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Pepe Santos como
Estragón en
Esperando a
Godot |
Durante la segunda
edición del Festival de
Teatro de Camagüey, en
1986, hablamos por vez
primera en un espacio
público de los sucesos
acaecidos poco más de
diez años atrás, durante
la etapa que terminó por
denominarse el
quinquenio gris.
Recuerdo que el tema
apareció en los
Coloquios de la Crítica,
un encuentro que se
inauguró por esa fecha
y que tuve la tarea de
moderar en aquella
ocasión. Fue a propósito
de Los juegos de la
trastienda,
espectáculo firmado por
Tomás González,
realizado y estrenado en
el espacio destinado a
la experimentación en
La Casa de la Comedia;
una habitación pequeña,
íntima, en la planta
baja llamada Salón
Ensayo donde antes Tomás
había organizado el
espectáculo de café concert Buenas
noches, José Milián,
en el cual se lucieron
Margarita Placeres y
Arminda de Armas, junto
a Ricardo Guerra de León
al piano.
Durante el debate en
torno a la puesta
parecía que a lo visto,
que quería pasar por
novedoso y subvertidor,
tal vez podía
aplicársele aquello de
“mucho ruido y pocas
nueces”. Entonces, para
intentar comprender la
esencia del fenómeno fue
preciso contextualizar
el proceso. Recuerdo
que, a favor de Tomás,
hablé algo acerca "de
fiebres no sudadas en su
momento", las cuales,
como consecuencia,
llegaban a este. El
asunto de los creadores
separados de su labor,
alejados de los
escenarios por decreto,
prohibidos, salió a la
luz ante el asombro de
la parte de aquel
auditorio que componían
personas de mi
generación y la
sucesiva.
El recuerdo viene a
cuento porque en aquel
momento me refería no
solo a Tomás, sino
también a otros entre
los que bien podía
colocarse Pepe Santos,
quien, luego de
revelarse en el umbral
de los setenta como toda
una promesa, pasó a
trabajar, por algunos
años, en la envasadora
de galletas “Gilda”, de
Guanabacoa.
Solamente una mirada
informada y alerta podía
descubrir al creador
irreverente y
desenfadado de Los
juegos santos y La
sonrisa de los
jóvenes leones en
Son porque son del son,
Desde el monte monte soy
(1987) —algunos de los
primeros espectáculos
que realizó en el Teatro
Extramuros a inicios de
los 80— o bajo los
ropajes y accesorios de
Don Perlimplín con
Belisa en su jardín
(de Federico García
Lorca, premiada en el
Festival de Camagüey
1986) y la puesta
austera de La casa
vieja (de Abelardo
Estorino, que hace Pepe
en 1987), aunque en la
primera de estas últimas
destacara el grotesco y
resultara inquietante el
travestismo y, en la
segunda, la intensa
energía de los actores
llamara la atención.
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Don Perlimplin,
1986 |
Ni Tomás González tenía
cabida en parte alguna
de aquellos espacios
estrechamente
formalizados de los
ochenta ni era el Teatro
Extramuros el ámbito
adecuado para Pepe. No
obstante, cada quien
trató de hacer lo suyo,
retomar sus caminos. Las
poblaciones de la
provincia de La Habana,
para quienes trabajaba
Extramuros, recibieron
títulos del teatro
universal hechos a la
medida de Pepe Santos y
el elenco de la
agrupación en aquella
etapa: Michaelis Cué,
Norberto Rojo, Rosendo
Lamadrid, Noelia Díaz,
María Elena Diardes,
Orquidea Martin, Raúl de
Jesús Rodríguez, José
Ramón Vigo, Rolen
Hernández, María Teresa
Tolón, Marcia Arencibia,
a los que luego se
incorporan Marianexys
Yánez, Jorge Ryan y
María Antonieta (Toneta)
Collazo, como asesora.
En cuanto fue posible,
cuando se propició la
reorganización de la
escena cubana atendiendo
a una estructura
flexible y a la comunión
de propósitos
artísticos, Pepe armó
Jueguespacio o Teatro
del espacio en juego.
