Año VIII
La Habana
2008

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Doña Guiomar de Guzmán
Josefina Ortega • La Habana
 
 

Su biógrafa, la prestigiosa historiadora Hortensia Pichardo, la calificó como figura interesante del siglo XVI, (…) “española que llegó a Cuba acompañando a su esposo, el contador Pedro de Paz, en febrero de 1521, y vivió en ella —salvo un pequeño intervalo en que residió en Sevilla— largos años durante los cuales fue figura dominante en la colonia”.

Agitado período plagado de artimañas y mala fe el que tocó vivir en la Isla a esta hermosa y codiciosa dama a quien Emilio Bacardí dedicó incluso una novela donde, mezclando realidad y fantasía, la describe como: “Una agradable y simpática mujer hija de la alegre Andalucía (…) de carácter bullanguero y decidor, almacén de chistes y cuentos, y dominadora, como reina y señora en la ciudad recién fundada”.

En aquellos primeros días doña Guiomar de Guzmán era esposa del hombre considerado más rico de Cuba, Pedro de Paz, suficiente aval para disfrutar de todo el acomodo y la influencia posibles en la pequeña colonia.

No obstante, mientras vivió el susodicho contador, ella no se hizo notar en la vida pública, sino posteriormente, cuando luego de quedar viuda por segunda ocasión se casó en terceras nupcias con el gobernador Juanes de Ávila.

Su casa: centro de intrigas y habladurías

Cuando murió su primer esposo, doña Guiomar se encontraba en Sevilla y nombró a fray Diego Sarmiento, electo obispo de Cuba en 1536, para cuidar de sus cuantiosos bienes en las Indias.

Pero pronto la astuta sevillana quien ya para entonces se había casado nuevamente en la Península, esta vez con Sebastián Oyo Villota, percibió que sus propiedades eran amenazadas por algunos personajes de jerarquía avecindados en la Isla.

Por azares de la vida, doña Guiomar volvió a enviudar en breve tiempo y en 1540 regresó a Santiago para cuidar de sus intereses y en especial de sus encomiendas: indios suministrados a ella y a su difunto esposo Pedro de Paz para la explotación de sus minas, tierras y para su servicio.

A partir de entonces —como dice la doctora Hortensia Pichardo— “su nombre aparece con frecuencia en los documentos de Indias. Posiblemente ocupó ella, mujer inteligente, al volver a Cuba, seis o siete años después de su partida, el lugar que había dejado vacante su esposo, en la maquinaria política de la Isla, y probablemente su casa fue centro de las intrigas y habladurías del momento”.

Atrás quedaban sus días de calma y sosiego cuando Pedro de Paz, su primer marido, luchaba por los intereses de la familia.

Ahora era a ella a quien tocaba hacerlo.

Un nuevo gobernador, un harto mozo

En febrero de 1544 arribaba a Santiago de Cuba un nuevo gobernador, el joven licenciado Juanes de Ávila, un harto mozo, como fue descrito, quien fue a residir a la casa de doña Guiomar, la cual poseía una de las mejores viviendas de la villa, y en la que con anterioridad se había hospedado también el joven almirante Luis Colón, cuando hizo escala en Cuba, en viaje de Jamaica a La Española, lo que dio lugar en su día a picantes comentarios.

Lo cierto es que por esa época nuestra protagonista era ya una mujer madura, viuda por dos ocasiones y con cuatro hijos, pero todavía resultaba muy afable en su trato y conservaba su hermosura, la que de seguro hacía suspirar a más de un vecino de la villa colonial, colmada de prejuicios y ponzoñas.

No resulta muy difícil vislumbrar, pues, el desenlace de este particular suceso que mucho dio que hablar en su época y llegó hasta nuestros días germinado por la leyenda.

Una singular mujer

Hay quienes aseguran que en un principio las intenciones de Juanes de Áviles fueron buenas, sin embargo, en poco tiempo eran denunciados una y otra vez a Madrid los atropellos del gobernador que en los meses que vivió en la casa de doña Guiomar había sentenciado 13 ó 14 pleitos a favor de la seductora viudita, que con sus halagos y encantos logró que él se parcializara a su favor e hiciera suyas sus fobias y sus preferencias.

Se cuenta que la influencia de ella sobre Ávila que fue, al comienzo, discreta y apenas ostensible, creció con el paso de los días y llegó a su punto de caramelo cuando la pareja, ajena a la diferencia de edad, decidió, tal vez para acallar los comadreos, contraer matrimonio en diciembre de 1545.

Como se conoce, fueron muchas las acciones legales y políticas que esta suscitó singular mujer, así como también todos los hilos de poder que enlazó en una época en que las féminas de su clase se dedicaban al cuidado de la familia y al bordado durante horas en una comadrita.

Para algunos historiadores Juanes de Áviles fue el peor gobernador que la Isla pudo tener. Favoreció a su esposa, —audaz, decidida, y ambiciosa como pocas— creó monopolios para su propio beneficio, restringió a los consejos municipales, intimidó al pueblo y aceptó sobornos.

Pero el dinero y las artimañas de su mujer en aquel sórdido ambiente caracterizado por los constantes pleitos entre las autoridades coloniales, le permitieron la anulación incluso de las penas que le fueron impuestas en un juicio de residencia entablado contra él.

No hay que extrañarse. Doña Guiomar de Guzmán llegó a ser dueña de la voluntad de sus convecinos y eje de la política de la entonces pequeña ciudad de Santiago de Cuba.

Para la época en que ella vivió fue, sin duda, una mujer muy especial, cuya temeridad e inteligencia sazonadas con sus encantos le posibilitaron ocupar un lugar influyente en la colonización de Cuba.

La muy taimada de doña Guiomar contaba con armas suficientes para ello.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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