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¡Belkis! Cómo estás, me figuro
que bien, con esa amplia sonrisa
y tus ojos de mirada inquieta no
puedo pensar otra cosa. El
tiempo pasa veloz y a veces
necesitamos hacer un flash back.
En 1999 llegué al Instituto
Superior de Arte (ISA) en una de
mis primeras visitas, siempre
solía pasar por el taller de
grabado, un día llegué de pronto
y allí estabas, entintando una
de tus colografías. Te seguí con
la vista durante todo el
proceso, pero no te hablé ni una
sola palabra. Qué podía decirte
yo, un joven de 19 años que se
iniciaba en este mundo de
imágenes, símbolos y signos.
Mucho me faltaba, y me falta aún
por aprender secretos de
alquimia que tú dominaste muy
bien. Después de ese día ya todo
cambió, quedé atrapado por la
profundidad de tu obra y comencé
a buscarte en catálogos y
revistas.
Recuerdo muy bien una entrevista
en Revolución y Cultura
donde hablabas de que habías
tenido problemas con el dibujo
cuando estudiabas, y te
considerabas a ti misma una mala
dibujante. Qué modestia y
sinceridad te hizo pensar así.
Discúlpame pero yo pienso lo
contrario, quién antes o después
tuvo ese sentido del espacio,
esa capacidad para enfrentarse a
esos grandes planos y mezclar un
montón de figuras en diseños
abigarrados convirtiendo simples
cartones en una explosión de
negros y grises.
Me río de todos aquellos que
piensan lo contrario, de los que
ven en la gráfica un arte menor,
de los que piensan que solo se
constituye de secretos técnicos
y recetas preestablecidas. Quién
sino tú para enseñarnos el poder
que encierra una imagen cuando
comienza a itinerar en los ojos
del espectador. Quién sino tú
para demostrar, no con palabras
altisonantes, sino con hechos,
hasta dónde se puede llegar
cuando uno siente lo que hace y
pone en ello hasta sus propias
entrañas.
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Belkis, ya llevo vagando algunos
años por los talleres del ISA y
durante mucho tiempo sentí
sobrecogimiento al llegar la
noche y saber que tú habías
andado por allí. El tiempo ha
pasado y ahora me figuro que
estás ahí con esa enorme sonrisa
y los ojos llenos de luz
riéndote para tus adentros,
pensando que la vida es una gran
paradoja, pues aquí estamos tus
seguidores, amigos y familiares
e incluso hasta tus detractores,
quienes por fortuna pueden venir
a este encuentro contigo y
mirarte cara a cara a través de
esos amplios ojos que signan
toda tu obra.
Ahora estás allí, sentada del
otro lado del río, observando
con detenimiento al pez que
rehúye tu mirada, no cejas en el
intento y estoy seguro de que
permanecerás callada hasta
conseguir que él, por sí solo,
venga a tus manos, para luego
devolverlo una y otra vez. Esta
es tu eterna tarea, recibir para
dar, dar para recibir. Quizá
algún día te adentres en la
profundidad de las aguas para
decirnos adiós, pero ese paso
tardará un buen tiempo, lo
suficiente como para guiar a
todo aquel que no haya
encontrado aún el camino.
6 de octubre de 2009 |