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Desde los
tiempos en que Bolívar escribió
su "Carta de Jamaica", una tarea
fundamental de este continente
es el diálogo entre la unidad y
la diversidad. Mentiríamos si
dijéramos que nuestra América es
una: por todas partes surge la
evidencia de su pluralidad:
desde los desiertos de coyotes
de Sonora hasta los "vértigos
horizontales" de la Patagonia,
desde los incontables azules del
Caribe hasta ese "verde que es
de todos los colores" de la
cordillera y la selva, desde el
aire de fuego de las costas
caribeñas hasta la noche blanca
de los páramos, desde la
fecundidad de valles y de pampas
hasta lo que llamaba Neruda "el
estelar caballo desbocado del
hielo".
Y no hablo solo de la
extraordinaria diversidad
geográfica y biológica sino, en
ella y sobre ella, de la
diversidad de los pueblos y de
sus culturas, o de algo más
sugestivo aún, los muchos
matices irrenunciables de una
vasta cultura continental.
En esa misma "Carta de Jamaica"
Bolívar afirmaba que "somos un
pequeño género humano". Dos
siglos después, hay que quitarle
el adjetivo "pequeño" a esa
frase, y afirmar que somos una
muestra muy amplia de lo que es
el género humano, porque tal vez
en ningún otro lugar del planeta
está más presente la diversidad
de la especie. Alguna vez el
doctor Samuel Johnson le dijo a
James Boswell: "Amigo mío, si
alguien está cansado de Londres,
está cansado de la vida, porque
Londres tiene todo lo que la
vida puede ofrecer". Pero ¿qué
es hoy la diversidad de Londres,
de París o de Nueva York
comparada con la diversidad de
Sao Paulo, de México, de Buenos
Aires o de las Antillas? Las
viejas metrópolis se apresuran a
imitarnos y se llenan
vertiginosamente de inmigrantes,
Londres se llena de caribeños
pero sin el mar Caribe a la
vista, París se llena de
muecines y de senegaleses pero
no tiene el desierto ni las
praderas fluviales de África,
Madrid ve llegar a los
sudamericanos, pero siguen
estando lejos los Andes y la
selva amazónica.
Europa sigue siendo un
continente de tamaño humano,
como diría George Steiner: el
continente de los cafés, el
continente que fue medido por
las pisadas de los caminantes,
el continente que ha convertido
sus calles y sus plazas en una
memoria de grandes hombres y de
hechos históricos, el continente
que descubrió que dios tiene
rostro humano. Nuestra América
es definitivamente otra cosa,
aquí la naturaleza no ha sido
borrada, aquí sí hay verdaderas
selvas y verdaderos desiertos.
Allá todos los caminos llevan a
Roma, aquí todas las aguas
buscan el río, nada tiene unas
dimensiones humanas, todo nos
excede, y Dios mismo necesita de
otros rostros y de otras
metáforas para ser concebido,
para ser celebrado.
Fue Paul Verlaine, maestro
sensorial y musical de los
poetas hispanoamericanos, quien
escribió en su arte poético que
lo importante no es el color
sino el matiz, y creo que si a
algo nos hemos aplicado los
pueblos de este continente es a
desplegar y ahondar en los
matices locales y particulares
de una cultura cuyos trazos
generales son similares.
Quiero decir con ello que hay
una característica común de la
cultura latinoamericana y es que
nada en ella puede reclamarse
hoy como absolutamente nativo,
salvo quizá esos pueblos mágicos
del Amazonas que nunca han
entrado en contacto con algo
distinto. En otras regiones del
mundo, hasta hace poco tiempo,
podía hablarse de pureza, de
razas puras, de lenguas
incontaminadas. Aquí las mezclas
comenzaron muy temprano, no para
llegar a lo indiferenciado sino
para producir en todos los casos
cosas verdaderamente nuevas.
Digamos que en nuestra cultura
continental casi nada es nativo
pero todo es original.
John Keats decía que explicar un
poema puede equivaler a
"destejer el arco iris"; lo
mismo podríamos decir del
proceso de revelar todas las
tradiciones, todas las fusiones,
que llevaron al nacimiento de la
cumbia o del tango, de Pedro
Páramo o de Macondo, de la obra
de Niemeyer o la de Borges.
Caminaba yo una vez por un museo
de México cuando pasaron a mi
lado dos personas y alcancé a
oír que una decía a la otra:
"Hay tres culturas en el mundo,
la asiática del arroz, la
europea del trigo y la americana
del maíz". La frase, recibida
así "por los caminos del viento"
como dice la canción, no me
pareció tan importante por su
contenido cuanto por su enfoque.
Dejaba al África por fuera, y
eso ya era grave, pero atribuir
la raíz última de la cultura a
la alimentación y a los bienes
básicos de la naturaleza me
pareció original en el sentido
profundo de que habla de
orígenes. En esa medida
podríamos decir que aunque los
pueblos nativos de América eran
muy distintos unos de otros,
aztecas, incas, muiscas, sioux,
arhuacos, tainos, los centenares
de pueblos que habitaban el
continente compartían la cultura
del maíz, y no hablo solo de los
hábitos alimenticios sino de los
dioses, los ritos y las pautas
de civilización que nacen de él.
