|
Al lanzar este
grito inolvidable Millán Astray
hizo más que acuñar un slogan
que define todos los fascismos
del mundo; halló en pocas
palabras, una fórmula que sitúa
el espíritu de la España
ficticia que le ha dado sus
galones y que, puesta por Franco
en Casa de Empeños extranjera,
se está entregando
vergonzosamente ―¿es esto el
honor de sus dirigentes?― a los
apetitos de conquista de Hitler
y Mussolini.
Ya se ha dicho
―resulta lugar común el
repetirlo― que existían dos
Españas en presencia: una
grande, creadora, auténtica; y
otra, que solo representaba los
intereses mezquinos de castas y
hombres apoyados en la ambición
personal de generales traidores.
Pero lo que no se ha dicho
bastante es que estas dos
Españas estaban en conflicto
moral mucho antes de los
comienzos de la guerra. Se
sentía dolorosamente el
contraste existente entre una
España buena, múltiple,
sojuzgada, con las alas cortadas
de antemano, y una España de
medioevo presente, representante
de todas las potencias de
reacción y atraso que mantenían
el país en categoría
inferiorísima, dentro del
concierto de las naciones
europeas. Quien admira
apasionadamente a España, como
la admiro desde el instante en
que me fue revelada, quien haya
pasado, como yo, temporadas
enteras en ciudades de provincia
de las que el turista visita
habitualmente en un día; quien
haya convivido realmente con el
pueblo español, con su admirable
clase media, con su pequeña
burguesía, llega a la conclusión
imperiosa de que todo lo que
está con Franco, todo lo que
tenga siquiera la mayor
indulgencia para él, constituye
y ha constituido siempre la
vergüenza de España. Y tengo hoy
cierta satisfacción en poder
afirmar, ante mi conciencia, que
siempre he aborrecido las castas
y hombres que apoyan actualmente
a los insurrectos: desde los
falsos intelectuales del tipo
Eugenio Montes hasta los
infectas señoritos andaluces
adictos al "Queipo-hoy-tomé-Jerez"
de Radio Sevilla, pasando por el
Arzobispo de Burgos, las
familias de caciques enlutados,
una nobleza estólida, y los
autores de novelitas
pornográficas que deshonraron
las letras españolas durante
tantos años.
No por mera
casualidad los españoles lúcidos
de nuestro siglo criticaron
acerbamente una falsa España
―“país real”, diría el viejo
imbécil de Maurras― que
pretendía regir los destinos de
la nación. No por mera
casualidad Valle Inclán en
Tirano Banderas, hacía
representar dicho país por un
abarrotero y un baroncito
embajador y pederasta...
Viviendo en Burgos, en Cuenca,
en Segovia, en Andalucía, he
comprendido muchas veces la
razón de esta actitud polémica
de españoles, profundamente
españoles, ante las lacras de su
propio país. Y recuerdo ahora el
tono de infinita amargura con
que Unamuno, desterrado en
Hendaya, me decía cierta vez,
mirando melancólicamente el
puente fronterizo:
―Aquí me tiene
usted... ¡De ujier de
España!...
Hay países de
Europa en que las castas de
grandes burgueses disimulan sus
vicios esenciales adquiriendo lo
único que no se compra con
dinero: la cultura. Llenan sus
moradas de cuadros valiosos,
financian conciertos, adquieren
manuscritos de partituras,
establecen una suerte de
mecenato que crea fachadas,
contribuyendo a mantener
talentos que, si son reales,
trabajarán más tarde para las
masas. Buscan en ello una excusa
de ser lo que son... En España
nada semejante se ha visto jamás
(¡salvo tan escasas
excepciones!). Si bien ciertos
palacios, ciertas residencias,
conservan tesoros de arte, esos
tesoros habían llegado allí por
herencia y eran conservados por
vanidad o por la conciencia de
su valor monetario (buena prueba
de ello se encuentra en el
número fantástico de cuadros y
manuscritos inestimables
guardados estérilmente por
familias nobles, en las cajas
del Banco de España, y sacados a
la luz después de años y años de
olvido, por los milicianos de la
República). El arte no ha
constituido nunca una necesidad
para estas gentes. En el año
1936 no existía una sola galería
de pintura moderna en Madrid.
