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Hacia Valencia
Un arte de nueva índole
distraerá nuestra atención cada
vez que atravesemos uno de los
múltiples pueblos que jalonan la
carretera de Barcelona a
Valencia. Arte abstracto o
anecdótico, según los casos, y
que se manifiesta en los
escaparates y vitrinas de las
tiendas. Su técnica es bien
sencilla: consiste en pegar
tiras de papel claro sobre
cualquier superficie de vidrio
para que pueda resistir a la
conmoción de aire producida por
la explosión de una bomba u
obús. Pero lo interesante del
caso está en que los
comerciantes españoles han
querido que esas tiras de papel
estén dispuestas de manera
armoniosa y decorativa. Han
realizado con ellas
composiciones de auténtica
inspiración popular, que se
escalonan, por géneros, entre el
simple grafismo geométrico y la
alegoría republicana... Estas
exposiciones imprevistas
florecen, con mayor o menor
prodigalidad, si la población en
que se hallan está más o menos
amenazada...
Hay pocas vitrinas artísticas de
este género en Tortosa. Hay
muchísimas en Tarragona. La
razón es elocuente: ayer un
crucero fantasma lanzó cuarenta
obuses sobre la ciudad...
Signos anunciadores
Después de atravesar Tortosa,
con su sorprendente jardín
tropical, llegamos a una
población donde la atmósfera de
guerra nos empuña brutalmente.
Ciudad de hospitales militares y
residencias de convalecientes...
Hasta ahora no habíamos visto
más uniformes que los de
milicianos encargados de visar
nuestros salvoconductos o de
soldados pertenecientes a
cuarteles locales. Porque —bien
lo dijo Chamson— “el país está
en orden y la decoración heroica
y desordenada de los primeros
meses de guerra civil, con sus
hombres armados, ha desaparecido
totalmente”. Pero aquí en este
pueblo, cuyo nombre no quiero
mencionar, estamos en la
antesala de los frentes. Hombres
con la cabeza vendada, con los
brazos entablillados, con la
pierna encogida entre dos
muletas, llevan todavía en el
uniforme huellas de un duro
bregar en los frentes del Jarama
o de Aragón.
—La trayectoria de las balas de
ametralladora es algo
curiosísimo —nos cuenta un
herido mostrándonos sus piernas
resguardadas por un andamio de
yeso—. Fíjese que me ha entrado
por la rodilla y me ha salido
más abajo del tobillo...
Hay aquí hombres de las Brigadas
de Choque y de las Brigadas
Mixtas, castellanos, catalanes,
gallegos, hay hombres de las
Brigadas Internacionales que
poseen, en su Villa Dombrowsky,
en su Teatro Henri Barbusse,
estupendos periódicos murales
redactados en varios idiomas.
Para burlar el tedio de una
larga convalecencia, escriben,
dibujan, representan comedias o,
sencillamente, se entregan a la
lectura o la ociosidad
reconfortante que les brinda la
cercanía de una linda playa.
Nada, esta comunidad de heridos
recuerda la melancolía dolorosa
que reina en los hospitales
civiles. Una serenidad viril y
esperanzada anima a estos
combatientes que han pagado su
heroico tributo de sangre a un
ideal. En la casa ocupada por
convalecientes franceses, se
respira la atmósfera ruidosa y
nicotinizada de cualquier
Café du Commerce
provinciano. Muchos milicianos,
casi curados, nos hablan con
satisfacción de su próximo
regreso al frente. Están
quemados por el sol del
Mediterráneo, tienen voces duras
y decididas; producen una
singular sensación de solidez
moral y física. Nos enteramos de
que hay un cubano en uno de los
pabellones. Herido en una pierna
por la metralla.
—Ya estoy casi bueno —nos dice—.
Aunque todavía puedo descansar
un mes, dentro de dos semanas
volveré al frente. ¡Cuando uno
se acostumbra a la vida de
campaña, esta vagancia resulta
una lata!...
