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La ruta de Valencia
Carretera de
Valencia,
la más valiente de España,
la que sales de Madrid
cruzando el puente de Arganda,
en Tarancón pisas Cuenca
y entre pinares cabalgas
a entrar por Puerto Contreras,
sobre sus colinas blancas,
a las tierras de Levante,
donde el arroz, de sus charcas,
levanta mojado al sol
y encendido de naranjas.
Emilio
Prados
(Romancero de la guerra de
España)
“No formen caravana. Cada
automóvil, a novecientos metros
del otro. ¡Si se detienen,
resguarden el auto debajo de un
árbol!”
Tales son las órdenes formuladas
por nuestro “responsable”,
Rafael Alberti, ante el edificio
de la Alianza de Intelectuales,
punto de reunión de los
delegados al congreso... Hace un
día maravilloso. Valencia parece
haber olvidado el bombardeo de
anoche. El mercado de Trinquete
de Caballeros está lleno de
caseras afanosas. Los hombres
hacen cola en la puerta de un
estanco de tabacos. Una muchacha
descorre las cortinas de su
ventana cantando el Vito
con palabras nuevas que aluden a
la gesta del Quinto Regimiento.
En las paredes, los carteles que
ostentan el ya clásico
“¡Defended Madrid!” avecindan
con otros que anuncian
representaciones de la
Mariana Pineda de García
Lorca, así como un concierto
sinfónico dirigido por Bacarisse,
Halffter y el Maestro Sanjuán.
Después de la tormenta todo
respira alegría y voluntad de
vivir... Ya hemos aprendido a
olvidar el “buenos días” y el
“adiós” en beneficio del viril
“¡salud!”, acompañado de un
gesto seco, que constituye la
fórmula de saludo adoptada por
todos en territorios de la
España republicana.
Ya los autos han salido del
centro de la ciudad. Antes de
tomar la carretera de Madrid,
pasaremos delante de las
formidables torres de Serrano
—baluarte macizo, construido en
piedra de talla—, en cuyos
sótanos inexpugnables se
encuentran guardadas las
pinturas más importantes del
Museo del Prado... Ahí duermen
Las Meninas de Velázquez
y el Carlos V a caballo
del Ticiano, sustraídos por los
milicianos a la acción de las
bombas incendiarias lanzadas por
los aviones.
Hacia la guerra
Hasta ahora hemos encontrado el
orden y la paz en todas partes.
Nunca hemos visto escenas
parecidas a las que llenaban
aún, en otros países,
innumerables rotograbados
sensacionalistas. Ni ruinas de
iglesias quemadas, ni obras de
arte destruidas, ni huellas de
disturbios. (Las únicas ruinas
que hemos visto se deben a la
obra de los cañones y aviones.)
En todas las ciudades y pueblos
las tiendas están abiertas. Los
servicios públicos funcionan con
una regularidad perfecta. Las
catedrales, los monumentos, los
edificios del pasado que
habíamos admirado en otros
viajes o que conocíamos por
fotografías, están en el lugar
en que siempre se hallaron... Y
me parece importante insistir
sobre este particular, porque es
increíble hasta qué punto
ciertos relatos pueden llegar a
extraviar el inicio de hombres
que no son perfectamente tontos.
En un artículo reciente, Paul
Claudel, nada menos, afirmaba
intrépidamente —sin haber estado
en España— que todas las
iglesias, sin excepción,
habían sido incendiadas en el
territorio republicano... Si yo
fuese miembro del Gobierno de
Valencia, invitaría al señor
Claudel a darse un paseo por
estas regiones. Se convencería
de que el único crimen
cometido con ciertas iglesias
—¡bien pocas!— ha consistido en
transformarlas en hospitales de
sangre o en museos públicos...
Se convencería de que el más
ardiente defensor y conservador
del tesoro religioso español es
el padre Lobo, sacerdote
republicano.
A derecha e izquierda de esta
magnífica carretera de Valencia,
que realiza ascensiones
vertiginosas en los flancos de
las sierras, los campos labrados
se extienden hasta el infinito.
