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Hubo épocas en las que
escribir era un acto de
complicidad de todo el
ser con el Ser, hubo
otras en las que se
renunció a él para
dejarse habitar, otras
en las que el cálamo o
la pluma del ave, muerta
y resurrecta,
prolongaban los puentes
y las puertas. Hemos
llegado incluso a cotos
donde el abismo, el
vacío y la nada se
tornan cuerpo escritural
o escritura verdadera.
Del “agua quemada” a la
“piedra sin pulir”, del
“golpe de dados” al
“azar concurrente”, del
“ara” a la “vacuidad”.
Solos frente al canario
amarillo de ojo tan
negro. Solos ante el
Solo. En conversación.
Silencio y entretarde.
Al menos hasta esas
edades uno podía
balancearse entre el
eros y el tánatos sin
mucho riesgo o en
plenitud de ellos.
Cuerda de equilibrio.
Arribando a la
encrucijada de los
monumentos que se
edifican a sí mismos o
de los artefactos que se
contemplan no queda de
otras sino celebrar la
paciente terquedad del
que insiste en afirmar
sus pasos sobre el
poema, las matemáticas o
la física cuántica, que
han venido a sofocar los
fuegos causados por la
ausencia de una
filosofía o de una
verdadera religión donde
el Hombre y Dios puedan
encontrarse a gusto. La
nostalgia de la
Jerusalén del cielo nos
arrebata el placer de
disfrutar el agua que
pasa sobre la china
pelona o el chisporroteo
de la luz que se
despereza en el cielo.
Una nada frente a la
nada de otra Nada mayor.
Cuando en Cuba esas
emanaciones azufradas
alcanzaban su cenit,
comenzamos a nacer un
grupo de poetas que
quedamos en las márgenes
del campo de batalla en
el que se fomentaba o se
despedazaba la “nueva
república letrada”. Por
un lado, estaba el bando
de los “penitentes” y
por otro, el de los
severos y elegantes
“petimetres”, no por eso
menos agresivos, que
desde el principio
propusieron la renuncia
a la patria real como
único camino para
alcanzar la patria
poética, como si una no
habitara en la otra o
como si las dos no
fueran signo de una que
está por encima y en
nosotros a un mismo
tiempo.
Los “penitentes”
asumieron la
conversación, el
supuesto lenguaje
popular, la ironía, el
artificio y la
ingeniosidad como
banderas; mientras que
en el contenido se
caracterizaron, por un
lado, por la celebración
a los “machos
fundadores” y sus actos,
y por otro, por la
autoflagelación como
consecuencia del no
haber podido, querido o
comprendido el papel
civilizador de tales.
Estos, en tanto
auxiliares de los reales
maestros de capilla, se
esforzaron por desterrar
los múltiples
instrumentos e
impusieron en cenáculos,
revistas, concursos y
saraos una norma que
pronto se convirtió en
horma y que a la vez no
logró nunca alcanzar las
alturas de sus
predecesores que habían
logrado llevar la veta
coloquial que atraviesa
la poesía cubana hasta
los territorios de un
“coloquialismos-exteriorismo-antipoesía”
de raíz anglosajona y
latinoamericana a un
mismo tiempo.
Los “petimetres”, más
recientes, casi de ahora
mismo, asumieron la
ideología y la
pragmática del
posmodernismo y se
preocuparon más de la
posibilidad de “vivir
como poetas” en Cuba que
de ser realmente poetas
en la ínsula. Llegaron
tan lejos en sus actos
que al desmontar la
Teleología insular,
de Cintio Vitier, que
había sufrido más que
ellos los avatares de
las contingencias pero
que esperó con
estoicismo y humilde
elegancia su momento,
terminaron por
enfrentarse a José
Martí, porque este
significaba la
realización en el
presente de la
posibilidad de la
república “del amor
triunfante”. Criticando
la tendencia a la
polarización y el
dogmatismo de los
“penitentes” terminaron
por enfrentar, en teoría
claro está, a
Orígenes con
Ciclón y con
Lunes de Revolución,
a José Lezama Lima con
Virgilio Piñera, a
Gastón Baquero con
Eliseo Diego y un largo
etcétera de pares. Ellos
aplicaron el dogma, la
censura, la
tergiversación, la
manipulación con la
misma pasión y saña con
que sus adversarios
intentaron reescribir la
historia literaria del
país.
Es decir, “penitentes” y
“petimetres”
aparentemente lograron
confundir la vida
literaria con la
literatura —y eso lo ha
estudiado ampliamente
nuestro poeta— al
efectuar la conversión o
refuncionalización
forzosa de categorías
políticas y sociológicas
en categorías estéticas.
Confusión de los
instrumentos. Así, la
pertenencia, quizá sea
más exacto decir la
militancia, en alguna de
las corrientes que
interpretaban o hacían
la vida de la polis
se convirtió en “valor o
antivalor literario”.
Cabeza y cola siempre
han sido y serán parte
de una misma serpiente.
Si no estabas con unos,
estabas con los otros, y
si no estabas con
ninguno te situabas en
la banda de los enemigos
de todos.