Nos habla de la guerra, del
combate en que, herido, la
cabeza hundida en la tierra,
sentía el ruido leve, de
abanico, de los trigos segados
por las ametralladoras.
“¡Arma horrenda! ¡La única
salvación está en que no puede
tirar muy bajo!”... Por su
charla pasan evocaciones de
Pablo de la Torriente Brau y de
los comisarios políticos del
frente que han sabido captarse
no ya la admiración, sino el
amor de sus soldados.
¡Nunca podrá alabarse bastante a
los comisarios políticos, esos
ingenieros de las conciencias,
esos apóstoles laicos, que han
sabido crear en hombres de
veinte nacionalidades, en
hombres procedentes de todas las
capas sociales, un espíritu de
heroísmo sereno, de tranquila
abnegación, capaz de mantener su
salud moral en medio de los
horrores de la guerra moderna!
Pronto os hablaré del papel
desempeñado por los comisarios
políticos en los distintos
frentes de la España
republicana.
Valencia. Un instante de
emoción
Después de atravesar las huertas
pletóricas de fragancias,
nuestros autos se detienen en
una calle añeja, frente al
edificio ocupado por la Alianza
de Intelectuales.
Arturo Serrano Plaja, que hace
dos años formó parte de la
Delegación española invitada al
Congreso de París, no nos
concede un minuto de tregua. La
sesión inaugural del Congreso
tendrá lugar dentro de dos horas
en el paraninfo del
Ayuntamiento. Antes, tenemos que
reunirnos con los miembros de
las otras delegaciones, que
almuerzan en el restaurante de
una playa cercana.
Se abre una puerta... Y, de
pronto, caemos en brazos de
amigos, de entrañables amigos
que no veíamos desde hacía
meses, desde hacía años: María
Teresa León, esa bellísima
mujer, de una energía
extraordinaria, que ha puesto
todas las fuerzas de su
inteligencia al servicio de la
causa republicana; Corpus Barga,
que fue nuestro compañero de
andanzas por La Habana, hace
nueve años; Rafael Alberti,
vestido de “mono azul”, y que me
califica, como siempre, de
“viejo relajo”; Julio Álvarez
del Vayo, tan sencillo, tan
cordial, como cuando cenábamos
en Montparnasse en el
restaurante de La Poule au
Pot; José Herrera Petere,
hoy combatiente y poeta, que tan
bien me hizo sentir el viejo
Madrid en mi primer viaje a la
Villa del Oso; León Felipe,
visitante reciente del trópico,
y Gabriel García Maroto, que
tantos recuerdos dejó en pueblos
de nuestra Isla; José Bergamín y
Luis Araquistain, mi editor;
Manolo Altolaguirre, que está
dirigiendo las representaciones
de Mariana Pineda, de Federico
García Lorca; Rodolfo Halffter,
el gran compositor. Ahí están
Acario Cotapos y Vicente
Huidobro, César Vallejo y
Córdova Iturburu.
Ahí están los franceses Tristán
Tzara y Georges Pillment, que se
nos anticiparon en el viaje...
También Ilya Ehremburg.
Y todos los que aún no
conocíamos personalmente:
Anderson Nexo, el decano de las
letras dinamarquesas que, como
el filósofo francés Julien Benda,
ha venido a este congreso
desafiando los achaques de la
edad; Ludwig Renn, el admirable
novelista alemán, que mañana
volverá a tomar el mando de su
batallón, en el frente de
Madrid; la dulce Anna Seghers,
el belga Denis Marión, el
francés René Blech, el poeta y
combatiente holandés Jef Last;
los rusos Alexis Tolstoi,
Koltzov, el enérgico, Fadeev y
Teodoro Kelyin, mi traductor al
ruso; los norteamericanos
Malcolm Cowley y Anna Louise
Strong (Langston Hughes debe
llegar de un momento a otro). El
valiente escritor costarricense
Vicente Sáenz. El prosista chino
Seu, que siempre se asombrará de
lo ruidosos que son los
hispanoamericanos... Y otros
muchos que sería largo enumerar,
ya que este congreso reúne más
de ciento cincuenta escritores
de veintiséis naciones
distintas... (Desde ahora podrá
comenzar el trabajo de las
delegaciones de países
hispanoamericanos, ya que éstas
se hallan completas con la
presencia
de Raúl González Tuñón, Córdova
Iturburu, Pablo Rojas Paz, Pablo
Neruda, Vicente Huidobro,
Alberto Romero, Vicente Sáenz,
Juan Marinello, Nicolás Guillen,
Alejo Carpentier, Félix Pita
Rodríguez, José Mancisidor,
Octavio Paz, Carlos Pellicer y
César Vallejo. Marinello es
nombrado, por unanimidad,
presidente de todas las
delegaciones nuestras.)
