado una
disciplina creadora,
“Reflexiones sobre periodismo y
estética” viaja al interior de
la dignidad y la condición
literaria del periodismo, las
cuales concede el autor: “solo
cuando tiene el valor de
rebelarse contra una plétora de
convenciones y mezquindades,
cuando es capaz de reivindicar
la singularidad de un estilo, la
evidencia de un conocimiento del
mundo, el rigor de su
información, la perspicacia de
la observación, la independencia
de sus criterios y la firmeza de
sus principios” (p. 75). El
periodismo comparte con la
literatura el gusto por los
detalles que revelan la esencia
de las cosas y Ospina abunda en
ejemplos. El periodismo debe
aspirar entonces a la
trascendencia en el tiempo; se
escribe para la memoria y no
para el olvido.
“El arado y la estrella. En
busca de una ciudadanía para
Iberoamérica” es uno de los más
agudos, sugerentes y polémicos
textos del libro. Ubicándose en
el presente y futuro de
Iberoamérica se concentra Ospina
en el análisis de las fórmulas
de gobierno que nos propone el
mundo actual, específicamente en
el tan cacareado concepto de
“democracia”. Siempre con
amenidad, hace uso el autor de
su erudición para recorrer el
nacimiento del concepto, en la
antigua Grecia, su desarrollo y
sus múltiples interpretaciones y
adelanta: “la democracia no
puede reducirse a ser solamente
una manera de elegir a los
gobernantes. La democracia tiene
que ser sobre todo un tipo de
orden social y un tipo de
relación entre los miembros de
una comunidad” (p. 104).
Educación para la tolerancia,
tolerancia para la aceptación de
la diferencia, aceptación de la
diferencia para respetar el ser
humano y el mundo en su enorme
diversidad, son pilares
fundamentales para la
construcción de una verdadera
democracia. Para Ospina los
excesos del racionalismo
impuesto por Occidente han
socavado las bases de una
democracia efectiva al dar
muerte al legado de las
sociedades mágicas, a la
tradición, a sabiduría que
encierra la experiencia de otros
modelos sociales. En ese sentido
critica duramente el
individualismo acérrimo que ha
cultivado el modelo
desarrollista occidental y
advierte los peligros del mismo
para el futuro inmediato de la
humanidad: “Uno de los
fundamentos del orden mental de
la modernidad es lo que se ha
dado en llamar la construcción
del individuo, la exaltación del
hombre sujeto de derechos, la
exaltación del ser singular
orgulloso y satisfecho, ávido de
confort, saciado de información,
bien entretenido y bien
provisto. Pero ese individuo que
pareció convertirse en el objeto
final de la civilización, ese
individuo para el que trabajan
las empresas, investigan los
científicos y mueven sus
engranajes los genios de la
técnica, también podría
convertirse en el verdugo de la
civilización y su antinomia” (p.
111). La agudeza y honestidad
intelectual de Ospina no
terminan su idea con la mera
advertencia; más adelante,
refiriéndose al triunfo del
culto al individualismo en la
era moderna —no sin antes
enumerar sus virtudes— afirma:
“Pero a la vez su triunfo
significó la derrota de las
sociedades fundadas en el
respeto por la tradición y en
unas mitologías compartidas. Si
a algo hemos asistido en los
últimos tiempos es a la
paulatina desaparición de las
sociedades mágicas, para las
cuales lo individual estaba
siempre subordinado a lo
colectivo, la novedad a la
tradición, la esperanza a la
memoria, y el futuro al pasado”
(p. 112). Culmina el ensayo con
el repaso de lo que puede y debe
aportar Iberoamérica al
concierto mundial de naciones
para una vida mejor sobre la
Tierra y para que los ideales
dejen de ser llamados, como lo
son hoy, utopías.