¿A dónde ir si en tu
fuero interno no podías,
ni debías, ni querías,
comulgar con unos ni con
otros? La solución
estaba, ¿está?, en los
márgenes, en los bordes
del campo de batalla, o
más bien, en ese terreno
de nadie que está entre
los contendientes.
También esa es una
manera de entrar en
batalla, pues debería
recordarse que a esas
fronteras van a parar
los proyectiles de ambos
lados y que es allí
donde se producen las
llamadas “bajas
colaterales”.
Discúlpeseme desde ya
este lenguaje un tanto
cuartelero.
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Por suerte, los márgenes
o las fronteras nunca
estuvieron ni están
deshabitados. Ahí se
encontraban los poetas
periféricos de mi
generación: la “poesía
del centro, los poetas
del Camagüey y del Gran
Oriente”, y una porción
importante de No-poetas,
según los cánones
vigentes en la época,
pero que formaban un
sólido bloque de
paciencia y eticidad,
ahí fueron a parar los
restos del origenismo,
el bando lírico de la
llamada Generación del
50 (Francisco de Oraá,
Carlos Galindo Lena,
Rafael Alcides, etc.) y,
entre otros, Delfín
Prats, Lina de Feria y
Roberto Manzano Díaz,
autor este último de uno
de los mejores poemas
escritos en este lado
del mundo, “Canto a la
Sabana”. No incluyo aquí
de Raúl Hernández Novás
ni a Ángel Escobar
porque en ambos se da el
raro fenómeno de estar y
ser visibles desde el
margen. El trío Prats,
Feria y Manzano son el
símbolo de la callada
resistencia en esa zona
silencio, casi limbo, en
la tuvieron que
sobrevivir durante años.
Atiéndase y entiéndase
que aquí el término
sobrevivir abarca tanto
al ser biológico, como
al ciudadano y al
intelectual.
A Roberto Manzano lo
conocí en uno de
aquellos eventos
frecuentes y masivos,
provincianos, siempre
acompañados de alguien
venido del “centro”
aunque su obra no
mereciera tal
centralidad. Se acababa
de presentar su clásico
Canto… en versión
papel tipo folio 11 y
medio por 13, diseño a
rayas y presilla
medianera. Era un objeto
espantoso que, sin
embargo, me cambió la
vida. Durante meses iba
por las calles
adoquinadas y retorcidas
de mi ciudad y solo
podía pronunciar con
cierta cordura:
“Mi ojo
es un vidrio
negro de presencias.
Recorro la piel y el
paisaje de los míos
y los míos se presencian
en la corteza.”
Como los versos, los
ripios o las
insinuaciones me habían
abandonado y por
aquellos años estaba
enfermo de grafomanía,
se me ocurrió la
posibilidad de ejercitar
“el músculo del
pensamiento poético”
obligando al Canto a
la sabana a entrar
en mi propia norma,
horma o sistema de
mañas. Después de una
paciente operación de
monte y desmonte, el
texto original comenzó a
sonar con mis sones.
Había descubierto una
manera de ser yo solo
que a través de la voz
de otro. En el poema de
Manzano están los
cimientos que sostienen
mi Archipiélago.
Le acompañan Rafael
Almanza, Roberto Méndez,
Jesús David Curbelo y
Luis Álvarez, aunque en
el caso de este
intelectual solo sea por
aquellos dos versos que
valen la misa, y no
París, y que dicen algo
así como “…los mundos
que no entiendo/me
enamoran”.
A Roberto Manzano se le
sigue sujetando a la
reacción anticoloquial,
a la poesía de la tierra
o tojocismo, al deísmo o
al apego a la norma
castellana de los
principeños, y eso no
hace más que mostrarnos
la parte haciéndola
aparecer como el todo, y
la presencia y vigencia
de “penitentes”,
“petimetres” o sus
epígonos. Él es un poeta
que ha transitado del
paisaje humano, pasando
por un deísmo
celebratorio de la raíz
sagrada que se
manifiesta en todo,
hasta llegar a ese
estado de presencia que
es la idea como
expresión del ser. Ese
ha sido un camino de
despojamiento pero
también de aproximación
y ganancias, de mantener
la ruta y de asumir la
espiral, el crecimiento,
la marcha zigzagueante.
Durante años, además,
escuchamos hablar de una
supuesta raíz nerudiana
o vallejiana en nuestro
poeta. Con independencia
a la descarada
manipulación y a la
operación de ninguneo
que se esconde tras el
supuesto elogio o la
vocación ordenadora de
tales ideólogos o
canonistas, habría que
situar definitivamente a
Manzano como medida de
sí mismo. Él es una de
esas voces que exhiben
tal particularidad y
reciedumbre que no
admiten la búsqueda de
regularidades externas.
Difícilmente él o su
obra producirá
discípulos o epígonos.
Manzano debe ser
estudiado, presentado,
como medida de sí mismo
o como plenitud de sí
mismo.
Solo los fuegos me dan
para estas breves notas,
para estas provocaciones
o insinuaciones. Otros
vendrán detrás de mí con
mayor tino y cordura.
Otros me han precedido
con armas mejor veladas.
Solo el testimonio y la
escritura desde los
márgenes pueden alcanzar
la centralidad y la
justicia que merece la
esbeltez que este poeta
escogió para sus versos.
Sea. |