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Su biógrafa, la prestigiosa
historiadora Hortensia Pichardo,
la calificó como figura
interesante del siglo XVI, (…)
“española que llegó a Cuba
acompañando a su esposo, el
contador Pedro de Paz, en
febrero de 1521, y vivió en ella
—salvo un pequeño intervalo en
que residió en Sevilla— largos
años durante los cuales fue
figura dominante en la colonia”.
Agitado período plagado de
artimañas y mala fe el que tocó
vivir en la Isla a esta hermosa
y codiciosa dama a quien Emilio
Bacardí dedicó incluso una
novela donde, mezclando realidad
y fantasía, la describe como:
“Una agradable y simpática mujer
hija de la alegre Andalucía (…)
de carácter bullanguero y
decidor, almacén de chistes y
cuentos, y dominadora, como
reina y señora en la ciudad
recién fundada”.
En aquellos primeros días doña
Guiomar de Guzmán era esposa del
hombre considerado más rico de
Cuba, Pedro de Paz, suficiente
aval para disfrutar de todo el
acomodo y la influencia posibles
en la pequeña colonia.
No obstante, mientras vivió el
susodicho contador, ella no se
hizo notar en la vida pública,
sino posteriormente, cuando
luego de quedar viuda por
segunda ocasión se casó en
terceras nupcias con el
gobernador Juanes de Ávila.
Su casa: centro de intrigas y
habladurías
Cuando murió su primer esposo,
doña Guiomar se encontraba en
Sevilla y nombró a fray Diego
Sarmiento, electo obispo de Cuba
en 1536, para cuidar de sus
cuantiosos bienes en las Indias.
Pero pronto la astuta sevillana
quien ya para entonces se había
casado nuevamente en la
Península, esta vez con
Sebastián Oyo Villota, percibió
que sus propiedades eran
amenazadas por algunos
personajes de jerarquía
avecindados en la Isla.
Por azares de la vida, doña
Guiomar volvió a enviudar en
breve tiempo y en 1540 regresó a
Santiago para cuidar de sus
intereses y en especial de sus
encomiendas: indios
suministrados a ella y a su
difunto esposo Pedro de Paz para
la explotación de sus minas,
tierras y para su servicio.
A partir de entonces —como dice
la doctora Hortensia Pichardo—
“su nombre aparece con
frecuencia en los documentos de
Indias. Posiblemente ocupó ella,
mujer inteligente, al volver a
Cuba, seis o siete años después
de su partida, el lugar que
había dejado vacante su esposo,
en la maquinaria política de la
Isla, y probablemente su casa
fue centro de las intrigas y
habladurías del momento”.
Atrás quedaban sus días de calma
y sosiego cuando Pedro de Paz,
su primer marido, luchaba por
los intereses de la familia.
Ahora era a ella a quien tocaba
hacerlo.
Un nuevo gobernador, un harto
mozo
En febrero de 1544 arribaba a
Santiago de Cuba un nuevo
gobernador, el joven licenciado
Juanes de Ávila, un harto mozo,
como fue descrito, quien fue a
residir a la casa de doña
Guiomar, la cual poseía una de
las mejores viviendas de la
villa, y en la que con
anterioridad se había hospedado
también el joven almirante Luis
Colón, cuando hizo escala en
Cuba, en viaje de Jamaica a La
Española, lo que dio lugar en su
día a picantes comentarios.
Lo cierto es que por esa época
nuestra protagonista era ya una
mujer madura, viuda por dos
ocasiones y con cuatro hijos,
pero todavía resultaba muy
afable en su trato y conservaba
su hermosura, la que de seguro
hacía suspirar a más de un
vecino de la villa colonial,
colmada de prejuicios y
ponzoñas.
No resulta muy difícil
vislumbrar, pues, el desenlace
de este particular suceso que
mucho dio que hablar en su época
y llegó hasta nuestros días
germinado por la leyenda.
Una singular mujer
Hay quienes aseguran que en un
principio las intenciones de
Juanes de Áviles fueron buenas,
sin embargo, en poco tiempo eran
denunciados una y otra vez a
Madrid los atropellos del
gobernador que en los meses que
vivió en la casa de doña Guiomar
había sentenciado 13 ó 14
pleitos a favor de la seductora
viudita, que con sus halagos y
encantos logró que él se
parcializara a su favor e
hiciera suyas sus fobias y sus
preferencias.
Se cuenta que la influencia de
ella sobre Ávila que fue, al
comienzo, discreta y apenas
ostensible, creció con el paso
de los días y llegó a su punto
de caramelo cuando la pareja,
ajena a la diferencia de edad,
decidió, tal vez para acallar
los comadreos, contraer
matrimonio en diciembre de 1545.
Como se conoce, fueron muchas
las acciones legales y políticas
que esta suscitó singular mujer,
así como también todos los hilos
de poder que enlazó en una época
en que las féminas de su clase
se dedicaban al cuidado de la
familia y al bordado durante
horas en una comadrita.
Para algunos historiadores
Juanes de Áviles fue el peor
gobernador que la Isla pudo
tener. Favoreció a su esposa,
—audaz, decidida, y ambiciosa
como pocas— creó monopolios para
su propio beneficio, restringió
a los consejos municipales,
intimidó al pueblo y aceptó
sobornos.
Pero el dinero y las artimañas
de su mujer en aquel sórdido
ambiente caracterizado por los
constantes pleitos entre las
autoridades coloniales, le
permitieron la anulación incluso
de las penas que le fueron
impuestas en un juicio de
residencia entablado contra él.
No hay que extrañarse. Doña
Guiomar de Guzmán llegó a ser
dueña de la voluntad de sus
convecinos y eje de la política
de la entonces pequeña ciudad de
Santiago de Cuba.
Para la época en que ella vivió
fue, sin duda, una mujer muy
especial, cuya temeridad e
inteligencia sazonadas con sus
encantos le posibilitaron ocupar
un lugar influyente en la
colonización de Cuba.
La muy taimada de doña Guiomar
contaba con armas suficientes
para ello. |