Pero antes de abandonar esta
enumeración que por sí sola
explica el “momento de emoción”
que acompañó esta entrada en
Valencia, quiero recordar que
ahí se encontraban también dos
de los más jóvenes poetas
españoles de la época presente,
cuyos nombres pueden citarse
como símbolos de una voluntad
creadora en acción: Miguel
Hernández y Antonio Aparicio.
Ambos son milicianos.
Apertura del congreso
Sobre esta sesión de apertura
tengo poco que decir por ahora.
Hoy sólo quiero enumerar los
temas de discusión propuestos a
los congresistas: 1) la
actividad de la Asociación de
Escritores por la Defensa de la
Cultura; 2) el papel del
escritor en la sociedad; 3)
dignidad del pensamiento; 4) el
individuo; 5) humanismo; 6)
nación y cultura; 7) los
problemas de la cultura
española; 8) herencia cultural;
9) la creación literaria; 10)
refuerzo de lazos culturales.
...Para llegar al anfiteatro en
que se celebraba esta sesión
habíamos ascendido por la
escalera principal del
Ayuntamiento, situado bajo una
ancha cúpula cuya sombra domina
el célebre Mercado de las
Flores... Pulverizada por una
bomba aérea, esa cúpula acaba de
ser reconstruida. Todavía se
evidencian, en las murallas, en
las columnas, en los mármoles de
los barandales, las huellas de
la formidable explosión que dejó
medio edificio al aire libre...
Ciudad en estado de guerra
A las ocho de la noche no queda
una luz visible en Valencia. Las
tinieblas más densas se apoderan
de las calles, de las plazas. En
Barcelona quedaban todavía
algunos mecheros velados,
algunos tranvías
fantasmagóricos.
Aquí nada... Cenamos en el
comedor del Hotel España, con
una temperatura africana, detrás
de ventanas herméticamente
cerradas. Algunos teatros y
cines permanecen abiertos, pero
hay que saber dónde se
encuentran para concurrir a
ellos, pues ninguna luz, ninguna
claridad, revela su existencia.
Todos los cafés han corrido sus
cortinas metálicas desde la
puesta del sol. En la oficina de
Correos, abierta hasta las doce,
los empleados se agitan detrás
de sus ventanillas envueltos en
luces de velorio. Los pocos
transeúntes que se encuentran en
las calles se guían por medio de
linternas de bolsillo,
esporádicamente encendidas en
lugares donde el pie puede
encontrar un obstáculo... A
partir de la medianoche reina en
Valencia un silencio profundo,
silencio de ciudad sin
habitantes, aunque millares y
millares de evacuados de Madrid
han venido a agregarse a su ya
numerosa población.
Pienso que es éste el aspecto
que debe haber presentado París
durante los meses en que era
bombardeado por las Bertas
y los Gothas..
Primer bombardeo
Pasan negros
aviones.
Están hechos de lamentos,
de luto llevan las alas,
de luto se queda el suelo.
(Romancero
de la guerra de España)
Serían las cuatro de la
madrugada. En el medio sueño
precursor del despertar percibo
un ruido anormal, ruido que
hiere mis oídos por primera vez.
