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Hoy llovizna en Murcia. Puede que
empiece el otoño seriamente, aunque
algunos lo dudan. El cambio climático
pone reparos a las tradicionales y tan
europeas estaciones del año.
Yo regreso en tren de Orihuela, para los
cubanos y para tanta gente en el mundo,
sinónimo de su gran poeta Miguel
Hernández. El viaje es corto y rápido.
Hoy se me hizo agradable por la
compañía de Alfredo, una de las personas
más sensibles y sabias que he encontrado
por estas tierras.
Hablamos de todo. Hasta de los sucesos
políticos que llenan los periódicos
españoles.
Mi compañero de asiento opina —y asiento
como dándole la parte de razón que un
visitante puede ejercer— que lo del caso
Gürtel y otras barbaridades sobre
corrupción que salen a flote es como
para que los protagonistas políticos que
tienen que ver con esa trama renuncien o
mejor se “desapunten”. Me río de lo
ingenioso del término y pasamos a
Borges, Cortázar, al fútbol que darán
mañana por la noche. Alfredo tiene el
récord de haber sido la persona que
mejor ha entendido mi explicación sobre
el, para los cubanos, tan entrañable
juego de pelota. Aquí en España el
béisbol es cosa de películas americanas
y como de otra galaxia para la mayoría
de las personas.
La lluvia suele provocar tristeza. Nadie
lo expresa mejor que Vallejo, con
aquello de una tarde en la que llovía
“amargamente...”. A mí me gusta que
llueva y más que entristecerme, me
exagera, me potencializa, me subraya los
estados de ánimo. Tengo más ganas de lo
común de encontrarme con Tania —aunque
haga solo unas horas que no la veo—; el
apetito, el sueño, el entusiasmo o la
melancolía crecen durante los días
húmedos.
No todo sale como uno quisiera; pero,
querido Vallejo, hoy tengo ganas de
vivir. Lo aseguro. |