Hoy se habla mucho de
globalización, pero ese proceso
comenzó hace siglos. Ya el
cristianismo, que fundió en su
trinidad mitos hebreos, ideas
griegas y ambiciones romanas era
un fenómeno de globalización. Y
lo que suele llamarse el
descubrimiento y la conquista de
América fue una de las grandes
avanzadas de ese viento global.
Hoy, si en algo estamos
globalizados, es en el modo como
los distintos pueblos del mundo
compartimos los productos de la
naturaleza: yo he visto maizales
en Illinois, en el norte de
Italia y en las praderas de
Katmandú, he visto trigales en
Rosario y en las llanuras de
Francia, sé de los arrozales de
Birmania y de los del Tolima.
Ello parece decirnos que no
reinan ya los dioses del lugar,
que muchas cosas que antes eran
locales son planetarias, que las
divinidades del opio, del vino,
de la amonita muscárida o del
cornezuelo de centeno hace rato
reinan sobre el planeta entero y
ya no instauran religiones, en
el sentido profundo de ritos que
religuen a los seres humanos.
En el humano luchan y dialogan
dos tendencias distintas: el
interminable deseo de arraigar y
la insaciable necesidad de otros
mundos y otros cielos. Si hasta
el árbol, que parece tan
condenado a no moverse, arroja
al viento sus nubes de semillas
y hace crecer sus hijos muy
lejos, qué decir de esta especie
nuestra siempre insatisfecha,
que arraigada en la patria sueña
mundos desconocidos, y
extraviada en el exilio añora
sin fin el paraíso perdido. Hace
unas semanas pude ver cómo los
noruegos, grandes caminantes y
grandes navegantes, que viven
hoy en un país próspero y
confortable, sienten su costa
como un hermoso barco encallado
en la vecindad de los hielos, y
viven un anhelo profundo de
tierras remotas y de mares
tórridos. Esto es tan intenso
que incluso beben un Aquavit que
tiene que haber ido hacia el sur
hasta cruzar la línea ecuatorial
y haber vuelto, para tener el
gusto adecuado.
La humana es una historia de
diásporas. Según dicen las
noticias recientes, esos dos mil
seres a los que alguna vez se
redujo la humanidad, en el
momento más vulnerable de su
existencia, se dispersaron en
pequeñas hordas por el mapa del
África hace cientos de miles de
años, y cuando volvieron a verse
eran ya tan distintos, que
parecían a punto de configurar
varias especies. Nosotros mismos
tenemos que admitir que los
nativos de América, los
primitivos habitantes del
territorio, llegaron algún día
por caminos de hielo desde las
estepas del Asia, o navegando
desde la Polinesia hasta las
costas de Chile. Así que todo
arraigo es hijo de una diáspora
previa, y tal vez todo amor por
el suelo nativo oculta la honda
nostalgia de una tierra perdida
en los meandros del pasado.
Lo nuestro es la edad de las
naciones, y entre nosotros esos
estados nacionales son un
fenómeno tan reciente que casi
puede observarse a simple vista.
Venimos de formar parte
subalterna del primer gran
imperio planetario, y hace
apenas dos siglos los distintos
países emergimos a un intento de
vida independiente. Pero ya las
sociedades anteriores a la
llegada de los europeos habían
alcanzado ciertos rasgos
distintivos que después la
historia no ha podido borrar: el
culto al padre mítico y el
diálogo con la muerte propio de
la cultura mexicana, la
fragmentación mítica del
territorio propia de la cultura
colombiana, la insularidad de la
cultura cubana, la noción del
triple mundo propia de la
cultura incaica, los mundos del
cóndor, del puma y de la
serpiente, que eran desde
temprano la percepción de una
realidad en la que tienen que
dialogar y entenderse de un modo
complejo las montañas nevadas,
las fértiles tierras medias y la
selva fluvial.
La violenta conquista y la edad
colonial rompieron muchas cosas
y añadieron muchas otras al
mosaico: pienso en la
reviviscencia del culto de la
diosa madre indígena de las
lagunas bajo la forma de las
vírgenes mestizas de Guadalupe,
o de Chiquinquirá. Hay en el
altar mayor de la iglesia de San
Francisco en Quito la imagen de
una virgen alada y grávida que
no es posible encontrar en la
iconografía católica europea.
Muchos la asocian con la virgen
alada que Juan de Patmos
describe en el Apocalipsis, pero
los estudiosos del arte
religioso colonial ven en ella
una representación de la
Pachamama incaica, y dicen que
el artista tallador, Bernardo de
Legarda, un indígena quiteño,
solo se animó a hacer sus
vírgenes aladas, muchas de ellas
con rostros indios, cuando vio
llegar en barcos a las costas
del Pacífico unas muñecas
birmanas de madera.
