Año VIII
La Habana
28 de NOVIEMBRE
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de 2009

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Desde los universos de Ospina

Ernesto Sierra • La Habana

 

De paso por Madrid en la primavera de 2001, visité a mi amigo Dasso Saldívar. Nos encontrábamos después de varios años de habernos conocido en La Habana, mientras Dasso investigaba de manera incansable para dar fin a Viaje a la semilla, su excelente biografía sobre García Márquez. Fue una conversación flemática pero sin pausa: intercambio de noticias sobre amigos comunes, lecturas recientes, proyectos personales, la situación de nuestros países, actualidad mundial, hasta llegar a la pregunta revelación de esa tarde, ¿había leído yo a su compatriota William Ospina? Entre ufano y tímido respondí que conocía su libro de ensayos sobre la realidad colombiana ¿Dónde está la franja amarilla? Y esa fue la chispa necesaria para que mi amigo comenzara una entusiasta disertación que me haría regresar a Cuba con un ejemplar de Es tarde para el hombre y la preciosa anécdota de que Gabo antes de salir de viaje se comunicaba con Ospina para preguntarle si había escrito algún nuevo “ensayito” y pedirle que se lo enviara para aliviar el tedio del avión. Tanto Dasso como yo desconocíamos que en aquel momento se fraguaba la publicación de Los nuevos centros de la esfera.

La suerte me hizo conocer a William Ospina en el 2003, durante la Feria Internacional del libro de La Habana. La Casa de las Américas acababa de otorgar el Premio de ensayo Ezequiel Martínez Estrada precisamente a Los nuevos centros de la esfera. Lo relevante ahora no sería lo anecdótico sino la posibilidad de, con el premio, tener a mano la edición cubana del texto. Aquí vuelve Ospina por sus fueros ensayísticos con la amenidad y agudeza de sus entregas anteriores, haciendo visible la madurez del escritor en dominio de los fantasmas que acechan su acto creador. Este nuevo libro retoma el vuelo reflexivo de Es tarde para el hombre y da fe de un coherente ejercicio de continuidad temática al desarrollar ahora con profusión, entre otras, varias de las ideas latentes en “Los deberes de América Latina”, texto que cierra aquel título de 1994.

Bajo el exordio de Borges, El universo es una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, aparecen los ocho ensayos que conforman el libro: “El surgimiento del globo”; “La nueva cara del planeta latino”; “La revolución de la alegría”; “Reflexiones sobre periodismo y estética”; “Porvenir y cultura”; “El arado y la estrella”; “Si huyen de mí, yo soy las alas” y “Lo que nos deja el siglo XX”. El primero abunda en la idea de que la historia se hace mundial con la aparición de América en la historia de Occidente y en las consecuencias del llamado encuentro de culturas tanto para el viejo mundo, como para el nuevo continente: “Fue así como nacieron las repúblicas bananeras, las repúblicas cafeteras, las repúblicas petroleras, las repúblicas ganaderas, en un tipo de ordenamiento económico que más de una vez se caracterizó por la irracionalidad, y que no siempre satisfizo como era debido las necesidades de consumo, y de dignidad, de nuestros pueblos” (p. 21). Es, también,  una invitación a pensar en la responsabilidad que significa la convivencia de hombres, animales, plantas, la naturaleza en su enorme diversidad, en un mundo que se globalizó —en términos civilizatorios— hace solo 500 años y al que se le ha impuesto un modelo de desarrollo hostil a dicha convivencia: “Y no solo la humanidad: también los animales, las plantas y los minerales van embarcados con nosotros en la misma travesía extraordinariamente significativa que nos exige encontrar un orden propicio al experimento de la vida y al experimento, más frágil aún, de la civilización” (p. 32).

