|
Vivita y coleando, como
aquellos lagartos o
dragones que describiera
el cronista de Indias
Gonzalo Fernández de
Oviedo, con la cola
levantada sobre el lomo,
enarcada como plumas de
la del gallo, estandarte
enarbolado y vibrante
para dar fe de vida, o
quizá, como los perros
que encontró Colón en la
Isla, cuyos ladridos
ausentes se transmutaban
en el sofocante vaivén
de la cola, lenguaje tan
elocuente o más que el
sonoramente articulado:
vivita y coleando, con
su mitológica
ascendencia decimonónica
que la resguarda de los
ojos malos, llega de
nuevo la nombrada a
partir de la flor
cubana, conocida también
como la inmortal, la
prodigiosa: hoja de aire
y hoja de bruja, capaz
de sobrevivir en las
condiciones más adversas
y en los paisajes más
inhóspitos sin que la
fuerza de su energía
vital se vea disminuida.
Vivita y coleando,
vuelve otra vez para
mostrar su capacidad de
incursionar en los más
disímiles registros,
llevando al lector de la
mano por los altos y los
bajos planos de la
cultura, dando prueba de
una versatilidad que se
va convirtiendo en rasgo
que la distingue. De
ello son testimonio las
variadísimas y múltiples
reseñas,
tradicionalmente
diseminadas en sus
páginas, en este caso
diez acercamientos a
diferentes muestras de
nuestro “bullente mundo
editorial”,
pertenecientes a los
géneros más diversos:
desde poesía, narrativa,
ensayo, hasta antologías
y libros de arte,
analizados a partir de
la mirada, también
múltiple, de valiosos
especialistas.
Con un hermoso texto que
fuera el discurso de
elogio pronunciado por
ella misma para el
otorgamiento del
Doctorado Honoris Causa
a George Lamming en el
Aula Magna de la
Universidad de La
Habana, se realiza un
merecido homenaje a Nara
Araújo, quien, a través
de la palabra propia,
vuelve a ponernos en
contacto con su
capacidad para combinar
sensibilidad y saberes
en el análisis de la
literatura, en este
caso, la caribeña, a la
que dedicó buena parte
de su empeño
intelectual. La metáfora
del mar
―un
mar andrógino e
inestable en sus
cadencias y ritmos―,
es la que sirve aquí
para la apropiación del
verbo y de la poética
del escritor antillano.
“Uno escribe para los
amigos”, afirma Pepe
Triana en un diálogo
epistolar con Mirta
Yáñez donde se rememora
un azaroso encuentro en
París que fortalecería
una amistad cuajada años
atrás en las explosivas
tertulias de Ezequiel
Vieta. Gracias a los
afanes de la versátil y
sobresaliente escritora
se actualiza el lector
en el quehacer literario
del autor de La noche
de los asesinos y
puede leer una selección
de sus poemas, entre
ellos “Soneto de nada”,
inédito hasta hoy. Estos
poemas y el cuento
“Ciudad inmunda”, de
Laidi Fernández de Juan
son las dos muestras de
literatura creativa
ofrecidas en esta
ocasión.
La sección “Pensar la
cultura”, retomando la
tradición inaugurada por
La Siempreviva de
1838, en cuyo número
inicial Domingo del
Monte y Antonio
Bachiller y Morales
expresaron su interés
por incluir artículos
científicos, está
dedicada a Charles
Darwin en el
bicentenario de su
nacimiento. Con la
interrogación sobre la
posibilidad de un
diseñador del universo,
el estadounidense Steven
Wienberg establece un
interesante contrapunteo
entre ciencia y
religión, que si bien
resulta algo denso en un
inicio, cuando se hacen
referencias al estado
radioactivo del carbono
y a las propiedades del
berilio 8
―pequeños
excesos que, sin duda,
deben ser disculpados a
un Premio Nobel de
Física―,
va adquiriendo un
particular interés en la
medida en que progresa
el debate y se apela a
otros argumentos de
corte humanista e
incluso biográficos.
