Año VIII
La Habana
19 al 25
de SEPTIEMBRE
de 2009

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Venezuela en la voz de sus poetas

Ada Elba Pérez

 

“Puedo chocar mi copa con la soledad y brindar por el mundo.”

Orlando Pichardo, 1946
Estado de Lara

La poesía en Venezuela nació a la par de una geografía portentosa: llanuras inmensas, caudalosos ríos, selvas impenetrables, desiertos, páramos, nieves eternas; parajes que el hombre pobló “cuando no habían nacido ni Colón, ni Jesús, ni Moisés”.1

Hubo que esperar hasta 1537 para que una Bula del Papa Paulo III convirtiera a los habitantes de América en “verdaderos hombres”, lo cual no cambió el pensamiento de muchos teólogos ni la sevicia de los encomenderos; y no ha cesado a través de los siglos la febril invasión de misioneros y toda clase de traficantes, legión robustecida con la trata de esclavos, la alucinante rapiña del cacao, la del café en el siglo XIX, y, desde 1922, la del petróleo cuyas fabulosas reservas, junto a las de gas y hierro, hacen de Venezuela uno de los países más ricos del mundo, y también uno de los más pobres y vulnerables.

La nación que tanto dinero ha recibido gracias al ininterrumpido drenaje de sus riquezas naturales, no lo invirtió en fomentar su propia economía, sino en comprarlo todo: “los automóviles y las heladeras, la leche condensada, los huevos, las lechugas, las leyes, los decretos”2 mientras se agudizaba la miseria de las clases desposeídas, se enriquecían los consorcios petroleros, y la burguesía nacional despilfarraba en toda clase de lujos. Hoy un panorama desolador aparece ante el viajero: levantados con las heces del consumo, millones de ranchos miserables cubren como un tupido hormiguero los cerros caraqueños. Su aspecto pardo y apagado contrasta brutalmente con los colores de la opulencia, las elegantes autopistas y suntuosas construcciones. “Caracas mastica chicle y ama los productos sintéticos y los alimentos enlatados, viste trajes para servir por solo una vez y no camina nunca, solo se moviliza en automóvil; le cuesta dormir porque no puede apagar la ansiedad de comprar, consumir, obtener, gastar, usar, apoderarse de todo”.3 Pero todo eso suena mejor para los años pasados, antes del descalabro de la moneda nacional, cuando era tan fácil para la clase media pasar vacaciones en Miami o en Europa, o cambiar de automóvil cada semana, antes de que la Standar Oil, la Shell, la Gulf, o la Texaco, les develaran el verdadero rostro de una nación hipotecada bajo el brillo quimérico de la prosperidad.

Un joven poeta, Rafael Arráiz Lucca (1959) dice al final de su poema “Hispanoamerican Clips”:

En los edificios de un barrio de Caracas
engordan tanto los cochinos en los baños
que un buen día no pueden salir.
Allí los matan y los vecinos
han aprendido a distinguir
entre el llanto de los niños
y la agonía de los cerdos.

El campesino venezolano, siervo durante siglos, no ha corrido con mejor suerte en la edad del petróleo. Por millares arriban a ofrecer sus brazos en las ciudades, y los llaman “toderos”, porque hacen de todo, pueden ser sirvientes, albañiles o ladrones; pero el sistema necesita cada día menos fuerza de trabajo, y con la explosión demográfica aumentan también los desocupados. “Las ciudades excitan y defraudan las expectativas de trabajo de familias enteras atraídas por la esperanza de elevar el nivel de vida y conseguir un sitio en el gran circo mágico de la civilización urbana. Una escalera mecánica es la revelación del Paraíso, pero el deslumbramiento no se come: la ciudad hace aún más pobres a los pobres, porque cruelmente les exhibe espejismos de riquezas a las que nunca tendrán acceso.”4

Siempre hay un alma buena que le regale un pedazo de

pan a uno:

“Tome señor” y “Mira perro” es lo mismo

para los efectos de ver a un hombre ahí sentado,

no digamos que triste, no,

ni siquiera triste ni nada,

sino ahí sentado, ahí domado, ahí amansado,

ahí, sentadito comiéndose tranquilamente su pedazo de

cansancio a la puerta del cine,

y adentro la ciudad viendo la misma película de amor.

Aquiles Nazoa (fragmento del poema “Hombre y pan”)

A menudo vence el desaliento. La desorientación, la ausencia de valores espirituales y la propia división de las fuerzas progresistas, crean un clima de frustración. Las montañas andinas están llenas de jóvenes que han huido de las ciudades (y no pocos provienen de familias acomodadas). Allí viven de la artesanía que le venden a los turistas, desprecian los bienes materiales y ostentan un exacerbado primitivismo, consumen habitualmente drogas y alcohol, sin más proposiciones que un rechazo ciego hacia la sociedad. Cito a continuación un fragmento de las conversaciones con uno de ellos, Luis Felipe Gottoppo, cuya hermosa poesía germina dolorosa y solitaria.

