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La aristocracia del intelecto, la
nobleza del gran arte cinematográfico
concebido en Polonia, la hidalguía de
las obras capaces de estremecerte y de
hacerte crecer espiritualmente, estará
en el ciclo de filmes polacos (entre el
12 y el 20 de octubre) que abarca desde
1960 hasta 2000, es decir lo que algunos
especialistas suelen denominar cine
moderno, postmoderno y postpost. Notable
variedad genérica y temática, además del
predominio en la lista de los estrenos
en Cuba, son dos de las características
dominantes al interior de este conjunto
de películas consideradas hitos,
clásicos.
Tres de los títulos corresponden a los
inconformes e iluminadores años sesenta:
Madre Juana de los Ángeles (1960,
Jersy Kawalerowicz), consumación de la
tendencia histórico-literaria que
consagrara a la Escuela de cine de Lodz,
donde se graduaron algunos de los
principales cineastas del país, luego
del renacimiento registrado en la
segunda mitad de los años cincuenta.
Sicológico,
coreográfico y pictórico estudio de un
caso real —el de las monjas endemoniadas
de Loudun, en 1634— Madre Juana...
se ubicó en las antípodas de la
contemporánea, “nuevaolera”, juvenil y
espontánea Adiós, hasta mañana
(1960,
Janusz Morgenstern) que protagoniza el
astro Zbigniew Cybulski, y cuenta la
historia de un
encuentro romántico entre Jacek y
Margueritte, entrelazado con las escenas
de participación de los creadores y los
actores de los teatros Bim-Bom y Co To.
Cybulski fue cofundador, director y
actor del Bim-Bom, de modo que su
biografía personal constituye el fondo
de la trama.
La hiperestesia y la fragilidad
emocional determinan lo específico de
algunos de los protagonistas perfilados
por Witold Leszczyński, un director
varias veces premiado en Europa, pero
apenas conocido en Cuba. De su exigua
pero poderosa filmografía se exhibe
La vida de Mateo (1967) una de las
mejores películas polacas de esa década,
nunca vista en Cuba. El filme se adentra
en la subjetividad de un hombre que es
tomado por tonto por quienes lo rodean.
Su vida tranquila, casi idílica, se verá
interrumpida por la amenaza de la
catastrófica soledad que tanto teme, y
se ve impulsado a abandonar el mundo que
lo ha rechazado y marginado. Según
asegura el especialista Jacek Fuksiewicz
en el texto El cine polaco, el
filme es “un cuadro poético de los
sueños humanos, de las nostalgias y
esperanzas defraudadas; es un estudio
psicológico del hombre sumamente
sensible, no adaptado a la vida y por
ello condenado a la derrota”.
Para quienes crean que la cámara en
mano, el cine coral y las limitaciones
de espacio constituyen un aporte del
grupo Dogma y de los años noventa, será
bueno ilustrarse con La boda
(1972), el único filme de Andrzej
Wajda en este ciclo, pues recientemente
se le dedicó una retrospectiva bastante
completa. Un plantel de extraordinarios
intérpretes (el célebre
Daniel Olbrychski y la soberbia Maja
Komorowska, escoltados por Andrzej
Lapicki y Wojciech Pszoniak, entre
otros) le dan vida a la adaptación de la
obra teatral homónima, escrita en verso,
del polifacético artista polaco de
principios del siglo XX Stanisław
Wyspiański. La trama se inspira en el
matrimonio real entre el escritor Lucjan
Rydel y una joven campesina en 1900. Los
invitados reflexionan sobre el torturado
pretérito de Polonia, y su indoblegable
espíritu de emancipación ante las
ambiciones expansionistas de Rusia,
Alemania o Austria. Colorista y
alucinante, al mismo tiempo filosófica,
realista y fantástica, La boda es
una de las películas de Wajda más
cercanas a un cine formalmente
vanguardista, mientras diserta sobre la
relación entre los intelectuales y el
pueblo.
Se incluyen otros dos filmes de los
pródigos años setenta, habida cuenta de
que en Polonia no prevalecieron los
moldes del realismo socialista: Hotel
Pacífico (Janusz Majewski, 1975) y
El animador (1978, Feliks Falk)
que representan dos de las tendencias
dominantes en aquella década. En la
primera domina el cine retro elegante;
se desarrolla principalmente en un
enorme restaurante de los años treinta
del siglo XX, donde trabaja un
adolescente, Román, quien tiene que
aguantar vejaciones mil para conseguir
un ascenso. Hasta que se cansa de hacer
concesiones para ascender laboralmente.
Estreno en Cuba es también El
animador, filme de culto dentro del
llamado “cine de la preocupación moral”
que encabezaron Krzysztof Zanussi y
Krzysztof Kieslowski. El versátil Jerzy
Stuhr, (también coautor de los diálogos)
interpreta a un personaje complejo, un
trepador, alguien dominado por el
incontrolado deseo de triunfar a
cualquier precio en lo suyo: la
animación de fiestas.
La sátira de ciencia ficción, burla del
feminismo y del totalitarismo, titulada
Sexmisión (1983, Juliusz
Machulski) que tanto éxito alcanzara en
pantallas cubanas grandes y pequeñas,
cede el paso a La mascarada
(1986), cita obligada para quienes se
interesen por el arte escénico,
verdadero alarde histriónico para
Boguslaw Linda y Zbigniew Zapasiewicz,
dos presencias definitivas en el cine
polaco de los últimos treinta años. Y
hablando de intérpretes, muy poco se
conocen en Cuba los portentosos momentos
de la frecuente colaboración entre la ya
mencionada Maja Komorowska y el muy
conocido Krzysztof Zanussi. Juntos
emprendieron algunas brillantes páginas
del cine polaco, y para el ciclo fue
seleccionada El galope, que
repasa los años cincuenta y las cuotas
de represión e injusticias desplegadas
en nombre de la dictadura del
proletariado.
Otros dos estrenos en Cuba cierran
cronológicamente el ciclo: La deuda
(1999, Krzysztof Krauze) y Soy yo, el
ladrón (2000, Jacek Bromski) que
vienen a paliar relativamente el
considerable desconocimiento que reina
entre nosotros sobre los logros más
recientes de aquella cinematografía.
Amargas reflexiones sobre la Polonia
contemporánea, postsocialista, portan
ambos títulos. La violencia, la
impotencia del ciudadano común y las
insuficiencias legales son los temas que
dominan La deuda, mientras que el
alcoholismo, la adolescencia desviada o
carente de valores morales, y la delgada
línea de sombras que separa la legalidad
del delito, son los principales asuntos
en torno a los cuales gira Soy yo, el
ladrón, un filme que a pesar de su
dramatismo roza el humor. Así, su
director la ha catalogado como “una
comedia grave con digresiones".
Polonia vuelve a proponer un grupo de
obras cuyo poder narrativo y virtudes de
puesta escena hace pensar en el insigne
talento de sus hacedores. Este es cine
de autor, de entretenimiento, de alto
rigor profesional, polémico y
arriesgado, positivamente académico a
veces, y en otras ocasiones atento al
encrespamiento de lo asombroso y lo
peculiar. |