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La recién estrenada adaptación
cinematográfica de El premio flaco,
escrita para el teatro por Héctor
Quintero y versionada por Juan Carlos
Cremata, y el actual rodaje de otra
versión, La casa vieja, de
Abelardo Estorino, en el primer
largometraje de ficción dirigido por
Lester Hamlet, ha puesto sobre el tapete
cultural cubano la secular, casi
bizantina discusión sobre la
posibilidad, o el imposible, de acertar
con un cine poderosamente teatralizado,
o de una representación teatral
artísticamente cinematografiada. Con
purismo tenaz, algunos críticos de cine
defienden la prístina, incontaminada
preeminencia del cine sobre el teatro,
alegando el argumento de su probada
superioridad y eficacia, como si el arte
de las máscaras y los telones no
dispusiera de 25 siglos de incesante
desarrollo cuando comenzó a discutirse
si el cine podía ser considerado, o no,
un arte.
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El premio flaco |
De manera más o menos velada una parte
de los teatrólogos y los cinéfilos
continúan abogando por la pureza de las
manifestaciones artísticas, o se tachan
y subestiman trascendentales filmes con
el epíteto ambiguo de teatral,
evidentemente cargado del peor
significado, pues se utiliza cual
sinónimo de academicismo, opresión
espacial, tedio en los parlamentos y
exagerado histrionismo.
Inmutables o alborozados, los críticos
de cine celebran las asimilaciones del
colorido de Goya o los claroscuros de
Rembrandt, del surrealismo de Dalí o las
composiciones de Magritte, pero en
cuanto las pantallas se inundan de
emanaciones provenientes de Shakespeare
(salvo contadas versiones, como la muy
postmoderna de Romeo y Julieta según Baz
Luhrmann), Lorca, Brecht, Tenessee
Williams o Cocteau, los ortodoxos
comienzan a impugnar, por aquí y por
allá, la validez del resultado, para
terminar sentenciando sin muchas
explicaciones que la película en
cuestión es teatral, siempre
significando ausencia del ritmo en el
montaje, o de las rupturas
espacio-temporales típicas del cine, y
así han sido condenadas como inoperantes
filmes valiosísimos que se aferraron a
la vocación interdisciplinaria.
No fue así a lo largo de toda la
historia del cine. Entre 1895 y 1900,
más o menos, a la advenediza
representación le bastaba con reproducir
mecánicamente la realidad, o con
reproducir los trucos de magia de origen
teatral. En la primera década del siglo
XX prosperaron en Francia los famosos
film d’art, registros muy estáticos
de prestigiosas puestas en escena donde
la cámara ocupaba, simplemente, el
puesto de un espectador sentado en
privilegiada luneta: El asesinato del
duque de Guisa (1908) y La Tosca
(1909) constituyen dos ejemplos
memorables no de filmes sino más bien de
teatro filmado o de protocinema.
Pero el cine aspiraba a los espacios
abiertos, a la luz y al movimiento
incesante que estaba conquistando en
EE.UU. Los telones y proscenios lo
asfixiaban. Georges Meliés ideó trucos
que le confirieron el don de la fantasía
(Viaje a la luna, 1902), el
italiano Pastrone (Cabiria, 1913) y el
norteamericano David Wark Griffith
comenzaron a desplazar sus cámaras en
brillantes escorzos ante
reconstrucciones históricas (El
nacimiento de una nación,
Intolerancia, 1914-16) que hicieron
palidecer las más famosas puestas
teatrales de la época.
Max Reinhardt, uno de los hombres que
liberó al teatro europeo de la tiranía
realista decimonónica, declaraba en 1925
(cuando el cine ya había estrenado sus
primeros clásicos: El gabinete del
Doctor Caligari, La carreta
fantasma, Avaricia, Nanook
El esquimal, Los nibelungos,
El acorazado Potemkin, La
quimera del oro) que el cine era un
parásito peligroso del teatro, la música
y la pintura. Diez años después, en
1935, cuando versionaba con un elenco
insuperable de estrellas de Hollywood
Sueño de una noche de verano, el
célebre teatrista reconocía al séptimo
arte como el más maravilloso medio de
representación del drama, y aceptaba que
la pantalla había adelantado en una
década más que el teatro en el último
siglo.
