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Katia Hernández (La
Habana, 1971) es
graduada del Instituto
Superior de Diseño
Industrial (ISDI) y
desde 1997 desarrolla
una acelerada carrera
que la ha llevado a
incursionar en
diferentes lenguajes,
soportes y medios,
dígase
multimedia, catálogos,
diseño de CD de música y
casetes, stands,
ilustraciones,
fotografías, spots
televisivos, soportes
publicitarios, sitios
web y publicidad para
Internet.
Recientemente se dio a conocer que
el Premio
Anual de Diseño del
Libro Raúl Martínez, que
otorga el Centro
Cultural Dulce María
Loynaz —en el apartado
de Diseño de Cubierta—
le fue conferido a Katia
por Silvio poeta,
de la investigadora
y filóloga
Suyín Morales.
El libro, editado por
Ediciones La Memoria
que es el sello
editorial del Centro
Cultural Pablo de la
Torriente Brau,
es
parte de una tesis de
maestría que se propuso,
entre otros objetivos,
determinar rasgos
formales y de contenido
que particularizaran la
manera de escribir del
reconocido trovador
cubano Silvio Rodríguez.
No hay duda de que el contenido de
un libro es esencial,
pero también es muy
importante su prestancia
y, justamente, quien le
puso “cara” a Silvio
poeta fue Katia, con
quien conversamos en
exclusiva para La
Jiribilla.
“Acercarse a la obra de
Silvio siempre es un
reto. Pero, a Silvio lo
tengo en las venas desde
muy chiquitica porque a
mi mamá le gustaban sus
canciones —también
The Beatles—;
culturalmente me son muy
cercanos.
“Actualmente soy la
diseñadora del Centro
Cultural Pablo de la
Torriente Brau que tiene
una relación muy
estrecha con Silvio a
quien, por ejemplo, se
le hizo un homenaje
cuando cumplió sus 60
años y a partir de ahí
tuve la posibilidad de
tener una referencia de
un Silvio más cercano.
De todas maneras, me fue
difícil.”
Este premio lo
interpreto como
reconocimiento a tu
trabajo…
Es un reconocimiento,
pero también te da un
sentimiento de
inconformidad con tu
propio trabajo. Por
ejemplo, hago un diseño
y lo dejo descansar una
semana y cuando lo
retomo me doy cuenta de
que podía haber hecho
esto o aquello de manera
diferente. Esto me
sucede con mucha
frecuencia y da la
medida de que uno puede
irse autoperfeccionando
e ir creciendo en lo que
se hace.
¿Cómo llegas al mundo
del diseño?
Los paseos de domingo
que
daba de pequeña
con mi abuelo eran a
Museos; recuerdo que me
fascinaba el de Artes
Decorativas y esos
recorridos fueron los
que generaron esa
preferencia. Mis
juguetes eran crayolas,
acuarelas, pinceles y
empecé a pintar desde
muy niña, pero no fui a
ninguna escuela de
dibujo.
A los 14 años quería
estudiar Diseño
Industrial y —aunque era
una carrera que en aquel
momento comenzaba— sabía
lo que era esa
especialidad y tenía la
seguridad del futuro que
iba a tener. Pero mi
mamá no estaba tan
segura y me repetía
continuamente que iba a
terminar siendo
profesora. Fui al
preuniversitario Saúl
Delgado y al terminar el
bachillerato pedí
Diseño, que era lo que
quería estudiar.
¿Cómo fue la llegada al
ISDI?
Me enteré por una
convocatoria que se
publicó en el periódico
Granma en la que
se informaba sobre las
pruebas de ingreso para
Técnico Medio. Se
presentaron unos
500 (para no pasarme por
si acaso)
aspirantes y solamente
aprobaron a 15 ¡entre
ellos estaba yo! Fue muy
emocionante y recuerdo
que me senté a llorar en
una fuentecita que hay
en el patio central de
la escuela y me dije: ya
estoy aquí, ya entré.
¿Cómo recuerdas las
pruebas?
Fueron de dibujo básico,
es decir, dibujar un
objeto determinado,
darle claro-oscuro;
también hacían unos
tests mentales para
analizar las direcciones
de los objetos y otro
montón de exámenes.
¿Y tú no tenías una
preparación previa?,
¿llegaste virgen a esos
exámenes?
Totalmente virgen.
Terminé el técnico medio
y, luego, como tenía más
de 90 puntos de
acumulado, pasé
directamente al ISDI
solamente realizando las
pruebas de actitud
y, sinceramente, me fue
fácil porque ya tenía
una base y ciertas
herramientas con qué
defenderme.
