Año VIII
La Habana
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Un enigma llamado Juana Inés de la Cruz

Ada Elba Pérez

 

En San Miguel de Nepantla (México), solo cuatro paredes de adobe semidestruidas quedan de lo que fue, hace 343 años, la casa natal de uno de los seres más extraordinarios y fascinantes de todos los tiempos: Juana Inés Ramírez, la Suprema Señora de las Letras de los Siglos de Oro en América, conocida por su nombre de monja jerónima, Sor Juana Inés de la Cruz.

La construcción hecha para proteger esas cuatro paredes, está en total abandono, pues no posee servicio eléctrico, tiene goteras y la puerta está podrida. El pasado 12 de noviembre un grupo de vecinos limpió los patios del museo para celebrar el aniversario del nacimiento de la gran poetisa.

Cuando tenía tres años, ella fue a vivir a la hacienda de Panohayan, al pie de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, en la localidad de Amecameca, y a esa edad aprendió a leer, iniciando una formación totalmente autodidacta en la biblioteca de su abuelo materno, con la cual comenzó a nutrir su portentosa erudición.

Esta casa de Panohayan también estuvo en ruinas durante mucho tiempo. Los animales entraban por el gran portón del fondo y el techo estuvo a punto de desplomarse. Aunque existen los muebles originales, estos andan dispersos, transformados, y no se conservan ni indicios de la biblioteca del abuelo. La hermosa construcción de Panohayan ha sufrido cambios arbitrarios en manos de sucesivos dueños que han alterado considerablemente el diseño original.

El itinerario de Juana Inés prosigue en la ciudad de México, en casa de unos tíos, de donde sale para convertirse en dama de la corte virreinal. Su prodigiosa inteligencia deslumbró a los marqueses de Mancera (entonces virreyes) y abrió las puertas del palacio para aquella hija bastarda de un marino vasco y una criolla provinciana. Cuando tenía 17 años fue sometida a un riguroso examen de múltiples materias por 40 autoridades universitarias. El propio marqués de Mancera contaba que Juana Inés venció la extraordinaria prueba tal y como un galeón se deshace de unas cuantas chalupas.

Fue admirada como un ídolo, pero a medida que crecía su fama por todo el virreinato, crecían también la envidia y los obstáculos. Por haber sido mujer no tuvo acceso a estudios universitarios. No quiso casarse, y para su sexo solo existían dos caminos “honorables”: el matrimonio o el convento. Convencida, profesó en la Orden de San Jerónimo en 1669.

Muchos críticos católicos, que la prefieren beata, suelen escribir que cumplió estrictamente sus votos, pero Sor Juana, ejemplar humano excepcional, fue transgresora incorregible, fue la oveja descarriada en el rebaño gris del clero novohispano. Aunque era religiosa de clausura, su locutorio fue el más celebre centro cultural de América y ningún hombre de ciencia, ningún viajero ilustre, pasaba por México sin visitarla.

Otros autores han exagerado hasta el ridículo la imagen de una Sor Juana narcisista, soberbia y paranoica, descontextualizando su vida y su hábil maniobrar en una sociedad profundamente contradictoria, vigilada por la Inquisición y por los demenciales patriarcas de la Compañía de Jesús, que se distinguieron por su intolerancia, por su misoginia y por un masoquismo que convirtió la doctrina cristiana en una caricatura aberrante. Estos campeones de la santidad recorrían el país vestidos con harapos, plagados de piojos y chinches, cargados de silicio, rescatando almas y fundando recogimientos de vírgenes y sacros serrallos para mujeres de la mala vida. Fueron confesores de encumbrados personajes en la corte e inclusive de los propios virreyes; veían el cuerpo humano como despojo vil y predicaban una perpetua penitencia, descubriendo en cada acción una culpa inexpiable y un motivo de condenación eterna.

En medio de este cerco asfixiaste Sor Juana se atreve a exaltar la belleza del cuerpo, la grandeza del entendimiento y el misterio del amor, con tal desbordamiento profano, que convirtió su existencia en una riesgosa batalla. Su propio confesor era calificador de la Inquisición, y el enfermizo detractor de las mujeres, Aguiar y Seixas, era Arzobispo de México. No sin causa escribió ella en su conocido soneto cuyo primer cuarteto dice:

En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuándo solo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

Se sabe blanco de la envidia y así lo expresa en su famosa Respuesta a Sor Filotea, uno de los documentos más brillantes de nuestra lengua: ...el que se señala (...) es recibido como enemigo común, porque parece a algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen o que hace estanque de las admiraciones a que aspiraban, y así lo persiguen.”