Bien leído, “La nueva cara del planeta latino” es la otra cara de la moneda donde estaría junto al texto anterior, solo que aborda la relación viejo mundo-nuevo mundo no desde la perspectiva histórico- geográfica, sino desde un punto de vista culturológico. América está presente hoy en el mundo con su literatura, artes, música, artesanías, costumbres, gastronomía, y su lengua, nos dice Ospina. Así el modernismo, el boom narrativo de los 60, el tango, el bolero, el son, la comida y el muralismo mexicanos, entre muchas otras creaciones americanas, son parte del patrimonio cultural contemporáneo. No solo de esa manera está presente América en el mundo.  Más allá de que la plata y el oro del nuevo mundo sustentaran el desarrollo económico de Europa durante siglos, América fue la fragua de la obra de los cronistas de Indias, del pensamiento de Fray Bartolomé de las Casas; de las reflexiones de Montaigne, de la Utopía de Tomás Moro, inspiración de la magna obra naturalista de Humboldt, de la concepción rousseauniana del mito del buen salvaje y de la visión idílica y reverente del romanticismo ante la naturaleza, cuna de la etnología y la antropología. Diálogo cultural pleno de Iberoamérica con el mundo —apunta Ospina— que debe convertirse también en intercambio económico y político con el mundo para el mejoramiento humano y el porvenir de la Tierra.

¿Todas nuestras acciones deben estar gobernadas por una finalidad? En ese sentido “La revolución de la alegría” es una rápida pero incisiva incursión en los preceptos históricos que Occidente ha sentado en la educación. De Sócrates a Hölderlin, de Poe a Nietzche.

Destinado a afirmar que más allá de su pretendidas literalidad y objetividad, el periodismo solo puede ser considerado una disciplina creadora, “Reflexiones sobre periodismo y estética” viaja al interior de la dignidad y la condición literaria del periodismo, las cuales concede el autor: “solo cuando tiene el valor de rebelarse contra una plétora de convenciones y mezquindades, cuando es capaz de reivindicar la singularidad de un estilo, la evidencia de un conocimiento del mundo, el rigor de su información, la perspicacia de la observación, la independencia de sus criterios y la firmeza de sus principios” (p. 75). El periodismo comparte con la literatura el gusto por los detalles que revelan la esencia de las cosas y Ospina abunda en ejemplos. El periodismo debe aspirar entonces a la trascendencia en el tiempo; se escribe para la memoria y no para el olvido.

“El arado y la estrella. En busca de una ciudadanía para Iberoamérica” es uno de los más agudos, sugerentes y polémicos textos del libro. Ubicándose en el presente y futuro de Iberoamérica se concentra Ospina en el análisis de las fórmulas de gobierno que nos propone el mundo actual, específicamente en el tan cacareado concepto de “democracia”. Siempre con amenidad, hace uso el autor de su erudición para recorrer el nacimiento del concepto, en la antigua Grecia, su desarrollo y sus múltiples interpretaciones y adelanta: “la democracia no puede reducirse a ser solamente una manera de elegir a los gobernantes. La democracia tiene que ser sobre todo un tipo de orden social y un tipo de relación entre los miembros de una comunidad” (p. 104). Educación para la tolerancia, tolerancia para la aceptación de la diferencia, aceptación de la diferencia para respetar el ser humano y el mundo en su enorme diversidad, son pilares fundamentales para la construcción de una verdadera democracia. Para Ospina los excesos del racionalismo impuesto por Occidente han socavado las bases de una democracia efectiva al dar muerte al legado de las sociedades mágicas, a la tradición, a sabiduría que encierra la experiencia de otros modelos sociales. En ese sentido critica duramente el individualismo acérrimo que ha cultivado el modelo desarrollista occidental y advierte los peligros del mismo para el futuro inmediato de la humanidad: “Uno de los fundamentos del orden mental de la modernidad es lo que se ha dado en llamar la construcción del individuo, la exaltación del hombre sujeto de derechos, la exaltación del ser singular orgulloso y satisfecho, ávido de confort, saciado de información, bien entretenido y bien provisto. Pero ese individuo que pareció convertirse en el objeto final de la civilización, ese individuo para el que trabajan las empresas, investigan los científicos y mueven sus engranajes los genios de la técnica, también podría convertirse en el verdugo de la civilización y su antinomia” (p. 111). La agudeza y honestidad intelectual de Ospina no terminan su idea con la mera advertencia; más adelante, refiriéndose al triunfo del culto al individualismo en la era moderna —no sin antes enumerar sus virtudes—  afirma: “Pero a la vez su triunfo significó la derrota de las sociedades fundadas en el respeto por la tradición y en unas mitologías compartidas. Si a algo hemos asistido en los últimos tiempos es a la paulatina desaparición de las sociedades mágicas, para las cuales lo individual estaba siempre subordinado a lo colectivo, la novedad a la tradición, la esperanza a la memoria, y el futuro al pasado” (p. 112). Culmina el ensayo con el repaso de lo que puede y debe aportar Iberoamérica al concierto mundial de naciones para una vida mejor sobre la Tierra y para que los ideales dejen de ser llamados, como lo son hoy, utopías.