Así son los caminos de nuestra
cultura: a veces utilizamos los
aportes del mundo entero para
expresar lo más profundo y
original de nuestro ser. El
vistoso politeísmo del santoral
católico latinoamericano logra
mediante complejas astucias
rituales que el culto de un dios
único no sea incompatible con el
culto de infinitas divinidades
menores, identificables y
especializadas. Y Derek Walcott
argumentó con gran belleza y
sabiduría en su discurso para
recibir el Premio Nobel de
Literatura en 1992, que la
mirada colonial, el discurso
superficial de las metrópolis,
no advierte que en nuestras
aparentes imitaciones hay una
originalidad nueva, la expresión
de algo que no es derivación
sino plenitud presente; que la
representación del Ramayana que
hacen en verano en Trinidad
incontables muchachos de origen
hindú no es una obra de teatro
sino una obra de fe, no es
imitación sino originalidad.
En nada se advierte tan
nítidamente el modo como lo
ajeno se volvió carne y sangre
propia como en el vasto tejido
de las lenguas europeas llegadas
a América, en las que empezaron
a circular desde muy temprano
las savias del mundo americano,
y en cuyas literaturas fue
emergiendo la exuberancia de las
distintas regiones del
continente. Las literaturas
americanas son fruto del
encuentro de unas lenguas ya
formadas con un mundo
desconocido. La tensión entre
unas lenguas establecidas y un
mundo sorprendente representó
para nosotros desde el comienzo
la tensión entre lo real y lo
mágico, ya que la magia no es
más que lo que obedece a otras
leyes.
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Es conveniente recordar que,
aunque las civilizaciones del
planeta registran una historia
varias veces milenaria, hace
apenas cinco siglos dos mitades
del mundo estaban completamente
incomunicadas. La tierra, como
la luna, tenía una cara oculta,
y el encuentro entre esas dos
maneras de lo humano
desarrolladas a lo largo de los
milenios de un modo
independiente planteaba los más
apasionantes desafíos para la
vida y para la imaginación. Fue
algo más extraño aún que si el
latín hubiera arraigado en
África; fue como si, a
consecuencia de las aventuras en
el espacio exterior, el inglés
arraigara en algún planeta con
vida inteligente.
Ahora bien, es muy distinto lo
que ocurrió en las dos mitades
del continente americano. En el
norte la lengua inglesa solo
tuvo que hacer un esfuerzo por
reconocer el mundo físico y por
permitir que las culturas
llegadas de lejos arraigaran en
él, en tanto que en la América
Latina, donde florecían diversas
y complejas civilizaciones, y
donde no fueron exterminados
completamente los pueblos
indígenas, las lenguas latinas
tuvieron que dialogar con las
lenguas nativas, aunque ese no
fuera su propósito inicial, y
todavía hoy siguen haciéndolo.
Lo que en los últimos siglos, de
un modo creciente, ha mostrado
nuestra literatura es el modo
gradual como asciende a través
de una lengua ajena la savia de
un mundo nativo, con sus colores
y sus metáforas, con sus sueños
más inexplicables y sus
recuerdos más profundos, con la
radical extrañeza de sus modos
de representación. Se siente en
ella la profusión, la
exuberancia, el colorido y la
fragancia de una tierra nueva,
de unas selvas que no habían
sido taladas jamás, de una
fecundidad de los suelos, de una
abundancia de mamíferos y de
insectos, de reptiles y de aves
en la que nuestra época de
postrimerías bien puede
encontrar las virtudes del
Paraíso.
La literatura de la América
Latina comenzó con las crónicas
de Indias. Detrás de las
campañas casi siempre brutales
de los conquistadores avanzó una
asombrada legión de cronistas
describiendo la naturaleza,
interrogando las selvas, los
suelos, los climas, la fauna,
las culturas nativas, sus
costumbres y sus mitologías.
Dado que los grandes letrados
permanecieron en el mundo
europeo, la historia tuvo que
improvisar sus historiadores,
sus narradores y sus poetas, con
soldados más llenos de
curiosidad que de información,
hombres apenas formados en la
tradición cultural de sus
tierras de origen, pero dueños
de un singular espíritu de
observación y de esa
extraordinaria audacia mental
que caracterizaba a los hombres
del Renacimiento.
Y allí ocurrió un fenómeno muy
significativo: muchos querían
solamente cantar las hazañas de
los grandes capitanes de
conquista, querían pintar sus
retratos con el paisaje de fondo
del mundo americano, pero ese
escenario era tan vigoroso que
muchas veces el retrato se
perdió detrás de las selvas y
las anacondas, de los caimanes y
los ríos, de las tempestades y
los pájaros. El mundo americano
avanzó como una enredadera sobre
las páginas de los cronistas, y
lo invadió por completo, y les
demostró que aquí el hombre no
puede llenar todo el cuadro. Los
cronistas de Indias no podían
bastarse con repetir lo
aprendido en su mundo de origen,
y dado que "en los comienzos de
una literatura nombrar equivale
a crear", aquellos aventureros
tuvieron que inventar un
lenguaje y prepararon el terreno
para una extraordinaria
literatura.