“Desprecio la vida de Caracas, me ladillé de tanta hipocresía, de estar allí sin saber quién soy ni para qué vivo. En las montañas estoy en contacto con la naturaleza, con los campesinos, que son seres buenos, y puedo formarme, encontrarme conmigo. Aquí cultivo mi conuco y todo es natural, solo me alimento de vegetales, leo, escribo, pienso y paseo por el páramo.

Aquí nos dicen hippies porque nos vestimos como nos provoca, tenemos el pelo largo y no le paramos bolas a las apariencias. Yo he leído mucho sobre el movimiento hippie y fue burda de bueno, fue revolucionario. Yo admiro aquello hippies; el Che fue una especie de hippie.”

Dice que él no usa drogas, pero que muchos artesanos las consumen porque “les provoca, se sienten bien, no es peor que el alcohol, y ellos son panas burda de buenos, solidarios, chéveres, todos nos hemos ladillado de la misma vaina”.

Tampoco sabe el tiempo que permanecerá en Los Andes. “De repente me vuelvo a Caracas, pero ahora necesito mucho estar aquí, sin mercados ni bancos, ni hipocresía. Solo, quiero estar solo.” (Octubre de 1988)

No conservo poemas de Luis Felipe; no aceptó leerlos después en público, y la última vez que subí a su casa en la montaña, encontré su puerta cerrada bajo una noche fría y lluviosa. Con ella me cerraba también su corazón (supongo que por estorbar su soledad) y se volvió huraño y receloso.

El suicidio es epílogo frecuente entre muchos jóvenes. Quiero recurrir a un sorprendente poeta, Carlos Rodríguez Ferrara, merideño y estudiante de la Universidad de Los Andes, que en 1983 se quitó la vida. Tenía veinte años y una obra impresionante por su extensión y madurez. Tres meses después de su muerte obtuvo el premio de la Primera Bienal de Poesía Francisco Lazo Martí, del Ateneo de Calabozo. Nada explica mejor su asfixia que este poema: “Pozo”, de su libro laureado Más allá de los espectros.

                               A veces de las sienes
                               sudo hojas infinitas de salitre
                               y me alegro cuando rompen
                               los reflejos de sus fondos.
                               A veces soy yo
                               el que cae de las sienes.
                               No hay soles en los mares
                               que me salven.
                               Termino en lo profundo
                               de las piedras deseadas
                               (en la duda y vergüenza
                               del Principito
                               con Dios entre mis dientes.
                               Lo obligo a sentir
                               cómo quiebran los espejos
                               las flores desangradas
                               por su luna y el silencio.
                              Que comparta con sus hijos
                              la humedad de estas paredes.

Otros logran asumir la realidad con resignación, o enfrentan (algunos de forma muy audaz) el pantano de la doble moral, si bien partiendo por lo general de sus conflictos personales. La cotidianidad como factor alienante es casi una obsesión que se advierte hasta en quienes presumen de una postura ajena al set político.
 

Opio corazón

He vuelto de nuevo al buzón-así comienza el día

así termina-

como un rito sagrado

opio corazón

Abrí la caja del apartamento 11-B

en el fondo una tarjeta:

“reparamos neveras torres calentadores

artefactos eléctricos”

primorosamente

en letra gótica

-así comienza el día

así termina-

Yolanda Patín. (Correo del corazón)

Entre los poetas más o menos jóvenes se ve una gran variedad de temas y soluciones formales; algunos crecen extrovertidos, violentos, contradictorios; otros, con mayores oficios, son acaso más retóricos e intrascendentes, aunque en esto no hay división o esquema posible, pues el susurro íntimo es capaz de correr con ventura en cauces tan anchurosos como los pretendidos por la épica resuelta tantas veces con grandes y descuidados trazos.

Línea de cambio
 

Me pertenece toda la tristeza de mi pueblo

también su odio

Una germinada roca de violencia

es mi corazón

el zarpazo de la palabra encendida

Muriendo durante quinientos años

mis muertos tosen fango

y sufren la agonía del apabullamiento

Una línea de cambio brusco en el curso de la pendiente

mi corazón es.