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El gabinete del
Doctor Caligari |
Con el sonoro ocurrió, de momento, un
retroceso a las limitaciones de
movimiento y espacio. Pero muy pronto,
en los años treinta y cuarenta, vinieron
Jean Renoir con La gran ilusión y
La regla del juego, Orson Welles
con Ciudadano Kane, y el
neorrealismo italiano de Roma, ciudad
abierta, Limpiabotas,
Ladrones de bicicletas, todas las
cuales potenciaron lo específico
cinematográfico, locaciones reales,
actores naturales, espontaneidad e
improvisación. El cine había aprendido
definitivamente a encender sus propias
candilejas, sin necesidad de pedir
prestadas las del teatro, y así quedaba
en solitario el británico Lawrence
Olivier, empeñado por estos años en
yuxtaponer las ventajas de ambos medios
en sus Enrique V (1944) o
Hamlet (1948). Cuatro décadas
después otro realizador británico, de
idéntica vocación shakesperiana y amplio
dominio del lenguaje cinematográfico se
atrevió a versionar sucesivamente,
siempre atento a niveles de excelencia
formal que muy pocos se atrevieron a
cuestionar, Enrique V (1989),
Mucho ruido y pocas nueces (1993),
una grandiosa versión de Hamlet
(1998) y la posmodernizada Trabajos
de amor perdidos (1999).
La renovación ocasionalmente iconoclasta
que representó la nueva ola francesa, el
free cinema inglés, y el auge de
las cinematografías nacionales y
tercermundistas en los años 50 y 60
derivó en la embriaguez del poder en
apariencia absoluto: es en esta época
que se entroniza el rechazo visceral a
toda influencia externa, principalmente
teatral o académico-literaria, que no
magnificara los dones de la imagen
cinematográfica absoluta. Así, prosperó
el hábito de estigmatizar como retóricos
o caducos los filmes que portaran
señales o ascendencias teatrales, por
mucho que Peter Brook dirigiera por
igual extraordinarias puestas teatrales
y muy notables películas (El señor de
las moscas, Marat-Sade, El
rey Lear) o las evidentes trazas del
teatro y del cine vanguardista que
evidenciaban las versiones de Orson
Welles sobre Macbeth y Othello,
El rey Lear orientalizada por
Akira Kurosawa y sovietizada por Grigori
Kozintzev, desmontaron el mito de la
imposibilidad respecto a que el cine y
el teatro intercambien riquísimos
matices más allá de la escolástica
fidedigna a la cátedra escénica, ni del
intento puerilmente renovador, de
acercarse al teatro para violentar todos
sus códigos representacionales, como si
el cine no se valiera comúnmente de
similares códigos.
El milagro de la cohesión dialéctica
entre las dos diferentes estéticas, la
asimilación de virtudes y posibilidades
expresivas entre ambas manifestaciones,
comenzó a verificarse desde mediados de
los años sesenta y continúa indetenible
hasta hoy. Durante los últimos 30 ó 40
años, a pesar del prejuicio
sobreviviente entre algunos
especialistas de una u otra disciplina,
abundan los filmes notoriamente
teatrales y aplastantemente
cinematográficos. A la limitación
espacial y el dialoguismo apabullante
recurrieron El año pasado en
Marienbad, Persona, los
retratos de familia que emprendieron el
polaco Zanussi en 1871 y el italiano
Visconti en 1974, Los abedules y
Bodas, de Andrzej Wajda,
Stalker y El sacrificio, de
Tarkovski, Reservoir Dogs, de
Tarantino, Los idiotas y
Dogville, de Lars Von Trier… y la
lista sería larguísima, teniendo en
cuenta solo los filmes que asimilan
elementos de la representación escénica
y los extrapolan a la pantalla con
renovada identidad.
Más de cien años de cine han labrado
pacientemente la total liberación de
toda atadura teatral, pero corren
tiempos cuando, a nivel de esencias,
nada se parece más a una excelente
película de bajo presupuesto que una
buena puesta en escena, vanguardista y
desinhibida. La mirada, conciliadora y
ávida de aprendizajes, del séptimo arte
a su ilustre predecesor escénico, casi
siempre tiende a dignificar ambas
manifestaciones. Digo, al menos es lo
que ocurre cuando el realizador conoce a
fondo los lenguajes de ambas
manifestaciones. |