Desde temprano se empezó a
hablar en el arte y en la
literatura del barroco
latinoamericano. Pero si el
barroco, como ha dicho Borges,
es la manifestación final de
todo arte, ese momento en que un
lenguaje extrema sus
posibilidades y "linda con su
propia caricatura", el arte de
nuestros orígenes no podía
corresponder a esa definición
crepuscular. A los europeos les
parecieron barrocas esas
fachadas de los templos
católicos donde se combinaban de
un modo imaginativo y caprichoso
los decorados del Renacimiento
con los dibujos de las
tradiciones indígenas, pero esas
cosas no obedecían a razones
ornamentales, ostentosas o
retóricas, sino a necesidades
concretas, una de las cuales era
hacer convivir las culturas y
fusionar sus símbolos en una
estética que difícilmente podía
caracterizarse por su
austeridad.
Hace poco, visitando la ciudad
del Cuzco me contaron que en los
primeros tiempos, después de
construida la catedral sobre las
ruinas del templo del Sol, los
sacerdotes católicos les
preguntaron a los jefes incas
por qué los nativos no entraban
al templo, si había sido
construido para ellos. Los jefes
contestaron que no podían ver
como un sitio de culto un lugar
donde no entrara el sol. Los
sacerdotes tuvieron entonces la
idea de abrir unas ventanas
hacia el oeste que recibieran la
luz de la mañana, y disponer
grandes espejos en el interior
para que la luz se multiplicara
por todas partes. Solo después
de esto los indios entraron
finalmente en el templo, pero
quizá no del todo a adorar al
dios cristiano sino porque el
dios solar había hecho suyo el
recinto. Y ya en la propia
España se habían dado por siglos
fusiones entre el mundo
cristiano y el moro; la realidad
estaba ajedrezada y también la
imaginación. Eso ayuda a
entender la aparición de un
poeta tan extraño y fascinante
como Luis de Góngora y Argote,
nacido en lo que fueron los
viejos reinos moros, y cuyo amor
por la sonoridad de las palabras
parece pertenecer al orden de la
poesía árabe, más interesada por
la musicalidad que por el
sentido.
Una vez más, allí encontramos la
leyenda de una influencia. Se
atribuye a una imitación del
culteranismo de Góngora la obra
del magnífico poeta de Tunja, en
el siglo XVII, Hernando
Domínguez Camargo. Pero hay que
añadir que su profusión de
metáforas nacía de una zona
fronteriza entre lenguas
distintas, entre universos
mentales distintos, y revela
también un esfuerzo extremo por
pertenecer a Europa, pero a una
Europa inaccesible para un pobre
clérigo de las colonias, una
Europa magnificada y desdibujada
por la distancia. Esos énfasis
son más bien la extrema tensión
de un creador que no está en el
centro de una cultura sino en
sus orillas, la lengua de los
que sueñan con otros mundos, una
aventura de metáforas comparable
a la tradición de los skaldos
septentrionales.
Parece barroca la ornamentación
de los retablos de los templos y
de la pintura colonial, llena de
frutos, hojas y flores nuevas,
de un bestiario a menudo
fabuloso. Pero ¿cómo llamar
barroca a la representación de
las pinas y de los armadillos,
si no son exageraciones ni
inventos sino la fidelidad
clásica a unas formas naturales?
Sería tan necio como hablar del
barroquismo del pico enorme del
tucán, de los colores del
papagayo, o de la exuberancia de
las selvas equinocciales. Allí
donde la naturaleza es
exuberante no estamos en
presencia de un énfasis estético
sino de otro canon de lo
natural, de un clasicismo sujeto
a otras leyes.
El arte europeo buscó, desde los
griegos, la justa medida y el
equilibrio. Buscó también
sujetarse siempre a un patrón
humano, pues Europa no solo
pensó que el hombre es la medida
de todas las cosas sino que
llegó a la conclusión de que lo
humano es la medida misma de lo
divino. Ese es, me parece a mí,
el sentido del Cristianismo. Y
solo por esas nociones el arte
europeo evolucionó hacia la
búsqueda de la perspectiva, del
naturalismo, del arte del
retrato, del realismo, de la
minuciosidad del dibujo, y de la
fidelidad a las formas, de un
modo que ya en el Renacimiento
estaba alcanzando su plenitud.
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Pero el descubrimiento de
América fue también una metáfora
de la necesidad que sentía
Europa de salir de sí misma, la
sed de descubrir los mundos no
europeos que había en este
mundo. A partir del siglo XVI,
de un modo creciente, comenzaba
en Europa en todos los reinos
del espíritu, en la filosofía,
en la política, en el arte, en
la poesía, la crisis del centro,
la crisis de la forma y la
crisis de la proporción.
Empezaron los sueños de la
Utopía y del buen salvaje, de
las Nuevas Atlántidas y de los
Eldorados, creció el gusto por
las especias exóticas, y
comenzaron las fugas míticas en
busca de lo nuevo. No deja de
ser significativo que hayan sido
los finales descubridores de
otras tradiciones estéticas,
impresionistas y expresionistas,
quienes emprendieron una lucha
contra la nitidez del dibujo, un
proceso de experimentación y de
abandono de cánones estrechos y
de normas rígidas.