Las exigencias de la guerra han
intensificado más aún, si cabe,
el trabajo de las tierras. Como
nos dirá más tarde André Chamson:
Si el hombre pudiera tener el
don a la vez despreciable y
magnífico de no percibir sino un
aspecto de la realidad, sólo
vería en España un inmenso
jardín, lleno de las promesas de
una cosecha fecunda. Desde las
viñas de Cataluña, desde los
naranjos de Valencia, hasta los
trigales de la Mancha y de
Castilla, sólo se ven hojas,
frutas y flores. Nunca, desde
hace siglos, ha sido cultivado
con tanto amor el suelo de
España...
¿Y por quiénes está cultivado el
suelo de España? ¿Únicamente por
campesinos oriundos de las
regiones que atravesamos? ¡No!
¡Hay aquí, compartiendo el
trabajo de campesinos
castellanos, manchegos,
conquenses, valencianos,
innumerables labradores venidos
de otras partes. Evacuados de
Badajoz, prófugos de Andalucía,
hombres de Extremadura o de la
provincia de Toledo... Hombres
sencillos, para quienes este
viaje significa un
acontecimiento considerable, un
verdadero cambio de latitudes, y
que vuelven a hallar, en su
comunión con la tierra, una
nueva razón esencial y profunda
de vivir, de oponerse, con su
labor humilde y heroica, a las
fuerzas de la guerra... En
Alcalá de Henares, a pocas
leguas de Madrid, estos
campesinos se han visto
obligados a tallar cavernas
artificiales en los montes
—verdaderas guaridas de topos—
para resguardarse de continuos
bombardeos. Terminada su labor,
llevan una vida troglodítica,
mil veces preferible a
la del pueblo, ya que sus casas
han dejado de ser techo y amparo
cuando aparecen, en el cielo
constelado de estrellas, negros
aviones portadores de muerte...
En todas partes nos espera el
gesto augusto del segador, el
perfil fecundante y viril del
arado, la silueta de la aguadora
llevando su cántaro en la cabeza
con el mismo garbo que
conocieron las aldeanas de
Sagunto y de Numancia. Pero ya
la guerra se precisa.
Los hospitales de sangre se
multiplican. Las consignas se
hacen más severas. Nuestros
salvoconductos son examinados
por milicianos apostados en las
bifurcaciones de la carretera.
Hacia Madrid suben interminables
caravanas de camiones cargados
de cajas y barriles. Algunos
llevan hombres que cantan
alegremente. Soldados que van.
Heridos que vienen.
A tres kilómetros de Minglanilla
encontramos un primer tanque.
Minglanilla, pueblo inolvidable
Si preguntáis a los ciento
cincuenta escritores que
asistieron a este congreso dónde
sintieron, en España, su más
intensa emoción, todos os
responderán sin vacilar: “¡En
Minglanilla!”
Os dije ya, en artículo
anterior, que “en España hacía
falta mucho más valor para
soportar momentos de
enternecimiento que para vivir
momentos de peligro”. Al decirlo
pensaba en ese pueblo blanco y
ardiente, lleno de cal y de sol,
donde nuestros nervios fueron
vencidos, rotos, en guerra de
emoción, por mujeres y niños...
Ahí, los hombres más
endurecidos, los filósofos más
habituados a considerar
elementos humanos como factores
de especulación, los escritores
más decididos a no dejarse
conmover, sintieron correr por
sus mejillas las lágrimas
reprimidas durante años.
Estábamos reunidos en un vasto
comedor aldeano, con muros y
pilares de madera enjalbegados
con cal. Tres ventanas daban a
una perfecta plazuela de pueblo
castellano: plazuela polvorienta
y resplandeciente de luz,
guarnecida de unos pocos árboles
sedientos, envidiosos del
relativo frescor de los
soportales... Sobre los techos,
llanuras hasta el infinito.
Trigales maduros y perfumados
bajo un cielo sin nubes. Calma.
Bochorno. Silencio roto tan sólo
por el rasgueo metálico de esa
mandolina que cada cigarra lleva
prendida en la cintura. De
pronto, sentimos que aquella paz
de siesta se iba poblando de
voces. Voces frescas, de niños,
cuyo timbre cristalino se
armonizaba con el manso correr
de una fuente. Veinte niños.
