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Llegué al periodismo por el camino del
teatro. Siempre recordaré la nochecita
del “eterno verano” caribeño en la que
el entrañable Padura llegó con el jefe
de la página de cultura de Juventud
Rebelde para negociar mi paso al
periódico más leído en la Cuba de esos
años. Me gustó el reto de poner en la
mirada de miles y miles de lectores mis
reflexiones teatrales que por esa época
aparecían en la revista especializada
Tablas. Bajé la pierna que tenía
sobre una silla de nuestro modesto
apartamento del barrio habanero de
Veracruz y me alegré de que estuviera
recién comenzada la botella de ron que
compartía con uno de los vecinos de
aquel edificio en que casi todos se
dedicaban al duro oficio del timón;
gente con ojos hechos a madrugar en las
carreteras de nuestra isla larga y
estrecha.
Me entregué con tanto amor y fervor al
periodismo que durante años muchos
pensaban que había estudiado en la
Facultad de la calle G. La crítica
teatral la combiné con mucho periodismo.
Por mis empolvados atributos de poeta y
cierta “famita” de rapidez me tocaron
muchas crónicas de diverso tipo y
extensión. También comenté sobre asuntos
culturales y temas sociales o denuncié
disparates como el de aquella cafetería
en la que vendían pan y queso crema,
pero el burocratismo o la pereza
impedían ofertar la natural combinación
de los dos productos. Creo que titulé
aquel comentario “¿Cómo bajar el pan?”.
La entrevista es un género que se
subestima en ocasiones, pero resulta
clave no solo la locuacidad, el
conocimiento o brillantez del
entrevistado, sino —tal vez sobre todo—
la sabiduría, el olfato, la gracia del
entrevistador.
Entre mis entrevistas me llega ahora el
recuerdo del susto por los muchos perros
que tenía en su casa nuestra gran
escritora Dulce María Loynaz. También la
única vez que entrevisté al trovador
esencial Pablo Milanés y decía en la
introducción que aquella oportunidad me
aliviaba el desconsuelo de no haber
estado frente al legendario Beny Moré o
no haber aprovechado alguna conversación
con el ronco maravilloso José Antonio
Méndez.
Alguna vez he estado en el papel de
entrevistado. Trato de comportarme como
los buenos que me han tocado en suerte.
No suelo lograrlo. Mi atropello al
hablar algunas veces me traiciona. Y
suelo extenderme. Cuando el periodista
está frente a su interlocutor agradece
la facundia, el goce en los detalles;
pero a la hora de transcribir el
resultado de la conversación, nos
arrepentimos de haberle “dado cuerda”
para que fuera tan prolijo.
Les doy gracias a entrevistados y
entrevistadores. El lector puede pensar
que es casi lo mismo un intercambio
impreso que una conversación doméstica;
pero esa apreciación es tan ingenua como
creer que en el cine la luz viene
directamente del sol o los muebles son
los de la casa de un vecino cualquiera.
Para iluminar una escena, ambientar un
set o convertir en algo agradable y útil
lo que fue un intercambio de palabras
hace falta mucho trabajo y talento.
Claro, claro, si se hace invisible,
todavía mejor. |