El arte americano nace de una
tensión entre las formas del
lenguaje europeo y las
convulsiones de un mundo que no
logra agotarse en lo humano.
Como lo dijo, antes de Steiner,
el inglés Auden, hay en América
verdaderas selvas y verdaderas
tierras vírgenes, ríos
desmesurados y civilizaciones
incomprendidas. "En Europa —dijo
Auden— un viajero, por perdido
que se encuentre, está a media
hora de un sitio habitado, en
tanto que no hay americano que
no haya visto con sus ojos
comarcas prácticamente intocadas
por la historia".
Aquí el patrón humano no logra
aprisionar todo el sentido, y
los artistas sintieron la
necesidad de transgredir la
norma áurea, la escala europea
de las proporciones. Eso ahora
es menos difícil, porque también
el arte europeo se ha lanzado a
la búsqueda de un nuevo sentido
de la belleza, y ya en el siglo
XIX el hombre que sintetizó esas
búsquedas de la modernidad,
Chares Baudelaire, había escrito
en uno de sus poemas:
Plonger au
fond du gouffre, Enfer ou Ciel,
qu'importe?
Au fond de l'inconnu pour
trouver du nouveau.
(Hundirse hasta el fondo del
abismo, Infierno o Cielo, ¿qué
importa? / Al fondo de lo
desconocido para encontrar lo
nuevo.)
Todo habitante
de América, a pesar de sus
esfuerzos por habitar en la
polis en el sentido urbano
del término, vive en la vecindad
de una naturaleza no conquistada
del todo, a medias innominada,
en gran medida desconocida.
Cuando pensamos que casi toda la
farmacia europea nace del
conocimiento de las seis mil
especies vegetales que pueblan
el continente, y que la América
equinoccial tiene cincuenta mil
especies de plantas, de cuyas
propiedades solo tienen un
conocimiento profundo los
chamanes amazónicos,
entenderemos mejor cuál es el
sentido abrumador de la
presencia de la naturaleza en el
imaginario del hombre americano.
La naturaleza no es aquí algo
conocido (la verdad es que en
ninguna parte lo es), pero en
América es más difícil caer en
la ilusión de que tenemos al
mundo dominado y sometido, de
que lo tenemos domesticado. Y
ello, que podría parecer un
fenómeno exterior, el tipo de
relación que establecemos con
los bosques y los ríos, con los
animales y los climas, es algo
que incluye también la relación
con nuestro propio sentido de
humanidad y con nuestro propio
cuerpo.
Nuestra América es todavía el
reino de la perplejidad, y a
ello contribuyen por igual las
tensiones y los desajustes entre
la realidad y el lenguaje, los
mestizajes y los sincretismos.
No deja de ser asombroso que
estas tierras ya suficientemente
complejas por su composición
geográfica y biológica, se hayan
enriquecido más aún con el
aporte de razas, lenguas,
tradiciones, religiones,
filosofías, modelos económicos e
ideales políticos llegados de
otras partes.
Pienso en mi país, Colombia, por
ejemplo, donde no somos
mayoritariamente blancos
europeos, ni indios americanos
ni negros africanos sino uno de
los países más mestizos del
continente, en una región que es
a la vez caribeña, de la cuenca
del pacífico, andina y
amazónica, que habla una lengua
que es hija ilustre del latín y
del griego, que profesa una
religión de origen hebreo,
griego y romano, que ha adoptado
unas instituciones nacidas de la
Ilustración y de la revolución
francesa, que fue incorporada al
orden de la sociedad mercantil y
a la dinámica de la
globalización hace ya cinco
siglos, y siento que estamos
amasados verdaderamente de la
arcilla planetaria; pienso en
esta América Latina, que produjo
buena parte de las riquezas con
las que se construyó la moderna
civilización europea, y me digo
que es apenas comprensible que
el arte y la literatura que
surgen de esa colorida
complejidad estén más llenos de
fusiones de lo que uno pueda
imaginar, y que esas fusiones
pueden alcanzar por momentos
apasionantes síntesis de la
cultura planetaria.
Uno de los fenómenos más
interesantes de nuestro mundo
americano y en especial de la
región equinoccial es el modo
como participamos de la franja
ecuatorial, del paralelo cuatro
que produce no solo la mayor
diversidad biológica sino buena
parte del oxígeno que respira el
planeta. Es la región donde no
hay estaciones, es decir, donde
la naturaleza no descansa, donde
el suelo no duerme, donde el sol
y el agua mantienen, por decirlo
de ese modo, en un insomnio
permanente. Se diría que es la
región perfecta para que los
sueños broten de la vigilia. La
luz produce otro colorido, el
cielo está aborrascado de nubes
gigantescas, la lluvia a veces
produce diluvios interminables,
es región de fantásticas
tormentas eléctricas, de truenos
ensordecedores, de inundaciones
y avalanchas. Los ríos cambian
de cauce y la superficie de la
tierra se estremece a veces,
acomodándose a la actividad de
las profundidades.
