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Una de las tantas cosas
que hay que agradecerle
al Centro Cultural Pablo
de la Torriente Brau es
que en su accionar,
nunca han tenido un
enfoque habanocentrista
a la hora de acometer
sus proyectos
artísticos. Ello ha
permitido que un ciclo
de conciertos como el de
A guitarra limpia no
haya caído en la trampa
de resultar un espacio
solamente capitalino.
Por eso, en los
recitales llevados a
cabo desde 1998, hemos
podido disfrutar de los
decires de trovadores y
trovadoras de toda la
geografía nacional. Tal
perspectiva ecuménica
merece reconocimiento,
porque con demasiada
frecuencia, en el
contexto cubano se
carece de semejante
amplitud de miras.
Creo que uno de los
cantautores que mejor
ejemplifica lo antes
expuesto, es el
holguinero Oscar
Sánchez. Sin discusión
alguna, su quehacer como
trovador está
indisolublemente ligado
al Centro Pablo. Nacido
el 2 de junio de 1986 en
la provincia de Holguín,
él es egresado de la
Escuela de Instructores
de Arte de su localidad
en la especialidad de
Artes Plásticas y como
suele ocurrir con la
mayoría de sus
compañeros en el arte
juglaresco, como músico
es alguien de formación
autodidacta.
Para que se entienda con
exactitud las razones
por las que afirmo que
el desempeño de Oscar
como trovador está
ligado al devenir del
Centro Pablo, recuérdese
que su primer
reconocimiento dentro de
la esfera musical él lo
recibe en el 2006,
cuando se le otorga una
Mención Especial por su
canción “Torrente Brau”,
con la que participara
en el Concurso Una
Canción para Pablo,
organizado por la
institución que dirigen
Víctor Casaus y María
Santucho.
Como es sabido, en buena
medida bajo los efectos
de aquel primer
importante resultado,
poco tiempo después
Sánchez se motiva a
intervenir en el
concurso Una Canción
Para Frida y Diego,
también auspiciado por
el propio Centro Pablo.
En el certamen, su pieza
“Calando
Ribera” es seleccionada
entre las finalistas y
aparece recogida en el
disco que a propósito
del evento fuese
editado, un fonograma
que resultó nominado al
Cubadisco 2009.
Pero por si lo antes
expuesto fuera poco para
demostrar los lazos
entre el Centro Pablo y
Oscar, él también
resultó uno de los
ganadores de la Beca de
Creación Noel Nicola y
que fue la que le
permitió preparar
durante meses lo que
catalogó un concierto
instalación, bajo el
nombre de Abrir camino,
celebrado el pasado 24
de octubre en el patio
de Muralla 63, como
parte del espacio A
guitarra limpia.
La presentación sirvió
para evidenciar que
Oscar Sánchez es de esos
pocos artistas cubanos
que, al igual que
sucediera con el
habanero Adrián Morales,
uno no sabe si definirlo
un músico plástico o un
plástico músico. El
interés de Oscar por
desempeñarse en los
terrenos de la música
visual performance se
pone de manifiesto tanto
en su quehacer de
trovador, como cuando lo
hace integrado a su
banda Kñenga.
El hecho de que Sánchez
apueste por una obra
combinatoria y en
consecuencia sea un
artista
multidisciplinario, se
engarza dentro de un
fenómeno que sin ser
nuevo, matiza los modos
de jerarquización y
prioridad en los
lenguajes, los medios y
los mensajes. Con ello,
este holguinero
corrobora a través de la
práctica artística, uno
de los postulados
fundamentales del
teórico de la Aldea
Global, Marshall Mac
Luhan, cuando
argumentaba: los medios
son el mensaje. Habría
que recordar a Wagner
Richard, quizás el
primero que habló de la
“obra de arte total” o
como él la llamó, la
gesamtkunstwerk,
donde se funde música,
poesía y espectáculo
visual, para muchos la
más sólida e intensa
plasmación de tal ideal,
hasta el punto de
convertirse en una
suerte de categoría
estética.
Aunque en la historia
del arte cubano no ha
sido muy frecuente que
digamos el encontrarnos
con casos como el de
Oscar Sánchez, el hecho
de que diferentes
percepciones artísticas
entren en contacto, ha
sido una constante en el
panorama estético de la
contemporaneidad. En el
camino de la búsqueda de
los nexos entre el
sonido y el color se
hallan algunos de los
principales creadores de
los dos pasados últimos
siglos.
Semejante sentido de
integración entre las
artes ha sido una de las
premisas del Centro
Cultural Pablo de la
Torriente Brau desde su
fundación. Por ello, en
su intervención para
presentar la función de
Oscar Sánchez, Víctor
Casaus resaltó lo
significativo de este
recital porque, en sus
propias palabras, “nos
parece muy importante
entremezclar
territorios, algo que ha
formado parte siempre de
la poética del Centro
Pablo.”
Una de las cosas que
particularmente me llamó
la atención del
concierto de Oscar
Sánchez es que el
repertorio compuesto por
él refleja a las claras
que como creador musical
es alguien que persigue
transitar por caminos no
trillados. Su capacidad
para experimentar con el
diseño de las líneas
melódicas de cada
canción es algo notable.
En dicho sentido, Oscar
se me antoja como un
cruce entre Inti Santana
y el primer Boris
Larramendi, es decir, el
de los tiempos de la
peña de 13 y 8 y del
proyecto “Te doy otra
canción”.
Obviamente, aún falta un
largo camino por
recorrer para poder
afirmar que estamos ante
un trovador maduro.
Empero, me encanta que
Oscar sea de los
atrevidos que se lanzan
a explorar otros rumbos
y no se conforme con
repetir maneras de hacer
ya abaladas con
anterioridad. Las 25
canciones que Sánchez
interpretó durante su
presentación en el
Centro Pablo, al margen
de que no todas le
saliesen con idéntico
nivel artístico,
constituyen sobrado
material para que de
ellas haga una selección
y nos entregue un disco
de esos que pueden
resultarnos inquietantes
por su eclecticismo,
algo que mucho se
agradece en un panorama
sonoro donde predomina
lo predecible. |