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Miguel Hernández, el gran poeta
campesino español, fue fusilado
el jueves 20 en Madrid, por
sentencia de un consejo de
guerra. Delito: haber sido
miliciano en la guerra. Con
Miguel Hernández y Federico
García Lorca perdieron las
letras españolas sus dos
primeros poetas jóvenes.
Si me muero que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Miguel Hernández ha muerto. Ha
muerto apretando los dientes, la
boca contra la grama. Pero no
era aquella muerte la que él
estaba dispuesto a aceptar, con
altanero fatalismo… En otros
versos, nos había explicado,
cómo podía morirse “con la
cabeza muy alta”:
Los quince y los dieciocho,
los dieciocho y los veinte…
Me voy a cumplir los años
al fuego que me requiere,
y si resuena mi hora
antes de los doce meses,
los cumpliré bajo tierra.
Yo trato que de mí queden
una memoria de sol
y un sonido de valiente.
Memoria de sol y sonido de
valiente acompañaban ya en vida
la historia contemporánea de
Miguel. Perdonado cien veces por
la metralla, curtido por el sol
de los frentes, el poeta cantó
magníficamente en las
trincheras, vistiendo el pardo
uniforme de los milicianos.
Canciones de vida y muerte, de
júbilo y luto, que adquieren
ahora, ante un cable escueto,
singular relieve dramático:
¡Qué sencilla es la muerte; qué
sencilla,
pero qué injustamente
arrebatada!
No sabe andar despacio, y
(acuchilla
cuando menos se espera
(su turbia
cuchillada.
De la Elegía a García Lorca
son estos versos dramáticamente
proféticos:
Como si
paseara con tu
(sombra
paseo con la mía
por una tierra que el
silencio
(alfombra,
que el ciprés apetece más
(sombría.
Rodea mi garganta tu
agonía
como un hierro de horca
y pruebo una bebida
funeraria.
Tú sabes, Federico García
(Lorca,
que soy de los que gozan
una
(muerte diaria.
El cable ha hablado: Tres años
exactamente después de fusilado
el poeta de Yerma, Miguel
Hernández ha caído bajo las
balas de un pelotón ejecutor.
“Veinte veces muerto” por veinte
balas, se ha desplomado, “la
boca contra la grama”, en el
patio de una siniestra prisión
madrileña.
Miguel, que ha vivido con la
cabeza muy alta, sólo puede
haber muerto con la cabeza en
alto: esa cabeza cuyos ojos de
niño reflejaban la limpidez de
una conciencia sin
remordimientos.
Jean Cocteau llamaba a Raymond
Radiguet “el milagro del Marne”.
A Miguel habría podido
llamársele “El milagro de
Orihuela”, porque su caso
constituye una excepción dentro
de la historia de una literatura
(excepción que tiene un
precedente en la literatura
inglesa del siglo XVIII): Miguel
Hernández fue poeta antes de
aprender a leer y a
escribir.
Hijo de humildes pastores de
cabras, trabajó desde niño en el
cuidado del ganado y el cultivo
de la tierra… Las toscas
canciones que surgieron de sus
labios, en los primeros años de
su vida, justifican estas frases
dirigidas por él a Vicente
Aleixandre, en la dedicatoria de
Viento del pueblo: “A
nosotros, que hemos nacido
poetas, entre todos los hombres,
nos ha hecho poetas la vida
junto a todos los hombres…”
Miguel Hernández había nacido
poeta entre todos los hombres.
Aprendió a escribir su nombre en
la escuela pública de Orihuela,
y, a pesar de que los primeros
libros que cayeron entre sus
manos eran detestables
folletines por entrega, de los
que pueden falsear el gusto de
un hombre sencillo, el pastor de
cabras halló, por instinto, el
camino que habría de conducirlo
a las más puras fuentes de la
poesía castellana. Devoró las
obras de los clásicos españoles
en un círculo obrero de su
pueblo. Conoció por un feliz
azar, poemas de Antonio Machado
y Juan Ramón Jiménez. Y un buen
día publicó una serie de octavas
reales, escritas bajo la
influencia peligrosa y egregia
de Góngora.
Miguel Hernández no había
cumplido veinte años, cuando
José Bergamín publicó su primera
obra seria, un auto sacramental,
en Cruz y Raya… Los
jóvenes poetas de Madrid
comprendieron que había “nacido
un poeta entre todos los
hombres”. Un poeta por instinto.