Zumbido de motores de
aeroplanos, acompañado de un
extraño silbido intermitente,
como notas picadas de un flautín
agudísimo. Quejas del aire
desgarrado por las balas de los
cañones antiaéreos... No he
comprendido aún de lo que se
trata. De pronto, una explosión
sorda, subterránea, formidable
golpe de ariete en la corteza
del suelo, hace temblar las
paredes del hotel... Sacudo a
Pita Rodríguez, mi compañero de
habitación, que duerme como un
bendito:
—¡Vamos!... ¡Los aviones!...
Una explosión... Dos
explosiones... Nos reunimos con
los otros inquilinos del hotel
bajando apresuradamente al hall.
Precaución inútil, dicho sea de
paso, ya que el hecho de
refugiarse en una planta baja,
en caso de bombardeos aéreos, es
resguardo ilusorio. Es eficaz, a
veces, en bombardeos de
artillería, ya que los obuses
caen principalmente en los pisos
altos de las casas... Pero bien
veremos en Madrid, en la Puerta
del Sol, que una bomba de avión,
cayendo sobre un edificio, lo
reduce a cuatro paredes vacías
de todo contenido...
Nuevo estampido.
—¡Ésta ha caído cerca! —comenta
un habituado.
Instintivamente, cada cual se
acerca a una muralla, como si la
comunión de la carne con piedra
pudiese hacer más sólida nuestra
pobre arquitectura de nervios y
venas... Algunos se miran
silenciosamente. Otros hablan de
cosas sin importancia, con
animación excesiva, para olvidar
el reloj intangible que cuenta
los minutos en el centro de cada
pecho... El suelo retumba y se
estremece. Terremoto fugaz,
seguido de bofetadas de aire en
todos los cristales... ¡Ésta ha
caído más cerca todavía!...
Vuelve a oírse el gorjeo
incisivo de los cañones
antiaéreos. Un zumbido de
motores más rápidos, más
regulares que los anteriores,
irrumpe en la noche.
—¡Son los nuestros!
Nos asomamos a la calle. En el
cielo claro del Levante, los
haces luminosos de los
reflectores se cruzan, se
entretejen, barriendo la noche.
Una escuadrilla de aviones de
caza, republicanos, se dirige
hacia el mar con una velocidad
increíble. Suena otra explosión,
más lejana (sabremos mañana que
esta bomba ha caído en el patio
de un hospital, hiriendo de
nuevo a cincuenta heridos).
—Parece que ya se marchan...
Suenan sirenas anunciadoras de
paz. Los inquilinos del hotel se
dirigen a la escalera para
regresar a sus habitaciones. El
bombardeo ha durado hora y
media. Ya apunta el alba.
Una linda muchacha, envuelta en
un kimono claro, se dirige a una
amiga.
—Ya es muy tarde para dormir.
¿Si nos fuéramos a la playa?
La voluntad de vivir recobra sus
derechos después de esta
incursión de Capronis
venidos de las islas Baleares.
Reflexiones
Acostado nuevamente, reconstruyo
en mi memoria los instantes nada
placenteros que acabamos de
vivir... Y simultáneamente se
define en mí una convicción que
el próximo viaje a Madrid no
podrá sino reafirmar con pruebas
indiscutibles: estos bombardeos
de poblaciones civiles son,
además de crueles y sangrientos,
absolutamente inútiles para
aquellos que los promueven.
Diré más: son
contraproducentes.
Se me objetará que en una guerra
cualquiera la retaguardia tiene
tanta importancia como la
vanguardia, y que si el ánimo de
la retaguardia está en
condiciones excelentes, ello
influye favorablemente en el
espíritu de combatividad de las
tropas... Por lo tanto, debe
tratarse, por todos los medios,
de desmoralizar y amedrentar la
retaguardia.