Orlando Pichardo. (La palabra que tengo)

A mediados de septiembre de 1988 se moría en un hospital y sin atención médica, un hombre excepcional, un artista brillante. La noticia circuló por toda Venezuela en las páginas de los periódicos más importantes; distinguidas personalidades de la cultura y la política engrosaron con orgullo la inmensa lista de sus amigos, y las declaraciones sublimaron el recuerdo de un hombre cuya muerte fue su definitiva acusación al mundo donde habitó mendigando la felicidad, y donde recibió por su talento un destino naufragante. Luis Luksíc era boliviano, pero creó, soñó y murió en un país que gasta millones en inútiles artefactos de consumo. Cito un fragmento de su poema “Canto al hombre”.
 

Yo soy eso de que se habla en los

tratados de anatomía y fisiología, en los

libros de filosofía, en las novelas:

soy el hombre,

el rey de toda la naturaleza!...

pero me envuelve la ciudad, la superioridad

solemne de los rascacielos, el día

con su horrendo desprecio... Desesperado

escondo las manos y pregunto ¿quién soy?

¿quién soy? ... ¿quién soy?...

en vano oigo aclarar mi situación al eco, a

la constelación,

al árbol herido por la

mañana azul...

Soy el gran señor del Universo a

ración del hambre...

Soy el gran señor del Universo sin trabajo

y lleno de deudas.

Soy el gran señor del Universo con los

zapatos destrozados y la gran vestimenta

manchada de metales y

días que caen como mariposas de grasa y humo.

Soy el gran señor del Universo dueño de

la aurora, de la luz a quien cortan la

luz eléctrica.

Soy el gran señor del Universo con la

espantosa tristeza de no poderle comprar

un juguete a mi niño.

Es sacrílego hablar de poesía venezolana omitiendo nombres como Andrés Eloy Blanco, Ramón Palomares y otros tantos que engrosan esa lista. De muchos podría hablarse, conocidos unos, otros casi inéditos, pero sería un inventario siempre inconcluso. Un manantial de poetas parece brotar de todas partes, y no en pocos casos la aventura es una poesía cargada de fatigosos vanguardismos, reiterativa y tartamuda, tardía y evasiva. En retorcidas y agotadoras columnas, abundan las contemplaciones plañideras de los problemas humanos... y muy buenos y caros cosméticos. La práctica del “intelectualismo” como deporte de buen tono, ha sacado de las imprentas cosas insospechables, para las cuales no faltan nunca los sofistas y apologistas seráficos. Pero es de suponer que no toda la poesía tengas semejante escolta, y no será el presente un pedestal para aquellos que hacen de sus versos “un arma cargada de futuro”5. La historia no es tampoco una decantadora perfecta, pero sí es, probablemente, un poco más justa.


Por mi cuenta y riesgo

(Fragmento) José Lira Sosa

Yo puedo soñar maniáticamente, convencerme de algo, disentir de todos los principios establecidos, renegar (de manera intransigente) contra la mediocridad que me circunda. Puedo esperar que otros combatan por mi propia comodidad. Puedo, simplemente recorrer las Avenidas, pasearme solo por las calles como un fantasma, dedicarme a la natación o emborracharme frenéticamente sin que ello constituya una razón estratégica valedera.

Yo puedo soñar, amar; puedo amar nuevamente. Reincidir en el amor y esto no hará desaparecer la imagen terca del muchacho que apunta con el fusil pegado a la cara mugrienta y sudorosa. Esta visión simple me obliga a revisar mis actos cotidianos, estos pequeños gestos, sin ninguna trascendencia, que presuntuosamente llamo mi vida. Estos malditos hábitos que me encadenan, me convierten en un producto en serie: estos reflejos condicionados por una sociedad que he decretado mala no pueden diferir tampoco la imagen del muchacho y del fusil que amedrenta mis pesadillas.

Yo puedo soñar maniáticamente, es cierto. Y nadie puede inhabilitarme para ello. Siempre tengo a mano una razón convincente. Yo no me considero una víctima irreparable, sin embargo comprendo que a mi alrededor se está jugando algo que me atañe demasiado. Eso me impide mantenerme al margen. Me señala.

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Que por el fusil apunta un ojo distinto a mi ojo, astigmático, cierto! Pero ojo capaz de precisar la mira. Que mi cara afeitada casi diariamente, lavada, refrescada con diversas porquerías comerciales la sienta más inmunda que el rostro que pienso mugriento y sudoroso. Es algo que no puede sacudirse. No me permite reconciliarme conmigo mismo. Y eso me hace sentir forastero, desapropiado.

.........................................................

Yo puedo soñar maniáticamente. Pero, no puedo esperar que siempre otros combatan por mí algún día tengo que hacerlo, directamente... por mi cuenta y riesgo.

Notas:

1- Fernando Ortiz. Carta al profesor Miguel Acosta Saignes.
2- Eduardo Galeano. Las venas abiertas de América Latina. La Habana, 1979; p 298
3- Ídem. P. 293.
4-Ídem. P.438.
5- Gabriel Celaya

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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