A sus “ilustrados” persecutores, escribió Sor Juana: “... no es necio entero el que no sabe latín, pero el que lo sabe está calificado. Y añado yo que le perfecciona (si es perfección la necedad) el haber estudiado su poco de filosofía y teología y tener alguna noticia de lenguas, que con eso es necio en muchas ciencias y lenguas...”

Muchos autores suelen esquivar zonas importantes en la poesía de la monja, especialmente la de sus poemas de amor, eludiendo la prospección hacia quién o quiénes dedicó su más fecunda y valiosa etapa poética. El tema ha sido objeto de acaloradas controversias, pero la verdad es (y acaso será siempre) una puerta infranqueable. Su primer biógrafo, Diego Calleja dijo que Sor Juana escribió de amor sin amores, y agregó Octavio Paz: pero con amor. Ya se acepta sin escándalo que una profunda relación afectiva unió a la virreina de Nueva España, María Luisa Manrique de Lara y a Juana Inés, pero nada más alejado de ella que un ser viriloide. Ante todo, fue mujer; asumió y defendió su sexo con una audacia sin precedentes y, como dijo la Dra. Anita Arroyo, la mujer y no la monja, nos dio la escritora.1

Sobre esos poemas de amor, escribió Octavio Paz: Es imposible leerlos como meros ejemplos del estilo palaciego y no percibir lo que hay de único y particular en ellos. Al amparo de las expresiones consagradas se deslizan otras que, por su temperatura y por su osadía, dicen algo muy distinto de las consabidas declaraciones de lealtad y devoción al señor o a la señora. La misma Sor Juana tuvo conciencia del atrevimiento de ciertas expresiones; sin embargo, en lugar de atenuarlas, llamó en su defensa al neoplatonismo y las acentuó aún más. Hay momentos en que su lenguaje se vuelve desafiante.2

Otro enigma de Sor Juana es su retirada final. Igualmente muchos críticos de filiación católica prefieren omitir o atenuar la intervención del clero en este episodio. Mas, por encima de las consideraciones están los hechos que demuestran el acoso de la monja tras el escándalo de la Carta Atenagórica. Esta contienda con los príncipes de la Iglesia, la retirada de su confesor, la amenaza de la Inquisición y un total desamparo en medio de la profunda crisis que vivía México, pueden explicar que aquel espíritu tan lúcido y tenaz tomara la insólita decisión de renunciar a la razón de su existencia. Su abjuración, sincera o no, es otro misterio sin fondo y la monja arrepentida no sobrevivió mucho más. El 17 de abril de 1695 murió durante una epidemia de peste.

Mucho menos suele estudiarse a Sor Juana como piedra angular de nuestra identidad latinoamericana. Si fue apologista de la corte por necesidad, también lo fue, por amor, de su México y de la América que emergía del desastre de la conquista. En sus versos hablan y cantan el negro, el mestizo, el indio, y más de una vez escribió con ufanía textos como este:

¿Qué mágicas infusiones

de los indios herbolarios

de mi Patria, entre mis letras

el hechizo derramaron?

Sor Juana Inés de la Cruz fue mucho más que la Suprema Señora de las Letras de los Siglos de Oro; fue una propuesta de identidad sin precedentes en la historia de América y una ruptura de la férrea maquinaria escolástica que la metrópoli impuso en estas tierras. Fue ella misma un proyecto de emancipación y fue, por cierto, la primera mujer que en nuestro continente levantó su voz para exigir la dignidad de su sexo y de la condición humana.

Durante siglo y medio permaneció olvidada. El claustro de San Jerónimo se convirtió en vecindad (cuartería) y sobre los restos de Sor Juana, en el coro bajo de la iglesia, hubo un cabaret y una pista de baile. Su acta de bautismo fue robada hace tres años de la parroquia de Chimalhuacan. Pero, como la gran historia de su país, Sor Juana renace y cada día es más deslumbrante causando en sus nuevos lectores una fascinación que pocos seres humanos han logrado inspirar. Cada vez es mayor el número de estudiosos de su obra, y todos los años el pueblo de su Amecameca le rinde homenaje, aunque el río Panohayan, cuyas aguas cristalinas hizo ella correr en su poesía, sea hoy un vertedero y un hilo que se apaga atravesando el valle al pie de los volcanes

18 de enero de 1992, Ciudad de La Habana.


Notas:

1- Razón y pasión de Sor Juana. Anita Arroyo. México, 1952.
2- Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. Octavio Paz. México, 1982. P. 262/263

 

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