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En San Miguel de Nepantla
(México), solo cuatro paredes de
adobe semidestruidas quedan de
lo que fue, hace 343 años, la
casa natal de uno de los seres
más extraordinarios y
fascinantes de todos los
tiempos: Juana Inés Ramírez, la
Suprema Señora de las Letras de
los Siglos de Oro en América,
conocida por su nombre de monja
jerónima, Sor Juana Inés de la
Cruz.
La construcción hecha para
proteger esas cuatro paredes,
está en total abandono, pues no
posee servicio eléctrico, tiene
goteras y la puerta está
podrida. El pasado 12 de
noviembre un grupo de vecinos
limpió los patios del museo para
celebrar el aniversario del
nacimiento de la gran poetisa.
Cuando tenía tres años, ella fue
a vivir a la hacienda de
Panohayan, al pie de los
volcanes Popocatépetl e
Iztaccíhuatl, en la localidad de
Amecameca, y a esa edad aprendió
a leer, iniciando una formación
totalmente autodidacta en la
biblioteca de su abuelo materno,
con la cual comenzó a nutrir su
portentosa erudición.
Esta casa de Panohayan también
estuvo en ruinas durante mucho
tiempo. Los animales entraban
por el gran portón del fondo y
el techo estuvo a punto de
desplomarse. Aunque existen los
muebles originales, estos andan
dispersos, transformados, y no
se conservan ni indicios de la
biblioteca del abuelo. La
hermosa construcción de
Panohayan ha sufrido cambios
arbitrarios en manos de
sucesivos dueños que han
alterado considerablemente el
diseño original.
El itinerario de Juana Inés
prosigue en la ciudad de México,
en casa de unos tíos, de donde
sale para convertirse en dama de
la corte virreinal. Su
prodigiosa inteligencia
deslumbró a los marqueses de
Mancera (entonces virreyes) y
abrió las puertas del palacio
para aquella hija bastarda de un
marino vasco y una criolla
provinciana. Cuando tenía 17
años fue sometida a un riguroso
examen de múltiples materias por
40 autoridades universitarias.
El propio marqués de Mancera
contaba que Juana Inés venció la
extraordinaria prueba tal y como
un galeón se deshace de unas
cuantas chalupas.
Fue admirada como un ídolo, pero
a medida que crecía su fama por
todo el virreinato, crecían
también la envidia y los
obstáculos. Por haber sido mujer
no tuvo acceso a estudios
universitarios. No quiso
casarse, y para su sexo solo
existían dos caminos
“honorables”: el matrimonio o el
convento. Convencida, profesó en
la Orden de San Jerónimo en
1669.
Muchos críticos católicos, que
la prefieren beata, suelen
escribir que cumplió
estrictamente sus votos, pero
Sor Juana, ejemplar humano
excepcional, fue transgresora
incorregible, fue la oveja
descarriada en el rebaño gris
del clero novohispano. Aunque
era religiosa de clausura, su
locutorio fue el más celebre
centro cultural de América y
ningún hombre de ciencia, ningún
viajero ilustre, pasaba por
México sin visitarla.
Otros autores han exagerado
hasta el ridículo la imagen de
una Sor Juana narcisista,
soberbia y paranoica,
descontextualizando su vida y su
hábil maniobrar en una sociedad
profundamente contradictoria,
vigilada por la Inquisición y
por los demenciales patriarcas
de la Compañía de Jesús, que se
distinguieron por su
intolerancia, por su misoginia y
por un masoquismo que convirtió
la doctrina cristiana en una
caricatura aberrante. Estos
campeones de la santidad
recorrían el país vestidos con
harapos, plagados de piojos y
chinches, cargados de silicio,
rescatando almas y fundando
recogimientos de vírgenes y
sacros serrallos para mujeres de
la mala vida. Fueron confesores
de encumbrados personajes en la
corte e inclusive de los propios
virreyes; veían el cuerpo humano
como despojo vil y predicaban
una perpetua penitencia,
descubriendo en cada acción una
culpa inexpiable y un motivo de
condenación eterna.
En medio de este cerco
asfixiaste Sor Juana se atreve a
exaltar la belleza del cuerpo,
la grandeza del entendimiento y
el misterio del amor, con tal
desbordamiento profano, que
convirtió su existencia en una
riesgosa batalla. Su propio
confesor era calificador de la
Inquisición, y el enfermizo
detractor de las mujeres, Aguiar
y Seixas, era Arzobispo de
México. No sin causa escribió
ella en su conocido soneto cuyo
primer cuarteto dice:
En perseguirme, mundo, ¿qué
interesas?
¿En qué te ofendo, cuándo solo
intento
poner bellezas en mi
entendimiento
y no mi entendimiento en las
bellezas?