Cincuenta niños que, esperando
la hora de regresar a la
escuela, venían a jugar sobre la
plaza. Inmediatamente, su
atención fue atraída por los
automóviles que nos aguardaban a
la sombra de los árboles.
Preguntaron. Inquirieron. Y
vinieron a cantar debajo de
nuestras ventanas. Por un
milagro de espontaneidad, un
coro infantil quedó constituido
en unos pocos minutos...
Nunca [escribe André Chamson] el
júbilo de España había venido a
nuestro encuentro con tanta
fuerza y cándida lozanía.
Bajamos a la plaza para
acariciar esos rostros jóvenes.
En la quietud de España, en su
austera soledad, los niños
cantaban como si estuvieran
participando en la más bella
fiesta del mundo. Nunca la
alegría de vivir se hizo tan
evidente para nuestros sentidos.
¿Y sabéis quiénes eran esos
niños?
Huérfanos, evacuados de Badajoz.
Unos habían perdido padre y
madre. Otros, la madre. El padre
estaba peleando en las
trincheras. En aquel instante
parecían llenos de gozo. Pero en
sus rostros sonrientes se
percibían los signos de una
madurez prematura, de una
precocidad del dolor, cuya
evidencia nos acongojaba.
Adivinábamos que después de la
puesta del sol, cuando la noche
inmensa de Castilla se hubiese
tendido como un palio de
constelaciones, muchos de estos
niños llorarían, con la cara
hundida en la almohada...Y
pensamos que también ellos,
ellos que encarnaban ante
nuestros ojos la infancia, toda
la infancia de España y del
mundo, estaban amenazados por
las bombas enemigas, por el
fuego de los aviones, como sus
hermanitos caídos en las calles
de Madrid...
...Yo también he llorado
[confiesa André Chamson] sin
pensar siquiera en taparme los
ojos con las manos...
Un gesto simbólico
Toda la plaza estaba llena de
gente. Campesinas renegridas,
llevando negros pañuelos en la
cabeza, aldeanas con los rorros
en brazos, que habían venido a
sumarse a nuestro grupo. Y
seguíamos oyendo, con el corazón
desgarrado, los cantos de los
niños... Uno de ellos,
inolvidable, se había escrito
sobre la piel del brazo, con
tinta azul, las palabras: “¡No
pasarán!” ¡Toda su familia había
muerto en Badajoz!
Una anciana, arrugada en grado
increíble, con un pañuelo oscuro
plegado sobre canas bien
peinadas, se me acercó, y me
dijo estas palabras que no
olvidaré jamás:
—¡Defiéndannos, ustedes que
saben escribir!...
¡Nunca me sentí tan humillado
como en aquel instante, dándome
cuenta de lo poco que significa
el “saber escribir” ante ciertos
desamparos profundos, ante
ciertas miradas de fe, ante el
oscuro anhelo de mundos mejores
que palpita en el alma de estos
campesinos castellanos, para
quienes —debo afirmarlo
categóricamente— su adversario
cobra figura de Anticristo...!
Antes de abandonar este
prodigioso pueblo de Minglanilla
asistiríamos todavía a una
escena destinada a grabarse en
nuestra memoria. Corpus Barga la
ha narrado con frases
admirables:
Una mujer castellana, toda de
negro, desde el pañuelo de la
cabeza hasta los zapatos (porque
se había puesto zapatos como los
días de fiesta), estaba abrazada
a una escritora inglesa y le
contaba al oído, dulcemente, su
pena. El marido fusilado, los
hermanos muertos en la guerra.
Detrás de la mujer enlutada, un
niño se escondía en sus faldas.
La escritora inglesa, sin
conocer el castellano, la
comprendía y la consolaba, la
estrechaba cada vez más en su
abrazo. Acabaron las dos mujeres
paseándose abrazadas, en
silencio, llorando sin lágrimas
bajo el sol implacable como el
destino.
