Año VIII
La Habana
2009

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 Aristócratas polacos de medio siglo

Joel del Río • La Habana
 
 

La aristocracia del intelecto, la nobleza del gran arte cinematográfico concebido en Polonia, la hidalguía de las obras capaces de estremecerte y de hacerte crecer espiritualmente, estará en el ciclo de filmes polacos (entre el 12 y el 20 de octubre) que abarca desde 1960 hasta 2000, es decir lo que algunos especialistas suelen denominar cine moderno, postmoderno y postpost. Notable variedad genérica y temática, además del predominio en la lista de los estrenos en Cuba, son dos de las características dominantes al interior de este conjunto de películas consideradas hitos, clásicos.

Tres de los títulos corresponden a los inconformes e iluminadores años sesenta: Madre Juana de los Ángeles (1960, Jersy Kawalerowicz), consumación de la tendencia histórico-literaria que consagrara a la Escuela de cine de Lodz, donde se graduaron algunos de los principales cineastas del país, luego del renacimiento registrado en la segunda mitad de los años cincuenta. Sicológico, coreográfico y pictórico estudio de un caso real —el de las monjas endemoniadas de Loudun, en 1634— Madre Juana... se ubicó en las antípodas de la contemporánea, “nuevaolera”, juvenil y espontánea Adiós, hasta mañana (1960, Janusz Morgenstern) que protagoniza el astro Zbigniew Cybulski, y cuenta la historia de un encuentro romántico entre Jacek y Margueritte, entrelazado con las escenas de participación de los creadores y los actores de los teatros Bim-Bom y Co To.  Cybulski fue cofundador, director y actor del Bim-Bom, de modo que su biografía personal constituye el fondo de la trama. 

La hiperestesia y la fragilidad emocional determinan lo específico de algunos de los protagonistas perfilados por Witold Leszczyński, un director varias veces premiado en Europa, pero apenas conocido en Cuba. De su exigua pero poderosa filmografía se exhibe La vida de Mateo (1967) una de las mejores películas polacas de esa década, nunca vista en Cuba. El filme se adentra en la subjetividad de un hombre que es tomado por tonto por quienes lo rodean. Su vida tranquila, casi idílica, se verá interrumpida por la amenaza de la catastrófica soledad que tanto teme, y se ve impulsado a abandonar el mundo que lo ha rechazado y marginado. Según asegura el especialista Jacek Fuksiewicz en el texto El cine polaco, el filme es “un cuadro poético de los sueños humanos, de las nostalgias y esperanzas defraudadas; es un estudio psicológico del hombre sumamente sensible, no adaptado a la vida y por ello condenado a la derrota”. 

Para quienes crean que la cámara en mano, el cine coral y las limitaciones de espacio constituyen un aporte del grupo Dogma y de los años noventa, será bueno ilustrarse con La boda (1972), el único filme de Andrzej Wajda en este ciclo, pues recientemente se le dedicó una retrospectiva bastante completa. Un plantel de extraordinarios intérpretes (el célebre Daniel Olbrychski y la soberbia Maja Komorowska, escoltados por Andrzej Lapicki y Wojciech Pszoniak, entre otros) le dan vida a la adaptación de la obra teatral homónima, escrita en verso, del polifacético artista polaco de principios del siglo XX Stanisław Wyspiański. La trama se inspira en el matrimonio real entre el escritor Lucjan Rydel y una joven campesina en 1900. Los invitados reflexionan sobre el torturado pretérito de Polonia, y su indoblegable espíritu de emancipación ante las ambiciones expansionistas de Rusia, Alemania o Austria. Colorista y alucinante, al mismo tiempo filosófica, realista y fantástica, La boda es una de las películas de Wajda más cercanas a un cine formalmente vanguardista, mientras diserta sobre la relación entre los intelectuales y el pueblo.

Se incluyen otros dos filmes de los pródigos años setenta, habida cuenta de que en Polonia no prevalecieron los moldes del realismo socialista: Hotel Pacífico (Janusz Majewski, 1975) y El animador (1978, Feliks Falk) que representan dos de las tendencias dominantes en aquella década. En la primera domina el cine retro elegante; se desarrolla principalmente en un enorme restaurante de los años treinta del siglo XX, donde trabaja un adolescente, Román, quien tiene que aguantar vejaciones mil para conseguir un ascenso. Hasta que se cansa de hacer concesiones para ascender laboralmente. Estreno en Cuba es también El animador, filme de culto dentro del llamado “cine de la preocupación moral” que encabezaron Krzysztof Zanussi y Krzysztof Kieslowski. El versátil Jerzy Stuhr, (también coautor de los diálogos) interpreta a un personaje complejo, un trepador, alguien dominado por el incontrolado deseo de triunfar a cualquier precio en lo suyo: la animación de fiestas.

La sátira de ciencia ficción, burla del feminismo y del totalitarismo, titulada Sexmisión (1983, Juliusz Machulski) que tanto éxito alcanzara en pantallas cubanas grandes y pequeñas, cede el paso a La mascarada (1986), cita obligada para quienes se interesen por el arte escénico, verdadero alarde histriónico para Boguslaw Linda y Zbigniew Zapasiewicz, dos presencias definitivas en el cine polaco de los últimos treinta años. Y hablando de intérpretes, muy poco se conocen en Cuba los portentosos momentos de la frecuente colaboración entre la ya mencionada Maja Komorowska y el muy conocido Krzysztof Zanussi. Juntos emprendieron algunas brillantes páginas del cine polaco, y para el ciclo fue seleccionada El galope, que repasa los años cincuenta y las cuotas de represión e injusticias desplegadas en nombre de la dictadura del proletariado. 

Otros dos estrenos en Cuba cierran cronológicamente el ciclo: La deuda (1999, Krzysztof Krauze) y Soy yo, el ladrón (2000, Jacek Bromski) que vienen a paliar relativamente el considerable desconocimiento que reina entre nosotros sobre los logros más recientes de aquella cinematografía. Amargas reflexiones sobre la Polonia contemporánea, postsocialista, portan ambos títulos. La violencia, la impotencia del ciudadano común y las insuficiencias legales son los temas que dominan La deuda, mientras que el alcoholismo, la adolescencia desviada o carente de valores morales, y la delgada línea de sombras que separa la legalidad del delito, son los principales asuntos en torno a los cuales gira Soy yo, el ladrón, un filme que a pesar de su dramatismo roza el humor. Así, su director la ha catalogado como “una comedia grave con digresiones".

Polonia vuelve a proponer un grupo de obras cuyo poder narrativo y virtudes de puesta escena hace pensar en el insigne talento de sus hacedores. Este es cine de autor, de entretenimiento, de alto rigor profesional, polémico y arriesgado, positivamente académico a veces, y en otras ocasiones atento al encrespamiento de lo asombroso y lo peculiar.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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