No somos plenamente indígenas,
ni europeos, ni africanos, pero
nos nutrimos sin cesar de esos
orígenes para al mismo tiempo
diferenciarnos de ellos. No hace
mucho, un escritor amigo mío, de
una población que se afirma cada
vez más como afrocolombiana,
tuvo la oportunidad de
encontrarse con un escritor de
África, y le expresó su alegría
de estar hablando con alguien
con quien podía identificarse
plenamente. El otro, con gran
cortesía y sabiduría a la vez,
le dijo que ellos dos no eran
muy semejantes. Y claro que se
lo decía sobre todo para
formular un desafío tácito. "En
realidad somos distintos —le
dijo—, nosotros somos africanos,
ustedes son negros". Mi amigo lo
escuchó con extrañeza. Y el
hombre de África añadió:
"Ustedes descienden de esclavos.
Nosotros nunca hemos sido
esclavos".
Es evidente que los negros
americanos tienen que afirmarse
en algo más que en su común
origen africano; sin negarlo,
tienen que sentirse más
decididamente parte mitológica
del mundo americano, y luchar
por su originalidad aquí, en
diálogo con este mundo en el que
viven hace ya cinco siglos.
También para ellos son esos
versos de Leopoldo Lugones:
Que nuestra
tierra quiera salvarnos del
olvido,
Por estos cuatro siglos que en
ella hemos servido.
Y al mismo
tiempo, hay que saber que sin
esa savia vital que llegó de
África, nadie en América Latina
sería lo que es. Todos tenemos
derecho a reclamar "la parte de
África" en nuestro ritmo, en
nuestra carne y en nuestra
imaginación. Todo es cuestión de
ver bien los matices. Y lo mismo
puede decirse de "la parte de
Europa" y de "la parte de
América". Los hispanoamericanos
podemos sentirnos españoles solo
hasta el día en que vamos a
España, ese día comprendemos
para siempre que somos otra
cosa, y ese descubrimiento puede
ayudarnos incluso a amar a
España, a admirar a España, a
descubrir España.
Ahora bien, el modo como está lo
indígena en nuestra cultura
mestiza me resulta más fácil
pensarlo recurriendo a la
literatura. Siento que hay, por
ejemplo, en la obra de Gabriel
García Márquez, una manera de
discurrir que no es en rigor
occidental, que se resuelve en
imágenes y en variaciones, como
aureola o resplandor de los
hechos centrales. Se diría que
hay algo de estirpe indígena en
cierto modo de presentar los
hechos y de no resolverlos
mediante argumentaciones,
digresiones y teorías, sino
mediante trazos y figuras que
satisfacen a un tiempo al
sentimiento y a la imaginación.
García Márquez pertenece a un
mundo profundamente influenciado
por ese pensamiento mágico, pero
suele repetir que a pesar de
saber muy bien cómo era la
historia, o el río de historias,
que pensaba narrar, encontró con
claridad su tono y la
certidumbre de sus recursos
cuando leyó la novela Pedro
Páramo, del mexicano Juan
Rulfo. Tal vez lo afectó la
libertad con que Rulfo se deja
influir por el viento de las
voces indígenas, por el modo de
estos sueños americanos, por la
persistencia en la vida
cotidiana de los mitos profundos
de su pueblo.
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Así, en la novela Cien años
de soledad nada sabemos de
la singular relación que hay
entre la madre, Úrsula Iguarán,
y su hijo mayor, José Arcadio,
hasta el día en que este decide
abandonar el pueblo, enrolado en
la tropa de los gitanos. En
cuanto se da cuenta de su
ausencia, Úrsula sale en su
búsqueda abandonando todo lo
demás, su marido, su casa, sus
otros hijos, dejando de ser el
centro de gravedad de su mundo.
José Arcadio es el primer nativo
que abandona el pueblo y se
aleja por el mundo distante con
el que su padre siempre ha
soñado. Yendo tras él, Úrsula
llega a sentirse tan lejos que
ya ni piensa en regresar, y
encuentra al fin el camino hacia
el mundo que todos los hombres
del pueblo habían buscado en
vano.
Años después el hijo regresa,
transformado por la ausencia,
cruza el pueblo y la casa y
avanza sin detenerse por los
pasillos y los cuartos saludando
con un gesto a quienes ve, pero
solo llega al final de su viaje
cuando encuentra a Úrsula. Está
desandando el camino de su fuga,
el camino por el cual su madre
lo había seguido, y solo se
detiene al llegar nuevamente
junto a ella. Ese doble
movimiento que primero nos
revela la importancia que tiene
para ella el hijo, y después la
importancia que la madre tiene
para él, muestra el lazo
invisible que los une y que
nunca delataron sus diálogos.