¿Cuál fue la asignatura
más difícil?
Es que la generalidad de
las asignaturas me
gustaba y cuando
disfrutas lo que haces
todo es más fácil y nada
te pesa. Ninguna de las
asignaturas me molestó y
creo que todas me
aportaron y sirvieron de
complemento de lo que
soy ahora.
¿Entonces reconoces la
academia como
importante?
Creo que las personas
nacemos con un don y con
inclinaciones hacia una
cosa o la otra, pero el
diseñador es una cosa
distinta y difícil
porque —a diferencia,
por ejemplo, de un
pintor— trabajas para un
sector de la población
equis que te demanda un
producto determinado y
tienes que apartarte un
tanto de tus gustos
personales. Por ejemplo,
mis colores preferidos
pueden ser el verde, el
negro o el azul y no los
puedo plasmar en algunos
diseños y tengo que irme
por otra vía porque
trata sobre otra cosa en
la que no encajan esos
tonos. Diseñar es como
vestirse de otras
pieles.
¿Cuál fue el objeto de
estudio de tu tesis?
El diseño de interior de
un hotel que,
felizmente, nunca se
llegó a hacer en el
Complejo Cultural La
Cabaña. En el
tiempo que estudié
había varias
especialidades y yo me
gradué de Diseño de
hábitat y,
lamentablemente, los que
egresan de la
especialidad, por
ejemplo, de hábitat o de
maquinarias no tienen
dónde ir y se torna
difícil encontrar un
trabajo. Eso responde a
las características de
nuestro país que, por
ejemplo, no tiene una
fábrica de textiles
fuerte y que tú puedas
sentarte a escoger qué
tipo de textiles
requieres… o una fábrica
de luminarias o de
muebles.
¿Cómo ves el diseño
cubano?
La escuela ha dado un
giro; cuando me gradué
muchas cosas se escogían
por catálogos de
empresas que tenían los
diseños predeterminados
y lo que se hacía era
componer sobre diseños
ya existentes. En estos
momentos se abolieron
las especialidades.
Se forma un diseñador
que aprende de todas las
especialidades.
¿Qué trabajos realizaste
de la especialidad de la
cual te graduaste?
Ninguno. Los primeros
años después de
graduarme los pasé en
una inmobiliaria que,
lamentablemente, no
hacía nada de diseño.
Aprendí mucho sobre el
trabajo del
inversionista porque soy
de las que cree
firmemente que uno
aprende de cada lugar
por el que pasa, pero de
diseño no aprendí nada.
De ahí me trasladé a una
empresa que producía
multimedias: eso no
tenía nada que ver con
lo que había estudiado,
pero ahí me puse en
contacto con los
rudimentos del diseño
gráfico, que es lo que
en estos momentos
trabajo.
Has hecho multimedias y
también muchos spots
para la televisión,
¿acaso la vida te ha
llevado por los caminos
de audiovisual?
Sí y fue sin querer. Un
día se apareció en mi
casa el trovador
Ihosvany Bernal y me
dijo: “ya en la
televisión están
transmitiendo spots
promocionales, ¿por qué
no experimentas un
poco?”. Eso me llevó a
experimentar
sobre el tema y
así salió el primero
que, a la vuelta de los
años, opino que es
patético: larguísimo,
las letras no se veían
bien y del Instituto
Cubano de Radio y
Televisión (ICRT) me
enviaron un montón de
sugerencias y pautas que
desconocía porque era un
trabajo totalmente nuevo
para mí. Eso me sirvió
para reflexionar y fue
como el arrancar. De
entonces a la fecha he
hecho más de 200 spots y
todos han sido
aceptados.
Una de las cosas que más
me asombra de tu trabajo
es la posibilidad de
mutación que tienes, esa
capacidad para no
repetir ideas, de no
montarte sobre una misma
fórmula, ¿cómo lo
logras?
Es difícil y uno tiene
que investigar mucho. Si
vas, por ejemplo, a
hacer la promoción de un
artista tienes que
empaparte de quién es,
cómo es su obra y esa
indagación te puede dar
el camino. En el caso de
las portadas de los
libros, igual: te lees
el libro y ese puede ser
otro trillo. Pero es
complicado lograr cada
vez caminos diferentes.
El diseñador se
crea una noción
primaria de la necesidad
que le está planteando
el cliente y por
ahí tratas de formarte
un concepto, de
conceptualizar esa
primera idea y, a veces,
terminas apartándola
porque no valió la pena,
pero siempre tienes algo
que te indica el camino
a seguir. También está
la musa porque nuestro
trabajo es creativo.
