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I
Con las manos atadas y conducido
por varios militares, Fidel
Castro llega a la Sierra Maestra
tras el revés del Moncada. En
una esquina del recinto donde lo
mantienen prisionero, logra
reconocer a dos mujeres también
cautivas, visiblemente
maltratadas.
–¿Puedo ir al baño?, pregunta
Fidel al guardia.
Una vez solo, aún atado, logra
acercarse a una de ellas.
–Yeyé –le susurra al oído–, diles
a tus padres que saquen todo del
apartamento y lo conserven bien.
Cuando triunfe la Revolución,
los cubanos y el mundo entero
podrán saber dónde comenzó todo.
“Las ideas no se matan”, le
había dicho a Fidel el militar
que lo capturó. La orden había
sido asesinarlo: el líder
revolucionario no podía llegar
vivo a Santiago de Cuba.
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Escritorio llevado por Fidel para el apartamento de 25 y
O |
Poco tiempo después, la familia
Santamaría Cuadrado entraba en
el apartamento 603 del edificio
situado en 25 y O, en el Vedado
capitalino, y trasladaba todos
los muebles y objetos de la casa
hasta su vivienda en el poblado
de Encrucijada, en la provincia
de Las Villas. Allí estuvieron
guardados, con celo de madre,
hasta 1964. Nueve años más
tarde, el apartamento donde se
trazó hasta el más mínimo
detalle de la lucha
revolucionaria contra Batista,
se convertiría en Museo
Nacional.
II
25 y O es una concurrida esquina
del Vedado. El caminante que no
conoce la zona podrá quizá
perderse algunos detalles: una
librería de fachada discreta,
podría decirse que oculta –sin
embargo, una de las más surtidas
de la capital–
o los ancianos
que alivian el calor del verano
a la sombra de los árboles del
parque; pero, ciertamente, habrá
uno difícil de omitir: “en el
apartamento 603 de este
edificio, vivió el líder
revolucionario Abel Santamaría
Cuadrado”. Así dice, más o
menos, la placa tallada en
bronce en la entrada número 164
de esa calle.
Mientras sube por el ascensor
hasta el sexto piso, el
caminante podría pensar que al
abrirse encontrará el más
impecable y restaurado de los
pisos del inmueble. Sin embargo,
la sorpresa no será poca al
encontrar que solo lo distingue
un pequeño cartel con una
flecha: “Museo”.
Cuenta la historia que el joven
villareño Abel Santamaría
Cuadrado había arribado a La
Habana en 1947, procedente del
Central Constancia, en busca de
posibilidades de estudio y
trabajo. Una vez establecido,
alquila el apartamento que luego
compartirá con una de sus
hermanas: Haydée.
Mucho conocemos de estos
jóvenes: “Basta ya de
pronunciamientos estériles. Una
Revolución no se hace en un día,
pero se comienza en un segundo…
hora es ya. Todo esta de nuestra
parte…”, escribió Abel en uno de
los palpitantes textos que aún
se conservan de su autoría.
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El
museo conserva la cama
donde dormían los
hermanos Abel y Haydée
Santamaría.
La ropa de cama, las
almohadas y el colchón
son también originales. |
Con estas señas, no resulta
difícil imaginar la cotidianidad
de aquel apartamento en los años
de mayor efervescencia
revolucionaria. En 25 y O se
reunían con frecuencia Montané,
Raúl Gómez García y Melba
Hernández, en su salón
redactaron las primeras
ediciones clandestinas del
periódico Son los Mismos.
Desde el primer encuentro entre
Abel y Fidel, aquel grupo
inicial se incorporó al
movimiento que comenzaba a
organizar Fidel desde Prado 109
y en lo adelante serían un mismo
núcleo: Fidel trasladó al
apartamento del Vedado su buró y
sobre él trazó los principales
proyectos de la lucha
clandestina. Quizá más de una
vez, para despejar la mente,
leyó alguno de los libros que
Abel guardaba en un pequeño
librero, a menos de un metro del
buró: Martí, Varela, Cervantes, Lenin, las Bohemias
dedicadas a la muerte de Chibás…
Todos siguen hoy en sus puestos
originales. La casa entera
permanece intacta: las mismas
almohadas con las fundas tejidas
por Haydée, la misma cama con su
colchón, los mismos platos, el
mismo almanaque congelado para
siempre en la fecha del 25 de
julio de 1953.
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Justo
antes de partir para
Santiago de Cuba, Fidel
arrancó del almanaque la
página del 24 de julio.
Desde ese día, permanece
intacto señalando la
fecha del 25 de julio de
1953 |
Así recibe hoy al caminante,
como si aquel grupo de rebeldes
hubiese acabado de partir hacia
Santiago de Cuba y aún no se
recuperase de los sobresaltos,
el cuchicheo y la expectación. |