Era el año 1989 y le
acompañaban Rolen
Hernández —como fiel
escudero, amigo leal en
todas las borrascas—,
Marianexys Yánez, José
Ramón Vigo, Odalys
Villamil, José Luis
Hidalgo, Idalmis
Velasco, Roberto Govín y
la teatróloga María
Antonieta Collazo.
El proyecto parecía
guardar coherencia con
la etapa primera de su
trayectoria, aquella del
Teatro El Candil, que
representaba en la
antigua valla de gallos
cercana a Agua Dulce; de
la puesta de RUR (las
siglas de Robots
Universales Rossum),
el texto de Karel Capec
que realizó
dentro del Joven Teatro
de Vanguardia, liderado
por José Milián, y que a
diferencia de otras
producciones del grupo
fue presentada en el
propio espacio no
convencional del actual
Centro Internacional de
Prensa, en la céntrica
esquina de 23 y O; y de
Los juegos santos,
que tuvo por escenario
la sinagoga sefardí de
17 y E.
El 3 de abril de 1990
La casa vieja
presentó formalmente en
el medio teatral a la
breve compañía, desde la
sala Antonin Artaud, del
Gran Teatro de La
Habana; le siguió
Hija de rey, (a
partir de La hija del
rey René, de la
Avellaneda), estrenada
el 23 de mayo del propio
año en similar
escenario. No sería
hasta diciembre que se
produciría la real
entrega de cartas
credenciales. Con
Juegos bestiales, un
espectáculo que corrió
una suerte similar a
La sonrisa de los
jóvenes leones, se
dio la verdadera
ruptura. Pepe cerraba un
ciclo para intentar
retomar su poética
inicial, recomponer los
hilos deshechos en aquel
tejido del momento más
alto en su trayectoria.
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Juegos
bestiales, Jueguespacio,
1990, en la foto
Marianexy Yanez |
Juegos bestiales
explicita en su programa
(sobreviviente milagroso
del “período especial”
pese a su propia
precariedad) que se
propuso una reflexión a
través del juego; juegos
catárticos con el
espectador para
participar de la
experiencia teatral como
liberación.
Fue estructurado
finalmente en siete
ceremoniales, productos
de los materiales vivenciales aportados
por los actores
previamente estimulados
por su director. Como
bien me apunta
Marianexys Yánez, una de
sus protagonistas, sobre
la base de
improvisaciones que
partían de fragmentos de
textos teatrales y
referían desde las
carencias domésticas y
las propias
contradicciones del
equipo con Pepe hasta
valoraciones sobre la
presencia cubana en la
guerra en Angola, el
autor-director consiguió
armar la pauta de una
partitura lúdica que el
actor reescribía en cada
representación.
Según Pepe, Juegos …
era aventura, audacia de
creatividad en pos de la
autenticidad;
confrontación dialéctica
entre actor y
espectador. Respuesta al
encasillamiento, a la
ferocidad de la rutina
cotidiana, a los límites
estrechos que asfixian,
a las circunstancias que
propician la muerte
simbólica, espiritual
del ser humano.
No por casualidad, en
ocasión de Los juegos
santos, allá por
1970, la crítica había
dicho: “el espectador
tiene la oportunidad de
asistir a una actividad
que explota tanto la
espontaneidad como el
peligro (…), busca
sacudir al espectador,
estremecerlo, profanando
los temas sagrados e
intocables.”
El director encabezó una
parte de las notas al
programa con el título
“En busca del tiempo
encontrado: de Los
juegos santos a
Juegos bestiales “.
Allí aportó fragmentos
de las críticas
recibidas por Collage
USA (1969), un
espectáculo con una
fuerte influencia de la
poética de Julian Beck y
el Living Theatre, y
Los juegos santos
(1970). Esta última
una obra
controvertida que el
entonces joven autor y
director realizó desde
las filas del Joven
Teatro, conjunto
escénico integrado por
egresados de la Escuela
Nacional de Arte que en
ese instante se hallaba
bajo la conducción de
uno de ellos: Juan Arce.