El niño seguía detrás, no
soltaba las faldas de su madre
mientras otras vecinas que
contemplaban la escena hacían
comentarios.
—No es propiamente de aquí, es
una refugiada —decían de la
mujer vestida de luto, y añadían
por la escritora inglesa:
—Sin duda ha encontrado a una de
su pueblo, que la está
consolando. Decían verdad las
vecinas de Minglanilla y mienten
los gobiernos de Europa. La
castellana analfabeta había
encontrado a una de su pueblo en
la escritora inglesa, la cual
había tenido que subir ya al
automóvil y sacando su busto
seguía abrazada, no queriendo
separarse de su “paisana”. Pero
el automóvil arrancó; entonces,
la mujer analfabeta de Castilla
tuvo uno de esos gestos
naturales que son la inspiración
de un pueblo secularmente culto,
con la cultura transmitida de
viva voz en gesto vivo. Cogió al
niño que se escondía en sus
faldas y lo alzó en ademán de
saludo. El sol, blanco de fuego,
esculpía aquella estatua
dinámica.
El niño tendía las manos como un
Jesús de Montañés. Hijo de cien
generaciones de uno de los
pueblos más fértiles en
humanidad: la castellana alzaba
cara al sol una encarnación del
futuro que —al igual de este
niño poco después en el regazo
de su madre — duerme en el seno
de la victoria.
Primer encuentro con Ludwig Renn
Después de escuchar un admirable
discurso de Nicolás Guillén —el
único que tuvo el valor
suficiente para dirigir la
palabra al público augusto y
conmovedor de Minglanilla—
volvimos a rodar hacia Madrid.
Poco antes de llegar al Jarama,
la aparición de un aeroplano
sospechoso nos hizo formular la
pregunta, veinte veces repetida
en días sucesivos:
—¿De quién será?
Dos horas antes de llegar a
Madrid, hicimos alto ante un
diminuto cuartel de milicianos,
guarnecido de botijos llenos de
agua ligera y fresca. Lugar que
se acompaña para mí de un
gratísimo recuerdo, ya que en él
hablé por primera vez con Ludwig
Renn, el gran novelista alemán,
jefe de un regimiento de las
Brigadas Internacionales.
Dotado de una extraordinaria
distinción física, Renn es uno
de los hombres más afables y
sencillos que pueda imaginarse.
Habla el castellano con toda
perfección y siempre tiene una
palabra cordial a flor de
labios. Aquella tarde andaba con
el torso desnudo, musculoso y
quemado por el sol. Una
extraordinaria juventud brillaba
en sus ojos azules, a pesar de
que sus cabellos grises,
cortados casi a rape, revelaban
una plena madurez.
—Ludwig Renn —le dije—, no sabe
usted cuánto lo admiro. Lo
admiro porque es usted uno de
los pocos escritores de nuestros
tiempos que hayan sabido
realizar paralelamente su vida y
su obra, haciendo de la vida
obra, y de la obra vida.
Una sonrisa de niño iluminó el
rostro curtido del novelista:
—Vida y obra tienen que estar
íntimamente unidas. Realizar la
una sin realizar la otra es cosa
estéril... Es aquí, en el suelo
de España, donde mejor he
sentido que mi vida y mi obra
podían constituir un todo
indivisible...
—¿El novelista lucha y el
combatiente escribe?...
—¡La vida no tiene sentido si no
se hace una con la obra!...
En aquel momento veinticuatro
aviones republicanos, en forma
perfecta, hicieron su aparición
en el cielo de Castilla. Ocho
grupos de tres, en triángulo,
abriendo sus alas ebrias de sol,
como grandes aves migratorias.
La exquisita cortesía de Ludwig
Renn se manifestó una vez más,
aprovechando el azar de este
encuentro:
—¡Vienen a darles la
bienvenida!...
Entrada en Madrid
Madrid, corazón
de España,
late con pulsos de fiebre,
si ayer la sangre le hervía,
hoy con más calor le hierve.
Ya nunca podrá dormirse,
porque si Madrid se duerme,
querrá despertarse un día
y el alba no vendrá a verle.