Así, expresa el autor:
“Mi vida ha sido
notablemente feliz […]
pero incluso así, he
visto morir a mi madre
de un doloroso cáncer,
la personalidad de mi
padre destrozada por el
Alzheimer y varios
familiares lejanos
muertos durante el
Holocausto”, para
entonces comentar,
irónicamente, a partir
de las ideas en debate:
“Me parece un poco
injusto con mis
parientes ser asesinados
para dar la oportunidad
a los alemanes de tener
libre albedrío, pero
incluso apartando este
caso, ¿cómo dar cuenta
del libre albedrío del
cáncer?”. (81)
Los pasajes de la obra
de Darwin, seleccionados
e incluidos con muy buen
tino en esta edición,
establecen un diálogo
enriquecedor con el
texto de Wienberg y con
el del crítico español
Roman Gubern, quien va
de la novela al cine
siguiendo el rastro de
La isla del Dr.
Moreau (1896), de H.
G. Wells, magnífico
ejemplo de la resonancia
que las ideas del
destacado naturalista
tuvieron en la
literatura y el arte. La
conocida novela del
narrador británico, cuya
primera obra fue un
texto sobre biología de
fuerte influencia
darwinista, propicia un
interesante itinerario a
través de las versiones
cinematográficas de la
novela, desde la primera
de 1932, realizada por
la Paramount, hasta la
adaptación fílmica de
1996, protagonizada por
Marlon Brando.
Resulta muy agradable
que una revista
literaria abra sus
páginas a una expresión
de la cultura popular
excluida, por lo
general, de los medios
de circulación de la
alta cultura. En la
sección “Vamos a la
pelota” entramos en el
fabuloso mundo del
deporte de la mano de
Félix Julio Alfonso para
conocer los vínculos
entre béisbol y
beneficencia en el siglo
XIX, y cómo la
popularidad de grandes
tribunos de la época
―Arturo
Montoro, Manuel Sanguily―
entraba en reñida
competencia con la de
Carlos Maciá, el mejor
player de su
tiempo, o con la de
Adolfo Luján, el pitcher
perdurable, según
comentaban entonces las
crónicas deportivas de
La Habana Elegante.
También vamos a la
pelota caminando hasta
el cajón de bateo de la
mano de Norberto Codina
para redescubrir la
intrincada red tejida
por el béisbol en la
cultura nacional a
través de unas memorias
llenas de anécdotas
legendarias y diversos
testimonios
―personales
y no―,
de trovas y sones
matamorinos, cuentos,
novelas, obras de
teatro, poemas, filmes,
en un paneo
enciclopédico que
ilumina con particular
prolijidad las
relaciones del deporte
nacional con sus
contextos culturales. Y
por último, vamos a la
pelota a través del
lenguaje de los
comentaristas, sin tirar
la toalla, para
asomarnos a la dimensión
lingüística del deporte
a través de la
interesantísima visión
filológica de Lydia
Castro, en la que se
reconocen los valores
estilísticos y los
aportes del lenguaje
deportivo al español
hablado en Cuba. Con
ella nos enteramos de
que, lejos de revelar
pobreza de vocabulario y
las incorrecciones que
en muchas ocasiones le
ha sido adjudicado, el
uso de la lengua por
parte de los
comentaristas, a partir
de la muestra
seleccionada del
Noticiero Nacional
Deportivo de la
televisión cubana,
arroja una notable
riqueza sinonímica y más
de un 97% de voces
validadas por el
Diccionario de la Real
Academia. En ese
porcentaje no
contemplado por la
academia pueden hallarse
ingeniosos neologismos
como el metafórico
“vuelacercas”, referido
al jonrón.
