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“La obra musical de Oscar Huerta
está cargada de agudos y transparentes
signos habaneros. Su próximo disco
Pescador urbano es un diario cantado
donde se tejen sus vivencias
adolescentes en la calle Humbolt, con el
florido imaginario de un apasionado
pescador del malecón y la constancia de
quién decidió, desde las escaleras de un
edificio del Vedado, hacerse trovador
contra vientos y mareas, vientos que no
fueron pocos y mareas que no fueron
bajas.
Las problemáticas de la sociedad
colombiana también han encontrado lugar
en su mira, varios temas como ‘El valle
de Cimitarra’ o ‘La advertencia’, entre
otros, denuncian la alarmante situación
de los llamados ‘desplazados”,
campesinos que se ven forzados a
abandonar sus tierras hostigados por los
conflictos armados.”
Lo anterior es parte de un
comentario escrito por mi amiga Carmen
Romero y que refleja con exactitud la
proyección de Oscar Huerta. A él lo
conocí a finales de los 80 gracias a
Frank Delgado que, por entonces,
laboraba en Radio Ciudad de La Habana
como director de un programa denominado
El salón de los juglares y que
sirvió para promover las primeras
grabaciones de muchos cantautores, que
por la época se iniciaban. Sé que Frank
ha conservado una buena parte de esos
materiales y que está digitalizándolos.
Tal vez un día, alguien se anime a
editarlos y así saldrán a la luz las
versiones iniciales de piezas que con el
transcurrir del tiempo se han convertido
en clásicos de nuestra cancionística,
pero que en el momento en que se
compusieron, no fueron tomadas en cuenta
ni por los medios de comunicación ni por
las discográficas de aquellos años.
Oscar Huerta pertenece a la
categoría de los numerosos juglares que
tuvieron que enfrentar las hostilidades
de un momento que no supo comprender, en
su real magnitud, la renovación que
—tanto para la música cubana, como para
toda la producción artístico-literaria
en general del país— traía consigo una
generación emergente, dueña de una
sólida formación académica y cuyo rasgo
fundamental era su alto sentido de la
eticidad. Esos dos elementos han
signado, desde su comienzo hasta la
actualidad, la cancionística compuesta
por Oscarito, como le dicen sus
allegados.
Radicado en Colombia desde la
primera mitad de la década de los 90, en
1995 graba en Cali su primer disco,
El son nuestro, que recoge
composiciones de la etapa anterior. Le
seguiría una segunda producción titulada
Imaginando, la cual muestra (y
demuestra) cómo el espectro temático de
la Canción Cubana Contemporánea hoy se
ha ensanchado y readecuado a disímiles
correlatos. Así, las actuales
preocupaciones de Oscar pasan por las
problemáticas latinoamericanas, en
especial la de la violencia.
Imaginando
es un fonograma de notables valores no
solo en lo textual, sino también en el
dominio que se evidencia de la técnica
de hacer canciones. Como sucede con sus
colegas de generación, él va de nuestros
ritmos tradicionales (el son sobre todo,
claro está) a ciertos aires brasileños,
pasando por el pop. Me llama la atención
que en el fonograma, Huerta se hace
cargo —además de las guitarras, los
coros y por supuesto, la voz principal—
del bajo y los teclados. Los otros
instrumentistas que lo acompañan en el
CD son Carlos Ferrín, en la
batería y la percusión cubana, y Gustavo
Escobar, en el saxo tenor y en el
soprano.
Creador en plena madurez, como heredero
de lo que fue la Nueva Trova, Oscar
Huerta maneja un discurso marcado por la
poesía al tratar asuntos sociales en
temas suyos como “América amerita” o “El
valle de Cimitarra”, preciosa pieza
donde plasma el drama del desplazamiento
forzoso del campesinado colombiano y en
la que ratifica su compromiso no solo
con lo artístico, sino también con
causas justas de nuestro tiempo:
“Yo me llamo José mi mujer Caridad
no tenemos casa donde soñar
se quedó con el frío y el alba
en el valle de cimitarra.
Yo soy el campesinado
y vengo saliendo de mi poblado
allí madruga la furia cuando es invierno
y cuando es verano”. |