Te ha sucedido que
realizas un diseño
específico, quedas muy
complacida con el
resultado, sin embargo,
el cliente no está feliz
y sugiere cambios con
los que no estás de
acuerdo y tienes la
certeza de que es un
error, ¿qué haces?
Hay un refrán que dice:
“si al diseñador lo
dejan hablar, no lo
matan”. Y es cierto.
Cada diseño es como un
parto, uno lo soñó y lo
hizo y por lo tanto le
tiene fe al resultado.
Con argumentos se trata
de convencer al cliente,
pero a veces
—desafortunadamente—
tienes que terminar
haciendo lo que el
cliente te pide porque
son trabajos por
encargo. Uno trata de
imponer su criterio
porque tienes la escuela
e intentas convencerlo
de que lo que plantea no
está equilibrado y que
el receptor no se va a
llevar la impresión
deseada. Es difícil y
muchas veces he tenido
que lidiar con personas
que no entienden tu
trabajo y te dicen: ¡eso
que hacen es recortar y
pegar! Y nada más lejano
a la realidad que esa
creencia.
¿Y el cartel?
Tengo muchas ganas de
hacer más carteles. Creo
que no he hecho lo
suficiente aunque he
participado en varias
exposiciones colectivas
y el primer premio que
obtuve en mi vida de
diseñadora fue con un
cartel. En el año 2000,
el Instituto Cubano del
Arte e Industria
Cinematográficos (ICAIC)
y la embajada de Francia
en La Habana, convocaron
a un concurso para la
realización de un cartel
relacionado con la
semana de cine francés
en nuestro país. Lo hice
y un día recibo una
llamada con la feliz
noticia de que había
sido aceptado mi
trabajo. Eso fue muy
importante porque fue de
las primeras cosas que
hice y tengo que decir
que casi no sabía
trabajar con la
computadora. En la
escuela dimos algunas
clases de computación,
pero hay que admitir que
estaba en pañales…
sucede que la escuela es
un poco el ideal de lo
que se quiere, pero la
realidad es otra.
¿Qué lugar ocupa la
síntesis en tu trabajo?
Un lugar muy importante
y creo que el mejor
ejemplo de síntesis es
la bandera japonesa.
Muchas banderas de
diversos países son un
buen ejemplo de esto.
La tipografía también es
clave y muchas veces
usándola correctamente
no tienes por qué poner
una imagen o una foto.
¿Consideras que el
propio diseño va
pidiendo lo que
requiere?
Personalmente no me
gusta recargar las
cosas; a veces me
parecen absurdos
recuadros que se ponen
por gusto, imágenes sin
un verdadero sentido.
Otras veces te lo pide
el cliente aunque no
estés muy de acuerdo.
Pero siempre trato de
darle el sentido al
proyecto y muchas veces
el cliente logra
entender.
¿Qué colores prefieres?
Todos, aunque a veces
siento que se me va la
mano con el verde. Tengo
que ponerme freno.
K & K
significa Katia y Kike
(Enrique Smith) y
ustedes son un dúo
creativo, ¿es difícil
trabajar a cuatro manos?
¿Cómo se organizan a la
hora de crear?
Trabajar a cuatro manos no ha sido
difícil porque ya nos
conocemos hasta de
miradas y, por el
contrario, uno de los
dos siempre es el apoyo
del otro cuando de crear
se trata; siempre
discutimos los
proyectos, valoramos
nuestros conceptos y
entregamos a cuatro
manos la solución final.
Enrique se ha
especializado en lo que
tiene que ver con el
mundo de la fotografía y
por estos días —y hasta
inicios de diciembre en
la Casa Alejandro de
Humboldt, con
sede en La Habana Vieja—
puede verse una
exposición de ambos
titulada Desenfoques.
Esta muestra mezcla
la fotografía con el
video-arte, algo que nos
interesa mucho.
¿Planes?
En el 2010 quisiera
dedicarme un poco más al
arte digital. El diseño
me lleva mucho tiempo
—que no me pesa, al
contrario me gusta mucho
diseñar y sin eso no
podría vivir— pero
quisiera concentrarme
más en hacer nuevas
cosas relacionadas con
el mundo del arte
digital.
También queremos seguir
trabajando el
audiovisual; somos un
poco preciosistas y
perfeccionistas por lo
que creemos que siempre
nos falta un poco más y
ese pensamiento es el
que nos incita a seguir
realizando y
construyendo sueños. Eso
es lo más importante,
crear, crear y crear.
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