Travesuras lingüísticas
denominó Alfonso Reyes a
algunos modos de
comportamiento de la
lengua que provocan
extrañas asociaciones,
más propias de la
imaginación y la
fantasía que de la
regularidad de conducta
que muchos esperan del
lenguaje. Como travesura
lingüística me gustaría
caracterizar la sección
“La lengua que
habitamos” porque los
acercamientos que la
integran, que toman como
centro el lenguaje,
burlan el estrecho cerco
de aridez y difícil
metalenguaje al que
suele confinarse esta
disciplina, para
acercarla a las bellas
letras en un
contrapunteo que se
torna especialmente
fecundo. Subvirtiendo el
esquema más tradicional,
en el que la lingüística
sirve ancilarmente al
estudio de los registros
estilísticos de la obra
literaria, Marlen
Domínguez vuelve la
literatura al revés en
su análisis de
Antonelli, la novela
decimonónica, en busca
de las variantes del
habla vernácula para, en
un ejercicio de
lingüística histórica,
reconstruir, a través de
las voces humanas que
habitan el texto, normas
y transgresiones
nacionales.
Desde la perspectiva de
una orientación de la
literatura cubana del
siglo XX que ya había
sido advertida por Julio
Cortázar cuando se
admiraba de que Cuba
hubiese dado al mismo
tiempo a Carpentier y a
Lezama, dos escritores
que defendían lo barroco
como “cifra y signo
vital de Latinoamérica”,
emprenden Ana María
González Mafud y Luis
Álvarez Álvarez un
sugerente estudio de las
transformaciones de la
lengua literaria cubana
del siglo XX desde sus
primeras décadas,
subrayando la
inclinación creciente
hacia la remodelación
expresiva de un lenguaje
que, en muchos sentidos,
queda vinculado al
neobarroco.
¿Catauro de habanerismos
o verbalización de la
nostalgia? es una de las
preguntas que se hacen
Artinay Josende y
Marisela Pérez cuando se
acercan a La Habana
para un infante difunto,
de Guillermo Cabrera
Infante en busca de las
claves sobre el uso de
la lengua presentes en
el intento de evocación,
a través de la memoria,
del espacio ausente. La
particular sensibilidad
y conciencia
lingüísticas del autor
de Tres tristes
tigres, una novela
en la que se ha
reconocido,
precisamente, la riqueza
de sus juegos con la
palabra, ofrece amplias
posibilidades de
análisis.
Si ya Vitalina Alfonso
había estudiado con
particular acierto
algunas expresiones de
la narrativa del Caribe
de habla hispana y
ofreciera en su libro
Ellas hablan de la isla
un conjunto de
entrevistas a escritoras
antillanas residentes en
los EE.UU., con “La
emigración en la
fabulación femenina”
retoma esta temática,
pero ahora a través de
las voces de cuatro
narradoras cubanas que
han obtenido importantes
reconocimientos: Aida
Bahr, Laidi Fernández de
Juan, Wendy Guerra y
Mylene Fernández
Pintado.
Breve homenaje a Rubén
Darío lo constituyen el
ensayo del canario
Jonathan Allen, basado
en algunos textos de
Peregrinaciones que
muestran la capacidad de
observación y la
personalidad
crítico-analítica del
poeta nicaragüense, y el
breve editorial “Darío:
imantación y reflejos”,
que subraya la
importancia del
periodismo en la prosa
del autor de Azul,
quien reconoce la
influencia que sobre él
tuvieron Paul Groussac,
Santiago Estrada y José
Martí a través de los
artículos publicados por
ellos en diarios
hispanoamericanos como
La Nación.
Por último, quisiera
comentar que este nueva
edición de la prodigiosa
inmortal, vuelve a
recordarme el primer
editorial de su doble
del siglo XIX cuando
expresaba que el nombre
de aquella revista
dedicada de la juventud
cubana simbolizaba “la
perseverancia de
nuestros desvelos
acometiendo una empresa
de suyo arriesgada y
generosa: LA SIEMPREVIVA
es la expresión de
nuestros afectos, pero
el éxito de su
publicación pertenece ya
al dominio de los
hechos, sin que nos
atrevamos a
vaticinarle”. Puede, sin
embargo, afirmarse que,
en este juego de espejos
entre publicaciones
periódicas, más de dos
años después de iniciada
la aventura de la del
siglo XXI, los desvelos
de sus insistentes
animadores continúan
expresándose con una
admirable vitalidad de
la que es representativa
este nuevo número que
llega coleteando,
raboteando, meneando
sabrosamente su
esplendente cola para
hacernos saber que La
siempreviva está
aquí, vivita y coleando.
|