Construido de una manera
singular, “Si huyen de mí, yo
soy las alas” es un gesto
reverencial a la memoria, a su
presencia y función en la vida
del hombre. Ospina divide su
ensayo en ocho secciones que le
permiten exponer sus ideas
echando mano de dos cauces
fundamentales: la historia y la
literatura. Grecia, Roma, la
Edad Media, el Renacimiento, la
Era moderna; Rousseau, Kant,
Nietzshe, Marx, Baudelaire,
Valéry, Oscar Wilde, Hölderlin,
Chesterton, Borges, los
escritores de novelas
históricas, entre muchos otros
creadores van desfilando en el
discurso polifónico de este
texto para decirnos que a través
de la memoria podremos soñar y
diseñar el futuro, desde el
momento en que nos permite
contar con un pasado para leer
en él todas nuestras
experiencias.
Por último “Lo que nos deja el
siglo XX” es el botón de cierre,
no solo en el sentido literal,
sino también porque funciona
como conclusión general de las
ideas expuestas en los textos
que le anteceden. Es este ensayo
el que armoniza el libro, lo
equilibra y le confiere el
carácter de summa. Si en
principio nos parece que no
estamos leyendo una colección de
ensayos integrada, se nos revela
el libro como unidad en esta
última lectura. La parte se
convierte en todo, los miembros
esparcidos se muestran ahora a
cuerpo completo. Así podemos
apreciar la presentación de una
Historia, una historia de la
sensibilidad, una poética, una
ética, una política, a lo largo
del libro. Por ello es posible,
en menos de una veintena de
páginas, resumir el legado del
siglo XX al desarrollo de la
humanidad y la vida en el
planeta. Para Ospina el mayor
legado de la centuria pasada
—más allá de los adelantos de la
ciencia y el progreso— “ha sido
el extraordinario vuelco que le
ha dado al contenido de los
conceptos de civilización y
barbarie” (p. 153) y, como en el
resto del libro, no nos
defrauda. La alta tesitura de su
conclusión es posible porque
nunca separa la vista del objeto
principal de sus meditaciones:
el hombre, la condición humana.
Historia, civilización, poesía,
magia, ciencia, progreso,
filosofía, mercado, entre muchos
otros conceptos, desfilan y son
analizados con agudeza, frescura
y profusión pero no son motivo
de omnubilamiento. De ahí que no
resulte extraña su declaración
final: “Yo al menos diría que la
fascinante aventura europea, con
su ciencia griega, su poder
romano, su religión cristiana,
su doble mundo platónico, su
racionalidad cartesiana, su
espíritu empresarial, sus
descubrimientos y conquistas, su
refinamiento técnico, su
iniciativa industrial, su
ingeniería, sus museos, su
teoría de la opulencia, su
domesticación de la naturaleza,
sus empirismos y su positivismo,
su espíritu universal a caballo,
su vocación civilizadora, su
voluntad de dominio, su homo
sapiens, su homo faber,
su progreso incesante y su
decisión de mejorar el mundo, ha
fracasado” (p.164). Con
esta declaración de fracaso del
modelo civilizatorio de
Occidente cierra Ospina su
libro, no sin antes exponer las
alternativas a esta especie de
callejón sin salida que parece
ser el mundo actual.
Los nuevos centros de la esfera
es, con mucho, un libro de
nuestro tiempo. Fiel a la mejor
tradición ensayística en lengua
española y universal, William
Ospina indaga, afirma, niega,
seduce, cita, polemiza, propone,
corre la vocación de riesgo que
encierra el buen arte de
escribir. Como intentó el
llamado pensamiento posmoderno,
aquí el autor pone al desnudo la
crisis de los paradigmas sobre
los que se yerguen las
sofisticadas sociedades
hegemónicas de hoy para
justificar el saqueo y
explotación a que tienen
sometidos al resto del mundo.
Para ese otro mundo se escribe
este libro. Ese otro mundo debe
salir de la periferia en que ha
sido conminado a vivir durante
siglos, reconocerse en su
diversidad como nuevos centros,
e irradiar sus mejores valores
desde ellos para que un mundo
mejor sea posible.
Leer es también una manera de
ejercer la crítica literaria.
Bien por el crítico García
Márquez que supo distinguir
desde temprano la calidad de la
obra de su compatriota. Sin
duda, el remedio para combatir
la fobia al avión estimulará la
entrega de nuevos libros de
William Ospina.
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