Picasso, glorioso y admirado
bajo todos los cielos, era
ignorado o vilipendiado, en su
propia tierra, por todos
aquellos que hubiesen podido
adquirir sus cuadros. Manuel de
Falla había tenido que hacerse
consagrar en Londres y París. A
los conciertos dados por
Stravinsky en el Capital solo
asistían pequeños empleados,
estudiantes, intelectuales. Los
escritores españoles eran los
más mal pagados del mundo
entero. Las glorias de la
ciencia de la investigación, de
la filosofía ―y todos aquellos
que asumían las
responsabilidades del
pensamiento español ante el
mundo― llevaban una vida
increíblemente modesta, si la
comparamos con la que llevaban
sus colegas de otros países...
¿Y esto por qué? Porque se vivía
en una era en que el intelectual
tenía que contar con los medios
del poderoso para manifestarse y
subsistir ―el pueblo, el hombre
de clase media, estando
demasiado explotados para poder
prestarle ayuda―. Pero el
poderoso solo leía novelas de
Pedro Mata, el Caballero Audaz y
Felipe Trigo, mostraba sus
calcetines de seda en las
terrazas de sus casinos, hablaba
de religión y tradición, soñaba
con honores de corte y, mientras
recibía sueldos fabulosos por
figurar de consejero en
compañías diversas, reducía a
sus campesinos a un estado de
miseria increíble, obligándoles
a trabajar de “sol a sol” en sus
propiedades, o a comer bellotas
como los cerdos.
¡No! El
terrateniente andaluz, el Duque
de Alba, los dueños de minas de
Asturias, el Consejero de
Sociedades Madrileñas, el
bussines man catalán, el
propietario de pinares en
Cuenca, el alumno de los
jesuitas de Bilbao no
representaban a España. Como
tampoco fueron “verdadera
España” los Weyler y los Primo
de Rivera. Por creerlos más
importantes de lo que eran en
realidad, tuvimos en otros
tiempos tantos prejuicios contra
España, nosotros,
latinoamericanos. Pero en
aquellos tiempos nos hubiera
bastado realizar un viaje rápido
por la Península para comprender
nuestro error. Viendo esos
pueblos terribles de Castilla,
en que una aglomeración de
viviendas míseras, inhabitables,
aparece dominada por la
confortable y lujosa residencia
del cacique local, viendo vivir
y oyendo hablar a los niños bien
de Madrid, a los señoritos de
Andalucía, a las “damas
caritativas” de fiestas
benéficas, a los elegantes de
San Sebastián, a los lectores de
Luca de Tena, y fotografiados en
Blanco y Negro, marqueses
de tertulia y sostén de juergas
escandalosas (como cierta
corrida de becerros, matados a
tiro limpio por jovencitos
borrachos, que podría contaros
mi amigo Tata Nacho); viendo
vivir y oyendo hablar a los
acaparadores de trigos
burgaleses, a todos los
elementos de esas castas
bendecidas y reaccionarias, con
mujeres enclaustradas y
escapulariadas e hijos
falangistas, hubiéramos
comprendido que solo unos
poquísimos españoles ―por suerte
inmensa― merecían el título de
“gachupines”.
|
 |
¡Ahí estaba el
pueblo! Ese pueblo noble de
corazón y lenguaje que, como tan
certeramente observaba Malraux
“nunca pierde el estilo”. Ese
pueblo sufrido, explotado, mal
alimentado, conservado en la
ignorancia más absoluta, y que,
sin embargo, ha creado todo lo
que nos hace admirar a España:
su música, su plástica, su
arquitectura, su hidalguía
moral.