La puesta tuvo su
estreno en noviembre de
1970 y alcanzó 31
funciones. Constituyó
una especie de réplica
(en el sentido
geológico) del
estremecimiento que
significó para la vida
teatral cubana La
noche de los asesinos,
de Triana-Revuelta, en
1966, y resultó un nuevo
suceso escénico.
En esta nueva etapa
Juegos bestiales
afrontó inicialmente
dificultades en el
diálogo con quienes
estaban a cargo de la
programación teatral. Su
estreno en un día de
diciembre se demoró,
pretextando problemas
técnicos para, al fin,
realizarse a las once de
la noche, sin que a la
sala Artaud consiguieran
acceder todos los que
desde las ocho
aguardaban por el
espectáculo.
Como sucede
generalmente, el hecho
colaboró en su
publicidad. Aunque el
resto de las funciones
de la temporada fue
programado para esa
misma hora en La Habana
de los 90, una
ciudad sin transporte,
que semejaba un
territorio bajo toque de
queda, la pequeña sala
se repletaba día por
día. Infortunadamente,
el espectáculo tuvo una
vida breve. Entender el
teatro como un espacio
de negociación social
entre los diferentes
grupos y estratos
sociales y entre todos
ellos y el Estado —un
concepto capital para
una sociedad como la
nuestra— parece
requerir de un largo y
complejo proceso.
El 25 de mayo de 1991 el
grupo presentó
Cacería rock (una
versión sobre Pedro y
el lobo, cuento
popular ruso que el
músico
Sergei Prokofiev
recreó en una
composición sinfónica),
en una producción con el
Teatro Karl Marx. En
Octubre estrenó Dos
mujeres al garete
(título con el que
presentó la pieza
Orinoco, del
mexicano Emilio
Carballido).
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Cacería rock, Jueguespacio,
199, Odalis
Villamil y
Ernesto Tapia |
El 3 de junio de 1993 —y
estoy trabajando con
datos incompletos, por
lo que en el 92 hubo
seguramente otras
producciones— llegó a la
escena La otra
Celestina, prohibida
para inocentes, que
resultó seleccionada
para participar en el
Festival de Teatro de La
Habana de ese año.
Más tarde vinieron
Los sueños prohibidos de
Sor Juana y
Una caja de zapatos
vacía
(de Virgilio Piñera),
ambas en el
98; Orestes marginal,
Bartolomé sin casa
—que obtuvo los premios
de texto, puesta y
diseño en una de las
ediciones del Festival
del Monólogo—, Severa
vigilancia (2002, de
Jean Genet) con la cual
participan en el
Festival de Londrina; La
otra pasión Lorca,
El infierno nuestro de
cada día
(versión de Pepe a
partir de A puertas
cerradas, de
Sartre),
Contrantígona
(2004?).
También me cuentan que
puso en escena ¿Dónde
está el perro?,
una obra suya
destinada a los más
pequeños.
Preciso será reconstruir
ordenadamente el
repertorio, escasamente
registrado por la
crítica y los medios (de
los estudios
monográficos no
hablemos) y que ahora
asombra por su
extensión.
Por las filas de
Jueguespacio pasaron
nuevos actores; algunos
de ellos fueron Ernesto
Tapia, Irina Davidenko,
Jorge Ferdecaz, Rogel
Rodríguez, José Ignacio
León, Mayelín Barquinero,
Tania Sánchez,
Jorge Félix Echevarría,
Annieye
Cárdenas, Yenli Véliz,
Odette Ruiz Domínguez,
Sarahí Viñas, Luis Jorge
Duarte, Linnet Luján,
Alberto Osorio, Ramón
Ramos, Yosset Puentes.