Y es por este dibujo secreto,
intensamente trazado en nosotros
por el relato, es por ese surco
entre ambos que, sin saberlo,
estamos dispuestos a creer uno
de los episodios fantásticos más
poderosos de la novela, aquel en
que un hilo de sangre sale del
hijo muerto, va recorriendo
pasillos y calles y andenes, y
no se detiene hasta encontrar a
Úrsula y llevarle el mensaje de
la muerte. De nuevo vemos el
movimiento contrario, y es ella
ahora quien siguiendo el hilo
encuentra al final el cadáver de
su hijo. Este dibujo ancestral
del hilo de sangre que busca su
fuente es una de las imágenes
más bellas y memorables de la
novela, y sospecho que nuestra
mente la hospeda con tanta
facilidad y gratitud porque no
es un trazo arbitrario sino una
necesidad de la historia; nos
muestra poderosamente, con el
poder de la poesía y del mito,
la inexpresada relación del hijo
con la madre, el lazo de la
sangre materna convertida en
camino del hijo, sendero de sus
fugas y de sus retornos, de su
soledad y de su muerte.
Algo en la moderna novela
occidental ha tendido a
abandonar los juegos libres de
la imaginación, a subordinar las
historias a las ideas y a
abundar en tesis y en teorías.
Desde las minuciosas reflexiones
de Dostoievski sobre los motivos
de la conducta humana, pasando
por la sobreabundancia de
propósitos intelectuales del
infinito Ulises de James
Joyce, hasta el tono ensayístico
de muchas novelas de Thomas Mann,
la narrativa procuró a menudo
abandonar el viejo hábito de
soñar libremente, de dar vuelo a
la imaginación y de permitir que
lo fantástico y lo real se
combinaran a su antojo. Ese
había sido el espíritu de las
epopeyas clásicas, de las
historias del ciclo de Bretaña,
del Nibelungenlied, de la
Comedia dantesca y del Orlando
Furioso. Y por supuesto ese es
el espíritu de las dos obras
orientales que más han influido
en nuestra civilización: la
Biblia y las Mil y una Noches.
Lo que más asombró al barón
Alexander von Humboldt en su
viaje por la América equinoccial
fue la imposibilidad de
encontrar como en Europa bosques
de una sola especie, porque en
cada pequeño espacio
proliferaban decenas de especies
distintas. Lo que mejor ilustra
la correspondencia de nuestra
literatura a este mundo es la
abundancia febril de las formas
de su imaginación; no solo la
vivacidad de los elementos y la
intensidad del color, eso que
Chesterton llamaría, hablando
del posible origen criollo de
Robert Browning, "una teoría de
orquídeas y de cacatúas", sino
incluso la tendencia continua a
contrastar distintas etapas de
la metamorfosis de los hechos y
de las cosas.
En nuestro continente el tiempo
fluye de un modo vertiginoso.
Hemos tenido que pasar en cinco
siglos de los altos imperios
comunitarios a las
disgregaciones de la
posmodernidad, de la vasta e
indemne selva continental a las
paredes apocalípticas de los
incendios que cercan y carcomen
la selva amazónica para sembrar
soya, de las praderas del
bisonte y del indio a los
aviones estrellándose contra los
acantilados de cristal de las
torres gemelas.
Durante mucho tiempo, la América
Latina se gastó en el esfuerzo
de alcanzar una lengua propia,
de convertir las arrogantes y
rígidas lenguas que llegaron de
Europa en lenguas nutridas por
la savia del mundo nuevo. Solo a
fines del siglo XIX, con la
labor de los extraordinarios
poetas y narradores a los que
llamamos modernistas,
simbolizados por el más
melodioso de ellos, el
nicaragüense Rubén Darío,
conquistamos por fin unos
recursos literarios capaces de
enfrentar el desafío de nombrar
plenamente nuestro mundo, y de
dialogar con las otras
literaturas del planeta.
El siglo XX nos ha visto
emprender esa tarea: las obras
de los modernistas, de Rubén
Darío, del mexicano Alfonso
Reyes, de tantos autores en todo
el continente, han madurado esos
recursos. Y después, entre los
numerosos autores del medio
siglo y del llamado "realismo
mágico", surgieron muchas voces
que de algún modo resumen la
pluralidad de ese clamor
continental. Entre ellas es
necesario mencionar a Juan Rulfo,
cuya obra breve e inagotable
muestra los viajes de la lengua
española en la profundidad de la
memoria mexicana, a Pablo
Neruda, cuyo canto de piedra y
de selvas explora y celebra por
igual naturaleza y la historia,
a Gabriel García Márquez, cuya
Biblia pagana del Caribe
condensa la elocuencia de la
lengua de Cervantes, el
pensamiento mágico de los
pueblos indígenas y la alegría,
el colorido y la sensualidad de
los hijos de África, y a Jorge
Luis Borges, quien, interesado
por la poesía gauchesca y por la
cábala judía, por el Islam y por
el budismo, por las mitologías
del Indostán y por las sagas
nórdicas, en el mayor país de
inmigrantes, supo recoger la
memoria de todas las bibliotecas
y sentir el rumor del planeta
entero mezclado en nuestras
venas y en nuestras almas.