Un poeta auténtico. Un poeta que
podría escribir un día: “Nuestro
cimiento será siempre el mismo:
la tierra. Nuestro destino es
parar en las manos del pueblo…”
Miguel Hernández fue festejado,
elogiado, publicado. El aspecto
milagroso de su aparición en el
firmamento de las letras
españolas, le confirió la
categoría de héroe poético del
día.
Pero el éxito no modificó en
nada el carácter de Miguel. En
la Cervecería de Correos,
junto a Federico García Lorca;
en la casa de Pablo Neruda,
llena de máscaras javanesas; en
el estudio de Rafael Alberti,
presidido por los inquietantes
dibujos de Alberto —escultor en
barro de Castilla— Miguel
Hernández seguía siendo el
pastor de cabras, hijo de
pastores de cabras, de los
campos de Orihuela.
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna
pesan sobre nuestros huesos!
Miguel Hernández había nacido
con el cutis duro y terroso de
los campesinos. Ignorante de
coqueterías, llevaba cortísimo
un pelo espeso que ningún peine
habría sabido domar. Manos
anchas, manos de labriego.
Estas sonoras manos, oscuras y
lucientes
las reviste una piel de invencible
corteza,
y son inagotables y generosas
fuentes
de vida y de riqueza…
Miguel no era elegante. Prefería
cualquier indumentaria refinada,
el rudo pantalón de pana de los
campesinos, y esas alpargatas
levantinas, con ocho cordones
negros, que habrían de ser el
calzado de campaña de los
primeros milicianos.
Pero dos cosas resultaban
inolvidables en el poeta: la
limpidez de su mirada clara y el
timbre varonil y profundo de su
voz.
Esa voz la he apresado. La tengo
aquí, en La Habana, en mis
maletas.
A principios de 1938, Miguel
Hernández llegó inesperadamente
a París. Desde los primeros
instantes de la guerra, el poeta
se había inscripto en el 5to.
regimiento:
Echa tus huesos al campo,
echa las fuerzas que tienes
a las cordilleras foscas
y al olivo del aceite
……………………………………….
Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen…
Había trabajado en la
construcción de fortificaciones.
Ahora, destinado a infantería,
luchaba como miliciano en la
brigada del “Campesino”… Para
imponerle un descanso merecido,
y sustraerlo momentáneamente a
los cotidianos peligros del
frente, el Gobierno republicano
lo había nombrado delegado a un
Congreso Internacional de Arte
Dramático.
Por aquel entonces, disponiendo
de las máquinas de mi estudio,
yo no perdía una oportunidad de
“poner en conserva” la voz de
los grandes poetas
contemporáneos. Había editado
los poemas Guernica y Madrid
1937, de Paul
Eluard. Había guardado en mis gavetas las
voces de Langston Hughes, Rafael
Alberti, José Bergamín, Octavio
Paz, Pablo Neruda y otros… Al
saber que Miguel (a quien había
conocido en Madrid bajo las
bombas del año anterior) estaba
en París, lo invité a que
grabara un disco.
Era la primera vez que el ex
pastor de cabras veía un estudio
consagrado a estos trabajos.
Todo lo maravillaba: las
máquinas, los micrófonos, los
amplificadores, los
tonemesser
que permiten ver la voz, los
pomos de cristal en que la
escoria filiforme de los discos
se entrega a danzas fantásticas,
al ser enmarañada por
aspiradores. Miguel reía como un
niño al ver los aparatos
destinados a producir ruidos. Al
oír un balido producirse en una
caja misteriosa, exclamaba:
—¡El borrego!...
Entendido en la materia, hallaba
que las cabras mecánicas de mi
estudio no eran del todo
exactas.
—¡Si hubieses venido a
Orihuela!... ¡Allí eran de
verdad!...
Por fin, Miguel se detuvo ante
el micrófono. Se encendieron las
luces rojas. Se encendieron las
azules. Y el poeta comenzó a
declamar, con su voz maravillosa
y su acento aldeano, las
estrofas de la Novia del
soldado.
Sobre los ataúdes feroces en acecho
sobre los mismos muertos sin remedio
y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con
todo el pecho
hasta en el polvo, esposa…
Este disco no se llegó a editar,
pero conservo el original, único
ejemplar, junto a mis papeles
más preciados. Trataré de hacer
algunas copias de él que
regalaré a los que fueron amigos
del poeta.
¡Cuerpo presente!... ¡Único
retrato viviente que nos queda
de esa voz que simbolizó, por su
masculinidad, la vida misma de
Miguel Hernández!...
6 de agosto de
1939, Revista
Carteles. |