Construido de una manera singular, “Si huyen de mí, yo soy las alas” es un gesto reverencial a la memoria, a su presencia y función en la vida del hombre. Ospina divide su ensayo en ocho secciones que le permiten exponer sus ideas echando mano de dos cauces fundamentales: la historia y la literatura. Grecia, Roma, la Edad Media, el Renacimiento, la Era moderna; Rousseau, Kant, Nietzshe, Marx, Baudelaire, Valéry, Oscar Wilde, Hölderlin, Chesterton, Borges, los escritores de novelas históricas, entre muchos otros creadores van desfilando en el discurso polifónico de este texto para decirnos que a través de la memoria podremos soñar y diseñar el futuro, desde el momento en que nos permite contar con un pasado para leer en él todas nuestras experiencias.

Por último “Lo que nos deja el siglo XX” es el botón de cierre, no solo en el sentido literal, sino también porque funciona como conclusión general de las ideas expuestas en los textos que le anteceden. Es este ensayo el que armoniza el libro, lo equilibra y le confiere el carácter de summa. Si en principio nos parece que no estamos leyendo una colección de ensayos integrada, se nos revela el libro como unidad en esta última lectura. La parte se convierte en todo, los miembros esparcidos se muestran ahora a cuerpo completo. Así podemos apreciar la presentación de una Historia, una historia de la sensibilidad, una poética, una ética, una política, a lo largo del libro. Por ello es posible, en menos de una veintena de páginas, resumir el legado del siglo XX al desarrollo de la humanidad y la vida en el planeta. Para Ospina el mayor legado de la centuria pasada —más allá de los adelantos de la ciencia y el progreso— “ha sido el extraordinario vuelco que le ha dado al contenido de los conceptos de civilización y barbarie” (p. 153) y, como en el resto del libro, no nos defrauda. La alta tesitura de su conclusión es posible porque nunca separa la vista del objeto principal de sus meditaciones: el hombre, la condición humana. Historia, civilización, poesía, magia, ciencia, progreso, filosofía, mercado, entre muchos otros conceptos, desfilan y son analizados con agudeza, frescura y profusión pero no son motivo de omnubilamiento. De ahí que no resulte extraña su declaración final: “Yo al menos diría que la fascinante aventura europea, con su ciencia griega, su poder romano, su religión cristiana, su doble mundo platónico, su racionalidad cartesiana, su espíritu empresarial, sus descubrimientos y conquistas, su refinamiento técnico, su iniciativa industrial, su ingeniería, sus museos, su teoría de la opulencia, su domesticación de la naturaleza, sus empirismos y su positivismo, su espíritu universal a caballo, su vocación civilizadora, su voluntad de dominio, su homo sapiens, su homo faber, su progreso incesante y su decisión de mejorar el mundo, ha fracasado” (p.164). Con esta declaración de fracaso del modelo civilizatorio de Occidente cierra Ospina su libro, no sin antes exponer las alternativas a esta especie de callejón sin salida que parece ser el mundo actual.

Los nuevos centros de la esfera es, con mucho, un libro de nuestro tiempo. Fiel a la mejor tradición ensayística en lengua española y universal, William Ospina indaga, afirma, niega, seduce, cita, polemiza, propone, corre la vocación de riesgo que encierra el buen arte de escribir. Como intentó el llamado pensamiento posmoderno, aquí el autor pone al desnudo la crisis de los paradigmas sobre los que se yerguen las sofisticadas sociedades hegemónicas de hoy para justificar el saqueo y explotación a que tienen sometidos al resto del mundo. Para ese otro mundo se escribe este libro. Ese otro mundo debe salir de la periferia en que ha sido conminado a vivir durante siglos, reconocerse en su diversidad como nuevos centros, e irradiar sus mejores valores desde ellos para que un mundo mejor sea posible.

Leer es también una manera de ejercer la crítica literaria. Bien por el crítico García Márquez que supo distinguir desde temprano la calidad de la obra de su compatriota. Sin duda, el remedio para combatir la fobia al avión estimulará la entrega de nuevos libros de William Ospina.
 


LEER TAMBIÉN:

William Ospina: la poesía como futuro (La Jiribilla Nro. 173)
 

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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