Todavía estamos en el deber de
interrogar cómo puede ser ese
diálogo nuestro de lo uno con lo
diverso, pero yo diría que no
lograremos integrar a la América
Latina mientras nos neguemos a
ver la infinidad de sus matices,
la riqueza sutil de sus
diferencias. Es urgente
abandonar los nefastos conceptos
de subdesarrollo y de Tercer
Mundo, que pretendían hacer del
desarrollo un camino prefijado y
exterior. Hijos de la edad de
los descubrimientos, engendrados
en las primeras avanzadas del
mercantilismo, herederos de las
lenguas, las religiones y las
instituciones de Europa,
nosotros somos el primer gran
fruto de la globalización.
Pero ahora se hace evidente que
el énfasis en lo universal
despierta enseguida la necesidad
y la defensa de lo local. Desde
que comenzó la prédica
imperativa de la globalización
ya no nos bastan las naciones,
cada región del globo, cada
aldea, cada tradición pugna por
hablar, por diferenciarse, por
existir. Hay un verso del poeta
León de Greiff, al que él
traviesamente llamó: "la fórmula
definitiva y paradojal". Esa
fórmula dice: "Todo no vale nada
si el resto vale menos". Es
paradójico que alguien hable del
todo y del resto, pero en
términos lógicos es
comprensible. El todo no solo es
la suma de las partes, es
también diferente de las partes.
Y no se puede hablar del todo,
del amor por la totalidad, para
predicar el descuido de lo
particular y de lo fragmentario.
Creo que esa fórmula significa:
el bosque no vale nada si el
árbol vale menos, la especie no
vale nada si el individuo vale
menos, el universo no vale nada
si cada lugar en él es
deleznable. Las naciones son
importantes, pero necesitamos
con urgencia un diálogo nuevo,
de cada lugar con todos los
otros y de lo local con el
universo. Se diría que
necesitamos un diálogo de los
dioses del lugar con el
omnipresente y disperso dios de
Spinoza, y ello supone no solo
el respeto por el universo como
un todo, por el planeta como un
todo, sino la recuperación del
sentido sagrado de cada arroyo y
de cada peñasco, de cada árbol y
de cada criatura. Y creo que no
es la política sino el arte
quien sabe ver a la vez el
conjunto y el detalle.
Es verdad que los seres humanos
no podemos sobrevivir sin
perturbar, pero ya empezamos a
comprender que tampoco
sobreviviremos si perturbamos
demasiado. Hoy el mundo siente
el peso oneroso de la especie
humana, advierte demasiado su
presencia, siente la rudeza y la
torpeza de nuestra relación con
las cosas, y es evidente que se
hace necesario el aprendizaje de
la levedad, de no pesar mucho,
el aprendizaje de cierta
invisibilidad, tan contraria a
esta manía moderna de lo que es
excesivamente visible y
estridente, el aprendizaje de la
delicadeza, y el aprendizaje de
la sutileza. Lo que adivinaron
los primeros críticos de la
modernidad: que Dios está en los
detalles, que lo importante es
el matiz más que el color, que
frente a la excesiva pretensión
de conocimiento no necesitamos
entender todo sino comprenderlo,
y que no necesitamos saber todo
para disfrutarlo y agradecerlo.
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De la América Latina podemos
decir que es uno de los pocos
sitios del planeta donde todavía
queda la naturaleza, muy
vulnerada pero todavía cargada
de sus atributos originales.
Nosotros somos, además, la
Europa que se fue y que se
mezcló de lo distinto, y mucho
tenemos que enseñarle a esa
Europa que solo ahora está
sintiendo la vecindad física del
resto del mundo. Nuestra rica
cultura continental ha
experimentado las fusiones y ha
alcanzado poderosas síntesis.
Los males del mundo se ven mejor
desde las orillas que desde el
centro, porque los viejos
centros estuvieron siempre
demasiado engreídos de su
importancia y no veían más allá
de su horizonte, y en cambio los
nuevos centros de la esfera
participan de los atributos del
centro y de la orilla. En esa
medida es verdad que en los
sótanos de nuestras ciudades
está el Aleph, está el universo.
Tenemos un mundo a medias
conquistado, y a medias
demorado, por fortuna, en sus
atributos originales. La
modernidad, la era tecnológica,
el prodigio científico han
hechizado nuestra realidad de un
modo fascinante y peligroso.
Estamos, como dice el poeta
Aurelio Arturo, "con un pie en
una cámara hechizada y el otro a
la orilla del valle, donde
hierve la noche estrellada". Y
ya nada es tan importante como
encontrar un equilibrio entre
nuestra capacidad de modificar
el mundo y nuestra necesidad de
conservarlo, entre la tarea de
construir una morada humana y el
deber profundo de respetar el
universo natural.
Si nuestras naciones fueron los
primeros frutos modernos de la
globalización, son escenarios
propicios para que encontremos
también sus límites. Porque la
especie humana, envanecida de
sus derechos, ha olvidado la
pregunta por sus límites y
necesita con urgencia un sentido
responsable y nítido de esos
límites. De esa delicada tarea,
bien podría depender el destino
del mundo.
Intervención especial en la
inauguración de la Semana de
Autor, que le está dedicada y en
la que participaron
especialistas y estudiosos de su
obra. |