Se sabe blanco de la envidia y
así lo expresa en su famosa
Respuesta a Sor Filotea, uno
de los documentos más brillantes
de nuestra lengua: “...el que
se señala (...) es recibido como
enemigo común, porque parece a
algunos que usurpa los aplausos
que ellos merecen o que hace
estanque de las admiraciones a
que aspiraban, y así lo
persiguen.”
A sus “ilustrados” persecutores,
escribió Sor Juana: “... no
es necio entero el que no sabe
latín, pero el que lo sabe está
calificado. Y añado yo que le
perfecciona (si es perfección la
necedad) el haber estudiado su
poco de filosofía y teología y
tener alguna noticia de lenguas,
que con eso es necio en muchas
ciencias y lenguas...”
Muchos autores suelen esquivar
zonas importantes en la poesía
de la monja, especialmente la de
sus poemas de amor, eludiendo la
prospección hacia quién o
quiénes dedicó su más fecunda y
valiosa etapa poética. El tema
ha sido objeto de acaloradas
controversias, pero la verdad es
(y acaso será siempre) una
puerta infranqueable. Su primer
biógrafo, Diego Calleja dijo que
Sor Juana escribió de amor sin
amores, y agregó Octavio Paz:
pero con amor. Ya se acepta sin
escándalo que una profunda
relación afectiva unió a la
virreina de Nueva España, María
Luisa Manrique de Lara y a Juana
Inés, pero nada más alejado de
ella que un ser viriloide. Ante
todo, fue mujer; asumió y
defendió su sexo con una audacia
sin precedentes y, como dijo la
Dra. Anita Arroyo, la mujer y no
la monja, nos dio la escritora.1
Sobre esos poemas de amor,
escribió Octavio Paz: Es
imposible leerlos como meros
ejemplos del estilo palaciego y
no percibir lo que hay de único
y particular en ellos. Al amparo
de las expresiones consagradas
se deslizan otras que, por su
temperatura y por su osadía,
dicen algo muy distinto de las
consabidas declaraciones de
lealtad y devoción al señor o a
la señora. La misma Sor Juana
tuvo conciencia del atrevimiento
de ciertas expresiones; sin
embargo, en lugar de atenuarlas,
llamó en su defensa al
neoplatonismo y las acentuó aún
más. Hay momentos en que su
lenguaje se vuelve desafiante.2
Otro enigma de Sor Juana es su
retirada final. Igualmente
muchos críticos de filiación
católica prefieren omitir o
atenuar la intervención del
clero en este episodio. Mas, por
encima de las consideraciones
están los hechos que demuestran
el acoso de la monja tras el
escándalo de la Carta
Atenagórica. Esta contienda con
los príncipes de la Iglesia, la
retirada de su confesor, la
amenaza de la Inquisición y un
total desamparo en medio de la
profunda crisis que vivía
México, pueden explicar que
aquel espíritu tan lúcido y
tenaz tomara la insólita
decisión de renunciar a la razón
de su existencia. Su abjuración,
sincera o no, es otro misterio
sin fondo y la monja arrepentida
no sobrevivió mucho más. El 17
de abril de 1695 murió durante
una epidemia de peste.
Mucho menos suele estudiarse a
Sor Juana como piedra angular de
nuestra identidad
latinoamericana. Si fue
apologista de la corte por
necesidad, también lo fue, por
amor, de su México y de la
América que emergía del desastre
de la conquista. En sus versos
hablan y cantan el negro, el
mestizo, el indio, y más de una
vez escribió con ufanía textos
como este:
¿Qué mágicas infusiones
de los indios herbolarios
de mi Patria, entre mis letras
el hechizo derramaron?
Sor Juana Inés de la Cruz fue
mucho más que la Suprema Señora
de las Letras de los Siglos de
Oro; fue una propuesta de
identidad sin precedentes en la
historia de América y una
ruptura de la férrea maquinaria
escolástica que la metrópoli
impuso en estas tierras. Fue
ella misma un proyecto de
emancipación y fue, por cierto,
la primera mujer que en nuestro
continente levantó su voz para
exigir la dignidad de su sexo y
de la condición humana.
Durante siglo y medio permaneció
olvidada. El claustro de San
Jerónimo se convirtió en
vecindad (cuartería) y sobre los
restos de Sor Juana, en el coro
bajo de la iglesia, hubo un
cabaret y una pista de baile. Su
acta de bautismo fue robada hace
tres años de la parroquia de
Chimalhuacan. Pero, como la gran
historia de su país, Sor Juana
renace y cada día es más
deslumbrante causando en sus
nuevos lectores una fascinación
que pocos seres humanos han
logrado inspirar. Cada vez es
mayor el número de estudiosos de
su obra, y todos los años el
pueblo de su Amecameca le rinde
homenaje, aunque el río
Panohayan, cuyas aguas
cristalinas hizo ella correr en
su poesía, sea hoy un vertedero
y un hilo que se apaga
atravesando el valle al pie de
los volcanes
18 de enero de 1992,
Ciudad de La Habana.
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