Admisible a priori, este
argumento se desmorona ante los
hechos. Los habitantes de una
ciudad como Madrid o Valencia se
agrupan en dos categorías: 1)
los que no han querido
marcharse; 2) los que no han
podido marcharse. Los que no
han querido marcharse porque sus
opiniones, sus ideales, sus
intereses, su carácter, los
impelían a permanecer en una
zona de peligro, no son
individuos aptos para dejarse
desmoralizar ni amedrentar.
Saben lo que les espera y no
temen el riesgo. Están decididos
a ser testigos de la guerra, en
su integridad, sin abandonar sus
puestos, sus casas, sus
posesiones morales o materiales.
(¡Cuántas veces nos hemos
sentido conmovidos ante el
heroísmo tranquilo de ciertos
vecinos del barrio de Argüelles,
en Madrid, que no han querido
ser evacuados de sus domicilios,
a pesar de que la muerte ronda
por sobre sus techos!)
Hablemos ahora de los habitantes
que hubieran querido marcharse y
no han podido hacerlo. Éstos se
sitúan, inmediatamente, en la
categoría de víctimas del
adversario. Para ellos, los
aviones enemigos cobran
forzosamente un carácter de
fatalidad. No hay más remedio
que contraer los músculos y
soportar el cataclismo bélico,
como se soporta un terremoto o
una operación quirúrgica. Son
los que más interés tienen en no
dejarse desmoralizar, porque de
su ánimo, de su facultad de
convivencia con las fuerzas de
aniquilamiento, depende su mayor
o menor posibilidad de
resistencia física. Cada avión
republicano, cada cañón
antiaéreo es, para ellos, un
genio bueno, destinado a
defenderlos y a velar sobre su
descanso. Por su ausencia de
heroísmo, esta categoría de
habitantes apacibles es
precisamente la que más se
indigna, la que más se enfurece,
cuando los aeroplanos alemanes o
italianos hacen su trágica
aparición en el cielo de
España...
Llevemos este razonamiento más
lejos. Supongamos que en el hall
del hotel en que me hallaba la
noche del bombardeo de Valencia,
un falangista disfrazado, un
vago simpatizador de los
insurgentes... ¿No estaba
también jugándose un número, con
nosotros, en la misma lotería de
vida y muerte? ¿No estaba
expuesto, como nosotros, a no
ver más la luz del alba, o a ser
herido o víctima de un shock
traumático?... ¿Cuál sería,
entonces, su reacción íntima,
fisiológica, muscular, al ver
aparecer los aviones
republicanos? ¡Hubiera
aplaudido, como aplaudían los
demás!
Podéis estar convencidos de
esto: muchos apolíticos, muchos
hombres tibios, irresolutos, sin
convicciones definidas, han sido
conquistados por la ideología
republicana..., gracias a los
aviones de Franco. En Madrid he
visto gentes (antiguos vecinos
de mi amigo Francisco Pita
Rodríguez) que antes de la
guerra tenían ideas levemente
conservadoras, y que hoy son las
primeras en alzar los puños y en
proferir palabras de odio cuando
comienzan los bombardeos
cotidianos y sistemáticos de
Madrid... ¡La carne grita!
¡No! ¡Mi convencimiento es
absoluto! Creer que puede
vencerse la retaguardia en
España por medio de bombardeos
de poblaciones civiles, es
desconocer el pueblo español...
Esta acción destructora de los
artefactos de guerra es, además
de inútil desde el punto de
vista estratégico,
absolutamente, totalmente
contraproducente en lo que se
refiere a su posible acción
moral...
Las muertes de millares de
mujeres y niños, de ancianos, de
adolescentes, no han quebrantado
el sereno heroísmo de los
habitantes de Madrid. Una
canción ha surgido —canción
escrita con sangre. Y esta
canción la saben cantar hoy
todos los hombres que viven en
el territorio de la España
republicana:
Madrid, qué bien
resistes,
Madrid, qué bien resistes,
Madrid, qué bien resistes,
mamita mía,
los bombardeos,
los bombardeos.
(Carteles,
26 de septiembre de 1937.) |