En los años ulteriores,
los más cercanos al
presente, la ausencia de
un espacio propio de
trabajo y de
representación (la sede
de la calle Belascoaín
no estaba en condiciones
de usarse), la
inestabilidad creciente
de los elencos, las
dificultades materiales
y financieras que
condicionan las
producciones de la
mayoría de nuestros
espectáculos;
circunstancias todas que
exigen una fuerza de
voluntad rayana en la
tozudez patológica y un
derroche de energía han
de haber incidido en él
como individuo y como
creador. Los estrenos se
volvieron sucesos de
excepción, las
presentaciones eran
ocasionales; el trabajo
del grupo perdió
visibilidad. Aunque hace
apenas unos meses la
ciencia médica pudo
curarle una severa
bronconeumonía y
recuperarlo de un enorme
desgaste físico, el
alcohol revelaba la
profundidad de sus
estragos.
El 5 de este
agosto Pepe Santos
emprendió un viaje
definitivo para
instalarse en la
memoria. Su partida no
resultó siquiera
noticia. ¿Tendrá algo
que ver la parametración
ominosa con este
escandaloso silencio? De
cierto modo guardan
relación. No solo por la
permanencia de tales
procesos en la memoria
social, sino porque, a
nivel individual, la
vida de ninguno de los
vejados volvió a ser la
misma. Nos quedamos sin
saber qué hubiesen sido
capaces de lograr si las
trayectorias anunciadas
hubieran podido
completarse. Incluso en
el caso de quienes,
aparentemente, volvieron
a erguirse. Ninguno
quedó indemne. Los
resultados artísticos
dan fe de ello. Nos
perdimos aquel teatro
posible.
Hoy por hoy, y desde
hace mucho, Pepe Santos
Marrero es un nombre
imprescindible del
teatro y la cultura
cubanos. Un creador que
dejó huellas de
excelencia en la mayoría
de los actores con
quienes compartió los
rigores y maravillas de
la profesión y cuya obra
no puede estar ausente
de la historia
contemporánea de nuestra
escena no porque su
repercusión pueda
medirse en términos de
teatros llenos y miles
de espectadores, ni en
la continua edición y
reedición de obras
(reescribió sobre el
escenario, realizó
trazados en el espacio)
o en reiterados premios,
sino porque Pepe —con
sus heridas abiertas—
vivió para el teatro,
trabajó demencialmente y
supo crear sobre el filo
mismo de la navaja, a
pesar de sí, de su
procedencia social y de
lo que creía sus deberes
para con su familia, de
sus temores, de sus
prejuicios, de sus
fantasmas. Fue, como
buena parte de los
teatristas de su
generación y de las
anteriores, un creador
empírico; poseedor de
una cultura musical y
plástica, no era dado al
estudio de la teoría
escénica ni
performativa, sin
embargo, ubicándolo
debidamente en su
contexto generacional y
teniendo en cuenta la
travesía histórica de
esas generaciones cuando
se habla de
experimentación en el
teatro cubano, es lícito
incorporar sin demora,
tras los nombres
ilustres que nos honran
y acicatean, el de Pepe
Santos.
Sus colegas más cercanos
en cada etapa, de
procedencias diversas y
pertenecientes a
distintas promociones,
destacan su imaginación
desbordante, su
inteligencia, cultura,
exigencia; el don de
dotar de gracia al
movimiento más
cotidiano, animar de
modo exquisito el objeto
aparentemente más basto
y, sobre todo, su
capacidad para estimular
al actor, acompañarlo
discretamente en la
aventura creadora y
establecer un diálogo
fecundo —pleno de
riesgos,
descubrimientos— a
partir del cual se vaya
construyendo la
estructura del
espectáculo. Todo ello
sin altisonancias, de un
modo que siempre parecía
natural y sencillo.
Sorprendente, también
divertido.
Recuerdo varias de sus
puestas. En algunas
resaltaba el cuidado de
las formas, a veces se
echaba de menos la
dimensión ideológica
necesaria a tal
discurso. A otras las
volvía en cierto modo
informes la urgencia de
sus búsquedas. En
ocasiones los recursos
se reiteraban con la
consecuencia lógica de
una escasa eficacia.
Eran períodos de
recurrencia que podían
anunciar un salto, una
nueva ruptura. Por
momentos, se podía
producir una mezcla de
destellos y lugares ya
comunes. También se
reconocían influencias,
asimilaciones no
procesadas. En el
centro, un hombre,
midiéndose con sus
circunstancias. |