¡Ahí estaba su
clase media! Clase media mal
pagada, conociendo eternas
angustias de fin de mes,
trabajando por doscientas
pesetas hasta la muerte; clase
media que consideró siempre la
carne de res como un lujo
suntuario (puedo decirlo,
habiendo vivido en una familia
de empleados españoles), y que,
sin embargo, redimía a España de
la incultura de sus clases
pudientes. Porque si en España
se daban conferencias, se
vendían libros, se ofrecían
exposiciones y conciertos, ello
se debía a la existencia de un
público constituido por
elementos de esa clase media, a
los que se sumaban, obreros,
estudiantes e intelectuales.
¡Ese público para quien el gasto
de una peseta o dos constituía
un serio sacrificio, no vacilaba
en llenar salas de concierto,
asistir a estrenos de García
Lorca y a exposiciones de
pintores nuevos!
Ya dos atlas
antes de la Guerra Civil yo
había tenido ocasión de observar
la irritación creciente de los
reaccionarios españoles contra
la inteligencia. La noche en que
un público modesto y ferviente
había llenado el teatro en el
que se estrenaba Yerma
del inolvidable Federico, unos
cuantos señoritos lacayos de Gil
Robles, se permitieron organizar
un “pateo”... que se terminó,
por suerte, con un pateo en sus
asentaderas. Tales elementos
aborrecían por definición todo
lo que representaba la
inteligencia: esos Alberti,
Larca, Bergamín, Cernuda,
Altolaguirre, Miguel Hernández,
Emilio Prados, y tantos otros,
que escapaban irremisiblemente a
su control, para consagrarse por
entero a la defensa de la
tradición más profunda y
telúrica de España: la de su
pueblo admirable y creador. Ese
pueblo que ya clama por sus
derechos en el teatro de Lope y
Calderón y que en todos los
tiempos ha dado a la nación
señores feudales, condotieros de
la banca, sacerdotes indignos y
generales de entorchado. Ese
pueblo que supo aprender a leer
y a pensar, cuando moros con
escapularios embestían las
barricadas de Madrid en nombre
de una "guerra santa" promovida
por traidores que se calificaban
de "nacionales" después de haber
vendido su patria a potencias
extranjeras llenas de desprecio
por todo lo español.
Cuando el pueblo
se alzó en masa para defender su
independencia, los elementos que
constituían la vergüenza de
España se saciaron de sangre
inteligente. Matando a Federico,
a Juan Piqueras, a tantos otros,
se vengaron de su propia
incultura. Era la revancha de
los instintos más bajos sobre
las prerrogativas del espíritu.
Y aunque Unamuno hubiese tenido
la debilidad de equivocarse, su
mera presencia en territorio
“nacionalista” le resultaba una
afrenta. En los ojos del
anciano, se leían demasiadas
censuras, demasiadas
acusaciones... El “Abajo la
inteligencia, ¡viva la muerte!”
de Millán Astray es un grito de
rabia que simboliza toda la
impotencia babiente de una casta
que se sabe incapaz ―¡pase lo
que pase!― de sojuzgar a España.
Esa casta sabe que toda la
nación, en su pueblo, en su
inteligencia, está con la
República. Y que esa nación no
le pertenecerá nunca, porque
todas las masas están erguidas
contra sus ambiciones indignas.
Por ellos, los capronis, los
junkers, representantes de
estados en que se queman libros
en las plazas públicas, mandados
por hombres que “echan la mano a
la pistola cuando oyen
pronunciar la palabra
intelectual” [sic], se
encarnizan sobre ciudades
abiertas, matando
incansablemente mujeres y niños.
Son mujeres y
niños de esa España auténtica,
creadora y profunda, que cree en
la inteligencia, que en dos años
de guerra han honrado las artes
y las letras como nunca supiera
hacerlo el señoritismo pudiente
en años anteriores; mujeres y
niños de esa España que ha
publicado millares de libros
bajo los bombardeos insurgentes
y que ha enseñado a leer a sus
milicianos en las trincheras
llenas de lodo y nieve.
Y los falsos españoles,
entregados indignamente a
potencias extranjeras, apegados
a bienes mal adquiridos a
expensas de la ignorancia de
obreros y campesinos, saben que
al fin y al cabo, de una manera
o de otra, sucumbirán ante esas
masas de hombres que supieron
adquirir, al precio de su sangre
ibérica conciencia de hombres. |