Rafael Alberti
(Romancero
de la guerra de España)
¡Por fin en Madrid!... ¡Ciudad
querida, ciudad acogedora como
brazos de mujer amada! ¡Ciudad
que aún brindabas al viajero una
incomparable dulzura de vivir,
al amparo de tus cimborrios de
Herrera, cerca de la silueta
—tan goyesca— de san Francisco
el Grande! ¡Ciudad de
contrastes; ciudad de Plaza
Mayor y género chico, de
rascacielos y tabernas
arrabaleras, en que aún vaga
—¡tan evidentemente!— la vasta
sombra de Federico García Lorca!...¿Cómo
penetrar en tus entrañas
martirizadas sin sentir el gran
nudo de la congoja atravesándose
en nuestra garganta?...
Son las nueve. La ciudad entera
está sumida en la oscuridad, a
pesar de que las aceras están
llenas de gente. Los tranvías
circulan lentamente, para evitar
accidentes. Los automóviles y
motocicletas militares,
conducidos por milicianos,
corren a una velocidad
determinada por la mayor o menor
urgencia de la misión por
cumplir; los quepis de los
oficiales, los uniformes azules
del Servicio del Aire, los
kakis de las milicias, han
hecho su aparición definitiva. A
lo lejos retumba el cañón. De
cuando en cuando, un seco
tableteo de ametralladoras
desgarra la noche. Los
reflectores exploran las
tinieblas... ¡Ya estamos en
plena guerra!
...Y sin embargo, algo que ya no
me sorprenderá mañana me llena
de estupor por el momento: la
animación de las conversaciones,
el sonido cabal de las risas, el
rumor viviente y alegre que se
desprende de esta multitud que
regresa a sus casas amenazadas.
Comparadas con las de Madrid,
las noches de Valencia resultan
mucho más dramáticas. En
Valencia se esperan sorpresas
apenas se pone el sol. En Madrid
no hay sorpresas que esperar. El
cañoneo es constante. Se vive
perennemente en el filo de la
muerte. En cualquier instante
los obuses enemigos pueden
penetrar en vuestra casa,
llevarse vuestro balcón, abrirle
un nuevo hueco a la torre de la
Telefónica —llamada por los
madrileños “el colador”—, matar
al pobre empleado que sale de
una estación del metro, echar
abajo una iglesia, llenar
vuestra sopera de cristales
rotos... En tales
circunstancias, los madrileños
han optado por la más heroica
solución: viven como si nada
ocurriera. Han abolido el
luto.
Concurren a sus oficinas.
Conservan su elegancia
tradicional de otros tiempos.
Van al cine para aplaudir a
Marlene Dietrich y Greta Garbo.
A la “hora de la cerveza” —pues
la cerveza es la única bebida
que escasea algunas veces y su
expendio se verifica a horas
fijas— se reúnen en sus cafés
habituales...
¿Inconsciencia?
¡No! Tal actitud se explica por
la preexistencia en el carácter
español de esa forma superior de
la conciencia y de la serenidad
que es el valor. Sin tener
vocación de héroes, todos los
habitantes de Madrid han sido
capaces de heroísmo cuando las
circunstancias lo han exigido.
Y para darse cuenta de ello,
basta echar una mirada sobre el
espectáculo que nos rodea. La
Cibeles con sus leones rotos. La
Gran Vía y la Calle de Alcalá
roídas por las explosiones. La
Puerta del Sol, con sus
edificios de cuatro pisos
vaciados por las bombas aéreas.
La habitación que yo solía
ocupar en el hotel Gredos —Plaza
del Callao— abierta sobre la
calle por un obús que le llevó
dos metros de pared...
Frente a nuestro hotel, situado
en un costado de la Plaza de
Santa Ana, una iglesia deshecha
por los bombardeos exhibe sus
heridas.
El botones que me ayuda a subir
mis maletas al quinto piso va
cantando distraídamente, a media
voz:
Madrid, qué bien
te guardan,
Madrid, qué bien te guardan,
Madrid, qué bien te guardan,
mamita mía,
tus milicianos,
tus milicianos...
(Carteles,
10 de octubre de 1937.) |